El eco de la niebla Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

A la mañana siguiente, me siento plena, vigorosa.

Dormir del tirón parece que me ha aportado esa energía que se me había consumido desde que nació Gael.

Compruebo que este sigue dormido en su cama.

Y radiante me dirijo hacia la cocina, y, como si me persiguiese un aura de tranquilidad que me hiciera más volátil, bajo las escaleras hasta la planta baja como si fuese levitando.

Esta vez Roi no está, pero me ha dejado una nota encima de la cafetera que dice: «Buenos días, preciosa.

Lo de anoche ha sido increíble, me han llamado del trabajo y tengo que acercarme a ayudar a un cliente muy importante.

Te he dejado preparado yogur en la nevera.

Nos vemos a la noche. Te quiero». Y de pronto mi energía se marchita y me inunda el desazón.

Roi vuelve a ser el escapista al que me tenía acostumbrada en estos últimos años.

Yo que pensaba que podíamos recuperar nuestro tiempo y sentirnos más unidos…

Pero lo de estos días, lejos de recuperar lo que nos unía, se está encaminando a un lugar opuesto.

Parece un espejismo en nuestra relación.

Al volver a marcharse un domingo y abandonar a su familia por su trabajo, me ha roto el corazón.

Aunque supongo que los corazones que están rotos no pueden volver a romperse, sino que se consumen, desaparecen y te hacen sentir un vacío en el pecho que ya no sabes cómo llenarlo.

Me dispongo a desayunar el bol de yogur que me ha dejado preparado Roi.

A desgana, juego con la cuchara dentro del cuenco, remuevo los trozos de frutas del bosque y avena que ha puesto de cobertura.

Parece que quiero rebuscar dentro del recipiente el único atisbo de dignidad que me queda.

Estoy cansada, triste y decepcionada, adjetivos que se me hacen familiares últimamente. De pronto mi teléfono suena:

—Buenos días, Aroa. ¿Qué tal? —saludo con apatía.

—Uy, esa voz me suena a que tenemos que tomar unas cervecitas… Pero hasta final de la semana no puedo.

—Pues no te digo yo que no me vengan mal…

—¿Qué te parece si quedamos para comer y te traes a Gael contigo? —pregunta Aroa.

—Me parece buena idea, pero hoy le prometí a mis padres que iría Gael a su casa para ayudarlos en su huerta, está ilusionadísimo con ver crecer lo que plantaron a finales de año.

Me viene genial que se queden con él, porque así yo puedo trabajar un poco en el nuevo caso.

Pero puedo escaparme sobre una hora para comer contigo.

—Genial, te paso a recoger sobre la una y media. Nos vemos, bonita —se despide Aroa.

—Perfecto, hasta después, lianta. —Cuelgo el teléfono.

Llevo a mi hijo a casa de mis padres y aprovecho para adelantar tareas de casa.

Entre recoger los juguetes de Gael, ha­cer las camas, poner dos lavadoras, planchar y limpiar los baños, se me va la mañana al completo.

Siempre pensé que, cuando tuviera hijos y una casa, tendría a una persona que nos ayudaría con las tareas del hogar para desahogar un poco el trabajo doméstico.

Pero Roi considera que es un gasto innecesario y que lo podemos ir haciendo nosotros, aunque ese «nosotros» más bien se refiere a mí.

Es muy fácil hablar cuando una persona no para en casa más que para vivir como si fuera un hotel, que le sirvan la cena, que le dejen todo limpio y planchado, etc.

El trabajo de una casa me parece de lo más desagradecido que hay.

Se limpia y se ensucia todo rápidamente, y solo el que hace ese trabajo sabe valorar realmente el esfuerzo.

De pronto me fijo en la hora que pone mi reloj y rápidamente me preparo para ir a comer con Aroa.

Cada semana hacemos el esfuerzo por vernos.

Es una muy buena amiga. La conocí en la facultad de Psicología y es una profesional nata.

Tiene su clínica privada, en la que ha montado un gabinete especializado en el trabajo psicopedagógico infantil y adolescente.

Es una de las mejores en su rama, y los padres y madres se pelean por conseguir una cita con ella.

Así como tan buena profesional que es, también ha sido siempre la reina de la noche, como yo la llamo.

Siempre que puede, busca cualquier excusa para salir a tomar algo.

Lleva diez años felizmente divorciada, sin hijos ni ataduras.

Le encanta conocer hombres que le proporcionen una satisfacción efímera, y, si puede no volver a verlos más que esa noche, mejor que mejor.

Tiene mi edad, cuarenta y seis años, y muy bien llevados.

Es alta, pero un poco más baja que yo, con un cuerpo hermoso adornado por curvas prominentes.

Junto a su cabello rizado y rubio, la acompañan unos ojos grandes y expresivos color miel.

Diría que es muy seductora, sabe hablar de un modo que embelesa; ya seas hombre o mujer, consigue cautivarte con ese je ne sais quoi .

Para mí es bella por dentro y por fuera, y siempre que la he necesitado ha estado ahí.

Oigo el timbre, y allí está ella esperando. Recojo mis enseres, cierro la puerta de casa y salgo al portal exterior.

—¡Caramba! Otro coche nuevo, y este descapotable —comento sorprendida.

—Ya sabes que es por el plan renove; ahora estoy probando a ver si este me convence.

—Lo mismo dijiste del tío con el que estabas la semana pasada y lo dejaste colgado en la discoteca.

—Ojalá los hombres fueran así, que cuando me cansaran los renovara por otros en un santiamén.

—Después hablas de que no se nos cosifique a las mujeres. Eres única y al carallo —contesto a la vez que me adentro en el vehículo—. Muy bonito el sustituto que te has cogido, pero no sé qué tal se llevará este coche con mi pelo; si lo sé, no me lo plancho.

—Mujer, déjate llevar y pon tu melena al viento. Vamos al centro, ¿no? Como tienes poco tiempo…

—Sí, podemos ir a la taberna esa de las tapas que te recomendara tu hermana.

—Perfecto. Venga, que voy a poner un poco de música de la que nos gusta. —Aroa sube el volumen.

De camino al centro de la ciudad vamos escuchando temazos de Queen.

Aparcamos cerca de la taberna y, una vez que llegamos, nos situamos en una pequeña mesa que queda libre cerca de la cocina.

Parece ser una zona de paso de camino a los baños, pero nos permite poder hablar tranquilamente sin que el resto de la taberna se entere de nuestra conversación.

—Bueno, chuliña , ¿y entonces qué tal?, ¿a qué viene ese bajón? —Aroa no pasa una.

—Pues que me he acostado con Roi.

—Mujer, pero eso es una alegría, ¿no?

—Debería, si no fuera todo una treta. Roi me prometió que el sábado iríamos hasta Coruña a ver los museos de ciencia que le gustan a Gael y que pasaríamos el fin de semana juntos en familia.

Lo primero lo ha cumplido, pero lo segundo ya puedes ver que no.

Sabes lo que me cansa que me dé una de cal y otra de arena.

Me hace ilusionarme y después desaparece.

Le es muy fácil echar la culpa al trabajo, pero este tema está acabando conmigo.

—A ver, dale una oportunidad, parece que está intentando hacer todo lo posible para contentaros. Además, ya sabes que el trabajo cuando viene aparece todo junto. Él acaba de ascender en el puesto, y en el mundo de las finanzas se las gastan de otra manera.

—Es cierto, es todo muy volátil. Está bien, estaré abierta y no lo juzgaré, pero me mantendré alerta.

—Fiel a ti misma. Por cierto, ¿qué es eso que me has dicho por teléfono de que tienes un nuevo caso? —Aroa se acerca más hacia mí para no levantar la voz—. ¿Vas a volver a escribir un best seller como te sucedió con los anteriores?

—Ojalá, pero de momento ya sabes que no puedo decir nada.

Lo que sí conseguirá este caso es mantenerme ocupada, y no quiero alejarme de Gael.

Mientras no los hay, trabajar colaborando con la policía es muy fácil a la hora de conciliar, pero ahora que la cosa se complica espero que Gael lo comprenda.

No está acostumbrado a que su madre no pueda verlo todos los días.

—Ya verás que todo sale bien y consigues organizarte.

—Eso espero.

Terminamos nuestras tapas variadas y agradezco la celeridad con la que el camarero nos trae los cafés.

—Por cierto, ¿quién era el morenazo con el que ibas el otro día en el coche? —pregunto.

—Calla, mujer, ya me hubiera gustado a mí tener tema con él. Pero es el nuevo pedagogo que tenemos en el gabinete. Acaba de casarse con su marido y se incorporará el próximo mes. Es majísimo, te va a encantar.

—Oh, qué bueno. Cuando quieras, organizamos una quedada. —Me levanto y recojo mi bolso—. Bueno, guapísima, me vas a perdonar, pero debo marcharme. ¿Me acercas hasta casa?

—Sí, claro, yo también tengo que aprovechar el día.

—Pues ya somos dos —comento, y me dirijo a pagar la cuenta.

Después de comer con Aroa o, mejor dicho, con mi psicóloga particular, vuelvo a casa, donde me pongo toda la tarde a trabajar en el caso y a desarrollar un esbozo del perfil criminal.

Aprovechando que tengo la casa para mí sola, enciendo los altavoces y escucho de fondo «Interstellar», de Hans Zimmer.

Las bandas sonoras acostumbran a ser mis aliadas para concentrarme.