El eco de la niebla Capítulo 5 #3
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Capítulo 5 #3

Comienzo la jornada levantándome antes de que mi alarma suene.

Es el primer día de junio y el buen tiempo parece que acompaña.

Mientras desayuno, leo algo de información acerca del doctor que atendió en su enfermedad a Manuela Pita.

Todo parece ser acorde a la normalidad, pero aun así el jefe considera que hacerle una entrevista no está de más, por aquello de no tener la coartada establecida.

Me despido de Roi, llevo a Gael a su colegio y me dirijo hasta la comisaría.

Me encuentro de frente con Lois:

—Buenos días, Laia. Me ha dicho Castro que te acompañe hoy.

—¿Qué le ha pasado? —pregunto.

—Parece ser que se ha ido fuera y su vuelo se ha retrasado.

—Entiendo, ¿te vas a tomar esos dos cafés?

—No, mujer. Uno es para ti, te conozco demasiado y sé que sin el combustible no funcionas.

—Muchas gracias. —Agarro el vaso de cartón de café que me ha traído Lois—. ¿A qué hora salimos?

—En cinco minutos.

—Perfecto. Me tomo esto y vamos hasta allí. —Le enseño las llaves de mi vehículo—. Llevo yo el coche.

—De acuerdo.

Salimos de la comisaría en dirección a Portonovo y vamos charlando hasta llegar a la casa del médico de Manuela.

Se trata de una casita pequeña de piedra, muy coqueta, pero con una situación inmejorable.

Es una edificación de piedra totalmente restaurada, con una valla amarilla que hace juego con las contraventanas y con la puerta, que está pintada del mismo color.

Después de buscar el timbre por todas partes y no encontrarlo, decido traspasar la valla del minúsculo jardín que se funde con la arena de la playa.

Toco a la puerta directamente con los nudillos y, pasados unos segundos, escuchamos unos pasos y esta se abre.

Aparece un hombre de mediana edad, con ojos claros y mandíbula prominente.

Su cabello es oscuro, abundante y bien peinado.

Su vestimenta es de lo más estival, con unas bermudas de lino en color beis, una camiseta blanca y unas sandalias de cuero marrón.

Se nota que cuida su aspecto físico, es atlético y bastante atractivo. Nos abre la puerta y nos saluda.

—Buenos días, supongo que son los agentes.

—Buenos días, ¿es usted el doctor Aguiar? —pregunto.

—El mismo. Pasen, por favor.

Al entrar en la casa, un gran ventanal fijo con el mar de fondo nos recibe.

La propiedad se encuentra situada en primera línea de playa, parece que se puede tocar el mar con las manos; sin duda, goza de una vista hipnótica.

Nos trasladamos hacia ese rincón desde el que se ve toda la playa.

Junto al ventanal hay una chimenea de hierro negra y unos sofás de mimbre en los que tomamos asiento.

Justo al lado, se asoma una cocina con una península que separa los ambientes.

Tiene mucho encanto, la estructura fija en piedra y madera me recuerda a las cocinas mediterráneas.

En el techo, se apoyan unas vigas de madera y, entre medias, nacen unas claraboyas a través de las cuales se ve un cielo azul despejado.

Me imagino cómo sería disfrutar de una noche de verano en ese lugar, tumbada en el sofá, con el sonido del mar de fondo y observando un cielo estrellado.

Se nota que la decoración y los espacios han sido elegidos y cuidados con esmero.

—¿Les puedo servir un café o una infusión? —pregunta el doctor Aguiar.

—Un café, por favor, y, si es descafeinado, mejor —apunto rápidamente.

—Es café de pota, así que será flojito.

—Ah, entonces sí.

—Yo también, gracias. —Se une Lois a la invitación.

—Doctor Aguiar, permítame que me presente. Soy Laia Ramuín, la psicóloga forense, y vengo con mi compañero y agente Lois Salcedo. Como le habrán indicado, necesito hacerle algunas preguntas.

—Claro, sin problema. Tengo un poco de bica , ¿les apetece? —pregunta Aguiar a la vez que nos sirve los cafés y trae un trozo de bizcocho sobre una vajilla de Sargadelos.

—Sí, gracias. —Lois se sirve un trozo de postre.

—Bien, me gustaría saber desde cuándo es usted el médico de Manuela Pita.

—Pues pienso que hará cosa de un año, lo tienen en los informes médicos.

—¿Y le había comentado alguna vez temas personales? —pregunto.

—Estaba derivada al Departamento de Psiquiatría, pero ella era reacia a acudir a las consultas. Así que digamos que de algún modo yo actuaba como su terapeuta.

—Con todos los respetos, si usted no es profesional del tema, ¿cómo es que hacía terapia con ella?

—Tengo un máster en psicooncología y cuidados paliativos.

—Entiendo… ¿Y qué información le proporcionaba?

—Me había hablado sobre la salud de sus padres —le da un sorbo a su café—, en concreto de su padre, y de la precaria situación económica de su familia.

—¿Y a nivel personal de Manuela?

—Pues que se debatía entre dos amores, su expareja y un nuevo amante que tenía.

—¿Qué información tiene al respecto de esos dos hombres?

—Pues que el ex era bastante controlador, pero que aún no se lo quitaba de la cabeza. Y del otro, que era una nueva ilusión y que le gustaba bastante.

—¿Le habló del tipo de encuentros que mantenía con esa nueva ilusión o alguna información de este?

—No, nada más.

—¿Se sentía atraído por Manuela? —Soy directa.

—Nada más lejos —niega con la cabeza y eleva sus cejas—, me temo que no es de mi gusto.

—Ya para terminar. ¿Puede decirme qué estaba haciendo la noche del 19 de mayo?

—Como le expliqué a sus compañeros, me encontraba en esta misma casa.

—¿Estuvo usted solo?

—No, tengo un compañero que me acompaña algunas noches. Pero él no quiere que se sepa de nuestros encuentros, así que no puede corroborar ese hecho.

—Comprendo.

—Ah, una pregunta más: ¿alguna vez ha visto usted a Manuela fuera del hospital?

—Sí, coincidimos en una de las fiestas.

—¿Qué fiestas? Concrete, por favor —le replico.

—No sé si lo saben, pero existen unas fiestas muy diferentes y exclusivas. Allí los deseos carnales se hacen realidad, y todo lo que te puedas imaginar está al alcance de uno mismo.

—Cuéntenos más.

—Verán. Yo estaba en una de esas fiestas.

Hacía poco tiempo que acababa de llegar a la mansión, cuando pidieron ayuda porque alguien se encontraba indispuesto.

—Aguiar toma la cafetera y nos ofrece más café, pero solo Salcedo acepta con un gesto—.

Al principio, no la reconocí, pero después ya vi que se trataba de ella, y casualmente yo era su médico.

—Disculpe que no logre entenderlo. ¿Qué quiere decir con que no la reconoció?

—A ver, déjeme que le explique. Esa noche, mientras yo estaba comenzando a meterme de lleno en el ambiente, escuché cómo la gente de pronto empezó a gritar que viniera un médico.

Cuando me acerqué, me encontré a Manuela tendida en el suelo.

Estaba desmayada, probablemente del tute de la medicación y los tratamientos.

Tan pronto como la atendí, se recuperó rápidamente.

—Pero ¿por qué dice que no la reconoció?, ¿estaba de espaldas a ella? —insisto.

—No, por la máscara.

—¿La máscara? —repito sorprendida—, ¿qué máscara?

—Es un encuentro al que la gente acude con máscaras, así no se les ve la cara. Y cada uno es libre de hacer lo que le plazca sin ser reconocido o juzgado.

—O sea, que es una especie de fiesta de disfraces en las que se mantienen encuentros sexuales bajo su anonimato.

—Algo así. Hay mucho derroche de dinero: los mejores vinos, comida, música y baile en directo. Se disponen varias salas y tú decides en cuál quieres quedarte. Puedes ir solo o acompañado.

—¿Y con quién estaba Manuela en ese momento?

—Cuando eso ocurrió, yo solo pude ver que junto a ella estaba un tipo con una máscara de lobo.

Cuando Manuela se desmayó, parte de su cara había quedado expuesta, y los tres lunares característicos que tenía en la mejilla se veían a la perfección.

Ahí fue cuando me di cuenta de que era ella.

El de la máscara de lobo nos llevó a otra sala para atenderla más cómodamente y poder quitarle la máscara sin que nadie la reconociera.

Después, el hombre de la máscara de lobo desapareció y vino el de la máscara de ciervo, y este fue el que se quedó con ella todo el rato pendiente de que se recuperara.

Se le veía muy preocupado, no paraba de preguntarme si se iba a poner bien.

—Entiendo. ¿Dónde son esas fiestas?

—Siempre son en una mansión o en un pazo que disponga de una finca grande y de cierta privacidad, pero nunca se repite localización, van cambiando de ubicación. Donde ocurrió todo esto era en una de estas mansiones.

—¿En qué localidad fue esa fiesta a la que asistió? —pregunta Salcedo.

—En A Toxa.

—¿En la isla de A Toxa, en O Grove?

—Exactamente.

—¿Y dónde han sido las otras?

—Como ya les digo, varían continuamente, siempre es un lugar diferente que no se repite. Tengo entendido que son pazos o casas con ubicaciones muy exclusivas a las que pocas veces se puede acceder, pero suelen ser en As Rías Baixas.

—¿A través de quién ha sido invitado? —pregunto.

—A mí me llegaba la invitación a mi casa y siempre venía sin nombre ni remitente. Aparecía todo muy bien presentado. Se trataba de un cascabel dorado. Si querías entrar, tenías que llevar el cascabel contigo.

—Ya veo. Si se le ocurre algún tipo de información al respecto que pudiera ser relevante, por favor, háganoslo saber —digo a la vez que me levanto—. Gracias por su tiempo.

—Así lo haré. Igualmente.

Salcedo y yo salimos de la casa del doctor, y le comento a Lois que necesito pasear por la playa un momento para poder procesar toda la información aportada por el médico.