El eco de la niebla Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

Al llegar a casa me encuentro a mi marido sentado en el sofá y lo saludo con la mano, a la vez que, en un gesto de dominio, me descalzo los botines y dejo las llaves en el aparador de la entrada.

Mientras subo las escaleras, me voy deshaciendo de las capas de ropa más externas.

Al abrir la puerta entornada de la habitación de Gael, atravieso el cuarto y observo la proyección de nebulosas espaciales que luce en el techo: es su mundo cósmico; lo llamamos de ese modo porque cada noche se enciende hasta que Gael abraza el sueño.

Me acerco a él gracias a esta luz tenue que me permite situarme.

Y allí lo veo, en su camita, acurrucado y durmiendo plácidamente, con aspecto angelical.

Entonces admiro a lo más valioso de mi vida, a mi todo.

Lo beso en la frente y acaricio suavemente su espalda, me encanta observarlo dormido; se ve tan vulnerable y frágil que me enternece.

Me quedo embelesada contemplando su belleza, como si de una escultura se tratase, aunque para mí es indiscutible que es la obra de arte más valiosa que he creado en mi vida.

Y así, hecha un ovillo a su lado, sabiendo que estamos a salvo del mundo exterior, me quedo dormida hasta el día siguiente.

Por la mañana temprano, un pequeño rayo de luz que atraviesa la ventana me recuerda que me he quedado dormida junto a mi hijo.

Me levanto, intentando no despertarlo, y me acerco a mi habitación para ducharme y vestirme.

De camino a la ducha tropiezo con mi marido, que está terminando de ajustarse la corbata frente al espejo.

—¡Hombre, buenos ojos te vean! —exclamo.

—Buenos días. Anoche terminasteis muy tarde, ¿no? —me pregunta.

—Sí, la verdad es que se ha complicado la semana con un nuevo caso. —Abro el armario de ropa blanca y tomo una toalla—. ¿Qué tal ayer Gael?

—Cuando fui a recogerlo a casa de tus padres, me dijo tu madre que se había portado muy bien por la tarde y que en el cole le habían dicho algo de buscar juegos populares, que nos enviarían un aviso.

—Vale. Por cierto… ¿Hace cuántas semanas que no coincidíamos charlando en esta habitación?

—Puf, no sabría decirte. —Roi se abotona los puños de la camisa—.

Ya sabes que con este cambio de horario del trabajo últimamente llego derrotado siempre, ceno y voy a la cama directo.

Y tú siempre te quedas hasta las tantas haciendo informes, leyendo o viendo una serie, con lo cual es imposible coincidir.

—Ya, es una pena que Gael no nos vea a los dos juntos nunca —le reprocho.

—No seas dramática. —Me hace un gesto de desdén con la mano—. Podemos hacer algo el fin de semana. Siempre has querido llevarlo a ver museos de ciencia, ¿qué te parece si vamos hasta A Coruña?

—Me parece una buena idea, pero esta vez no nos falles. Ya sabes lo que pasó con el intento del mes pasado. Gael es tan sensible como yo: si le hacemos creer que va a disfrutar algo, se ilusiona, y, si después no se le puede llevar, se siente defraudado y no confiará en las palabras de sus padres.

—Bueno, ya estamos con la Laia psicóloga…, que sí, que no voy a fallar. El sábado vamos hasta la Domus y A Casa das Ciencias, y podemos aprovechar para comer en ese restaurante de A Coruña que tanto te gusta.

—Vale, asumo tu compromiso —comento a la vez que me desnudo y me introduzco en la ducha.

—¡Qué pena que tenga prisa y ya llegue tarde, porque te acompañaba a la ducha encantado de la vida! —musita observando de arriba abajo mi cuerpo desnudo.

Después de dejar a Gael en el colegio, continúo mi camino al trabajo.

Al llegar al aparcamiento me fijo en que mi plaza está ocupada por un turismo.

Al lado del coche, un hombre está hablando por teléfono, apoyado en la puerta del vehícu­lo, y me hace un gesto como pidiéndome un minuto.

Mientras estoy esperando a introducir mi automóvil en la plaza, reparo en una pareja de sexagenarios que llama mi atención.

Están sentados en un banco cerca de la entrada de la comisaría.

Ella parece estar inquiriendo algo con las manos abiertas, pero él no levanta la cabeza y está llorando.

Poco después ella le acaricia el hombro, él sujeta la cabeza de ella con sus manos, se miran a los ojos y se funden en un abrazo.

Entonces regreso a mi espera. Ahora el hombre que estaba hablando por teléfono se pone a fumar con toda la parsimonia del mundo y a observar su teléfono mientras teclea.

Me puede la situación y presiono el claxon de mi vehículo.

El hombre se fija en mí y, con la mano, me hace un gesto de espera y calma.

Pongo los ojos en blanco e intento contenerme con respiraciones.

No me gusta llegar tarde a mi puesto de trabajo, y mucho menos si no es mi culpa.

Observo su turismo: es negro, de altísima gama y tiene los cristales tintados.

Entonces me fijo en su conductor y en que el hombre lleva un traje negro, camisa gris y corbata oscura.

Me pregunto quién será, pero a los pocos segundos me respondo a mí misma porque veo a un hombre de pelo blanco y muy alto, que parece ser el presidente de la Xunta de Galicia, salir de la comisaría seguido de un escolta.

Ambos se dirigen hacia el automóvil aparcado en mi plaza, y entonces el conductor que hace unos segundos me mandaba aguardar tira su cigarrillo a toda velocidad, se atusa el pelo y se sienta al frente del volante.

El escolta del presidente le abre la puerta trasera del vehículo, espera a que se introduzca e inmediatamente lo hace él, pero este último en el asiento del copiloto.

Ponen el motor en marcha y se van. Me quedo perpleja ante la situación, pero aprovecho para aparcar y dirigirme rápidamente al interior del edificio.

Una vez atravesado el pasillo, y saludado a varios compañeros, me encuentro al jefe a pocos metros de la puerta de su despacho hablando con el alcalde de Ribeira.

Se me acerca Gregorio y, al ver hacia dónde estaba dirigiendo mi mirada, me dice por lo bajo:

— Manda carallo , que los políticos siempre saquen tajada de cualquier cosa es típico de aquí. Como decía Castelao: Mexan por nós e temos que decir que chove .

—¿Por qué están aquí? —pregunto sorprendida.

—Parece ser que entraron los padres de la víctima con el jefe, estuvieron un buen rato con él y al poco aparecieron el presidente de la Xunta y el alcalde.

Según comentan, no quieren que se entere la prensa de lo sucedido.

Supongo que será por la feria gastronómica que se va a celebrar en los próximos días y que este año tiene la sede principal en As Rías Baixas.

Ya sabes que estos eventos acogen a multitud de personalidades y a la jet set de varios países.

Además, parece ser que los compañeros de trabajo de la chica, junto con la familia, querían hacerle un homenaje este fin de semana en la plaza de Carril, pues era mariscadora y procede de una familia humilde y muy querida en la zona.

—Qué mal —comento hastiada—, como siempre ganan los de arriba, y la pobre familia no puede encontrar el consuelo que necesita en su pueblo.

—Pues espérate, que el jefe quiere que hables tú con los padres de la muchacha para amortiguar el golpe.

Contesto con un resoplido y aguardo a que se vacíe el ambiente antes de intervenir.

Mientras, indago sobre el caso en mi escritorio.

Al ver que las aguas están más calmadas, me acerco al despacho del inspector una vez que he comprobado que ya se ha retirado el alcalde.

Al traspasar la puerta veo que Tristán está dentro y me saluda con la mano.

—Buenos días, ¿me buscaban? —pregunto a la vez que doy un golpecito en la puerta.

—Buenos días. Pase, pase. —Limán hace un gesto con la mano para invitarme a entrar—.

Me ha comentado Castro las primeras impresiones recibidas del IMELGA, y en unas horas tendremos el informe completo de la forense.

Estamos esperando más información del laboratorio, pero le anticipo que dentro del tubo que apareció ayer junto al cuerpo había una varilla que tenía enrollado un papel; lo están analizando y en breve sabremos algo.

—Comprendo, a ver si ese papel nos arroja algo de luz —comento—. ¿Sabemos el nombre de la víctima?

—Sí, Manuela Adriana Pita, una vecina y mariscadora de veintiocho años de Carril.

—Vaya, sí que era joven.

—Así es… Bueno, mientras tanto estamos terminando de interrogar al entorno de la muchacha.

Por otra parte, en cuanto tengamos algo vamos a intentar buscar en la rama sanitaria y en los tanatorios de la provincia, a ver si hay alguien que se pueda relacionar con la muchacha.

El equipo que ha estado ayer interrogando al entorno más cercano y familiar de la joven ha concluido que la última vez que la vieron fue el 19 de este mes de mayo.

Lo más tarde que hemos logrado ubicarla ha sido a las ocho de la tarde, pues ese día la marea estaba baja por la mañana y la mayoría de las compañeras la vieron trabajando en la playa hasta el mediodía, como un día cualquiera.

Y, por la tarde, solo la sitúan saliendo de un centro de estética.

Después fue al supermercado, se ve que estuvo haciendo unas compras de última hora.

—Es bueno que tengamos información del día anterior, a ver si logramos averiguar qué pasó más tarde de las ocho.

—En ello estamos. Que sepa que en este caso usted irá de la mano con el subinspector Castro.

Es un policía con buena trayectoria y con resultados muy notables en las actuaciones criminales y forenses.

Estará con él tanto para las entrevistas como para las búsquedas de indicios, así pueden analizar todas las pesquisas desde el mismo punto de vista que nosotros.

Por ello se le facilitará una clave temporal, diferente a la que ya tiene, con la que podrá acceder de primera mano a todas las pruebas, informes, documentos, etcétera, que necesite.

—Se lo agradezco.