Capítulo 7
Al llegar a Santiago de Compostela, puedo sentir la sensación de estar en casa.
Nos dirigimos andando a la facultad de Geografía e Historia.
Está ubicada en uno de los edificios más emblemáticos del casco viejo de la ciudad.
Se trata de un edificio neoclásico construido a finales del siglo XVIII .
En su fachada se encontraba Minerva, pero fue sustituida por estatuas gigantes de los benefactores de la universidad.
En la actualidad, el edificio acoge la facultad de Geografía e Historia.
Cuando vivía con mis padres en el casco viejo, solía acercarme a estudiar por las tardes a esa facultad, pues en su interior se halla una de las bibliotecas más bonitas de la ciudad.
Es un edificio singular, consta de un claustro ajardinado con una fuente y sus terrazas son el segundo punto urbano más elevado de Santiago.
Desde ellas se puede observar la catedral y unas vistas inigualables de la ciudad de Compostela.
El lugar donde nos ha citado Iago Balboa dentro de la facultad es el paraninfo.
Se trata de una sala que se emplea para la apertura y cierre de los cursos, imposición de becas, lectura de tesis o eventos de otra índole como conciertos musicales.
Nos adentramos en el edificio y, tras recorrer el bullicio universitario, traspasamos las puertas del paraninfo.
Al fondo, en uno de los sillones nos espera sentado Iago Balboa.
Iago y yo nos conocemos de hace muchos años, es un amigo al que siempre he podido acudir en numerosas ocasiones, pues es un buen conocedor de la historia de Galicia, además de una de las personas más completas e inteligentes que conozco.
Sus ojos pequeños, escondidos por dos gruesos anteojos, junto con su expresión introvertida, siempre me han enternecido.
Con los años su pelo se ha regado de canas.
Tiene un cuerpo menudo que no evidencia la gran personalidad que hay en su interior.
Es sublime, y varios años estando al frente de la universidad y numerosos premios lo respaldan.
Cuando cruzamos la sala, ya no me sorprendo, pues la he visitado en algunas ocasiones, pero, aun así, la majestuosidad del lugar me impresiona.
Puedo observar cómo Tristán no aparta la vista de los frescos del techo, eleva su mirada a la vez que intenta seguir mis pasos hasta aproximarnos a Iago.
Se sitúa al fondo, en una mesa enorme. En esta hay varias sillas señoriales de madera tapizadas en terciopelo rojo, la mesa está dispuesta en forma de U y luce una combinación de mantelería roja que arrastra hasta el suelo.
Tras la espalda de Balboa, se erige una especie de dosel con cortinas de terciopelo rojo y el escudo de España.
Con ese telón de fondo, Iago nos da la bienvenida.
—Buenos días, por favor, acercaos y tomad asiento donde podáis.
—Caramba, Iago, no sabía que mi visita merecía que nos abrieras las puertas del paraninfo de la facultad —comento sorprendida.
—No he podido elegir mejor escenario, ¿verdad?
En realidad, mi despacho está siendo rehabilitado debido a las humedades, así que actualmente se encuentra reubicado y debo compartirlo con otros dos compañeros.
Además, justo estas semanas nos encontramos con el cierre de los trabajos de fin de grado, y por la tarde tenemos una entrega de premios en esta misma sala, así que consideré que este era el lugar apropiado para vuestra visita.
—Me parece una buena elección. ¿Qué tal todo, Iago? ¿Cómo te encuentras?
—Pues como de costumbre, sentado y lidiando con el trabajo —comenta mientras termina de recoger varios folios y carpetas esparcidos por la mesa. Me acerco a él y lo abrazo.
—Ya veo, siempre estás rodeado de un montón de papeles. Te presento al subinspector Castro. —Señalo a Tristán, pero este se encuentra absorto por las pinturas del techo.
—Buenos días. Parece que le ha impresionado la obra de Fenollera.
—Buenos días. Soy el subinspector Tristán Castro. —Se acerca a estrecharle la mano.
—La verdad es que no sabía que existía este lugar. Mi facultad era mucho más modesta.
—Encantado. Se trata de tres pinturas, y la pintura central se ubica entre el profesorado y el alumnado.
En esta se representa a la diosa Minerva, el niño hace referencia al alumnado, que es recogido en sus brazos por la universidad, representada por la mujer vestida de verde.
Si se fija, hay un genio portando un pergamino a modo de diploma, que haría alusión a los docentes, y en la parte del alumnado aparecen los libros.
—Magnífica representación. —Tristán se acomoda.
—Pues ustedes dirán, ¿en qué puedo ayudarlos?
—Verás, Iago, necesitamos tu ayuda. Te facilitaremos un dosier con las pistas obtenidas hasta ahora en el caso y te pediríamos que nos proporcionaras información acerca de este.
—Perfecto. Será un placer.
—Esta tarde te lo enviaremos todo. Mientras tanto, necesitamos que nos vayas adelantando información acerca de la Illa da Rúa. Si pudieras facilitarnos datos diferentes a los obvios, te lo agradeceríamos.
—A ver, la Illa da Rúa tiene varias curiosidades —comienza a decir a la vez que remata de reordenar los papeles esparcidos en la mesa—.
Esta isla está en el centro de la ría de Arousa y se la conoce como Rúa y Os Guidoiros, pues siempre ha sido visitada de la mano del archipiélago que forman el islote de Areoso y el de Pedregoso.
Rúa pertenece al concello de Ribeira y Os Guidoiros al de la Illa de Arousa, puesto que son independientes. No sé si lo conocen.
—Sí —afirmo contundente—. Areoso es una isla hecha solo de arena fina con aguas cristalinas que ahora se ha hecho muy popular, pues parece el Caribe gallego.
—Exactamente, además en Areoso hay yacimientos del Neolítico, como, por ejemplo, un dolmen.
—Tengo pendiente visitar esa isla. —El subinspector recibe una llamada de teléfono, pero rápidamente la rechaza y apaga el volumen de su móvil—. ¿Qué curiosidades nos puede comentar acerca de Rúa?
—La primera es que es la única isla de la ría de Arousa que está enteramente formada por rocas graníticas.
—Pero existen más islas formadas solo por piedras —apunta Tristán al mismo tiempo que prepara su tableta electrónica para tomar notas.
—Las hay, pero se trata de islotes, o también como los conocidos petones , que son rocas erguidas en el mar.
—Entiendo. —Tristán juguetea con el lápiz digital de su tableta.
—Cuando construyeron la isla, los constructores necesitaron crear una casa para guarecerse de las inclemencias meteorológicas.
Vivían en una edificación pequeña que disponía una lareira para cocinar y calentarse.
Y también tenían un aljibe para alimentar a los animales que se utilizaban en la construcción del faro.
—Ya sé a cuál se refiere, creo que es una construcción pequeña de piedra que estaba a la entrada de la isla —afirma Tristán.
—Esa misma. Otra curiosidad que podemos tener en cuenta es que el arquitecto del faro de la Illa da Rúa fue Rafael de la Cerda, el mismo que hizo el faro de la Illa de Ons, y que se considera una réplica.
—¿Quiere usted decir que los faros son iguales?
—Prácticamente sí, es conocido como su faro gemelo.
—Eso es interesante —comenta Tristán a la vez que toma notas en su tableta—, alguna información de este estilo puede entrar dentro de lo que buscamos.
—Pues a ver. Hubo un tiempo en el que este faro fue un poco el despiece de otros.
—Balboa ejecuta uno de sus tics y estalla sus nudillos; el crujido molesta a Tristán, pues este frunce el ceño al instante—.
Por ejemplo, a finales del siglo XIX , le fueron instaladas la óptica y la linterna del faro de la Illa de Sálvora.
Y en los años veinte también se usó provisionalmente el farol que habían retirado del faro de la Punta Cabalo que está situado en la Illa de Arousa.
—Iago, tú que tienes mucha intuición, ¿por qué crees que elegirían esta isla?
—A ver, a mi parecer hay varias opciones para elegir esa isla. Es una de las linternas más importantes para el balizamiento de la ría de Arousa y, por otro lado, está en el medio de la ría, como si fuese el centro neurálgico.
—Es algo que nos llamó la atención en el equipo. —Tristán hace una pausa y se atusa el cabello en un leve movimiento de muñeca—. Pasa desapercibida, pues se ve pequeña, pero es relevante y su ubicación goza de una estupenda situación estratégica.
—Claro, además es la más diferente, ya que está compuesta solo por rocas y tiene un faro que durante muchos años fue la vivienda de los fareros.
—Balboa moja sus labios—. Ando un poco liado estos días, pero espero poder enviarles un informe detallado entre hoy y mañana.
De todos modos, si se me ocurre algo, se lo comento de inmediato.
—Perfecto, tan pronto como puedas, nos envías el resto de la información —concluyo a la vez que me incorporo y recoloco la silla.
—Déjenme que los acompañe a la entrada —apunta enérgico Balboa.
—De eso nada, era lo que faltaba, que precisamente tú nos acompañases. —Tristán se sorprende de mi comentario.
—A ver, estoy lisiado —comenta al mismo tiempo que saca de debajo de la mesa su silla de ruedas, que está plegada, y la acomoda al lado de su asiento para colocarse en ella—, pero todavía puedo valerme por mí mismo.
—¡Vaya! Yo no sabía que usted… —se asombra Tristán.
—¿A qué se refiere, a que no voy a poder correr la próxima maratón que organice el ayuntamiento? —pregunta con sarcasmo Iago.
—Eh… Supongo que sí —vacila Tristán.
—Desde pequeño necesito esta silla para poder desarrollar mi autonomía.
—Perdone, lo desconocía —comenta Tristán avergonzado.