Capítulo 5
Tristán y yo llegamos a la entrada del pazo y, después de presionar el timbre del interfono y presentarnos, se abren las puertas de unas grandes verjas verdes.
Mientras chirrían al abrirse paso, observamos cómo los dibujos de las volutas y las caracolas ornamentan las fastuosas puertas metálicas.
Estas se apoyan en dos columnas de granito y refuerzan el cierre del portón.
En la parte superior luce un escudo de la familia tallado en piedra.
En él se pueden observar cuatro símbolos heráldicos: un viñedo, las olas del mar, dos espadas cruzadas y la cornamenta de un ciervo.
Tras cruzar el umbral, un camino de finas piedras y arena nos dirige hasta las caballerizas.
Los setos perfectamente cortados de los jardines franceses recogen nuestro trayecto y se puede vislumbrar a lo lejos la gran extensión de viñedos.
Aparcamos el automóvil al lado de una capilla, justo debajo de un porche de madera, donde lo hacen los visitantes.
Allí se ven señales de madera y carteles que indican la entrada.
Salimos del vehículo y nos dirigimos al pazo.
—Pues sí que tiene una buena choza el Louzao este —comenta Tristán a la vez que cede el paso a un pavo real—, y además ha soltado hoy a sus gallinas salvajes para que viéramos toda su exuberancia.
—Ya sabes cómo se las gasta esta gente —añado.
Seguimos las anotaciones que nos orientan.
Cruzamos al lado de un antiguo invernadero de cristal repleto de orquídeas, a continuación pasamos al lado de un largo hórreo con muchos pilares en forma de pies y, finalmente, atravesamos una fuente con unos bancos de piedra a su alrededor.
El lugar parece de cuento. En la senda final, nos topamos con dos majestuosos magnolios que guarecen el pazo.
Este luce grandes ventanales blancos a través de los cuales pasa la luz del sol, y en la parte superior sus vidrios forman una mansarda.
Una escalinata semicircular de piedra guía la entrada al edificio.
La casona está custodiada por dos ciervos tallados en granito en sus puertas principales, y en el dintel se observa el escudo familiar.
Las regias puertas de madera maciza tienen una aldaba con una cornamenta de venado en dorado.
No nos hace falta llamar, pues, nada más acercarnos a la entrada, un hombre que parece un sirviente nos abre las puertas.
—Buenos días. El señor Louzao los espera en la biblioteca. Por favor, acompáñenme.
Tristán y yo cruzamos nuestras miradas y sonreímos, en un gesto de incredulidad, antes de seguir a aquel hombre con una vestimenta impoluta.
El espectáculo de opulencia continúa en su interior.
Un fresco en el techo, junto a unas vidrieras de colores, nos recibe.
Atravesamos largos y altos pasillos, engalanados de espejos dorados, tapices con óleos de sus ancestros y más trofeos de caza con cornamentas de cérvidos.
Al final de un enorme corredor, dos portones abatibles nos dan la entrada a la gran sala de lectura.
Es el sueño de cualquier lector: está repleta de antiguos volúmenes que atestiguan el paso del tiempo.
Al fondo, una escalera de caracol de forja negra abre camino hacia un piso superior también lleno de libros.
A un lado, un cuadro de Laxeiro corona la chimenea francesa, y junto a esta, en un diván de piel negra, reposa nuestro entrevistado.
Él es de aspecto juvenil, probablemente de mi quinta.
Viste un polo beis de marca con unos pantalones chinos azules y lleva unas esparteñas en color marrón caramelo.
Su cabello es oscuro, ondulado y repeinado para atrás.
Sostiene en la mano una pipa de fumar y, en la otra, un libro.
Reparo en este y veo que se trata de una novela de Edgar Allan Poe.
El hombre que nos guía se acerca a Louzao, que rápidamente se yergue y se aproxima a saludarnos.
—Aquí están los agentes, señor Louzao —anuncia el sirviente.
—Muchas gracias, Alfredo, puede traernos café y unas pastas. —Se acerca hasta nosotros y nos estrecha la mano a la vez que dice—: Buenos días, aquí Breixo Louzao.
—Somos Tristán Castro, subinspector de policía, y Laia Ramuín, psicóloga forense —nos presenta.
—Encantado, como ya les he comentado a sus compañeros, tienen las puertas abiertas para cualquier testimonio que pueda aportar. Por favor, tomen asiento.
—Gracias. —Me acomodo en el chéster negro de piel—. Quisiera hacerle unas preguntas relacionadas con Manuela Pita.
—Sí, claro.
—Bien. ¿Hace cuánto tiempo que conocía a Manuela?
—Pues de toda la vida, no coincidimos en estudios porque yo he estado estudiando en el extranjero y soy mayor que ella, pero sí de salir de fiesta básicamente. Tenemos algunos amigos en común.
—Tengo entendido que se ha estado viendo con Manuela en el último año con encuentros en el pazo.
—Pues sí —responde muy directo—, manteníamos relaciones esporádicas.
—¿Qué tipo de relaciones?
—De índole sexual principalmente —comenta sin titubear—. La verdad es que Manuela siempre me gustó.
—¿Diría que eran relaciones consentidas y con algún intercambio económico?
—Sí, lo cierto es que Manuela necesitaba el dinero. Ella me daba unos servicios que yo deseaba y, a la vez, yo le aportaba ese sustento económico que ella necesitaba. Era un win-win .
—¿Podría decirme, si es tan amable, qué clase de favores sexuales le proporcionaba?
—Pienso que no es incumbencia de la policía saber el tipo de práctica sexual que mantenía con ella. —Inhala fuertemente en su pipa y exhala el humo vaporizando la estancia—. Pero, como no tengo nada que esconder, he de decirles que practicábamos juegos eróticos relacionados con el bondage .
—Comprendo. ¿Siempre en el pazo de Louzao y con usted solo?
—No siempre. A veces compartíamos encuentros, a los que ella siempre accedía. Nunca se ha hecho algo que ella no quisiera hacer. Como le digo, era un intercambio consentido y del que ella sacaba buen provecho, tanto a nivel de satisfacción personal como económico.
—¿Dónde surgían esos encuentros? —El tema atrae mi curiosidad.
—Tengo amigos que dan muy buenas fiestas, y nos gustaba divertirnos.
—Necesito que concrete. —Tristán va al grano—. ¿Dónde eran esas fiestas?
—En casa de algún amigo.
—¿Y cuántas personas se implicaban?
—No sabría decirle, depende de los que quisieran unirse a nosotros. —De nuevo le da otra calada a su pipa—. A veces solos y otras acompañados.
—¿Sabe si existía el consumo de algunas sustancias en esas fiestas?
—A ver, todo el mundo quiere divertirse y disfrutar de la experiencia.
—Pero ¿sabe si Manuela consumía algún tipo de droga en esos eventos? —insisto.
—Supongo que sí —juguetea con la pipa—, no sabría serle más concreto.
—¿Cada cuánto hacían esos encuentros acompañados?
—Una vez al mes. Y los nuestros eran semanales.
—¿Alguna vez Manuela se vio amenazada o sintió que su vida corría peligro?
—Nunca. Manuela siempre accedía.
—¿Cree que Manuela solo lo hacía por intereses económicos?
—No lo creo, pues en las últimas ocasiones algunas veces quedábamos y ella no quería aceptar el dinero.
Es más, era ella la que pedía verme. Aunque no se lo parezca, Manuela tenía su carácter, su personalidad, que para los de fuera era demasiado correcta.
Sin embargo, ese nivel de autoexigencia que mantenía no la dejaba avanzar y explorar más allá.
Me había dicho una vez que, gracias a verse conmigo, había sentido una liberación dentro de ella, que le había descubierto una parte de ella misma que desconocía.
—Quiere decir que mostraba una cara para el público y otra en la intimidad.
—No es eso. Manuela siempre ha sido impecable, pero había estado solo con una persona y no tenía más conocimiento que eso.
Ella me transmitió que el hecho de vivir en un barrio pequeño donde todos se conocían no le había permitido explorar más allá por el qué dirán.
Junto a mí se eximió de su propia represión y al fin se encontró consigo misma, con su esencia.
Lo que decía Louzao me recordaba que en el diario de Manuela parecía que existieran dos versiones de ella. Y, hacia el final de su enfermedad, era cierto que se observaba una Manuela más liberada de prejuicios y con un autoconcepto más desarrollado.
—¿El intercambio se producía en efectivo? —continúa Tristán.
—Sí, esa era su condición. No quería que su familia se enterase.
—¿Sabía usted que Manuela padecía una enfermedad? —Necesito saber si se había aprovechado de ella o si realmente había sido su vía de escape.
—Sí, me lo había contado. —Louzao agacha la cabeza—. Me entristeció mucho, pero quise disfrutar de ella y con ella todo lo que su enfermedad nos permitiera. En el fondo siempre existía la esperanza de que se curase.
—¿Alguna vez se planteó tener o proponerle tener una relación seria con Manuela?
—Nunca, yo no soy hombre de una sola mujer. —Crea círculos en el aire con el humo exhalado—. Me gusta ser libre.
—Vamos, que Manuela solo le servía para satisfacer sus deseos sexuales.
—No siempre. Yo disfrutaba mucho de la compañía de Manuela y a veces manteníamos conversaciones acerca de nuestra vida.
—Y, en esas conversaciones, ¿podría decirme qué intimidades le detalló?
—Sus preferencias sexuales, su enfermedad, su situación económica con los padres y poco más…
—¿La notaba rara últimamente?
—¿Rara…? Eh… La verdad es que no.
—¿Sabe quién pudo haberla matado? —Voy al asunto.
—No. Manuela no tenía enemigos, sé que su expareja la perseguía y controlaba. Antón no había pasado página. En cualquier caso, no creo que fuera capaz de hacer algo así.
—Entiendo.
Empiezo a dibujar el perfil de Louzao, pues con lo que me responde lo voy encauzando. Por lo que cuenta, sé que Manuela le gustaba más de lo que él pudiera admitir. Este tipo de personalidades se venden como un lobo solitario, pero acaban creando cierta dependencia.
—Bien, si no tienen nada más que preguntarme, debo dejar por zanjado este encuentro. He de marcharme de inmediato al aeropuerto.