Capítulo 4
Cierro la puerta de casa y entro dentro del vehículo de Tristán. Su sonrisa me recibe:
—Buenos días, ¿qué tal?
—Buenos días, pues la verdad es que aún medio dormida.
—No se preocupe, que, como conozco su adicción al café, he traído un termo con café suficiente para la ida y la vuelta.
—Tristán me señala una bolsa—. Lo encontrará en esa neverita portátil, también tengo fruta y un par de bocadillos.
He podido reparar en que no suele acordarse de comer algo sólido por las mañanas.
—Caramba, usted sí que sabe lo que necesita la gente a primera hora de la mañana. —Me sorprende lo detallista que es—. ¿Los ha preparado usted?
—Podría atribuirme el mérito, pero siendo sincero solo he preparado el café. Debajo de mi casa hay una tienda de barrio que regenta una señora que prepara un montón de comida para llevar. Y los bocadillos están buenísimos.
—Muchas gracias —tomo un bocadillo para mí y me dispongo a hincarle el diente—, tienen muy buena pinta.
Comenzamos nuestra ruta hacia Santiago de Compostela, un trayecto que es de poco más de media hora yendo por la autopista. Aprovechamos el viaje para poder hablar de nuestras impresiones sobre el caso.
—He estado leyendo el diario de Manuela. La verdad es que es desalentador —comento.
—Sí, yo también lo he leído. Han estado estos días interrogando a su círculo más cercano, pero me gustaría que usted tuviera una entrevista con su expareja, con Antón.
A nosotros nos ha contado que ya no tenía ningún tipo de vinculación con ella, pero la mejor amiga de Manuela ha dicho que Antón la esperaba muchas veces cerca del vivero y que siempre la estaba controlando.
—Uy, esas personas que no saben pasar página y siguen vinculadas a sus parejas anteriores suelen traer cola.
—Cierto es; además, el otro hombre del que habla, que por lo que describe Manuela debe de ser mayor que ella, me tiene bastante intrigado.
—Sí, hay que intentar averiguar todo lo posible para adivinar de quién se trata.
—Mañana por la mañana veremos al ex de Manuela y a la amiga. Pienso que con los testimonios que tenemos hasta ahora y lo que usted pueda recabar de las informaciones que le proporcionen puede que haya algo por donde empezar a buscar a ese hombre.
Continuamos hablando sobre el tema y también sobre casos anteriores.
Se nos pasa el viaje bastante pronto y, cuando nos damos cuenta, ya estamos aparcados en Santiago de Compostela.
Bajamos del vehículo y atravesamos el parque de Santo Domingo de Bonaval.
Es uno de los parques más bonitos de Santiago de Compostela.
Está formado por terrenos que pertenecían a las huertas del monasterio y a un antiguo cementerio dominico, ahora rehabilitado como parque urbano.
Desde Bonaval, se puede observar cómo los tejados de la ciudad compostelana atesoran a la catedral.
Las vistas son inmejorables, y siempre ha sido un lugar al que me ha gustado ir a desconectar.
El parque limita con edificios históricos: el Centro Galego de Arte Contemporáneo, el antiguo convento de Santo Domingo de Bonaval, donde se aloja el Museo do Pobo Galego, y el Panteón de Galegas e Galegos Ilustres.
Este último se encuentra en la capilla del convento, y en ella descansan los restos de varias celebridades gallegas como Rosalía de Castro o Alfonso Daniel Rodríguez Castelao.
El Museo do Pobo Galego es un museo antropológico que destaca por mostrar las manifestaciones más representativas de la cultura gallega y de sus tradiciones.
Este se encuentra en el antiguo convento de Santo Domingo de Bonaval.
Al entrar en el edificio, de nuevo, me siento fascinada por una de las obras arquitectónicas más singulares y únicas en el mundo.
Se trata de la triple escalera helicoidal, una de las escaleras más espectaculares que he visto.
De pequeña me quedaba hipnotizada por su efecto encaracolado.
Podía quedarme mirándola todo el día, absorbida por su belleza.
—¡Hala, esto sí que es espectacular! —comenta Tristán a la vez que alza su vista hacia el techo, queriendo perseguir con la mirada cada escalón que se entrelaza en una espiral.
—Esta escalera es una obra de arte, tiene un magnetismo del que es difícil escapar —apunto admirada.
Mientras contemplamos absortos el encanto de las escaleras, se acerca un hombre que nos interrumpe:
—Es obra del arquitecto Domingo de Andrade, fue construida entre finales del siglo XVII y principios del XVIII .
Tuvo el ingenio de aprovechar un mismo hueco para introducir tres escaleras con tres rampas, y lo curioso es que cada una te lleva a un nivel diferente, ofreciendo así tres caminos distintos para este laberinto vertical.
—Es fascinante, ha dado como resultado una joya arquitectónica de lo más singular —respondo.
—La verdad es que sí —afirma el hombre—. ¿En qué puedo ayudarlos?
—Buenos días. Soy el subinspector Castro —se presenta Tristán— y necesitaría hablar con el musicólogo Xiao Castedo.
—Ah, sí. Pues los está esperando, acompáñenme.
Nos adentramos en unos pasillos de piedra y en una salita al fondo encontramos sentado a un hombre de unos sesenta años con barba muy espesa y canosa. Unas gafas diminutas adornan su nariz. Se encuentra leyendo y está sentado en un sofá orejero; sus piernas descansan encima de un escabel.
—Xiao, aquí están los policías que estabas esperando —apunta el hombre que nos acompaña.
—Muchas gracias, Manuel —dice a la vez que se levanta del sofá—. Aquí me tienen para servirlos. Pueden tomar asiento.
—Buenos días. Soy el subinspector Tristán Castro y esta es mi compañera la psicóloga forense Laia Ramuín.
—Encantado. —Nos estrecha la mano—. ¿Les apetece un café o una infusión? El café está recién hecho.
—Muchas gracias, nos encantaría tomar un café —le digo.
—Díganme, ¿en qué puedo ayudarlos? —nos pregunta a la vez que nos sirve unas tazas de café minúsculas y nos acerca la cafetera humeante.
—Bien, como le he comentado por teléfono, le traigo lo que parece un pentagrama, y, dado que es un documento muy valioso, necesitamos averiguar todo lo que sepa acerca de él —le informa Castro mientras le pasa una fotocopia de la pista.
—Veamos… —Mira el folio y ladea su cabeza—.
Para empezar, esta partitura está dispuesta en un tetragrama, es decir, tiene cuatro líneas y tres espacios.
No es un pentagrama. Pues los pentagramas, como su nombre indica, tienen cinco líneas.
Además, presenta notación cuadrada, ¿lo ven? —comenta Xiao mostrando la partitura.
—Pues no tengo ni idea. Mi compañero y yo somos profanos en la materia y necesitamos que nos especifique un poco más —respondo.
—A ver, los pentagramas son más actuales.
Los tetragramas aparecen para detallar de un modo más preciso la música.
En la Antigüedad, la música que se practicaba en el ámbito eclesiástico se recogía en unos salmos, aquellos que eran interpretados en lo que ahora llamamos canto gregoriano.
—Xiao se rasca la barba—. En aquella época no existía una notación musical al uso, entonces se utilizaban los neumas, que eran pequeñas anotaciones con símbolos a pie de partitura que simulaban el movimiento u oscilación de los sonidos.
Con el tiempo se quiso concretar más, y ya en el siglo XI aparece Guido d’Arezzo, un monje benedictino y músico, que decide ponerle nombre a lo que hoy en día conocemos como las notas musicales.
—Desliza los pequeños lentes por su nariz para buscar nuestro contacto visual—. No sé si me siguen.
—Perfectamente —comento—. Entonces esta partitura probablemente sea de una época antigua.
—La reproducción de dicha partitura puede que sí. Déjeme que la lea, a ver si la reconozco, denme un minuto. —Xiao se dispone a leer la partitura mientras tararea en un tono suave una ligera melodía—. Pues me temo que estamos ante una melodía muchísimo más actual. ¡Menuda mezcla!
—Cuéntenos más, por favor. —Tristán bebe de su taza.
—A ver, la forma y la apariencia nos transportan a una época lejana, como bien les he apuntado. Sin embargo, la melodía creo que hasta ustedes podrían probablemente reconocerla. Les estoy hablando del preludio de La traviata .
—¿Está hablando de la ópera? —pregunto.
—Exactamente. Por supuesto, está transportada a otra tonalidad, pero se trata de un esbozo del preludio de La traviata de Verdi.
—¿Nos lo puede asegurar? —pregunta Tristán.
—Sí, hombre, claro. Mire —nos dice a la vez que teclea en su ordenador y, tras una breve búsqueda, nos pone la canción.
—¡Ah, sí! Sí que la reconozco —exclamo y lleno de nuevo mi taza con la cafetera.
—Yo también —añade Tristán—. ¿Qué nos puede decir de esta obra?
—Les puedo contar unas cuantas cosas, pero pienso que, si les envío un resumen detallado, los ayudará a cotejar mejor la información.
De entrada, les diré que es una adaptación de La dama de las camelias , de Alejandro Dumas.
Se comenta que era una especie de historia o autobiografía del autor y que cobró vida primero en el teatro y posteriormente de la mano de Verdi a mediados del siglo XIX .
—¿Y de qué trata? —insiste Tristán.
—En esta ópera se cuenta la historia de Violetta Valéry, una afamada cortesana de París que padece una grave enfermedad.
Conoce a Alfredo Germont, un joven de muy buena familia, se enamoran y se mudan a vivir juntos.
La familia de Alfredo no aprueba la relación, pues piensan que Violetta arruinará la reputación del chico, y la convencen para que abandone a su hijo y regrese a París.
Ella accede, y, tras marcharse a París, Alfredo cree que lo ha traicionado y la persigue, y en una fiesta la insulta públicamente.
Violetta enferma, y cuando Alfredo descubre la realidad de su abandono la visita y se juran amor eterno, pero Violetta acaba falleciendo de tuberculosis.
—Pues sí que es dramática la historia —comenta Tristán mientras yo termino de darle el último sorbo al café.