El eco de la niebla Capítulo 4 #3
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Capítulo 4 #3

—Bien, liada con el caso. Me encantaría contarte más, pero ya sabes que no puedo. Tengo que echar un vistazo en el ordenador antes de acostarme, para avanzar en el tema.

—¿Quieres que bañe y acueste yo a Gael? Así puedes trabajar un poco y no te vas para la cama tan tarde.

—Me parece buena idea, tómate la cena antes de que se enfríe. Yo ceno rápido y me pongo al lío.

Al terminar, me enfrasco de nuevo en el caso.

Busco información acerca de la ópera de La traviata e intento repasar todo por si mis recuerdos me fallan y se me escapa algún detalle.

La traducción al castellano es «la extraviada» y, según las informaciones encontradas, la protagonista, Violetta, era una cortesana de clase alta de París.

Busco en el diario de Manuela algo que justificara que ella mantuviese algún tipo de relación con personas de alto standing a cambio de dinero.

Pero no encuentro nada. Necesito indagar más y para ello la información que me pudiese proporcionar su entorno sería clave.

Me he fijado en que también en dicha ópera se habla de una camelia; la protagonista le entrega esta flor a su amado y este deberá devolvérsela cuando se marchite.

De ahí el nombre de la obra en la que se basaba, La dama de las camelias .

Entonces busco alguna pista, y en el diario de Manuela reparo en que habla de una camelia a la que acude para evadirse.

Pero, al no ofrecer ninguna información al respecto de dónde puede estar, me resulta complicado hacerme a la idea de cómo ubicarla.

En Galicia hay muchas camelias y existen numerosas variedades, pero la más común es la japónica, que recibe su nombre al haberse traído del país nipón.

Las camelias visten los jardines de los pazos gallegos desde hace siglos y engalanan muchas casas y parques en la actualidad.

Por lo tanto, para poder encontrar esa camelia de la que habla Manuela, se tendría que preguntar a su entorno.

Tras unas horas trabajando en el caso, me acabo yendo para la cama.

Por la mañana temprano y tras haber tomado un breve desayuno, me dirijo a la comisaría para hablar con el inspector jefe acerca de las impresiones obtenidas con las pistas.

Limán nos reúne en su despacho, a mí y al equipo que lleva el asesinato de Manuela, y tras repasar el caso me pregunta el inspector:

—Ramuín, ¿qué nos puede comentar acerca de cómo es el asesino?

—Bien, puedo comentarles varias percepciones.

Con respecto a la partitura presentada, esta se encontraba en una notación antigua con el tetragrama.

Eso me lleva a pensar en dos cosas: una, que el asesino se aferra al pasado, pues debe de tener un episodio que no le deja avanzar, o simplemente que cualquier tiempo pasado siempre fue mejor.

Y, por otra parte, pienso que el asesino tiene nociones de música y ha de saber bastante del tema, pues ha conseguido transportar la tonalidad de la melodía para hacerla cuadrar en la pista que nos ha dejado.

—Está claro, debe de proceder de una familia de bien o acomodada que ha recibido estudios musicales —añade Limán.

—Eso mismo creo yo. Además, el hecho de estar manuscrita denota que lo analógico prevalece por encima de todo.

Es una persona que valora las cosas hechas con calma, con precisión, y también ese hecho demuestra que ha decidido tomarse la molestia de escribirla para dejar claro que él es quien orquesta todo.

Otra pista importante es dónde ha aparecido la partitura.

Me refiero a la batuta, ya que esta tiene un doble simbolismo: por un lado, remarca que él es el director, ya que en este caso es el ejecutor, y, por otro, la forma de la batuta crea un emblema fálico en sí mismo.

De este modo, el mensaje de la batuta remarca que tiene el control y que pretende reivindicar ese empoderamiento.

Por otro lado, el hecho de dejar el cadáver encima de una de las grandes rocas de la Illa da Rúa nos lleva a ensalzar el cuerpo de Manuela, generando importancia sobre este, así que debe de ser una persona importante para él o que merecía sus respetos.

A mayores, he de señalar que, dentro de la escenografía, la meticulosidad del tratamiento del cadáver, eligiendo el muslo en vez la carótida para que no se viese daño aparente, refleja que quería que se congelase el tiempo para Manuela y que su imagen perdurara.

El entorno donde deposita el cadáver, un paraje apartado, rocoso y de difícil acceso, sirve para emular ese ambiente inhóspi­to.

Esto nos habla de su mundo interior, de una persona introvertida, sin amigos, carente de empatía.

Del mismo modo, la vestimenta con la que aparece, un simple sudario, sin adornos y sencillo, parece emular esa pulcritud y también sugiere que podría transmitir un respeto por la víctima, o bien que quisiera disfrazar y limpiar su imagen.

Y, por último, tenemos la pista musical hallada, en la que juega mediante analogías para definir y proporcionar información sobre Manuela, pues toda ópera es un drama.

Este hecho nos habla de una persona manipuladora a la que le gusta moldear a las personas a su antojo.

Por lo tanto, todo en sí mismo es arte para él y esta es su obra, pues va creando esas pesquisas y, así, está generando una firma, como si fuera un artista.

Busca que se tenga en cuenta su identidad.

Quiere que se le proporcione ese reconocimiento, de ahí viene tanta puesta en escena, pero a su vez le gusta mantener el control bajo el anonimato.

—Su resumen acerca del perfil me parece como siempre sublime. —Limán asiente sutilmente—. No podría estar más de acuerdo. Con estos análisis, acotaremos la búsqueda y trasladaremos la información al equipo.

Después de ponernos al día, nos queda por entrevistar a la expareja de Manuela.

Me había parecido ver al subinspector en medio de la reunión.

Poco después él me busca. Como de costumbre, viene vestido impecable, suficientemente formal para el trabajo desempeñado pero a la vez juvenil y desenfadado.

No todo el mundo puede vestirse con esa clase y obtener el mismo resultado; además de la percha, hay cierto carisma en él que se respira en el ambiente sin que medie palabra.

—Veo que su fama hace honor a su talento. —Tristán ladea la cabeza en gesto de admiración.

—¿Qué quiere decir? —pregunto.

—Ha hecho un resumen del perfil del asesino muy bueno. Pocos profesores recuerdo en la facultad con su arrojo y olfato para detectar este tipo de personalidades psicópatas.

—Se supone que es mi especialidad. Pero gracias por el cumplido.

—Sabía que regresar a Galicia iba a ser un acierto, y, al escuchar su análisis, usted me lo acaba de confirmar.

Sus palabras me sonrojan, no sé si solo ha sido por lo que él ha dicho.

Tristán me invita a repasar los datos del primer entrevistado; se trata de la expareja de Manuela.

Nos está esperando en la sala contigua y, junto a Tristán, me dirijo al encuentro.

Allí espera Antón, sentado frente a una mesa; se le ve un chaval con cara de pocos amigos.

De estatura media, fuerte de hombros, con el pelo rapado y un tatuaje en el cuello que asciende por su nuca y le engarza la oreja.

—Buenos días, soy el subinspector Castro. Le presento a mi compañera, que le va a hacer unas preguntas.

—Buenos días, soy Laia Ramuín, la psicóloga forense. Me gustaría preguntarle acerca del tipo de relación que mantenía con Manuela.

—Buenas. —Se levanta y hace el amago de acercarse para estrecharnos la mano, pero al ver nuestra impasibilidad se sienta de nuevo en su asiento—.

Manuela y yo fuimos pareja durante casi cuatro años.

Nos conocíamos del barrio, coincidimos en el instituto, después en la pandilla de amigos… Vamos, de toda la vida.

—Y, antes de la muerte, ¿qué tipo de relación tenía con ella?

—Pues lo normal. Si le digo la verdad, ella casi no me hablaba, más bien lo justo. Manuela dejó de andar con la pandilla. —Se rasca la oreja—. Hacía cerca de un año que andaba muy solitaria. Ya no quería saber nada de nosotros.

—¿De usted o de los amigos de la pandilla? —recalco, pues no me fío de sus palabras.

—Supongo que de mí especialmente, ya llevábamos cerca de año y medio que no estábamos juntos, pero el año pasado aún nos habíamos enrollado en alguna borrachera.

Un día se cabreó conmigo y me dijo que no podíamos vernos nunca más.

Entonces los días siguientes estuve un poco pendiente de ella a ver a qué andaba.

Y la vi salir con un tipo que tenía un cochazo y que siempre iba de traje.

—Vamos, que la controlaba. —Miro para Tristán y elevo las cejas con desaprobación.

—A ver, Manuela lo había sido todo para mí.

Yo estaba muy enamorado de ella, pero un día me dijo que yo no era suficiente y que no valíamos para estar juntos.

Sin embargo, a la semana siguiente salía de fiesta, se emborrachaba y se liaba conmigo.

Y estuvo haciendo eso al menos unos tres o cuatro meses. Has­ta que apareció ese tipo…

—¿Y a usted qué le parecía que de pronto quisiera estar con usted y después se olvidase? —pregunto.

—Pues mal, ¿qué me va a parecer? Yo le escribía al teléfono y, o me decía que había sido un error, o me ignoraba, pero después con sus actos demostraba lo contrario. Cada quince días volvíamos a juntarnos los fines de semana. Hasta que paró de repente y me quedé con la mosca tras la oreja.

—¿Se considera usted celoso? —Lo miro fijamente.

—¿Yo? Pues no sé… Supongo que lo normal. —Se encoge de hombros—. Aunque lo mío no creo que fueran todo celos, yo quería que Manuela estuviera bien, y la notaba rara, muy distante, y quería saber también por curiosidad el porqué del cambio.

En ese momento me doy cuenta de que Antón no sabe nada acerca de la llegada de la enfermedad a la vida de Manuela.

—Díganos, ¿cómo eran los encuentros con ese hombre? —pregunta Tristán.