Capítulo 2 #5
Mientras el subinspector se retira, abro el ordenador y me pongo a leer todos los datos obtenidos hasta ahora.
Manuela estaba a punto de cumplir veintinueve años, había cursado estudios técnicos de biología marina, pero, salvo las prácticas, nunca había ejercido.
Trabajaba como autónoma mariscando en un vivero familiar de Carril.
La describían como una persona alegre, sana, amiga de sus amigos y defensora de los derechos de las mariscadoras.
Cada información que leo me debilita más por dentro.
Me puede la impotencia, es imposible no implicarse de lleno.
Esta familia está destrozada, vieron marchar a su hija demasiado pronto porque alguien sin alma se la ha arrebatado.
Me pongo en la situación de esos padres y no soy capaz de imaginarme el dolor por el que están pasando: un hijo lo es todo, y un padre no debe sobrevivirlo.
Me prometo, al igual que les dije a Manuel y Lourdes, que hasta que no encuentre a quien la ha asesinado no abandonaré mi búsqueda.
Antes de que pueda terminar de descargar el resto del informe forense, aparece el subinspector.
—¿Ha leído el informe? —pregunta Tristán.
—No, todavía no —respondo.
—Dice más o menos lo que nos comentó la forense ayer, pero a mayores creo que esto es importante. —Tristán me muestra un folio—. Aquí se indica que padecía leucemia en un estado muy avanzado.
—Vaya, pobre… Eso lo cambia todo, parece que la familia no sabe nada, y tampoco sabemos por qué lo ha ocultado. Terminaré de leer bien todo y me llevaré el trabajo a casa, a ver si saco una conclusión antes del fin de semana. Voy a ver si reordeno todo antes de que salga mi hijo del colegio.
—Mañana es viernes, ¿no? —pregunta Tristán cotejando el calendario de su teléfono.
—Sí —afirmo segura.
—No creo que podamos conseguir mucha más información hasta el lunes, salvo alguna cosa que nos quede del laboratorio.
Pienso que es mejor que descanse mañana y trabaje desde casa del mismo modo que solía hacerlo los viernes.
Aquí no va a solucionar mucho más. Así ya vuelve el lunes y, para de aquella, ya tendremos más datos, como la información que nos van a pasar los padres de Manuela.
—Se lo agradezco.
Termino de recopilar la información y recojo a mi hijo del colegio.
Intento evitar pensar en el caso y trato de disfrutar de una tarde relajada en el parque.
Al llegar a casa, ceno con Gael, pues mi marido aparece poco después de acostar a mi hijo.
Lo que peor llevo de este trabajo es no poder desahogarme y compartir la información con mi familia.
Me gustaría explicarle a Roi la angustia que se ha instalado en mi pecho desde que vi a Manuela tendida en Rúa.
Me distraigo de mis pensamientos intrusivos sobre el caso viendo una serie de televisión y me acuesto temprano.
A la mañana siguiente aprovecho que no tengo que acercarme a la comisaría para hacer recados y poner las tareas de la casa a punto.
Voy con tiempo suficiente a buscar a Gael al colegio y saludo a un par de madres que están esperando en la puerta mientras aguardo a que suene el timbre.
A veces me pregunto por qué me veo tan distinta al resto de las madres.
Apenas socializo con ellas más que lo justo y necesario, y supongo que, si lo hiciera, se cansarían de invitarme a sus «meriendas de madres».
Odio los cotilleos y la superficialidad que aportan los estereotipos de una sociedad abocada al consumismo.
Odio que Roi no se encargue de lidiar con estas cosas y que sea yo quien siempre tenga que saludar con sonrisas forzadas.
Entre el tumulto y el griterío de los niños y niñas, puedo distinguir a mi hijo.
Gael sale feliz desde la puerta de su clase al grito de:
—¡Mamiiiiii!
—Hola, meu parruliño . ¿Cómo estás? —le digo a la vez que lo abrazo fuerte y me lo como a besos.
—Bien —me sostiene el abrazo—, tengo hambre.
—¿Qué te parece si comemos en casa las albóndigas que tanto te gustan?
—Sí, ¡me encantan! —Gael alza sus brazos alegre—. ¿Después vamos a la playa?
—Claro que sí, meu amor.
Después de un día olvidándome del mundo al lado de mi hijo, recibo una llamada de mi marido.
—Hola, cariño. ¿Dónde estáis?
—Volviendo para casa —le respondo—, fuimos a dar un paseo y estábamos jugando entre las rocas de la playa.
—¿Estáis con el coche o habéis ido andando?
—Andando.
—Vale, ¿queréis que os recoja? Podemos coger algo de cenar y vemos una película todos juntos.
—¿Sigue en pie lo de mañana en Coruña? —pregunto.
—Sí, claro.
—Vale, recógenos al lado del quiosco, que en dos minutos llegamos. Nos vemos ahora.
—Os veo ahora. Te quiero.
Me extraña que mi marido se acuerde de que tiene una familia que lo espera, pues últimamente es solo la compañía de Gael la que enriquece nuestro hogar.
Me duele que no sea un padre presente. Hubo un tiempo en que él era perfecto; incluso cuando nació Gael, fue un soporte muy importante en mi vorágine de la maternidad.
Ese es el único momento en el que me sentí vulnerable, y él supo ayudarme y levantarme. Lo echo de menos.
Roi aparece con su coche deportivo, paramos a coger unas pizzas y vemos la última película de Disney todos juntos, o más bien mi marido y yo, porque Gael solo ve el principio.
A mi hijo le cuestan los viernes, así que suele caer rendido casi siempre después de bañarlo y cenar.
Su padre lo lleva en volandas a su cama, y nos quedamos en el salón un poco más.
—Hoy parece que somos una familia normal —comento con resquemor.
—Es que somos una familia normal. Laia, veo que no me vas a perdonar que me distanciase por el trabajo en estos últimos meses.
—Dirás años, creo que desde que nació Gael no has sabido estar a la altura de la relación.
—Un hijo cambia la vida, y también la economía. Por el bien nuestro, acepté el ascenso: más trabajo, pero también más dinero.
—Prefería menos trabajo y más tiempo.
—Laia, no seas así…
—Le fue a hablar la sartén al cazo. Bueno, me voy a dormir. No puedo con mi alma, mañana tenemos un día completito.
—Yo tampoco puedo más, iré en dos minutos.
Subo escaleras arriba hacia la habitación de Gael y compruebo que sigue durmiendo, así que apago el proyector de nebulosas espaciales.
Me dirijo a mi habitación y me introduzco en la cama; agradezco notar poco peso al taparme.
Qué bien sienta dormir con una colcha fina y sin el relleno nórdico.
El pensamiento de Manuela me sobrevuela, así que intento distraerlo y reconducirlo hacia cosas positivas.
Recuerdo que ya casi está el verano en la esquina, que es mi estación favorita junto con la primavera.
Hago un par de respiraciones profundas antes de cobijarme en los brazos de Morfeo.