Capítulo 6 #4
—Ay, pobriño , qué feito está, con su estuchito de violín y ese conjunto de rayas tan mono. —Le da una caricia en el pelo—. Un día de estos te voy a comer con patatas y no le voy a dejar nada a tu madre.
—Pues déjame algo. Por cierto, ¿tienes mucho lío o ya has acabado?
—Estoy libre, ahora mismo acaba de irse la última paciente. —Observamos cómo Gael se entretiene con los juguetes que hay al lado de la recepción—. Ya he visto las noticias, menuda tenéis encima. ¿Te apetece que quedemos el fin de semana de la semana que viene?
—Vale, hablo con mis padres y nos organizamos.
—Perfecto, ya me avisas. —Aroa nota mi hartazgo—. No te has pasado solo para saludarme, hay algo más, ¿verdad?
—Vuelve a darme evasivas, ya no sé cómo gestionarlo.
—Pienso que puedes jugar la carta de forzarlo.
—¿A qué te refieres?
—Pues un plan de amigas en el que él sí o sí tenga que renunciar a todo para estar con Gael.
—Va a estar complicado. Pero no me vendría mal, tengo las cervicales muy tensionadas.
—Además, así te liberas un poco de todo. No puedes llevar tanta carga mental, ya sabes que esa es la que más te desborda. Sé que te cuesta, pero debes delegar. Plantéaselo tan pronto lo veas, sin opción a negativa, del mismo modo que él lo hace contigo.
—Tienes razón, debo soltar lastre y vivir un poco para mí.
—Eso es, sin remordimientos ni culpas.
—Genial, no te entretengo más, que tenemos que irnos. —Le doy dos besos a Aroa y me dirijo a mi hijo—. Nos tenemos que ir, cariño, despídete si quieres de Aroa.
—Chao, Aroa —se despide agitando su manita.
—Adiós, guapísimo. —Aroa le manda un beso en el aire.
De vuelta a casa, mientras cierro la puerta del cuarto de Gael y me despido de este hasta el día siguiente, puedo escuchar cómo Roi llega a casa.
—Hola, cariño. ¿Qué tal el día? ¿Ya se ha dormido Gael? —Roi se adentra en nuestra casa y coloca su abrigo en el zaguán junto a sus zapatos.
—¡Shhh!… —Le hago un gesto para que baje la voz—. Me temo que has llegado tarde —le reprocho con un tono tenue y termino de bajar las escaleras.
—Ah, vale, perdona —reduce el volumen de su voz para no despertar a Gael.
—Ya cenamos, tienes en la nevera la lasaña del mediodía.
—Perfecto, gracias. Tengo un montón de hambre.
—Cada día llegas más tarde, no sabía que trabajar para las finanzas consistía en renunciar a ver a tu familia.
—Lo sé, estas semanas tenemos unos clientes de Asia muy importantes y se juega mucho la empresa. Os lo compensaré este fin de semana.
—Siempre igual, una de cal y otra de arena. En breve me va a tocar a mí hacer una salida con Aroa y tendrás que quedarte con Gael.
—Claro, lo que necesites. —Odio su condescendencia.
—Tengo algo preparado para el fin de semana, y te va a encantar, sobre todo a Gael.
—Esta vez nada de sorpresas, ya me hago la maleta yo. Voy a ducharme mientras cenas, después termino de revisar unos datos y ya me subo a la habitación.
—De acuerdo, cariño —comenta Roi con una sonrisa.
Termino de asearme, repaso mis apuntes y anotaciones de las entrevistas a ver si se me escapa algo de las fiestas.
Me fijo en una frase que dijo Duarte Aguiar, en la que remarcaba que el hecho de llevar máscaras ayudaba a que cada uno pudiera hacer lo que quisiera sin ser reconocido.
Eso me lleva a pensar que muchos de los allí presentes en esas fiestas no querían ser descubiertos no por quiénes eran, sino por lo que hacían o con quién lo hacían.
Puede que, como Duarte, alguno se avergonzase de sus gustos o preferencias, y el hecho de llevar máscara lo convertía en una persona libre de ser juzgada.
Entonces me quedo pensando en Aguiar. Su profesión lo ubicaba en una situación privilegiada.
Tenía información de Manuela tanto a nivel físico como emocional.
Sin embargo, no me parecía que tuviese el perfil de ángel de la muerte al uso.
Suelen ser personalidades que buscan liberar a la víctima de su dolor y, según ellos, ayudar a morir.
Había algo que no me cuadraba en esa versión, pero aun así necesitaba más datos.
Tras divagar sobre diversas posibilidades, aprovecho que mi cansancio se asoma y me meto en la cama.
Por la mañana, poca cosa ocurre por la comisaría.
Transcurre la jornada como un día tranquilo, que para nada atestigua los anteriores.
No somos muchos los que estamos allí. Aprovecho para quedarme en mi escritorio revisando mi material y redactando informes.
Cerca del mediodía, mientras tecleo en el ordenador, escucho un par de voces que se me hacen familiares.
Vienen del pasillo y cada vez se aproximan más, alzo la vista y puedo ver a Lois apareciendo con una venda en la sien acompañado de Gregorio.
—Hola, Lois. ¿Cómo te encuentras? —pregunto.
—Hola. Pues he tenido días mejores, pero estoy bien.
—Es lo que tiene que te den con un raño y te confundan con una almeja —apunta Gregorio.
—Ay, pobre —me compadezco—. Menos mal que no fue en el ojo.
—Totalmente, me dijeron los médicos que tuviera mucha suerte.
—Pues un parche no te iba a quedar tan mal, te daría un aire interesante, así como de corsario, y eso siempre viene bien para hacer de poli malo —añade Gregorio.
—Bueno, carallo , era lo que me faltaba, quedarme tuerto no entra en mis planes.
—Eres tremendo, Gregorio —comento.
—Anda, que ya es viernes y descansas el fin de semana. Además, no te quejes, ya te preparó mi Bertiña ración doble de tortilla con cebolla, dice que bien la mereces.
—Menos mal que está Berta en todo —comenta Lois.
—Dice que eres uno de los pocos que la comes con cebolla y que el resto son unos repugnantes.
—Pues entonces yo soy una repugnante —me sincero—. La prefiero sin cebolla, más que nada porque me repite. Pero he de reconocer que con cebolla sabe mejor.
—Hombre, dónde va a parar —comenta Gregorio—, pero la chavalada de ahora no sabe comer. ¿Me ayudáis a repartir en la salita la comida?
—Sí, claro. —Preparo junto a un par de agentes más la mesa de nuestra sala polivalente.
Extiendo el mantel de los viernes y colocamos las empanadillas y tortillas encima.
El olor es característico de la cocina de Berta, delicioso—.
Yo traje unos tomates de la huerta de mis padres, así que los voy a trocear.
—¿Quién quiere cerveza? ¿Agua? —pregunta una compañera.
—Yo acabo de ir a buscar el pan, lo corto —comenta otro agente.
Terminamos el día como cualquier otro viernes, disfrutando de la comida que Berta hace con tanto mimo y cariño. Permanezco con ellos un poco más en la sobremesa, charlamos de un poco de todo y me despido de los compañeros hasta el lunes.
Quedo con Gael y Roi en ir hasta la playa por la tarde si hace bueno.
A primera hora he dejado la bolsa de la playa y la sombrilla metidas en el coche por si acaso.
Al salir de la comisaría noto mucho calor, como si estuviéramos en pleno agosto.
Arranco mi automóvil en dirección a la playa y me uno a mi hijo y mi marido.
La marea está baja y Roi pesca entre las rocas junto a Gael.
—Hola, mami. Estamos pescando lorchas — comenta Gael mostrándome un cubo lleno de peces.
—Caramba, no os aburrís —añado.
—Ya ves, a tu hijo le encanta. —Roi me guiña un ojo.
—Roi, tienes toda la espalda quemada —señalo.
—Bah, eso no es nada.
—Hoy hace calor de caray, y eso que estamos empezando junio. —Pongo la mano encima de mi frente a modo de visera y me fijo en Gael—. ¿Y papi te puso la crema?
—Sí, tranquila, lo embadurné de arriba abajo, y tiene la gorra, como puedes ver.
—Mami, ¿viste el cubo? Está lleno.
—A ver si os van a llevar presos los de la cofradía.
—Nada, mujer, son cuatro cangrejos y dos lorchas.
—¿Y por qué estás sangrando en la rodilla? —me dirijo a Gael inspeccionándolo.
—Es que me tropecé. —Me mira Gael con esa carita de circunstancia que me derrite.
—Se dio contra el arneirón de las rocas, ya sabes lo que rasca —aclara Roi.
—Vaya, hombre. ¿Te duele, cariño?
—No. Me metió papi la pierna en el mar y aguanté fuerte.
—No se os puede dejar solos, que volvéis hechos un cristo.
—Nada, mujer, estamos de lujo. Por cierto, ¿tenemos plan para mañana?
—Sí, ya hice la reserva —Gael no tiene la culpa de tener un padre tan despreocupado y merece pasar el fin de semana con su familia—, después te cuento.
Monto mi espacio particular desde donde pueda ver bien a Gael.
Extiendo la toalla en la arena, sitúo la hamaca y coloco la sombrilla.
Abro mi bolsa, saco un libro y disfruto de la lectura mientras me relajo en mi entorno favorito.
Las tardes de junio en Galicia extienden sus atardeceres hasta casi las diez y, como a esa hora es demasiado tarde para acostar a Gael, nos recogemos sobre las ocho.
Me encanta la sensación de llegar a casa y ducharme después de un día de playa.
El agua de la ducha termina de extraer toda la arena que se me había quedado incrustada en la piel.
Hidrato mi cuerpo y dejo secar el pelo al aire.
La temperatura es estupenda, así que tenemos las ventanas abiertas.
Mientras termino de ponerme el camisón, puedo escuchar a través de la ventana a un grupo de golondrinas sobrevolarnos.
Me fascina ese sonido; el trino de las golondrinas junto con el estridular de las chicharras son composiciones que anuncian la llegada del verano.
De pequeña ansiaba esa estación estival, pues siempre venía acompañada de despertares tardíos, de colegios vacíos, de risas callejeras, de baños al atardecer, de juegos en la playa, de churrascadas al aire libre, de paseos en bicicleta…
Siempre trae las mejores experiencias. Así es el verano para mí, la mejor estación.