Capítulo 3 #5
A la mañana siguiente, me acerco a la Universidad de Santiago de Compostela y acudo a la facultad de Criminología; allí imparto materias relacionadas con psicología criminal, jurídica y forense.
Es un placer poder traspasar mis saberes a criminólogos en ciernes y ayudarlos a comprender el mundo tan complejo que existe detrás de la mente de un asesino.
Venir hasta la capital siempre me oxigena, hay algo en esta profesión docente que hace que me nutra.
Nunca estaré lo suficiente agradecida con el decano por que me haya elegido para este puesto, aunque tengo que reconocer que parte de su elección ha venido recomendada por mi amigo y catedrático de la facultad de Geografía e Historia, Iago Balboa.
Siempre ha estado ahí para ayudarme, ha sido como un mentor para mí en esta institución, pues me ayudó a tutorizar a mis alumnos en sus trabajos de fin de grado y me explicó cómo hacer las evaluaciones atendiendo a los criterios de aprendizaje sin que me explotara la cabeza.
El mundo de la enseñanza en una facultad es complejo, pero, como en mi caso es un reflejo de mi pasión, acabo tomando el camino más sencillo.
Siempre intento emplear mis propias experiencias de aquellos casos resueltos como ejemplo para mis clases; considero que mi punto de vista y cómo me he ido acercando a la resolución de los crímenes ayudan mucho a poder visualizar cómo se genera una verdadera investigación policial.
Algunos de mis alumnos acuden a mis seminarios con mis libros para que se los firme, y es algo que siempre hago de muy buen agrado.
Me encanta charlar con ellos al finalizar las clases, me gusta debatir sobre otros casos que salen en la televisión o prensa; considero que, si hablamos de la actualidad, me acerco a sus intereses y así es más sencillo extrapolar los conocimientos a aquello que tienen más a mano.
De manera que me permito quedarme media hora más y, como de costumbre, agradezco pacientemente la presencia de mi alumnado uno a uno, les hago recomendaciones literarias y los emplazo a que resuelvan desde casa, estrujándose el cerebro, aquellos crímenes que invento solo para ellos al finalizar la sesión.
Los creo como un escenario ficticio donde ellos son los principales investigadores, y, como si se tratase de un juego, la semana siguiente cada uno me trae resuelto su enigma.
A la vuelta de mi día en la USC, regreso a casa con Gael, que ha pasado la tarde con su padre.
Es la única tarde que no fallo, pues si no me hubiera sido imposible conciliar.
Lo peor de pasarme el día en Compostela es que al volver siempre me encuentro a Gael dormido.
Antes de entrar en casa, me quedo pensando cómo escabullirme de Roi, pero el hecho de tener una planta baja diáfana no me permite ninguna escapatoria.
Sí o sí tengo que atravesar dicha planta para entrar en casa.
Así que es inevitable evadir cualquier tipo de conversación con él.
Entonces, inhalo con fuerza, giro la llave y entro en casa.
—Hola, Laia. ¿Cómo ha ido el día? —me pregunta Roi sentado en el sofá.
—Bien, como siempre. ¿Qué tal Gael en el colegio?
—Todo bien, hoy me ha dicho que estuvieron viendo gusanos de seda en clase.
—Interesante —comento a la vez que me dirijo a la cocina y pongo mis cosas en el zaguán de la entrada—. Gael está dormido, ¿no?
—Como un bebé. Te he dejado la cena en la nevera.
—Siempre tan servicial —musito con un ligero reproche.
Mientras caliento la comida, observo que Roi me mira como esperando que le comente algo.
—Dime, ¿qué te ocurre? —me pregunta impaciente.
—Pues que te echo de menos; bueno, mejor dicho, nos echo de menos a ti y a mí como pareja.
—Yo también. Estoy deseando tener más tiempo de calidad con vosotros. Podemos hacer una escapada los dos solos el mes que viene.
—No me intentes liar, pretendes distraerme cual bomba de humo con tus viajes.
—No es así, quiero enfrentarme a todo lo que no te parezca bien. Mi prioridad sois vosotros.
—No se nota.
—Por favor, Laia, dame una oportunidad. —Roi me mira con su cara de pena.
—No sé yo… —dudo.
—Yo creo que nos vendrá bien, y tanto tus padres como los míos estarían encantados de quedarse con Gael.
—Eso es cierto. Déjame que lo vea esta semana a ver qué se me ocurre.
—Está bien, voy subiendo, que tengo mucho trabajo mañana temprano y hoy no puedo con el alma. Que descanses, cariño —me dice a la vez que me da un beso en la frente.
—Buenas noches —me despido.
Antes de acostarme decido tomar mi tableta y leer el diario de Manuela.
Encuentro sentimientos de pena y soledad en su escritura.
Era una joven muy reservada que escondía un saco de inseguridades y miedos.
Habla mucho de dos hombres. Uno, por cómo lo describe, parece que fuese una pareja anterior, y del otro sugiere que era un amor nuevo.
Además, menciona a una amiga que tenía, en la que confiaba.
Pero también habla de su enfermedad y la rabia que le producía no saber si podría realizar sus sueños.
Los sentimientos que comenta Manuela describiendo la enfermedad como un final inesperado me conmueven.
Es inevitable pensar en qué situación la llevaría a acabar asesinada.
Mi cansancio se acrecienta y acabo durmiéndome.
Me despierta el ruido de un cortacésped.
Maldigo al vecino. Tardo en situarme y recordar que el día anterior me quedé dormida repasando el caso.
Con los vestigios de una noche de indagación aún sobre la cama, recojo la tableta y termino de levantarme.
Observo que en el lado opuesto de la cama no está Roi, ya se habrá marchado a su trabajo o estará abajo desayunando.
Este día amanece con el cielo en tonos morados augurando un día soleado.
Me ducho y me visto con calma, y antes de bajar las escaleras compruebo que Gael sigue dormido.
Me encuentro con Roi terminando su café, nos saludamos y me da un beso en la mejilla.
Me siento junto a él y desayuno. Aunque no sé si se puede llamar desayuno a una manzana y el resto del café recalentado que queda en la cafetera.
Hoy le toca a Roi llevar a nuestro hijo al colegio.
Tras cepillarme los dientes, me dispongo a coger las llaves de mi turismo cuando recibo un mensaje de Tristán: «Buenos días, estoy en la entrada de su casa».
Me asomo por la ventana y allí lo veo. Me sorprende encontrarme con el subinspector esperando con su automóvil en la entrada de mi casa.
Entonces decido revisar mi teléfono por si se me hubiera escapado algo.
Me fijo en que tengo un montón de mensajes de Tristán del día anterior y que he olvidado revisarlos.
En ellos, me dice que se acercaría a mi casa para que fuéramos ya directos a Santiago de Compostela.
Entonces, antes de salir por la puerta, me echo un último vistazo en el espejo de la entrada y salgo a su encuentro.