El eco de la niebla Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

Tras rematar mi descanso, continúo mis clases como puedo sin desligar la mente del asunto.

En esta ocasión repasamos el patrón que identifica la personalidad de un criminal.

Estoy acostumbrada a regalarles varios minutos a mis discentes una vez que finalizo mis clases.

Algunos me agradecen la exposición y otros me piden referencias literarias o cinematográficas para poner en práctica lo aprendido.

Reparo en que un joven, que se encuentra esperando detrás de su carpeta, lleva un buen rato al lado de la puerta de salida mientras termino de recoger mis enseres de la mesa.

—¿Tiene alguna duda? —le pregunto.

—Disculpe que la moleste, me gustaría comentarle una cosa acerca de un tema.

—Sí, adelante, puede acercarse.

—Verá… —comienza a hablar a la vez que toma asiento en una silla próxima al escritorio—, es sobre el tema de Manuela Pita… Ya sé que nos ha dicho que no quiere hablar del asunto. Pero supongo que usted es la psicóloga forense que lleva el caso.

—De ser así, usted sabe que no podría decir nada al respecto.

—Lo sé, pero he estado pensando desde esta mañana en el tema y no me lo saco de la cabeza.

—¿Cuál es su duda?

—He estado en casa viendo la televisión, y la prensa dice que el cuerpo ha aparecido en la Illa da Rúa con un camisón y una pista musical que tiene que ver con la vida de Manuela —se muerde las uñas tímidamente—, y que han podido haber abusado de ella.

—Dígame, ¿adónde quiere llegar…?

—Pues lo que quiero decirle es que esta mañana, mientras veíamos las noticias, lo hemos estado comentando en mi casa.

Hablé del tema con mis compañeras de piso.

Pero, cuando el hermano mayor de una de mis compañeras nos vio hablar del crimen con la tele de fondo sacando imágenes de Manuela, se puso muy pálido, se quedó petrificado delante de la televisión y parecía que le había dado algo.

De modo que, cuando logramos que se recompusiera, nos acabó confesando que los tres lunares tan característicos de la mejilla de Manuela se los había visto a una chica que estaba tendida en el suelo la semana pasada junto a dos hombres en una fiesta.

—¿Puede indicarme de qué fiesta habla su amigo?

—Esto… Quiero aclarar que no es mi amigo, sino el hermano de mi compañera de piso. A ver, el hermano ha venido de visita a Santiago y se ha quedado a dormir en nuestro piso. —Se rasca la nuca—. La verdad es que no me ha dicho mucho más.

—¿Sabe usted si esa persona podría corroborar esto ante la policía?

—Le he dicho que esta tarde tenía una clase con usted.

Él también ha leído sus libros y me dijo que le habían encantado.

Le he preguntado si no le importaba que le pasara el contacto, y no ha puesto pegas.

Así que aquí lo tengo para que se lo envíe a sus compañeros, esté o no llevando ahora mismo ese caso.

—¿Y cómo se llama el contacto que me va a pasar?

—Se llama André. Este es su número. —Me pasa un papel con el teléfono escrito y el nombre de André—. Ojalá sirva para conseguir alguna pista. Y que, si usted colabora en el caso, esperemos que pronto se resuelva para que pueda comentarnos información.

—Gracias. ¿Cuál es su nombre?

—Xoel Canteiro.

—Muchas gracias, Xoel.

—Nada.

Según salgo de la facultad, de camino al aparcamiento, le hago una llamada al subinspector Castro. Tras varios minutos intentando que coja el teléfono, al fin consigo que responda.

—Buenas tardes, Laia. Dígame.

—Perdone que lo moleste, sé que han tenido un día liado.

—No se preocupe, dígame.

—Pues mire, en la facultad ha venido un alumno a decirme que el hermano de su compañera de piso le ha contado que, una semana antes del asesinato de Manuela, la había visto en una fiesta con dos hombres.

—¿Y quiere testificar?

—Puede que sí, me ha pasado el contacto. Se lo mando de inmediato y a ver si pudiéramos obtener más información.

—Perfecto, si consigo que acceda, la aviso para cuando tuviésemos el encuentro.

—Muy bien.

—Mañana es el entierro, y hemos pensado que mejor puede trabajar en el caso desde casa. Aquí hemos tenido un día duro y creemos que mañana nos espera algo parecido.

—Perfecto, el jueves me paso por la comisaría.

—Por cierto, ¿ha avisado a su amigo de que no podemos vernos hasta la semana que viene?

—Sí, ya lo he pospuesto para el jueves. Para ver a Iago Balboa tenemos que acercarnos hasta Santiago de Compostela, concretamente a la facultad de Geografía e Historia, porque tiene que impartir unos seminarios.

—De acuerdo, sin problema. Gracias, nos vemos el jueves.

—¡Hasta el jueves!

Tras colgar esa llamada, siento que, cada vez que avanzo en el caso, las pistas son más confusas, pero que todas me llevan a esas fiestas.

Esas celebraciones clasistas donde los deseos sexuales se apaciguan cual sed en un bar.

Todo apunta a alguien muy poderoso o a un grupo de personas ávidas de preponderancia.

Al llegar a casa me encuentro con mi familia.

Nada más ver a mi hijo, lo alzo y lo llevo hacia mi pecho y me derrito entre sus brazos.

Me fundo en un solo ser por unos segundos.

El olor de su cabello me reconforta, me indica que estoy en casa y que todo, junto a él, cobra sentido.

A veces el hogar no se encuentra en las cosas, sino en las personas.

—¿Qué tal ha ido el día? —pregunta Roi.

—Ha sido durillo. —Tras abrazar con más fuerza a Gael continúo—: Pero llegar a casa y ver a esta belleza hace que se me quiten las penas.

—Normal, con la que está cayendo con el caso de Rúa…

—¿Qué tal el día, meu amor ? —Miro los grandes ojos de Gael—. ¿No tienes sueño?

—Ya nos íbamos ahora a la cama, que está que se cae, pero quiso esperar a que llegase mami para que le contara un cuento. —Roi se aproxima a nosotros y le da una caricia en la mejilla—. ¿Verdad que sí, Gael?

—Mami, ¿me cuentas un cuento?

—Sí, cariño —subo las escaleras y llevo a Gael en mis brazos—, ve pensando cuál quieres leer.

Disfruto un rato de mi hijo, le leo un libro mientras este alcanza su sueño. Después me dirijo a la cocina para cenar y charlar con Roi.

—Menuda montaron en la comisaría —comenta mi marido.

—Sí, lo he venido escuchando en la radio de camino —apunto.

—Parece ser que algunos se pusieron violentos y empezaron a lanzar cosas a la comisaría.

—¿Al final se sabe si van a celebrar el entierro mañana?

—Tengo entendido que sí. ¿Cómo te encuentras?

—Estoy bastante cansada, incluso tengo mal cuerpo. A veces las cefaleas tensionales me pasan factura. Pienso que es un cúmulo de todo.

—Creo que te vendría bien darte un baño relajante después de cenar.

—La verdad es que sí. Menos mal que mañana no tengo que ir hasta la oficina y puedo trabajar desde casa.

—Fenomenal.

Mientras termino mi cena, agradezco la compañía de Roi y que este no me haga preguntas directas sobre el caso.

Ya son muchos años de matrimonio teniendo que lidiar con secretos de mi trabajo.

Él sabe respetar y no inmiscuirse en el tema, entiende que debe darme mis tiempos.

Hasta que no quede el asunto cerrado por completo, no podré compartir información con él de ningún tipo.

Comprende que todo se explica a su debido tiempo.

Sigo el consejo de Roi y lleno la bañera.

Enciendo un par de velas, esparzo aceites esenciales y bombas de baño en el agua.

Esta se tiñe de colores, y yo mientras pongo música relajante y me sumerjo entre la espuma y las notas de «Moonlight in Vermont», de Billie Holiday.

Con técnicas de meditación y de respiración reconduzco mis inquietudes y llevo mi mente hacia otro lugar.

El vapor y el calor de la estancia hacen el resto, y entonces desaparezco del mundo durante al menos veinte minutos.

Soy una persona muy analítica y con tendencia a rumiar, diría que mi especialidad es sobrepensar todo, y me resulta agotador.

Al inicio de mi profesión, mi trabajo traspasaba las puertas de mi casa, y también los problemas ajenos.

Decidí que eso no podía seguir sucediendo.

Me considero empática y sensible, y eso en mi profesión no es lo ideal, por ello he priorizado y ahora interpongo una barrera entre ciertas personas y mi vida.

Para mí, es imposible llevar los pensamientos hacia la nada, hacia un vacío inexistente.

He aprendido a disuadirlos, a dirigirlos y entretenerlos.

Mis reflexiones a veces me desbordan. De modo que intento pensar en otras cosas para no pensar.

De pronto, mi mindfulness particular se ve interrumpido por el sonido de los nudillos de mi marido golpeando suavemente la puerta.

Tras invitarlo a pasar, aparece con el torso desnudo y me pregunta si puede unirse, y yo asiento sin dudarlo.

Se quita la ropa interior, se introduce en la bañera y se sitúa detrás de mi espalda.

La acaricia con delicadeza, la masajea, continúa ascendiendo desde mi rabadilla hasta mi cabello.

Besa mi nuca con ligereza, sigue por el cuello y después juguetea con su lengua entre mi oreja.

Siento su cuerpo excitándose detrás de mí.

Continúa con sus caricias, sus manos resbalan fácilmente entre los restos de jabón y aceites esenciales que quedan en el agua.

Entrega sus manos a mis pechos, y yo dejo que termine de poseer todo mi cuerpo para deshacernos en uno solo.