Capítulo 4 #2
—Ya ve. No hay ópera sin drama. A nivel musical he de decirles que es una ópera en tres actos, en la que Violetta es interpretada por una voz de soprano y Alfredo por un tenor.
Les puedo ampliar más información acerca del compositor, de los instrumentos, etc.
Pero pienso que es mejor que ese tipo de anotaciones se las envíe en un informe detallado, junto con cualquier información más concreta sobre el tema que precisen.
—Sí, por favor. Se lo agradecemos. Si encontráramos algo más en lo que usted nos pudiera ayudar, le avisaríamos. Muchas gracias por su tiempo —agradece Tristán.
—Muchas gracias, Xiao, y también por el café —me despido.
—Nada, es un placer. Cualquier cosa, me comentan.
Salimos del edificio y Tristán me propone tomar algo antes de regresar a la comisaría.
Nos sorprende bastante la información recapitulada por el musicólogo.
Pero decidimos aplazar esa conversación para el viaje de regreso a Vilagarcía de Arousa, por si pudiera escucharnos alguien.
Paramos en una cafetería que me gusta mucho y que está muy cerca de donde nos situamos.
Se encuentra ubicada en el barrio de San Pedro, uno de los más bohemios de la ciudad compostelana.
Se trata de un local pequeño pero con mucho encanto.
Tiene unas galerías en la parte trasera que se asoman a una zona de las huertas, desde donde se ve el parque de Belvís, otro entorno verde de Santiago de Compostela.
Decidimos situarnos cerca de las galerías, dejando que los rayos del sol calienten los vidrios.
Tomamos unas tostadas para acompañar mi café y su zumo.
—Menos mal que ha pedido descafeinado, porque tres cafés en una mañana la podrían poner como una maraca. —Tristán saca a relucir su sonrisa traviesa tan adorable.
—Ya le digo. Por suerte no me conoció en mi época universitaria, eso sí que era una adicción al café en toda regla.
—La creo bien. Por cierto, usted es de aquí de Santiago, ¿no?
—Sí, soy compostelana de toda la vida, es decir, que soy picheleira de pro.
—¿Y dónde estudió? —Tristán termina su zumo.
—Pues cuando terminé mis estudios de COU, allá por finales de los noventa, decidí quedarme en mi ciudad natal y cursar los estudios de Psicología en la Universidad de Santiago de Compostela.
Después de licenciarme me pasé un año haciendo puramente psicología clínica.
Me gustaba y se me daba bien, pero necesitaba especializarme.
Se juntaron dos circunstancias: una, que yo quería marcharme y vivir fuera de la ciudad donde estaban mis padres, y otra, que quería completar mis estudios de Criminología.
Entonces me mudé a Madrid y estudié Criminología en la Complutense.
—Anda, usted también estuvo por Madrid. Pero ¿no había Criminología en Santiago?
—Sí, pero eran estudios en el Instituto de Criminología de Santiago de Compostela y no era una carrera como tal, razón principal por la que me marché a Madrid.
—Comprendo. ¿Y cuánto tiempo se quedó en Madrid?
—Pues estuve cerca de ocho años. Entre la carrera, el máster de Psicología Forense y Criminal y las prácticas, aún estuve una temporadita.
Después, cuando me propuse hacer el doctorado tuve un impasse de unos cinco años en los que regresé a Compostela, terminé el doctorado y escribí mi primer libro.
—¿Y cuándo comenzó a colaborar con la policía? —Tristán parece intrigado.
—Pues en el 2018. Con el inicio del grado en Criminología, la Universidad de Santiago de Compostela me propuso como profesora en materias relacionadas con la psicología forense y criminal.
Al año siguiente, y tras haber escrito otro libro, la policía me ofreció colaborar con ellos y llevar casos relevantes de Galicia, teniendo la sede en Santiago de Compostela.
—Termino mi descafeinado—. Después, con la llegada de la pandemia y mi recién maternidad, decidí, junto con mi marido, que necesitaba vivir en una zona tranquila y cerca del mar.
Mi sueño siempre había sido tener una casa para disfrutar con mi familia en una zona apacible y con vistas al mar.
—Creo que lo de la casa con vistas al mar es el sueño de todo el mundo. —Tristán fija su vista en mí con interés, y yo no logro acostumbrarme a su mirada—. ¿Y se ha cumplido el sueño?
—La verdad es que sí. Al venirme a vivir a Vilagarcía, conseguí disfrutar de mi maternidad.
Tuve mucha suerte, pues la policía no se opuso a dejarme colaborar ocasionalmente desde la sede de O Salnés.
Además, al reducir mi intervención en la facultad a un día por semana y el resto hacerlo online, logré mi ansiada conciliación.
—Caray, admiro que haya podido priorizar y poner a su familia por delante del trabajo. —Tristán asiente con complicidad—. ¿Cuántos años tiene su hijo?
—Gael tiene seis años. Es lo mejor que me ha pasado en la vida, y, si no pudiera disfrutar de él, no trabajaría en esto.
—Pues entonces el mundo se perdería a una gran profesional.
Su carrera es increíble. He leído sus libros y lo sé todo sobre su participación en casos anteriores.
Me fascina cómo su ayuda ha sido clave para resolver los enigmas de los asesinos creando unos perfiles psicológicos tan buenos y acertados.
—Lo cierto es que mis largas horas de estudio han tenido su fruto. —Se acerca una camarera y aprovecho para pedirle la cuenta—. Pero he de decir que tuve mucha suerte e intuición. Hay un sexto sentido al que, cuando algo no encaja, siempre hay que aferrarse, pues no suele fallar.
—Sigue pareciéndome increíble que haya mentes tan retorcidas que cometan esas atrocidades. Después le daré mi opinión sobre este caso. Pero ya le advierto que cada vez me parece que se aleja más de lo que había pensado en un inicio.
—Suele pasar. Yo creo diversos perfiles hasta dar con la tecla final.
—He de admitir que en la facultad no se estudia ni la mitad de lo que se aprende después en los casos. Se hace mucho más complejo una vez que te ves envuelto en algo así.
—¿Qué estudios ha cursado? —pregunto intrigada—. Es usted muy joven para ser subinspector.
—No se crea, debemos de ser de la misma quinta.
Yo también tengo estudios en Criminología y, como usted, ha sido por vocación.
En Madrid estaba muy contento con el puesto que desempeñaba, pero mi situación personal cambió.
Estuve a punto de casarme con la persona equivocada, así que me di cuenta de que necesitaba un cambio.
Mi mejor baza fue regresar a Galicia, y el puesto de subinspector en esta área era mi mejor oportunidad.
—Comprendo. El amor lo suele mover todo, ya sea para bien o para mal.
Me intriga saber más sobre esa historia de desamor y qué fue lo que le pasó con su prometida, pues a Tristán se le ve una persona muy formada y transmite ser un hombre cabal. No ha debido de ser fácil rechazar a alguien como él.
Después de tomar algo y charlar sobre recuerdos universitarios, regresamos a Vilagarcía de Arousa. En el trayecto de vuelta, acabamos redirigiendo la conversación hacia el caso que nos aborda.
—Así que tenemos un asesino al que le gusta la ópera… —comenta Tristán.
—Eso es… Me he quedado pensativa cuando nos ha explicado la sinopsis, había detalles de la historia de La traviata de los que ya no me acordaba.
Desde luego parece estar describiendo a nuestra víctima.
Está claro que el asesino ha sabido jugar con las analogías.
La protagonista fallece de una enfermedad que en esa época era casi epidémica, como ahora es el cáncer y como le habría pasado a Manuela.
Lo que sí que no sabía, ni recuerdo haber leído en el diario, es que Manuela ejerciera algún tipo de prostitución.
—Sí, me ha sucedido lo mismo. Cuando Xiao ha dicho lo de cortesana también me he sorprendido. A lo mejor pudiera decirnos algo sobre esto su expareja o la amiga de Manuela.
—Sí, quizá eso explique lo del hombre con el que se veía y que tenía un coche de alta gama —apunto.
—Claro. Lo que sí que me extraña es que el asesino supiera ese tipo de información de primera mano. Tiene que ser alguien muy cercano a ella o en quien ella confiara.
—Eso mismo he pensado yo. Esta tarde indagaré más acerca de La traviata , buscaré curiosidades sobre la obra y a ver si con el informe del musicólogo puedo sacar algo más concreto —concluyo.
—Seguro que sí, es usted muy buena en lo suyo. —Me guiña el ojo.
No tardamos mucho en llegar a nuestro destino.
Yo continúo trabajando en el caso desde la comisaría, hasta que es la hora de encontrarme con la luz de mi vida.
Lo espero a la salida del colegio, y, como siempre, me recibe con una sonrisa infinita y con el mejor de los abrazos.
Me comenta que ya le han dicho adónde va a ir de excursión de fin de curso.
No me puedo creer que ya vaya a acabar la Educación Infantil y en pocos meses esté listo para ir a Primaria.
Esa tarde, tras comer, damos un paseo por la playa y jugamos cerca de las rocas.
Al regresar a nuestro hogar, preparo la cena mientras mi pequeño juega en el salón.
La comodidad de tener un espacio abierto en el que conviven la cocina y el salón me permite vigilar a mi hijo a la vez que cocino o hago otras tareas.
Poco después, se escucha abrir la puerta del garaje y, al poco rato, el motor del coche de mi marido. Roi abre la puerta y entra en casa.
—¡Hola! —Se descalza y guarda su calzado en el mueble—. Ya estoy en casa.
—Hola —contesto.
—¡Papiii! —exclama Gael mientras abre sus brazos todo lo que puede y va hacia él.
—Hola, meu cariño . ¿Cómo estás? —Roi lo recoge en un abrazo.
—Bien, mira qué dinosaurio tan chulo. —Le muestra el juguete que tiene entre las manos.
—Ya está la cena —anuncio hacia donde se encuentran ellos.
—Voy a lavarme las manos y ya vengo a cenar con vosotros.
Roi se adentra en el baño de cortesía. En menos de un minuto sale y se acerca a la cocina.
—¿Cómo estás, cariño? —me pregunta Roi mientras se acerca a mí y me da un beso en la mejilla.