Capítulo 5 #2
—Solo una pregunta más —insisto—. ¿Cómo podría ponerme en contacto con alguna persona que iba a esa fiesta?
—No puede, esas fiestas son exclusivas y solo se accede a ellas bajo invitación. Tienen un dress code muy exhaustivo que, si no se respeta, no te dejan pasar. Además, solo se puede llevar a una persona de acompañante. Yo en algunas ocasiones iba con Manuela.
—¿Y cómo puedo conseguir una invitación?
—Pues el anfitrión ha de hacerle el ofrecimiento. Se trata de un axóuxere dorado, en él está la invitación. No sé si estaría a la altura o se escandalizaría de lo que allí viese. —Pega una risotada.
—Se refiere a un cascabel dorado, ¿no? —Breixo Louzao asiente—. Pues dígales a sus amigos que quiero asistir a esa fiesta.
—Está bien. No creo que la inviten, pero les pasaré la petición.
—Muchas gracias. Una última cuestión que me gustaría preguntarle… —añado—. ¿Desde cuándo existen estas fiestas de las que nos ha hablado?
—No sabría decirle, quizá un par de años. Antes era algo muy discreto donde solo nos juntábamos unos pocos amigos, pero eso acabó yendo in crescendo y cada vez se ha desmadrado más.
—Comprendo, gracias por su aportación.
—Si me disculpan, debo irme. Alfredo los acompañará hasta la puerta. Espero haberlos ayudado y que tengan un buen día.
—Igualmente —se despide Tristán.
De regreso a la comisaría, Tristán y yo vamos comentando nuestro encuentro con Breixo Louzao.
—Tengo más o menos todo hilado, pero a mí hay algo que no me encaja. ¿Cuál es la coartada de este señor? —pregunto.
—Pues tengo entendido que su servicio lo respalda. Parece ser que esa noche cenó en el pazo, después estuvo un rato en la biblioteca y se retiró a dormir.
—El personal de servicio que él paga, ¿no? Ya me parecía a mí.
—A ver, se les ha preguntado y todos corroboran la misma versión. —Tristán se encoge de hombros.
—A mí me da igual lo que digan, seguramente estén siendo coaccionados y se sientan amedrentados.
—Pudiera ser, pero mientras testifiquen a su favor poco tenemos que hacer.
—Entonces debemos encontrar más pistas. Tengo que hablar con Iago Balboa, he de preguntarle por la historia de la Illa da Rúa, a ver si se pudiera relacionar con el pazo de algún modo.
—¿Ese quién es?, ¿su amigo de la facultad de Geografía e Historia?
—El mismo.
—Lo tenemos apuntado. Hablando de temas pendientes, nos ha dicho el jefe que el que no tiene coartada es el oncólogo de Manuela y posee una embarcación en Portonovo que pudiera encajar con la que andamos buscando. Así que nos toca reunirnos con él.
—¿Cuándo?
—La siguiente semana, si no tuviera ningún inconveniente. Debemos ir hasta la zona de Sanxenxo, pues está de vacaciones casualmente y se encuentra en su residencia estival.
—Claro, sin problema. Si me pasa el informe previo y los datos de interés, lo voy preparando este fin de semana.
—Eso está hecho. Se llama Duarte Aguiar.
Al llegar a la comisaría, no puedo sacarme de la cabeza las respuestas de Breixo Louzao.
Me llama la atención la templanza con la que aborda sus gustos sexuales, capeando el tema como si nada.
O es un depravado narcisista al que no le importa en absoluto la opinión ajena, o realmente no tiene nada que esconder y en el fondo le gustaba Manuela y ella disfrutaba también de su compañía.
Releo los informes y busco de nuevo información acerca de las fiestas de las que habla.
También reviso las redes sociales de Breixo Louzao.
Me encuentro con tres perfiles abiertos al público, todos comparten su apellido.
Uno es el del pazo, con sus eventos y visitas; otro, el de las bodegas, que también llevan su apellido y que no paran de cosechar premios.
Y, por último, el propio perfil de Breixo en las redes sociales, en el que se le puede ver a menudo rodeado de amigos, viajando o en reuniones gastronómicas.
Y siempre acompañado de esa sonrisa de medio lado que ofrece en cada imagen.
Lo siguen un montón de personalidades, desde políticos hasta famoso del corazón.
Es complicado adivinar cuál de sus amistades pudiera ser el anfitrión de esas fiestas tan especiales de las que habla.
Al final de la mañana recibo un mensaje en mi teléfono de Roi, en el que me dice que recogerá él a Gael y que se ha tomado la libertad de hacerme una pequeña maleta para que nos marchemos los tres de fin de semana.
A mí ese tipo de sorpresas, lejos de parecerme románticas, me generan un halo de control que no me gusta nada.
A saber qué clase de maleta me habrá hecho.
Aprovecho entonces para adelantar un poco de trabajo y espero a que me avise Roi.
Salgo del edificio y allí está Roi, esperándome junto a mi hijo dentro del vehículo.
Abro la puerta trasera y, después de saludar a mi hijo, me lo como a besos.
Pero el pobre de Gael recibe todo mi cariño sin poder moverse de su sillita de conducción.
Me acomodo en el asiento del copiloto y dejo que Roi me bese fugazmente en la mejilla.
—Hola, guapísima —Roi me recibe con una inmensa sonrisa—, ¿lista para una escapada?
—Qué poco me gustan estas cosas —digo con desaprobación.
—Lo sé, pero he de hacerlo de este modo, porque si espero a que te decidas nos dan las uvas.
—¿Adónde vamos?
—No te lo voy a decir, ya lo irás descubriendo por el camino.
—Pero qué misterios te gastas.
—Ya ves, mujer, déjate sorprender.
Ponemos rumbo a la salida de la ciudad. Por el camino voy hablando con Gael sobre cómo había sido su día en el colegio, pero este pronto se queda dormido en la parte trasera del vehículo.
Después de una hora de trayecto, convencida de que Roi nos llevaría hasta Vigo, puedo ver cómo continua de frente y deja a un lado la ciudad olívica.
Poco después observo cómo nos dirigimos en dirección a Baiona.
—¿Vamos hasta Baiona? —comento mirando la vista a través de los vidrios—. Empiezo a tener hambre.
—No te preocupes, haremos una parada para comer, que ya poco nos queda para nuestro destino.
Roi atraviesa Baiona, que es un pueblo costero dentro del área metropolitana de Vigo.
Tiene mucho encanto y un casco viejo muy acogedor.
Una fortificación con murallas nos recibe al adentrarnos en el Parador de Baiona.
Al bajar del vehículo, Gael se despereza y le cuesta situarse.
Nos introducimos en el edificio y nos dirigimos a la recepción.
Allí, Roi confirma nuestra reserva para la comida.
Entramos en el restaurante. Sus grandes ventanales obligan a dirigir la mirada hacia el mar; desde allí, como si de un cuadro se tratase, se disfruta de una vista inmejorable de donde descansaban las espectaculares Illas Cíes.
Degustamos un menú apetitoso y de tradición gallega, con pescados y mariscos de la ría, que nos inunda de sabor.
Después de deleitarnos con las vistas y el manjar gastronómico, volvemos a subirnos en el turismo.
Tomamos rumbo hacia el sur y continuamos hasta que nos recibe el país vecino de Portugal.
Durante el trayecto, Roi toma la salida hacia Viana do Castelo.
Traspasamos la ciudad y nos conduce hacia una casona antigua.
—Oh, ¿y este sitio tan chulo? —pregunto sorprendida por el bello entorno.
—Es un antiguo pazo que está rehabilitado desde el año pasado. Tiene jardines enormes con una piscina grande para que Gael chapotee, además dispone de servicio de masajes. Te va a encantar.
—Te aseguro que solo con escuchar la palabra «masaje» me relajo. ¿Y cómo has dado con este lugar?
—Me lo recomendaron en el trabajo. Una compañera vino con su marido hace poco.
—Pues tiene muy buena pinta. —Me sorprende que Roi haya sido capaz de escoger un hospedaje tan bonito—. ¿Hasta qué día tenemos reserva?
—Hasta el domingo. Son dos noches, así podremos desconectar.
Dejamos el coche en el aparcamiento y entramos en el edificio.
El pazo entremezcla las comodidades de nuestro siglo con las del estilo rústico y señorial.
Un amable recepcionista nos da la bienvenida.
Después de subir las maletas y asentarnos en nuestra cómoda y preciosa habitación, pensamos que es mejor aprovechar el buen tiempo y estar un buen rato en la piscina disfrutando con Gael.
Se nos pasa la tarde volando, y decidimos cenar algo ligero en el propio pazo.
Al día siguiente vamos a pasear por la playa y visitamos los lugares más reconocidos de la zona sin perdonar nuestro plato de bacalao portugués a la brasa.
Por la mañana me despierta una batalla de besos y abrazos de Roi y Gael.
Me encanta escuchar a Gael soltar carcajadas de felicidad y perderme entre sus brazos.
Decidimos acercarnos al mercado. Una de las cosas que más me gusta de Portugal es visitar sus maravillosos mercadillos.
No hay nada que más me encante que rebuscar entre las mantelerías y ropa de cama portuguesas.
Y qué decir de sus vajillas. Puedo perder la noción del tiempo regateando en los locales hasta conseguir el precio más competitivo.
Tras degustar de nuevo platos exquisitos, ponemos rumbo a nuestra casa.
Los domingos me gusta disponerlos hasta media tarde; una vez llegado ese momento, quiero dejar todo listo en casa para comenzar una nueva semana.
Me acuesto reconfortada, con la sensación de haber desconectado y disfrutado de un fin de semana en familia como hacía tiempo que no lo hacía. Quizá no ha sido tan mala idea delegar y confiar en Roi: quiere lo mejor para nosotros, y parece que se está esforzando por demostrarlo.
Después de arropar y desearle buenas noches a Gael, me acurruco en mi cama junto a Roi.