El eco de la niebla Capítulo 3 #4
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Capítulo 3 #4

—De acuerdo. —Se despide con la mano.

Reparo en el modo de andar de Castro, es firme y con cierto talante.

Hasta ese momento no me he dado cuenta del revuelo que ha formado la llegada de Tristán; allí por donde pasa, los comentarios y las miradas se hacen presentes.

Pero no por ser la novedad, sino por su porte.

Entonces recuerdo que el otro día a más de una compañera se le torció el cuello para captar cada milímetro del cuerpo de Tristán.

Cuando él aparece en escena, el ambiente por donde pasa deja a los presentes en silencio y con las mandíbulas descolgadas.

Sin embargo, me llama la atención cómo él parece vivir ajeno a esa fascinación y sigue siendo correcto y amable con todo el mundo.

Continúo con mi trabajo, aunque poco después me avisan para que acuda a la sala de interrogatorios, pues allí me está esperando el subinspector junto con los padres de la víctima. Antes de entrar, Tristán se detiene mirándome.

—¿Está lista? —me pregunta—. No es un trago fácil, pero, si necesita algo, por favor, no dude en decírmelo.

—Deme un minuto —comento desviando la vista.

—Claro, lo que necesite.

Me quedo mirando al vacío y pienso en cómo enfocar la noticia a los padres para que el mazazo sea lo menos doloroso. Decido ser lo más directa posible, así el impacto será menos doloroso, igual que cuando se arranca una tirita de cuajo.

—Ya estoy lista.

—Perfecto, vamos.

Entramos y me sitúo frente a ellos.

—Buenos días, le traemos lo que nos ha pedido, incluso el diario de Manuela. Y yo le he estado haciendo un resumen de aquellas cosas que notamos algo raras estos días. No es demasiado, pero espero que sirva de algo —me informa Lourdes.

—Muchas gracias, la verdad es que cualquier detalle siempre ayuda —responde Tristán recogiendo el diario.

—Por cierto, quisiera comentarle algo acerca de su hija. —Mi tono es suave para preparar el golpe—. En el informe forense, han aparecido unos marcadores de los que no nos habían comentado nada. ¿Sabían ustedes que Manuela estaba enferma?

—Enferma de qué, ¿y luego tenía gripe? —Manolo se muestra extrañado.

—No me refiero a eso —me explico mejor y les doy más pistas—. Manuela había acudido a la unidad de oncología de Santiago de Compostela y había probado con un estudio que había salido para su tipo de enfermedad, pero no había resultado efectivo.

—¿Oncología…? Manolo, ¿eso no es a donde iba Merceditas cuando tuvo el cáncer? —Manolo entonces asiente y Lourdes continúa—: Pero… entonces… ¿eso quiere decir que Manuela tenía cáncer?

—Me temo que sí, los análisis así nos lo han confirmado —respondo rotunda.

—Pero eso es imposible, la niña no nos comentó nada, y siempre nos lo cuenta todo —dice sorprendido Manolo.

—Yo no entiendo nada —Lourdes se muestra desorientada en la conversación—, parece que me están hablando de otra persona.

—Lo sé, todo suena extraño. Pero, según los datos, a su hija no le quedaban más de unos meses de vida.

Su cáncer era muy agresivo y lo había descubierto tarde.

Quizá en el diario encontremos por qué no les ha comentado nada.

—Intento mostrar optimismo en mis palabras—.

Puede que haya querido protegerlos y no disgustarlos porque igual tenía la esperanza de curarse.

A medida que les proporciono más información o intento calmarlos, la madre ahoga su tristeza en más pañuelos. Empatizo con su angustia e impotencia. Me desgarra por dentro, pero tengo que ser sincera con ellos a la vez que intento aliviar su dolor.

Tristán los acompaña hasta la puerta mientras yo ojeo las anotaciones de la madre. Junto con el diario, esos días será mi próxima lectura. Después, Tristán se acerca a mi mesa.

—Lo ha hecho muy bien.

—¿Usted cree? —No termino de sentirme satisfecha. Me da la sensación de que no paro de darle malas noticias a esta familia. Bastante tienen los pobres con todo.

—No tenía otra opción, y lo ha hecho de la mejor forma que podía. Usted misma dice que no se debe postergar ese dolor…

—Es cierto, espero poder darle pronto justicia a su hija. —La rabia me invade.

—Lo hará, lo haremos. —Me pone la mano en el hombro y me da una palmadita suave mientras clava su mirada más enternecedora sobre mí.

Agradezco el gesto del subinspector y continúo en mi escritorio. Me sumerjo de lleno en las últimas palabras que Manuela ha dejado escritas. Tras varias horas con historias banales, comienzo con lo que parece ser la llegada del cáncer a la vida de Manuela. Entonces Lois me interrumpe:

—Laia, el subinspector quiere verte.

—Voy. Gracias, Lois.

Me levanto y me aproximo a la mesa de Tristán.

—Perdone, Ramuín. Me acaban de avisar desde análisis: hay nuevas pruebas que aportar.

No sé si recuerda el tejido encontrado en la comisura de su boca —asiento con la cabeza—, pues ha sido analizado.

Y no nos ofrece muchos datos relevantes, salvo que contiene restos de plumas de pato y de oca y un tercer material sintético tipo poliéster.

Como había dicho la forense Bazán, puede pertenecer a una almohada.

El problema es que hay miles de modelos de almohadas con esas características.

—Vaya, eso no acota mucho las posibilidades —respondo desilusionada.

—Pero tenemos otro análisis resuelto, y es que había restos de combustible en el cuerpo.

Este hecho nos hace pensar que el asesino ha debido de llevar el cuerpo cerca del motor.

Y por el tipo de gasolina, 95 sin plomo, hemos podido saber que se trata de una embarcación fueraborda, no muy grande, no más de doce metros, ligera y bastante rápida, lo suficiente para poder dejar el cuerpo y no ser visto, así que el motor tiene que ser potente.

—Entiendo.

—Hemos analizado el sudario y no hay nada que pueda llevarnos a estar ante algo excepcional, es una tela común.

—Vaya.

—¿Recuerda el cilindro metálico?

—Sí —asiento.

—Bien, pues en su interior lo que había era una varilla y, enrollada a esta, un papel. No han aparecido huellas ni restos. Pero han analizado el papel, y se trata de una partitura. Y lo que parecía una simple vara es una batuta.

—Ostras, pues ha dejado una pista.

—Sí, se ha analizado el ADN y se ha hecho análisis de lofoscopia, pero se quedan en muestras dubitadas, pues de momento no hay ninguna coincidencia que pueda ayudarnos. La batuta es una pieza de madera de roble común, que pudiera ser comprada en cualquier tienda musical.

—¿Y conocemos de qué es la partitura?

—Ya sabe que esto no es como las películas y que todo va con calma.

La tenemos analizando en el laboratorio; al ser manuscrita, la están comprobando los compañeros de documentoscopia y los especialistas grafistas, pero también han hecho un frotis y han llevado a analizar el ADN, pues han aparecido tejidos epiteliales percibidos gracias al canto del escritor, aunque de momento son anónimos.

Para averiguar de qué trata más concretamente el contenido de la partitura, hemos contactado con un experto musicólogo que tenemos de mano, pero está fuera de Galicia unos días; el miércoles regresa y me voy a acercar hasta el Museo do Pobo Galego en Santiago de Compostela a ver si nos pudieran facilitar algún tipo de información. ¿Quiere acompañarme?

—Claro —no lo dudo—, estoy deseando saber más del tema.

—Perfecto, recuerde que antes de marcharse debe dejarle el diario a Marisa para que lo escanee y lo podamos subir a la plataforma. De ese modo, todos los que tengamos acceso al programa lo podremos leer.

—Sí, claro. Entonces, si mañana no me necesitan aquí, iré a impartir mis clases en la universidad, y el miércoles ya me avisa para acercarnos hasta Compostela.

—Sin problema, nos vemos el miércoles.

—Hasta el miércoles —me despido.

El resto del día lo paso con la mente medio presente; se me va una y otra vez al crimen de Manuela. El hecho de encontrar una pista genera un giro alrededor del caso, pero necesito más datos.