Capítulo 3
Me despierto y me encuentro la cama vacía, como de costumbre.
Me desperezo unos segundos entre las sábanas, y debajo de estas se traspasa la claridad de un nuevo día.
Es temprano, pero está amaneciendo, y un olor a café recién hecho me invita a acercarme a la cocina.
Entonces me levanto, me pongo mi bata de satén y descalza bajo uno a uno los peldaños de la escalera.
Alzo la vista mientras cruzo el salón y me encuentro a Roi cocinando.
Gael está desayunando y sentado en las banquetas enfrente de la isla de la cocina.
Ambos dirigen su mirada hacia mí al verme llegar.
—Buenos días, dormilona. No sabíamos si ir a despertarte o dejarte dormir. —Roi me recibe con su sonrisa—. Hacía mucho tiempo que no dormías tanto y me daba pena romper tu sueño.
—Buenos días, ¿cómo está mi parruliño ? —Me acerco a Gael por su espalda, lo abrazo y le doy un beso en la nuca.
Este lo recibe con una sonrisa traviesa mientras mantiene la cuchara dentro de la boca.
Me siento a su lado y miro hacia mi marido—.
Te lo agradezco, la verdad, necesitaba una cura de sueño.
—¿Te apetece que te haga el desayuno? Puedo hacer una tortilla francesa de atún o si prefieres unas tostas.
—Caray, qué nivel, ya hace tiempo que no me hacías el desayuno. Prefiero tus tostas, son tu especialidad.
—Pues a ver, tengo para ofrecerte tostas de aguacate con huevo escalfado o también bagels de salmón con rulo de cabra y trigueros.
—Qué hambre. No sabría decidirme.
—Aún es temprano, tenemos tiempo para que te haga uno de cada. El tren no sale hasta las ocho y media —apunta Roi.
—Perfecto, gracias. Gael, ¿tienes ganas de ver los museos?
—Sí, quiero ver el planetario. —Gael hace gestos con sus manos entusiasmado.
Después de terminar de desayunar y ducharnos, nos montamos en el automóvil dirección a la estación de tren.
Lo bueno de vivir en una ciudad pequeña son los servicios que esta nos proporciona.
Una de las razones por las que nos decantamos por vivir en Vilagarcía de Arousa fue tener servicio de tren y su proximidad con la capital, Santiago de Compostela.
Dispone de muy buena conexión con el resto de las ciudades colindantes y en menos de tres horas estamos en Madrid.
Por ello, aprovechamos y viajamos en tren siempre que podemos; resulta más cómodo, se contamina menos y no hay que buscar aparcamiento, pues te deja en el centro de las demás ciudades.
Y así en poco menos de una hora llegamos a nuestro destino, tomamos un bus que nos lleva al museo de la Domus y allí disfrutamos de una mañana estupenda. Gael se lo pasa en grande, verlo sonreír y disfrutar de esa manera me llena el corazón.
Hacemos un parón para comer en uno de mis restaurantes favoritos con vistas a la torre de Hércules.
—Nunca me defrauda este sitio. El pescado a la plancha está increíble —le comento a Roi.
—¿Y qué me dices de la tortilla de chocos? —contesta él.
—¡Brutal! Está todo fresquísimo, no me extraña que los turistas se pongan las botas cuando vienen a Galicia. Yo porque me controlo, pero, como me dedique a comer con los ojos, no dejo nada de la carta sin probar.
—No hace falta que lo digas. A ti y a tu hijo es mejor haceros un traje que invitaros a comer. —Roi suelta una risotada—. No sé dónde lo metes, comes como una lima y mantienes siempre el tipo.
—Pues con mucha dieta, deporte y sacrificio por la semana. Pero también te digo que el desgaste mental ayuda mucho.
—De eso nada, que tu genética es buena; mira tu madre y tus hermanos. Además, el fin de semana bien que comes lo que quieres, y la cervecita o el vinito no te lo perdonas.
—Sí, pero hace veinte años podía hacer eso entre semana, y ahora solo el fin de semana, y dentro de diez años será un día al mes, ya verás.
—¡Qué exagerada! Tienes suerte, ya quisieran muchos. Siempre igual, con lo guapa que eres y lo poco te valoras.
—Mami es muy guapa —dice Gael.
—Gracias, cariño, no tanto como tú —respondo agradecida y lo beso en la frente.
—Mami es la más guapa. Los ojos azules de tu madre y su sonrisa me conquistaron nada más verla.
—Madre mía, cómo estamos hoy…
Después de la comida y de disfrutar del paisaje caminando por el paseo marítimo, ponemos rumbo hacia A Casa das Ciencias.
Nada más llegar, Gael se queda boquiabierto observando el péndulo que nos recibe en la entrada.
Puedo observar esa tarde el cariño que tiene Gael hacia su padre; hacen un tándem perfecto.
Es como contemplar dos calcos, ambos de cabello rubio y liso, ojos claros y con los mismos hoyuelos.
Qué pena que este tipo de imágenes no las observe más a menudo.
Después de ver a Gael disfrutar del planetario con los mismos ojos que había disfrutado yo de pequeña, tomamos un bocadillo en el parque de Santa Margarita.
Se nos pasan las horas volando y compartimos uno de los mejores días en familia que podía imaginar últimamente.
Ya de regreso en el tren, mientras Gael duerme a mi lado apoyado sobre mi pecho, me quedo pensando en la suerte que tengo de tener un hijo tan maravilloso.
Gael es muy dulce, risueño y cariñoso. Es imposible no adorarlo.
Al llegar a casa, a mi hijo le cuesta mantener los ojos abiertos después de tantos estímulos durante todo el día.
Mientras Roi se ducha, yo aprovecho para bañar a Gael y ponerle el pijama.
Le cuento un cuento sobre las estrellas fugaces en su cama y el pobre no me deja terminar de leer ni dos páginas, pues se queda completamente dormido.
Le doy un beso en la frente y me voy a mi baño directa a la ducha.
Al terminar, mientras acabo de secarme el pelo frente al espejo, no puedo evitar fijarme en mi aspecto.
Observo detenidamente mi reflejo y la imagen que se proyecta de mí.
Con el camisón que llevo se me marca mucho la cadera y el trasero.
Yo no me percibo tal y como me ha descrito mi marido.
Así que observo mi cuerpo durante unos minutos analizándome de arriba abajo.
Hacía tiempo que no me encontraba a mí misma en un espejo.
Siempre tuve una tez muy clara, pero esta vez me veo más pálida que de costumbre.
El brillo de mis ojos se nota apagado, pues están enmarcados en unas ojeras que revelan mi falta de descanso.
Además, me encuentro rara con mi nuevo corte de pelo, ya que suelo llevarlo por la altura de los hombros.
Pero ahora, con mi melena negra rozando mi mentón, se endurecen mis rasgos y parece que mis arrugas incipientes se marcan más.
Me quedo estudiándome un buen rato y entonces oigo llegar a Roi por detrás de mí.
—Estás estupenda, no te busques más defectos.
—Para vosotros es fácil hablar, no tenéis que maquillaros ni gastaros un pastizal en cremas. Hace diez años te juro que no tenía esas arrugas en los ojos.
—¿Hablas de esas microarruguitas de expresión imperceptibles?
Laia, eres preciosa y tienes un cuerpo increíble.
—Se acerca a mí por la espalda y me aparta un mechón del cabello de la cara—.
Es el mismo cuerpo de siempre, ese bello cuerpo que trajo al mundo a la persona que más quiero. ¿Cómo no voy a verte preciosa?
Me dice esto a la vez que sujeta con fuerza sus manos en mis caderas.
Por un momento siento que me apetece que se acerque.
Entonces se coloca delante de mí y me agarra con una mano la cintura y con la otra la barbilla.
Nos miramos por unos segundos, dejo que aproxime sus labios a los míos y me fundo en su beso, como hacía tiempo que no lo hacía.
Siento que conecto con él de nuevo, con mi versión más segura.
Él está vestido con un bóxer apretado, y su torso desnudo se apoya en mi pecho.
Siento que está igual de atractivo que cuando lo conocí.
Con una mano toma la fina tira de mi camisón y me lo quita en un abrir y cerrar de ojos, y él hace lo propio con su ropa interior.
Me quedo atónita observando su cuerpo desnudo, veo que ha estado cuidando su aspecto últimamente.
Me besa el cuello y siento cómo sus manos resbalan por mis lumbares hasta rozar mi trasero.
Me alza por los glúteos con decisión y me traslada hasta la cama, donde me tumba y no deja de besar cada parte de mi cuerpo.
Nos conocemos demasiado, y él sabe perfectamente qué y cómo me gusta.
Se me acelera el pulso y mi respiración se agita.
Puedo sentir el calor de su cuerpo dentro del mío, y lo cierto es que me encanta.
Y entonces disfruto del viaje y me dejo llevar.