Capítulo 3 #3
Enciendo el ordenador y actualizo la información obtenida hasta ahora.
En la parte del laboratorio me aparece la palabra «pendiente» y no me permite adelantar todavía nada.
Entonces, pensando en el asesinato de Manuela, llego a la conclusión de que es indudable que existe una intencionalidad clara y consciente, pero lo complicado es averiguar el porqué.
Aunque de momento tengo una certeza: el asesino debe de ser una persona que no se quiere enfrentar a la realidad, pues no la ha hecho sufrir estando ella consciente.
La forense me ha dejado un acertijo con respecto a la punción femoral, y llego a la conclusión de que ha escogido acceder a la arteria por la parte más compleja, la inguinal, por varias razones.
Primero, pienso que lo ha hecho porque no se considera un mero mortal, se cree superior a los demás, y reflejo de ello es cada detalle que habla de él a través de los hechos.
Quiere los retos difíciles y, como buen egocéntrico y narcisista, ha escogido el más difícil, para que se vea su nivel de control.
Y otra razón por la que ha escogido ese lugar para la punción es porque resulta más discreto y casi imperceptible a simple vista, ya que busca preservar el cuerpo, pues necesita conservar a la víctima, fingir que no la ha matado y que simplemente la ha inducido a un sueño y ha quedado acunada por las rocas.
Sin embargo, nada dista más de la realidad: la ha asesinado, pero quien lo ha hecho se niega a enfrentarse a ese asunto, por lo que creo que se trata de una de sus primeras víctimas.
Sé, por el informe, que, considerando la fuerza ejercida para poder cargar con el cuerpo y situarlo en esa roca, ha tenido que ser un hombre muy fuerte, pues no ha dejado marcas de arrastre.
No hay abusos, ni tampoco signos de violencia o forcejeo; por lo tanto, es todo muy premeditado o la víctima se hallaba en una situación muy sumisa.
Esto me hace pensar que o bien lo conocía, o el asesino se encontraba en una situación de poder o superioridad.
Pero Manuela era autónoma, y dentro de su trabajo solo tendría que rendir cuentas como mucho con la cofradía, por lo que se me hace extraño que a algún marinero le apeteciera llevarse muy en serio la cantidad de almejas que Manuela sacaba del vivero.
Así que eso queda descartado. Ese tipo de trifulca suele acabar en algo más impulsivo, y no con un escenario y una ejecución tan estudiada.
Hablando del escenario, es obvio que el asesino ha querido que encontrásemos el cuerpo, pues lo podía haber dejado a merced del mar sin más.
Pero el lugar donde lo ha colocado seguramente tenga que ver con el mensaje que quiere entregar.
Nos queda averiguar por qué lo ha hecho en una isla tan pequeña y recóndita de la ría de Arousa.
La ubicación facilitaba la colocación del cuerpo sin ser visto.
Entonces recuerdo que necesito comentarle al jefe que me deje hablar con un viejo amigo catedrático que tengo y que es profesor en la facultad de Geografía e Historia de Santiago de Compostela.
Estoy segura de que Iago puede contarnos algo que evidentemente se nos está escapando.
Desvío la mirada y observo que el reloj de la cocina marca las seis de la tarde: es hora de ir a recoger a Gael a casa de mis padres.
Agarro mi bolso y las llaves, subo al coche y me pongo en marcha.
El trayecto es corto, pues mis padres compraron la propiedad para estar cerca de nosotros.
Una vez delante de la casa, entro con la copia que tengo de las llaves.
Al ver que en el interior no hay nadie, decido atravesar el pasillo y acercarme al jardín, y entonces comienzo a escuchar unas risas familiares que me guían hasta el fondo de la finca.
Es justo en la huerta donde me encuentro a mis padres jugando con Gael.
—¡Qué bien lo pasáis! —comento acercándome a ellos.
—¡Mami! —exclama de felicidad Gael corriendo hacia mis brazos.
—¿Qué tal el día? —le pregunto.
—Pues aquí estupendamente, filla . —Mi madre me abraza y besa—. Tienes un hijo con una curiosidad incansable.
—La abuela me dio unas fresas, unas frutas raras y también unas flores para ti; es todo de la huerta. —Gael me entrega una cesta llena de productos ecológicos.
—¿Sí? Qué bien, qué rico todo —contesto a Gael a la vez que recojo la ofrenda.
—Las frutas raras que dice tu hijo son los alquequenjes, pero estaban muy verdes —mi padre corrige a Gael—.
Aunque no te lo pierdas, que este año los tomates empiezan ya a madurar, cuando siempre tuvimos que esperar hasta casi el final del verano para tenerlos.
Lo del cambio climático es una locura. El tiempo está toliño .
—Totalmente, es una locura que nazcan frutos a destiempo, pero ahora dan para la semana que viene casi cuarenta grados. Al final el abuelo tenía razón y vamos a ser el nuevo Benidorm.
Después de charlar un rato con mis padres y de llevar un cargamento de productos de la huerta, nos aproximamos hasta nuestro hogar.
Al llegar a casa y no tener noticias de Roi, decido cenar con Gael.
Suelo cenar después de acostarlo, para hacerlo con calma.
Pero hoy no me apetece tener que cruzar ni una palabra con mi marido.
Me siento decepcionada, aunque tampoco quiero cabrearme con él delante de nuestro hijo.
Así que me pongo manos a la obra. Son un poco más de las siete y media, y preparo la cena para mí y para Gael.
—Toma, meu neniño , hoy vamos a cenar de primero crema de verduras, después tortilla francesa con pechuga de pavo braseada y de postre una macedonia de frutas. Todo de la huerta de los abuelos, hasta los huevos de las gallinas que recogisteis van en esa tortilliña tan rica.
—Había una galiña que quería picarme, pero el abuelo no la dejó —me comenta colocando su dedo a la altura de mis ojos y poniendo pucheritos—. Mira, casi me hace daño en este dedo.
—Ya veo, pero estate tranquilo, que los abuelos siempre te van a proteger. Y no te preocupes, que la gallina no te quería hacer daño, seguramente se asustó de que le quitases los huevos.
Después de cenar con Gael, tenemos nuestro momento spa, como lo solemos llamar.
Y disfrutamos de un baño relajante con música pausada, bombas de baño y aceites esenciales.
Tras bajar nuestras pulsaciones y conseguir que se nos queden los dedos arrugados, acuesto a Gael en su cama con nuestro particular planetario proyectado de fondo en el techo.
—¿Qué cuento quieres que te lea hoy? —Acabo de ajustarle el pijama.
—El de O traxe novo do emperador .
—Está bien, con ese te desternillas de risa, vamos allá…
Y, mientras termino de leer el libro, observo que Gael ya se ha dormido.
De pronto, puedo escuchar cómo la puerta del garaje de nuestra casa se abre.
Eso quiere decir que Roi ha llegado, aunque su trabajo ha ganado la batalla a esta familia.
De modo que instintivamente miro hacia mi reloj, son las ocho y media.
Entonces termino de arropar a Gael y me dirijo a nuestra habitación; no quiero ni cruzarme con él, no me apetece irme a dormir habiendo discutido.
Así que tomo un libro y me introduzco en la cama.
Pasados unos minutos, Roi se aproxima a nuestra habitación.
—Hola, cariño. ¿Qué tal el día? —Entra en la habitación y se queda mirándome.
—Estoy leyendo —contesto seca.
—Ah, perdona, no había visto que ya estabas haciendo tu lectura antes de dormir. ¿Dónde está nuestro hijo?
—Gael ya está dormido —no muestro ni un ápice de interés en su presencia—, no lo despiertes.
—Perfecto. No te molesto. Voy a la ducha, me hago después la cena rápido y en un ratito estoy aquí contigo.
No puedo creerme que haga como si nada, que no vea el dolor que produce. Así que permanezco impasible leyendo mi libro, hasta que me vence el sueño y decido apagar las luces.
El lunes por la mañana temprano voy hasta la comisaría.
Después de saludar a mis compañeros, me dirijo al despacho del inspector jefe Limán para llevarle un borrador de lo que han sido hasta ahora mis conjeturas sobre el caso.
También le comento que quiero visitar a un amigo que ya me ha ayudado en otros casos, pues es experto en historia de Galicia.
Considero que su ayuda puede ser importante para aportar datos significativos sobre Rúa.
Después de comentárselo al inspector, este no pone pegas.
Un poco más tarde, me acerco a nuestra sala polivalente, que hace las veces de sala de tertulias, cocina o comedor.
Me la encuentro vacía, quizá porque es bastante temprano, aunque allí la cafetera me está esperando junto a un café bien cargado.
El café casi negro y un par de galletas son el desayuno del día, pues en casa no he querido parar, ya que me he ido a toda prisa para no cruzarme con Roi.
Después de ojear el periódico del día y a punto de terminar de desayunar, aparece por la puerta el subinspector.
Ya no era capaz de recordar la presencia tan imponente que tiene.
—Ah, aquí está. —Tristán me busca con la mirada—. Buenos días.
—Buenos días, subinspector, aquí me pilla empezando el día —le comento a la vez que le doy un buen sorbo al café.
—Ya veo que su desayuno es muy saludable —comenta con sarcasmo.
—Hoy necesito el café muy cargado, no me juzgue.
—No se me ocurriría. Yo solo la buscaba porque he estado con Limán leyendo sus anotaciones sobre el caso y quería intercambiar opiniones.
También la buscaba porque han llamado los padres de la víctima para decir que al final de la mañana se acercarán con los formularios rellenos, y creo que traen el diario de Manuela.
Me ha dicho el jefe que aproveche para contarles los resultados del informe, lo de su enfermedad, y que esté yo presente.
—Sí, claro, sin problema. Avíseme cuando lleguen. Mientras, estaré en mi mesa; quiero buscar alguna información que no me encaja.