El eco de la niebla Capítulo 7 #5
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Capítulo 7 #5

El sábado por la mañana, dejo que Gael se demore más en su despertar.

Hace un día estupendo, en las previsiones meteorológicas han pronosticado un día caluroso y soleado.

Así que, mientras Gael duerme, preparo una maleta pequeña para mi escapada a O Grove y también dejo lista otra bolsa pequeña con las cosas de Gael.

Hace tiempo que no paso una noche fuera sin mi hijo; siempre que lo hago, el sentimiento de culpa me invade.

Pero esta vez no es así, tengo la certeza de que es bueno disponer de tiempo para mí.

No sé cómo explicar el estado de alarma constante en el que se vive una vez que cruzas la puerta de la maternidad, ese estado pocas veces me permite bajar la guardia.

Y ahora mismo, como persona y como mujer, necesito desaparecer una noche y disfrutarla sin resentimientos.

Aroa es mi mejor aliada para poder divertirme, y, gracias a la invitación de Tristán, voy a tener la oportunidad de conseguir evadirme de la rutina un poco.

Le doy un beso a Gael y me dirijo con él hasta la casa de mis padres.

Los abuelos son una parte muy importante dentro de la infancia, y el hecho de poder contar siempre con ellos es un alivio.

Sé que nunca me van a fallar, pero no me gusta abusar de su ayuda.

Ellos ya han vivido su vida, y además a mis padres les gusta viajar de vez en cuando y vivir, como ellos dicen, «la juventud de su vejez».

Cuando llevo a Gael a la casa de los abuelos, lo reciben con los brazos abiertos.

Nada más entrar, ya me anuncian la planificación que tienen preparada para él.

Entre sus actividades para ese día, destaca una tarde en la playa y una noche de palomitas.

Puedo quedarme tranquila, sé que mi madre me escribirá y mandará fotos actualizándome de la situación de Gael.

Así que pongo rumbo hasta la casa de Aroa y la recojo.

La espero con mi vehículo aparcado enfrente.

Aparece radiante, con un vestido vaporoso de lunares azul y blanco, y lo acompaña de unas sandalias.

Su característica melena rizada va atada con un prendedor azul en un lateral encima de la sien.

Con su sonrisa se aproxima nada más verme.

—Hola, preciosa. —Se acerca a la ventanilla y se apoya en la puerta—. Pongo mi maleta atrás, ¿vale?

—Claro. Estás guapísima con ese vestido —comento.

—Mira quién fue a hablar, me encanta tu vestido de flores. —Aroa termina de cerrar el maletero y se introduce en el asiento del copiloto—. ¿Eso es lo que vas a llevar por la noche?

—No, este es para estar cómoda por la tarde. Después me cambio y me maquillo un poco.

—Caramba, ya hace tiempo que no te veo maquillada. A ver, tienes una piel preciosa, pero cuando te maquillas estás increíble.

Conduzco hasta llegar a nuestro alojamiento.

Nos hospedamos en un apartamento en San Vicente do Grove que ha reservado Aroa.

Tiene unas vistas directas a la playa. Allí dejamos nuestros enseres y nos cambiamos para bajar a la playa.

El concierto es por la noche, y ya reservamos una cena temprano en un restaurante cercano.

Aprovechamos esas horas para tomar el sol y bañarnos.

Nos pasamos aproximadamente una media hora riéndonos de anécdotas del pasado.

Hace mucho calor, así que me introduzco en el mar y, tras nadar unos largos, me quedo flotando bocarriba.

La sensación de ingravidez, mientras las olas acunan mi cuerpo, me relaja.

Notar la brisa marina en un día tan caluroso me alivia.

Comienzo a balancear mi cabeza y mi cabello dibuja figuras serpenteantes en el agua, parece que cada mechón viaja a cámara lenta bajo el mar.

Me fascina ese efecto, a la vez que me refresca.

Me interrumpe Aroa, que me acompaña en el baño.

—Mira que te gusta el mar, siempre te tiras horas bañándote. Pareces una sirena —dice a la vez que se va introduciendo poco a poco en el agua.

—Vente, que está buenísima. —Le hago un gesto para que se acerque.

—Pero si está congelada. —La cara de Aroa es de verdadero sufrimiento—. Me encanta Galicia, pero bien que les cambiaba la temperatura del agua a los del Mediterráneo.

—Entonces no tendríamos un marisco tan delicioso. —Me aproximo a ella hasta donde el agua me roza el pecho.

—¡Buf, qué fría, Laia! —Comienza a echarse agua por los brazos y la nuca antes de introducir el cuerpo—. Me duelen los pies.

—Eso es porque tienes el cuerpo muy caliente de tomar el sol.

—Ya podía ser de otra cosa. —Y se zambulle por completo en el agua.

—Ahí, ahí, sin miedo. —Doy palmas a la vez que me río de la cara de Aroa al salir del agua.

—Dios, me hormiguea todo. Filla , tú eres de otro planeta.

Tras conseguir que Aroa se acostumbre a la temperatura del agua, decidimos volver a la arena, pero, antes de acercarnos a la orilla, nos fijamos en unos chicos que comienzan a ubicar sus toallas cerca de las nuestras y nos quedamos quietas.

—Mira, Laia, dos buenorros se ponen a nuestro lado. —Trato de fijarme en lo que comenta Aroa, pero el sol me ciega y no logro ver más que un par de siluetas esbeltas.

—Ya estamos con lo de siempre, con lo tranquilitas que estábamos las dos solas.

—Madre mía, el del pelazo tiene un cuerpo de infarto.

—¿Cuál? —Intento fijarme, pero mi vista se emborrona—. No veo nada, que tengo una lentilla medio descolocada.

—El de la derecha. Mira, ese —dice señalando hacia la arena en tono elevado.

—Shhh… No grites, que nos van a oír —le digo susurrando.

—Qué va, que están muy lejos. Fíjate en el de la barba: está buenísimo, es mi tipo total.

—Eres moito , Aroíña, a ti no te baja ni el agua fría. Venga, vamos. Que serán unos chavales que van después al concierto.

Mientras me aproximo a la orilla, recoloco mi lentilla como puedo y al fin logro enfocar mejor a los chicos de los que me hablaba Laia.

El rubio de barba tendrá poco más que mi edad, se le ve una figura muy atlética.

Consigo fijarme en su compañero que está de espaldas, y también se le nota un cuerpo muy fibrado.

Mientras me voy aproximando a mi toalla, una voz familiar pronuncia mi nombre.

Elevo la vista y caigo en la cuenta de que el chico que estaba de espaldas de repente se encuentra frente a mí y que se trata de Tristán.

Mis mejillas rápidamente se tornan rosadas.

Me encuentro ante él con un minúsculo biquini de leopardo.

Mi pelo está mojado, el agua termina de recorrer mi cuerpo y remata su viaje soltando pequeñas gotas que tiñen la arena.

Me fijo en la apariencia de Tristán, lleva un bañador bastante ajustado de color verde agua, que hace juego con el color de sus ojos.

Su piel bronceada destaca cada músculo. Es de complexión alta y delgada, pero con el torso desnudo se percibe fornido.

No deja dudas de que es una persona que cuida y trabaja su figura.

Siento por un segundo reparo por encontrarme en esa situación con mi jefe, pero a la vez disfruto con las vistas.

—Hola, Laia, ya veo que está por aquí.

—Sí, acabamos de llegar hace poco —intento actuar con normalidad y señalo a Aroa, que se encuentra justo a mi lado—, le presento a mi amiga Aroa.

—Encantada. —Aroa le da dos besos a Tristán.

—Este es Tomé. Tomé, te presento a Laia y a Aroa. —Nos damos un par de besos junto a la orilla.

—¿Qué tal está el agua? —pregunta Tomé.

—Está genial. —Me fijo en que Tristán observa mi cuerpo con disimulo de arriba abajo con una sonrisa tímida mientras eleva las cejas y yo me sonrojo de nuevo.

—No os fieis, el termostato de Laia no funciona muy bien —advierte Aroa mientras escurre su pelo—. Al principio es como si te metieran en un congelador, después se te acaba pasando la sensación.

—Entonces estará perfecta para mí —apunta Tristán mientras se adentra en el agua e introduce de cabeza con maestría.

—Voy a acompañarlo. —Nos sonríe Tomé antes de zambullirse en el agua con la misma soltura que su amigo.

Mientras ellos disfrutan del mar, Aroa y yo nos tumbamos al sol en nuestras toallas.

—Pero ¿de qué catálogo salen estos dos? —me dice Aroa por lo bajo—. Qué calladito te lo tenías. ¿Desde cuándo tienes un jefe que parece salido de una pasarela de Milán y no me dices nada?

—Qué quieres que te diga, yo a la oficina voy a trabajar. Además, estoy felizmente casada y ya no me fijo en esas cosas.

—Que estés casada no quiere decir que no tengas ojos.

—A ver, es muy mono —comento sin darle importancia—, y también me parece muy majo.

—Muy mono, dice… Pero si está de toma pan y moja. ¿Y te has fijado en el amigo?

—Qué peligro tienes con dos copas en el concierto.

—Tranquila, que porque es tu compañero me voy a cortar. Pero con Tomé, si está soltero y quiere tema…

—Con tal de que no me dejes tirada al día siguiente…, por mí no hay problema.

—No, mujer.

Aroa y yo tomamos el sol en la playa mientras Tristán y Tomé se dan varios baños y juegan a las palas.

Decidimos quedar todos juntos para cenar poco más tarde, así que Aroa y yo nos marchamos a nuestro apartamento para ducharnos y prepararnos.

Mientras yo termino de peinarme, Aroa se queda mirándome.

—Guau, Laia, estás guapísima. Ese vestido negro corto con el escote en la espalda te queda increíble. Te marca las curvas y te hace una cinturita…

—Gracias, bonita, pero para look el tuyo. A ti sí que te queda ideal tu vestido, ese color blanco con encaje es muy favorecedor. ¿Es el que compraste en Roma?

—Sí, el mismo. Esta tela es increíble.

—Y que lo digas —asiento.

—Mira qué guapa estás con los labios rojos. No sé cómo lo haces, te pones dos cosas y todo te sienta bien. Además, eres tan mañosa haciéndote la eyeliner . Mira que eres xeitosiña .

—Qué va, si no soy nada apañada.

—Bueno, ya estamos listas, ¿no?

—Sí, mira qué foto más mona me acaba de mandar mi madre de Gael. —Le muestro una imagen de mi hijo acurrucado junto a mi padre en el sofá, comiendo palomitas.

—Está para comérselo.