El eco de la niebla Capítulo 7 #3
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Capítulo 7 #3

Los días en Compostela se presentan siempre atareados y sin apenas tiempo para parar y reflexionar.

Salvo el descanso del mediodía para comer y visitar brevemente mis tiendas favoritas de la ciudad.

Me encanta la zona vieja, en ella encuentro tiendas de toda la vida que me trasportan a mi infancia.

Me puedo pasar horas hablando con los locales y comentando cuánto ha cambiado la ciudad.

En una librería antigua del casco histórico, encuentro un libro para Gael.

Es una tienda de esas en las que, nada más entrar, te invade un olor a libros, me fascina ese aroma.

Se trata de un local pequeño, con libros amontonados y aprovechados en huecos inimaginables.

La señora que regenta la tienda es mayor y se esconde detrás de dos enormes anteojos; en su piel se puede atisbar el transcurso del tiempo.

El negocio es familiar, y varias generaciones atestiguan los cambios de la ciudad compostelana.

Dispone de un minúsculo almacén, desde el que la dueña accede con gran maña a través de una escalera que se despliega y que aparece como por arte de magia encima de su cabeza.

Se desliza con destreza por los peldaños y me muestra el libro que me había aconsejado: es un libro precioso sobre el universo.

Tiene los cantos dorados y las guardas con estrellas brillantes con destellos metálicos.

Trae páginas desplegables donde se observan con todo detalle constelaciones o planetas.

Sin duda, es la pieza perfecta para mi hijo.

Regreso a la universidad junto a mi alumnado y me introduzco de nuevo entre apuntes y presentaciones; es imposible no sentir la pasión que dar las clases despierta en mí, y concluyo mis explicaciones con un enigma sobre los asesinos en serie más destacados de los años noventa en nuestro país.

De camino a casa, tomo el tren para llegar lo más pronto que pueda al reencuentro con mi pequeño.

Le doy a mi hijo el libro que le he comprado y el éxito es rotundo.

Por la mañana me despierto un poco antes y aprovecho para hacerme un desayuno en condiciones. Mientras lo preparo, Roi se acerca a la cocina terminando de ajustarse la corbata.

—Caramba, qué bien huele. —Roi aproxima su nariz hacia la sartén.

—Aprovecha que estoy ociosa, te puedo preparar tortitas si quieres; si no, puedo hacerte unas tostas.

—Me tomo una de cada.

—Pues eso tendrás. —Me voy sirviendo el desayuno—. ¿Llevo hoy yo a Gael o lo acercas tú?

—Es mejor que lleves tú a Gael a la tarde, si no te importa, porque creo que llegaré justo.

—Siempre llegas justo o tarde. Dentro de poco, tu hijo no te va a conocer.

—No seas exagerada. —Echa un poco de miel sobre las tortitas y le pega un bocado a una—. Por cierto, recuerda que el fin de semana que viene es el aniversario de mis padres.

—Sí, lo tengo apuntado. Ya tengo reservado ese día.

Ayer estuve callejeando el centro de Compostela y en una platería vi un conjunto precioso de pendientes a juego con gargantilla, ideal para tu madre; lo dejé reservado y la semana que viene los recojo.

Para tu padre, he pensado en una figura de la temática marinera que tanto le gusta de Sargadelos.

Puedo acercarme esta tarde después de ir con Gael a la piscina.

—Me parece estupendo, tienes un gusto exquisito, y con mis padres siempre aciertas. Ya sabes la adoración que sienten por ti, como si les traes un saco de patatas, van a estar encantados.

—No es para tanto. Bueno, entonces hasta el final del día, ¿no?

—Sí, me voy pitando, que tengas un buen día, cariño. Te quiero. —Se despide con un beso y un suave cachete en los muslos.

Me dirijo directa al trabajo después de haber dejado a Gael en el colegio.

Tienen una salida fuera, y nos han avisado a las familias de que llevemos a nuestros hijos media hora antes de la hora de costumbre.

Gracias a eso, ese día soy una de las primeras en llegar a la comisaría.

Me encanta la sensación de tener el edificio para mí sola, me gusta aprovechar ese silencio que solo se interrumpe por el sonido del motor de las computadoras y otras máquinas.

Aprovecho para echar un vistazo al informe que Iago Balboa nos ha enviado el día anterior; como siempre, sus explicaciones son impecables.

Mientras lo reviso, un goteo de compañeros va llegando a la comisaría.

A media mañana, Tristán se acerca a mi mesa, lleva una camisa un poco más ajustada que las que acostumbra a usar, que saca a relucir el contorno de su cuerpo.

—Buenos días, Laia.

—Buenos días, Tristán.

—Le dejo las entradas de este sábado. —Me enseña un sobre y lo posa suavemente sobre mi mesa.

—Muchas gracias, ¿ya han hecho reserva para ese día?

—Nos quedamos en el apartamento que tiene en San Vicente mi amigo, ¿ustedes tienen ya dónde alojarse?

—Creo que sí, se encarga Aroa de eso esta mañana.

—Perfecto, si necesitan algo, no creo que tenga problema mi amigo en hacerles sitio. Por cierto, se llama Tomé. Le encanta la fiesta y, si por él fuera, se pasaría los fines de semana enteros viviendo en la noche.

—Pues entonces va a dar de maravilla con Aroa.

—Mejor. —Me muestra su sonrisa perfecta—. Bueno, me pongo al lío, que tengo mucho papeleo.

—Muy bien.

Cuando se marcha, se olvida de llevar consigo su perfume, que es totalmente embriagador. Las notas a sándalo junto con toques cítricos se perciben por todo el ambiente. Es una fragancia elegante, con clase, discreta y sencilla, pero que no pasa desapercibida, como es él.

Al final de la mañana, Aroa me envía el enlace de un apartamento monísimo que ha reservado para nosotras justo enfrente de una de las calas de San Vicente do Grove.

Termino la mañana en la comisaría y después disfruto de una tarde diferente en la piscina municipal.

De regreso a casa, Gael y yo vamos cantando en el coche canciones de Michael Jackson.

Cantar siempre me ha servido para soltar lastre, es como gritar y berrear todo aquello que llevas enquistado dentro, pero entonado.

Una vez en casa, nos recibe Roi en su interior.

Aparece con un ramo de flores en la mano, y, en la otra, lo que parece un presente envuelto con papel de regalo.

—Toma, cariño. —Pone las flores sobre mis manos.

—Oh, ¿y esto? —Elevo mis cejas sorprendida.

No me gusta nada que se compre mi amor con regalos. Me suena a disculpa barata, parece mentira que Roi piense que soy tan manipulable…

—Tienes que perdonar que últimamente os tengo un poco abandonados. Sé que este fin de semana te apetecía hacer algo en familia, además hoy es un día especial.

—¿Especial? —dudo.

—Sí, no sé si te has fijado en el calendario, pero hace ya catorce años tú y yo nos besamos por primera vez, y desde aquel día no dejamos de hacerlo. Te quiero mucho, Laia. —Me ofrece un paquete—. Por favor, ábrelo.

—¡Caramba! Veo peonías de color rosa, astromelias blancas, margaritas, eucalipto, hortensias… Por lo que parece, este ramo tiene todo lo que me gusta. —Aproximo las flores hacia mi nariz e inhalo el bouquet , y un aroma embriagador me inunda.

—Son muchos años a tu lado, sé que te gustan los ramos arreglados pero con toques desenfadados y que lleven siempre alguna ramita o flor silvestre. Es un poco como eres tú.

—Puede ser, a ver si ahora el psicoanalista vas a ser tú.

Esa lectura de las flores que ha hecho Roi me ha parecido interesante. Soy una persona a la que le gusta tener todo en orden, pero me dejo llevar de vez en cuando, y está claro que el toque de las margaritas representa mi lado más humilde y terrenal, ese en el que se asientan mis raíces.

—Ábrelo. —Señala el envoltorio—. A ver si te gusta, porque no tiene tíquet regalo.

—Estamos bien, eso ya es mucho arriesgar.

—Me dispongo a abrir un paquete del tamaño más pequeño que un cuarto de folio y fino como dos dedos.

Retiro el papel de regalo con sumo cuidado y veo que debajo de este se halla un neceser con terciopelo morado y con las metálicas en dorado.

Presiono el cierre antiguo, y al abrirlo en su interior se encuentran dos pendientes preciosos dorados—.

Ostras, son unos pendientes de sapo vintage . No pueden gustarme más.

—Sé lo mucho que te gustan las piezas antiguas, y ya todo lo que tiene que ver con la artesanía gallega te pirra.

Sabía que con unos pendientes del traje tradicional de gallega iba a acertar, pero quería una pieza más especial.

Encontré estos en un anticuario. Tienen mucha más historia que los sapos que te pones para las ocasiones especiales.

—Ah, ¿sí? —No deja de sorprenderme.

—Sí, te va a encantar saber lo que te voy a contar…

—No me tengas en ascuas —mi curiosidad va en aumento—, ¡dímelo ya!

—Verás… Estos pendientes los llevó para una cena de gala la mismísima Emilia Pardo Bazán.

—¿Qué me dices? —No salgo de mi asombro.

—Lo que oyes. Resulta que Emilia no tenía agujeros en las orejas y, si te fijas, los pendientes llevan dos tipos de cierre. Los de broche eran los que ella usó para esa ocasión y a posteriori les añadieron las tuercas para asegurarlos por el peso.

— Mi madriña , pero ¡qué espectáculo! —Menudo regalo—. Te has pasado, Roi.

—De eso nada. Cuando los vi, supe que eran perfectos para ti. Tienes dentro del estuche el certificado de autenticidad.

—¿Y ahora qué hago con los otros pendientes de gallega que tengo? Estos van a ser mis favoritos.

—Pues ya sabes, unos de diario y otros para las ocasiones más especiales.

—Mami, pruébatelos —comenta Gael dando saltitos.

Introduzco los pendientes en los orificios de los lóbulos de mis orejas y me sorprende el peso de las joyas.

—Mira, cariño, ¿te gustan? —me dirijo a mi hijo.

—Qué grandes, brillan mucho. —Se queda embobado mirando el centelleo de las piezas.

—Sí, brillan mucho, Gael. Una mujer muy importante se los puso una vez, y ahora lo va a hacer tu madre —comento.