El eco de la niebla Capítulo 4 #4
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Capítulo 4 #4

—Siempre hacía lo mismo. Manuela salía del garaje de su casa, iba para el centro de Vilagarcía y dejaba el coche cerca del puerto.

Después andaba hasta la plaza de Ravella y se sentaba en un banco.

Yo no sé qué sistema tenía, pero él debía de verla desde la carretera, y entonces ella se levantaba del banco y se acercaba hasta el asfalto.

Aparecía el coche con el tipo ese, lo dejaba en doble fila, bajaba del coche, le abría la puerta y ella se metía dentro.

—¿Y alguna vez ha seguido al coche hasta saber adónde iba?

—Pues sí, y siempre se dirigían al mismo sitio: al pazo que hay a las afueras de la ciudad, ese que es tan famoso por el vino. Lo que pasa es que, una vez que entraba el coche, las verjas se cerraban.

—¿Sabe cuánto tiempo permanecían en el interior? —Mi curiosidad aumenta.

—Pues el hombre la recogía casi siempre después de comer y la volvía a dejar allí de nuevo al final de la tarde más o menos.

—¿Y puede describirnos al hombre y el modelo del automóvil? —pregunta Tristán.

—Sí, ya se lo he comentado a los otros policías.

Él era un señor mayor con gafas, con el pelo blanco y grandote.

Yo no sé qué carallo veía en él, supongo que la pasta, porque guapo no era.

El coche era negro con los cristales tintados, era un Lexus RX de alta gama.

Ese coche no lo tiene cualquiera. A mí me daba por pensar que Manuela andaba metida en cosas raras.

Aquí vive mucha gente de la ría, pero los hay que viven de ella por delante y otros por detrás.

—¿Cuánto tiempo mantuvieron esos encuentros? —continúo.

—Pues debieron de empezar cuando Manuela me dijo que no quería saber de mí, hará menos de un año.

—¿Alguna vez los ha visto fuera de esa rutina de encuentros que tenían?

—No, siempre en el mismo sitio. Yo los vi quedar durante un par de meses y después me cansé de seguirla.

—Juguetea con su reloj—. Aunque sé que se seguían viendo porque hará cosa de un mes y medio pasé por allí y ella estaba entrando en el coche.

Y justo hace un par de semanas, de casualidad, tuve que ir al concello a arreglar un papeleo y también la vi saliendo del coche otra vez con ese tipo.

Siento curiosidad por saber más acerca del desconocido de Manuela, pero creo que a Antón no le queda más carrete que estirar. Le hago un gesto a Tristán para que finalice la entrevista.

—¿Algo más que considere destacable y que quiera compartirnos? —remata Tristán.

—Cualquier cosa más personal se lo puede decir su amiga Sonia, eran inseparables.

Pero, en cuanto a mí, no. Solo quiero decir que yo quería a Manuela, sigo sin entender que ya no esté aquí.

Es… Bueno, era muy buena chica. Nunca se metió en ningún lío.

Lo peor que hizo en su vida fue dar con un badanas como yo.

—Parece que Antón pronuncie esas palabras resquebrajándosele la voz y con los ojos vidriosos.

—Muchas gracias por su información, Antón. Cualquier cosa que necesitemos nos pondremos en contacto con usted —concluyo.

—Vale, gracias.

Después de haberse marchado Antón, Tristán decide llamar a la amiga de Manuela, con la suerte que está disponible y se puede acercar hasta la comisaría en media hora aproximadamente.

Mientras la esperamos decidimos apartarnos a una sala contigua para hablar Tristán y yo antes de que llegue la amiga de Manuela.

—Menuda pieza el Antón este, ¿no? —comenta el subinspector.

—La verdad es que sí, pero no lo veo sospechoso en ningún sentido.

—Tiene coartada la noche que asesinaron a Manuela, que, si no fuese así, yo lo pondría de sospechoso número uno.

—No hubiera hecho falta. Fíjese, es el típico despechado que no es capaz de avanzar. Él mismo apunta que perdió interés por ella. No creo que su obsesión fuera más allá de querer cerrar su etapa con Manuela.

—Sí, pero perseguirla y controlar a qué hora queda con ese hombre y a qué hora regresa…

—Lo sé. Pero, insisto, no es el perfil que andamos buscando ni mucho menos.

—¿Y qué opina del hombre misterioso? —Tristán fija sus ojos aguamarina en mí.

—Pues eso es lo que me tiene intrigada, aunque apuesto a que la amiga de toda la vida, y de la que tanto habla en su diario, nos puede dar una respuesta.

Los padres de Manuela dicen que lo contaba todo y, por su forma de escribir y por cómo la describen, creo que era una persona que necesitaba el apoyo de alguien para poder desahogarse, y qué mejor que su amiga de toda la vida para poder contarle sus mayores secretos.

—Ojalá sea cierto. —Tristán eleva suavemente sus cejas.

Salcedo se acerca a nosotros y me trae la información de la nueva entrevistada.

Leo el informe del interrogatorio de la amiga, y por lo que comenta es su amiga más íntima.

Cotejo el nombre de la persona que acompañaba a Manuela a sus tratamientos oncológicos con el de su amiga y observo que coinciden.

Por lo tanto, deduzco que está al tanto de su situación.

Mi intención es sonsacarle la mayor información posible acerca de la nueva compañía de Manuela, así como saber cómo ha gestionado su salud desde el diagnóstico.

Al poco rato, nos informan de que Sonia, la amiga de Manuela, se encuentra en comisaría.

Poco después entra en la sala en que la esperamos.

Viene vestida con un traje azul oscuro, su tez es pálida, y, por su forma de andar y de observarlo todo, parece que está nerviosa.

Tristán le muestra su asiento y esta se acomoda en la silla, pero su postura es insegura, cabizbaja, con las piernas cruzadas, y sus manos no paran de buscarse la una a la otra para juguetear con los anillos y las pulseras que lleva puestos.

Su pierna se sacude en un tic repetitivo.

—Buenos días, Sonia. Este es el subinspector Castro y yo la psicóloga forense Laia Ramuín.

—Buenos días —contesta Sonia sin elevar mucho la vista.

—Necesito averiguar algo que ayude a encontrar a la persona culpable de acabar con la vida de Manuela.

Sé que usted y Manuela eran grandes amigas.

Nosotros somos conocedores de alguna información que Manuela no ha querido compartir con su familia, y quisiera saber si usted sabe algo al respecto —continúo.

—¿A qué se refiere? —Su voz es tímida.

—A su estado de salud —concreto.

—Sí, Manuela me había contado lo de la leucemia. No quiso decirles nada a sus padres para no preocuparlos. —Sus piernas siguen sacudiéndose—. Además, ella estaba convencida de que se iba a curar y quería esperar a estar más fuerte para contárselo.

—Comprendo. ¿Y alguna vez la acompañó en sus visitas médicas?

—A casi todas, yo manejaba información de primera mano. Y, de hecho, yo era su persona de contacto en caso de emergencia.

—¿Y puede comentarme algo de la vida sentimental de Manuela?

—A ver… Manuela tenía sus cosas, como todos, supongo.

—Se encoge de hombros—. Ya hacía casi un año que no se veía con Antón.

Ella estuvo muy enamorada de él y le costó mucho desengancharse.

Pero esa relación fue muy tóxica. Él era celoso y controlador, y ella discutía mucho con él. Al final acabaron cada uno por su lado.

—¿Qué opina de Antón? —pregunta Tristán.

—A mí no me gustaba del todo su forma de ser. Si no fuera por los ataques de celos que le daban a veces… Aunque en el fondo no es mal chaval. He de reconocer que la traía en palmitas; él tenía adoración absoluta por Manuela.

—¿Y qué me dice de los encuentros con su nuevo amigo? —me intereso por el desconocido.

—Esto… Tengo miedo de decir algo sobre esto. —Juguetea con su anillo—. Le juré a Manuela que nunca diría nada, pero quiero que aparezca su asesino.

—Claro, usted está haciendo lo correcto. —La miro fijamente a los ojos y asiento—. No tenga miedo por fallar a la palabra de Manuela; la cumplió mientras ella necesitaba que lo ocultase.

—No le tengo miedo a eso. Me da miedo quién hay detrás de esos encuentros. Es una persona muy conocida en la zona y tiene muchas influencias.

—Sonia, puede confiar en nosotros, de verdad —insiste Tristán.

—Está bien, lo hago por Manuela. —Besa con sutileza la virgen que cuelga de su medalla—.

A ver, los encuentros se refieren al hijo del dueño de Bodegas Louzao.

Esa relación empezó porque Manuela quería tener unos ahorros por si pasaba algo.

Los padres de Manuela ya no eran capaces de mariscar.

La madre tiene fibromialgia y no le concedieron la incapacidad permanente, y el padre, desde que tuvo aquel accidente, ya no es el mismo y su espalda siempre está resentida.

Por lo tanto, en los últimos años, el dinero que entraba en esa casa era gracias a Manuela.

Yo creo que ella quería dejarles un seguro por si las cosas no acababan bien, ¿comprenden? —se justifica.

—Claro.