Capítulo 7 #2
—No se apure, mis alumnos ya están acostumbrados a verme con este trasto motorizado paseando por la facultad.
Algunos me conocen como el Profesor X, como en los cómics de Marvel.
No tengo el poder de convocatoria que tiene Laia en su facultad, llenando siempre el aula magna, pero a pesar de este lastre me siento querido por mi alumnado.
Hay que tomárselo con humor, pues el mundo no está acomodado para un discapacitado.
—Eso siempre ayuda —afirma Tristán mientras entorna la puerta del salón—. Pues le agradecemos mucho su colaboración. Estaremos en contacto. Que tenga un buen día.
—Nada, un placer. Y, Laia, espero que todo vaya bien por casa.
—Todo bien. Ah, por cierto, te he traído el oporto que tanto te gusta y un par de dulces portugueses que sé que te van a encantar. —Le doy una bolsa con los presentes.
—Cómo eres, Laia, siempre pendiente de todos. Muchas gracias, ve apuntando un día en tu agenda para quedar y comer juntos.
—Perfecto, eso haré. Cuídate, Iago. —Le doy un beso en la mejilla.
—Igualmente.
Nos marchamos del edificio y, después de recoger el vehículo de Tristán en el aparcamiento, vamos comentando la situación por el camino.
—Caramba, vaya tipo más peculiar el Balboa este. No tenía ni idea de que fuese en silla de ruedas. Ya me pareció raro que no se levantase para saludarme.
—Muchos lo conocen por el Stephen Hawking gallego. Parece un bicho raro, pero es una eminencia, un erudito en su materia. Puede aportar datos que ni siquiera aparecen en los libros de historia.
—Ya veo, ya. Pues yo no tenía conocimiento de ello. Ahora tendremos que repensar y reevaluar todo para ver si podemos sacar algo del asunto.
—Sí, hay algo que se me escapa en todo este caso y no logro saber qué es. Es como si lo tuviese delante y no lograse verlo. Estos días necesito darle una vuelta a todo de nuevo. Debo repasar lo que nos ha comentado Iago, no se le pasa puntada sin hilo.
—¿Hace mucho que lo conoce?
—Bastante, han sido muchos años en los que él me ha ayudado a adentrarme y adaptarme al mundo de la docencia.
En todo este tiempo siempre ha sido muy amable conmigo, su familia me ha tratado como a una más y su casa en Cambados ha sido testigo directo de nuestras mejores Fiestas del Albariño.
Lo cierto es que le tengo mucho cariño, y además lo admiro —me explica.
—Se percibe ese aprecio mutuo. Por cierto, un amigo me ha regalado unas entradas para este fin de semana para uno de esos conciertos sorpresa que dan en San Vicente do Grove. Tengo dos de sobra. Si quiere, puede venir con su marido o alguna amiga.
—¡No me diga! Mi marido este fin de semana tiene trabajo, pero tengo una amiga que se volvería loca por ir a ese evento. Ya hace tiempo que la pobre anda detrás de esas entradas y nunca las consigue.
—Mi amigo es familiar del que organiza los eventos y lo invitan siempre. Como hace mucho tiempo que no venía por Galicia, he querido retomar el contacto con la gente de aquí. Por lo poco que hemos hablado, he visto que es muy melómana, y me acordé de usted.
—Pues se lo agradezco. Es este sábado, ¿verdad?
—Sí.
—Mi amiga Aroa va a alucinar. Dicen que este fin de semana viene alguien potente.
—Si quiere, le pregunto a mi amigo. Y, si me lo confirma, ya le traigo las entradas.
—Me organizo con mis padres para que se queden con Gael el sábado y le comento algo.
—Genial.
La idea de ver a Tristán fuera del trabajo me entusiasma, parece una persona muy cabal y trabajadora, muy llana.
Tengo mucha curiosidad por saber cómo se desenvolvería con unas copas de más y fuera de este ambiente teñido de luto.
No sé cómo expresarlo, pero junto a Tristán me siento como en casa, me noto respetada y muy a gusto a su lado, es como una bocanada de aire freso en una mañana de verano.
A veces desearía que mi marido se pareciera más a él, que me tuviera más en cuenta y que estuviese siempre esperándome con su atenta mirada, con esa sonrisa que tiene el subinspector siempre preparada para mí.
Por un instante dejo que mis pensamientos vuelen sobre Tristán, pero rápidamente salgo de ese bucle e intento centrarme; no quiero que la marea que nace en sus ojos me acabe atrapando.
Por la tarde, Gael y yo regresamos a casa dando un paseo junto al mar.
En el camino, él me anima a observar detalles que en la edad adulta se nos escapan.
¿En qué momento perdemos toda esa ilusión e ingenuidad?
Qué bonita se ve la vida desde los ojos de un niño.
Hay muchas cosas que añoro desde que tengo una familia.
Me gustaría tener más tiempo para mí misma, evadirme de este mundo sin tener que rendir cuentas a nadie.
Echo de menos vivir más al límite, sin tapujos.
Con la llegada de mi hijo, me olvidé de ser una para ser por y para él.
Dejé de ser yo, perdí mi identidad y gané una vida.
Aunque ahora desde la distancia he de reconocer que siempre soñé con tener dos hijos, y a poder ser muy seguidos.
Pero a Roi esa idea no le gusta, dice que dos niños en casa dan mucho que hacer, y ha ido pasando el tiempo y he acabado convenciéndome de esa idea.
A veces, observo lo cariñoso y bondadoso que es mi hijo y anhelo la idea de haberle dado un hermanito o hermanita que jugase junto a él.
Supongo que la casa se llenaría fácilmente con dos sonrisas traviesas correteando.
A veces me invaden esos pensamientos, siempre creo que me hubiera hecho muy feliz si fuésemos cuatro.
De regreso a casa, mi marido nos espera preparándonos la cena.
Algo que me agrada mucho de Roi son sus dotes culinarias.
A mí me apetece cocinar cuando dispongo de tiempo, poder hacer las elaboraciones con calma y dejar todo ordenado y limpio.
Pero a mi marido le gusta cocinar siempre, con prisas o sin ellas.
Su problema es lo que ensucia y cómo deja todo desperdigado.
Odio tener que ser yo la que después lo recoja.
Mientras Roi prepara un risotto , aprovecho para llamar a Aroa por teléfono.
—Hola, bonita. —Siempre me responde alegre.
—Hola, Aroa. ¿Te pillo bien ahora?
—Sí, claro. ¡Qué milagro que me llames y no me dejes un audio! Dime, ¿qué pasó?
—No es nada, mujer. Es que te quería comentar una cosa que me sucedió hoy en el trabajo.
—Dime.
—Pues resulta que el nuevo subinspector, Tristán Castro, me ha dicho que si quería dos entradas para el concierto de este fin de semana en San Vicente, y al momento me acordé de ti…
—Ah, ¿sí? ¡Qué bien!
—Sí, dice que tiene un conocido que se las regala y que es el que organiza los conciertos. Van a ir él y otro amigo suyo y nos ofreció esas dos entradas.
—Ostras, qué guay, ¿no? A ver si el amigo o el subinspector me van a alegrar la noche. —Suelta una risotada.
—No te emociones, que es mi jefe y no quiero líos.
—Pero ¿es guapo?
—Pues la verdad es que no está nada mal. Es moreno de piel, de pelo castaño y con ojos verde azulados.
—Madre mía, Laia, es tu tipo totalmente. Pero el mío también, a ver qué tal está el amigo, y si está soltero, claro.
—Bueno, entonces le confirmo que vamos, ¿no? Tengo que avisar a mis padres para que se queden con Gael. No creo que haya ningún inconveniente.
—Perfecto, planazo. Ya voy a elegir modelito esta semana y de paso que me hagan las raíces en la peluquería.
—Venga, guapa, vamos hablando. Que tengas buena semana, un besiño .
—Otro grande.
Después de hablar con Aroa, le mando un mensaje a Tristán confirmando que vamos, y este me responde un escueto «Genial, hasta el miércoles».
Me sorprende la personalidad de Tristán, se le ve buena gente, pero lo percibo muy correcto e introvertido, y me pregunto qué clase de mundo lo rodea.
Después también llamo a mis padres, les comento la situación y aceptan de buen agrado quedarse con Gael.
Después de ducharme, se lo cuento a Roi.
Le reprocho que iría con él si no fuese porque ese fin de semana tiene trabajo y no nos podremos ver.
Y le insisto en que se quede algo con su hijo, que yo también necesito tiempo para mí.
Me dice que el domingo a última hora de la mañana irá a recoger a Gael a casa de mis padres para que yo vuelva con calma de mi viaje con Aroa.
Decido irme para la cama temprano, pues al día siguiente me espera una jornada completa en la Universidad de Santiago de Compostela.