Capítulo 2 #4
—Ahora, como ha podido observar, hemos tenido una reunión de urgencia con el alcalde y el presidente de la Xunta.
El motivo no ha sido otro que el de preservar la calma y la cautela antes de generar un estado de alarma.
Por lo tanto, no se podrá hablar del caso con ningún medio de comunicación.
Según nos ha informado el presidente, hay cerrados varios eventos con personalidades muy importantes y famosos para la promoción y el turismo de Galicia.
—Así que tiran la casa por la ventana —comento con sorna.
—Algo parecido. Nos ha explicado que a esta feria gastronómica asistirán ministros de otros países.
En principio, Portugal iba a ser la única sede principal, pero se ha conseguido que este año sean As Rías Baixas, y Oporto y alrededores serán la segunda ubicación en recibir este evento, por lo que habrá que coordinar ambas localizaciones.
El presidente nos ha dicho que se enseñará nuestro producto y que acudirán empresas muy importantes que han querido invertir en nuestras tierras.
Para ello se ha invitado a varias personalidades a presentar y promocionar nuestros productos, así como nuestro entorno.
Por lo tanto, irán a ver nuestros pazos y la ruta de las camelias.
Para que se haga una idea de la importancia del asunto, debe comprender que se va a hacer una apuesta muy importante, pues, entre otros eventos, habrá una cata de vino en barco, probando vinos con denominación de origen albariño que están sumergidos cerca de las bateas.
Además, cuentan con el amadrinamiento para la feria de la princesa y futura reina del país.
Vamos, que van a invertir muchos recursos, ya que consideran que es una ocasión única para situar en el mapa nuestra comunidad, y en especial nuestra ría.
Y justo ahora está todo patas arriba con el cuerpo hallado en la Illa da Rúa.
Entonces, si le parece bien, además de hacerle una entrevista a los padres de la víctima, le agradeceríamos que les hiciera entender la situación que estamos viviendo con esas dotes psicológicas por las que usted destaca.
—La verdad, no sé yo qué consuelo pueda parecer que se retrase un entierro o cualquier homenaje.
Esa familia lo que quiere hacer es llorar la muerte de su hija, transitar el dolor para poder sobrepasarlo cuanto antes.
Pienso que enmudecer o minimizar un hecho tan relevante como el sucedido, o hacer como si nada mientras anda suelta la persona que ha asesinado a su hija, no va a ayudarlos.
—Lo sabemos, pero una cosa es lo que nos mandan y otra lo que quisiéramos.
Las órdenes directas hay que acatarlas y obedecerlas, y más aún si vienen desde tan arriba.
Como usted bien dice, ese dolor cuanto antes pase mejor, así que vaya informando a la familia de la situación; será bueno para todos.
Si no me equivoco, debería tener ya a los padres esperándolos a Castro y a usted en la sala de reuniones para que sea más cómodo —me comunica el inspector mientras me señala la puerta de salida del despacho por la que salgo de la estancia.
Me siento inútil e impotente. No me gustan nada este tipo de situaciones en las que se dejan en un primer plano los intereses políticos y se prorroga el dolor de una familia. Reparo en que Tristán me observa y nota mi hastío.
—Lo siento, he intentado mediar, pero no ha sido posible. —El subinspector me mira con ternura, como queriendo consolarme—. Tenga, son los datos de la víctima y los de los padres que vamos a ver.
—Gracias. —Recojo la carpeta y leo por encima la información antes de entrar.
Me acerco a la sala de reuniones junto a Tristán y allí me los encuentro: se trata de la pareja que antes he visto fuera, llorando por su hija y aliviando su dolor en el cariño mutuo.
—Buenos días, soy la psicóloga forense Laia Ramuín.
Antes de nada, los acompaño en su dolor y sentimos mucho tener que molestarlos en este momento.
—Le echo un vistazo de nuevo al dosier que contiene los datos aportados por los padres y los nombres de estos.
Los ojeo rápidamente para tener un mayor acercamiento mientras Tristán le ofrece un café al matrimonio.
—Yo hoy no tengo el cuerpo para cafés, la verdad —comenta el padre.
—Manuel, ¿vive usted con su mujer Lourdes? —pregunto.
—Sí, llevamos treinta años de matrimonio, vivimos al lado de la playa.
—¿Y tienen más hijos?
—Manuela era nuestra única hija. Lourditas tuvo muchas pérdidas y no pudimos tener más hijos. Ya la tuvimos tarde para nuestra época, ¿entiende? Ha sido nuestro milagro. Por eso lo es todo para nosotros, ¡todo! —explica mientras se le quiebra la voz y se le humedecen los ojos.
—Comprendo —digo, y les alcanzo unos pañuelos—. Necesito tener toda la información posible para poder capturar al asesino.
—Ya se lo dijimos todo a los otros policías, no podemos decir nada nuevo, filliña —comenta Lourdes con lágrimas resbalando sobre sus mejillas.
—No me malinterpreten, necesito comprender cómo era Manuela, desde qué tipo de música le gustaba hasta qué perfume era su favorito. —Le tomo suavemente la mano a la madre y le acaricio el dorso con suavidad—. Quiero entender cada paso que ha dado y cada decisión que tomó aquel día.
—A ver… Tenemos un diario de ella en casa, está cerrado —apunta la madre mientras se seca las lágrimas—. Yo nunca lo quise abrir, pero supongo que ahí podrá saber más de cómo pensaba que lo que nos decía a nosotros. Aunque Manuela siempre nos lo contaba todo.
—Perfecto, me servirá de mucha ayuda. Por cierto, ¿la notaron diferente o rara ese día o días anteriores?
—Ya le dijimos al chico de las gafas que hacía varios días que la notábamos algo triste, pero aparte de eso nada más —explica el padre.
—Supongo que no sabrían el motivo —niegan con la cabeza—, pero les prometo que haremos todo lo que esté en nuestras manos para atrapar a esa persona.
—¿Y cuándo vamos a poder repartir sus cenizas y hacerle el homenaje?
—Tengo entendido que la última voluntad de su hija era ser incinerada…
—Sí. —Manuel se aclara la voz—. Manuela siempre dijo que, si le pasaba algo, quería que se donasen todos sus órganos y que después se la incinerara y se esparcieran sus cenizas en el mar.
—Hay un problema: siempre que se esté en medio de una investigación criminal, en los procedimientos penales se prohíbe la cremación de cuerpos que sufrieron muerte violenta, ya que puede ser parte importante de la comprobación de los hechos en un futuro de la investigación.
Pueden hacer un entierro convencional; recuerden que es necesaria toda la discreción posible para el desarrollo de la investigación.
Así podrán transitar el dolor de la despedida en la más estricta intimidad.
—¿Y entonces tenemos que esperar a que investiguen todo para poder cumplir las voluntades de mi hija? No hay derecho.
—Lo sé, es injusto, pero no cesaremos hasta encontrar a la persona que hay detrás de todo esto. Es más —les tomo la mano a los padres y los miro firmemente a los ojos—, me comprometo a que no descansaré ni un solo día hasta ver que ese ser despreciable tenga su merecido. Se lo juro.
Me fundo en un abrazo con los padres de Manuela, ayudo a Lourdes a secarse las lágrimas y esta me pregunta:
—¿Qué más podemos hacer para averiguar quién ha sido?
—Pues les recomiendo que ustedes vayan escribiendo en una hoja todo lo que recuerden de estas últimas semanas.
Aunque sea un detalle insignificante, apúntenlo, como si fuera un diario.
Y, por otro lado, les voy a pasar un par de preguntas sobre la personalidad y los gustos de su hija.
Tendrán que darme el nombre de los mejores amigos o personas más cercanas a Manuela y de aquellas menos cercanas pero con las que se cruzaba a menudo, como, por ejemplo, en el trabajo.
Por favor, si no les importa, entréguenme todo el lunes, junto con el diario.
—De acuerdo —comenta la madre—, lo traeremos el lunes por la mañana y buscaremos cosas que tengamos por casa que no se haya llevado la policía ya y que los puedan ayudar.
—Muchas gracias, ahora en la entrada les facilitarán todo, nos vemos pronto —se despide Tristán.
—Mucho ánimo. Sé que es un momento muy duro, pero cualquier dato que puedan proporcionarnos puede ser crucial. Si necesitan algo, aquí estamos —apunto.
—Gracias —nos dicen mientras se despiden con la mano.
Al salir de esa sala me siento desalentada.
—Me duele ver a esa pareja rota en su pesar. Han perdido a su hija, a su todo. Me imagino por un segundo en su piel y se me retuercen las tripas.
—La comprendo. Pobres padres, están destrozados.
—Terrible.
—Le paso a su cuenta lo que han recogido los compañeros, pero me han dicho que ayer la madre no paraba de llorar y que casi no era capaz de responder a las preguntas. Al final tuvieron que asistirla porque sufrió un desmayo. No sé cómo hoy estaba tan entera.
—Por la medicación que lleva encima; seguro que le dieron alguna benzo para que estuviera relajada.
—Seguramente. Voy a acercarme a mirar a ver si ya tenemos el informe forense, que en este ordenador no tengo mi cuenta, la aviso y lo hablamos.
—Vale, me quedo aquí recabando información.