El eco de la niebla Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

Nos sentamos en la galería, una zona más apartada e íntima del restaurante donde se puede disfrutar de las mejores vistas de la zona, desde allí se observa cómo la Praia do Vilar se funde con las dunas de Corrubedo.

Los ventanales azules son amplios y las paredes de piedra, y, junto con los adornos con motivos marineros, le aportan un aire más acogedor al ambiente.

—¡Vaya sitio más chulo al que me ha traído! —Tristán repasa con su mirada el local.

—Ya ve, es un negocio de tradición familiar que nunca falla, tanto en el trato humano como en la comida. Esta casona se ha renovado hace menos de cinco años, pero antes era una antigua fábrica de salazón anexa a la casa principal. Ahora ambos edificios son este restaurante.

Se acerca Xurxo a traernos nuestras bebidas y unas tapas. Al escuchar nuestra conversación comenta:

—Cuando llegaron los fomentadores catalanes, buscaban conservar pescados y mariscos que venían cada vez de más lejos, y se crearon las salgaduras , pequeñas fábricas de salazón .

Años después, abrieron las conserveras y las fábricas empezaron a cerrar.

Entonces mi abuelo, que vivía en la casa contigua, consiguió la fábrica a través de un familiar y la acabó reconvirtiendo en un mesón, y recientemente lo reformamos en lo que ahora ve.

—Pues qué historia tiene detrás este restaurante. Muchas gracias por compartirla —agradece Tristán.

Pasamos una velada rodeada de cuentos e historias que nos va comentando Xurxo junto a Carmela.

Esta apunta que esos cuentos adquieren más detalles añadidos con el paso del tiempo cada vez que los narra Xurxo.

La comida, como siempre, está increíble, y con los postres y el café en la mesa conseguimos tener mayor intimidad.

Por lo que aprovecho para preguntarle a Tristán acerca de su vida:

—Con Xurxo y Carmela, uno pierde la noción del tiempo. Qué matrimonio más maravilloso.

—Es verdad. Son muy especiales para mí. Han sido mi asilo en muchos momentos de mi vida. Aquí donde me ve, en mi pasado he estado llena de miedos e inseguridades. Mi época en el instituto no ha sido la luz que más ha brillado.

—Parece mentira conociendo su currículo. —Me sorprende su comentario—. No me malinterprete, soy un admirador de su trayectoria y he leído sus artículos y sus libros. Cualquiera diría que ha flaqueado alguna vez.

—Ah, ¿sí? ¡No me diga! —Parece que me sonrojo—. Yo creo que todos tenemos un momento vulnerable al que nos hemos enfrentado en nuestra vida. Quizá por eso me implico más en la búsqueda de estos seres sin alma. Darles justicia me alienta.

—Es cierto, todos hemos tenido que apagar nuestros incendios…

—Tristán mira a través del cristal hacia el horizonte—.

Yo creo que su humildad la hace más terrenal, y también más cualificada para este puesto.

No todos tienen su arrojo. Es un placer tenerla con nosotros. —Me dedica una sonrisa amigable.

Las palabras de Tristán me reconfortan. Después de un buen rato de una charla agradable con Xurxo y su mujer, decidimos hacer tiempo visitando las dunas.

El subinspector y yo intercambiamos impresiones y hablamos de lo irresponsable que es nuestra sociedad con los parajes naturales.

Mantenemos una conversación también acerca del cambio climático, y yo expreso mi opinión acerca del desarrollo latente de una sociedad egoísta.

Tras un breve paseo, ponemos rumbo a Santiago de Compostela.

En el trayecto, aprovechamos para hablar del caso.

—¿Cuál cree que es la razón por la que ha escogido esa isla?

—Lo cierto es que no lo tengo claro. Mi teoría es que busca captar nuestra atención. Como buena mente ególatra, quiere que nos movilicemos y que, con los datos que nos ha dejado, seamos capaces de resolver el enigma.

—Pienso que solo intenta distraernos y que está jugando con nosotros. Me pregunto por qué lo ha hecho de ese modo.

—Para mí es muy importante saber cómo la ha asesinado para entender por qué lo ha hecho y así acercarme lo máximo posible a la persona que le ha arrebatado la vida.

—Comprendo. Dada su trayectoria, sé que es minuciosa en ese aspecto.

—Necesito más datos para poder introducirme de lleno en esa mente criminal.

Alguien que ha hecho esta puesta en escena busca cierta notoriedad. Además, todo eso denota que ha sido premeditado, debo aproximarme a sus pensamientos más oscuros y comprender su voluntad.

—Haré todo lo que esté en mi mano. —Su mirada se vuelve cristalina en ese momento, y no por el color de sus ojos—. Sé que soy alguien nuevo para usted, pero créame si le digo que le prometo que daremos con quien está detrás de todo esto.

—Le tomo la palabra.

Las palabras de Tristán suenan sinceras.

Hay un sexto sentido que siempre se activa dentro de mí que parece que me advierte, que me alerta si algo comienza a torcerse.

Sin embargo, en mi interior siento como si ya nos conociésemos de antes, estoy cómoda con él y algo me dice que debo confiar en las palabras de Tristán.

Y, a la vez, ese algo tiene una tremenda curiosidad por saber más acerca de él.

Casi una hora después, y tras asomarse el atardecer en el horizonte tiñendo el cielo con un rubor escarlata, llegamos a la capital gallega para dirigirnos al Instituto de Medicina Legal de Galicia (IMELGA).

Una vez allí, aguardamos el aviso de Xela, pues está terminando de recabar algunos datos.

Tras una pequeña espera, un joven con bata blanca busca contacto visual con nosotros y nos hace gestos para que nos acerquemos a una sala contigua.

Nos adentramos en esta y, al fondo, junto a un escritorio, nos espera la forense.

—Hola de nuevo. Les comento mis primeras impresiones junto a mi equipo técnico.

A la muchacha parece que le ha sido administrado un elevado número de barbitúricos, lo suficiente para tenerla inconsciente y poder asesinarla sin que sufriera.

Las marcas casi imperceptibles cerca de la nariz y la boca atestiguan que ha sido ahogada con algún objeto blando, tipo cojín o almohada.

Debemos esperar los resultados para comprobar las fibras encontradas en el cuerpo.

—Xela se acomoda en la silla del escritorio y nos invita a sentarnos—.

Después, como bien les he dicho esta mañana, el asesino ha hecho una especie de embalsamamiento casero, por llamarlo de algún modo.

Es decir, cuando se hace un vaciado, normalmente después se inyecta el conservante a través de una arteria, y lo más cómodo es usar la carótida, en el cuello, pero se ve que la persona que la ha asesinado ha decidido dejarle el mínimo de marcas visibles y ha preferido optar por una extremidad, más concretamente por la arteria femoral.

—Le da la vuelta a la pantalla del ordenador y nos muestra unas fotografías de los muslos de la víctima—.

Este hecho me ha llamado mucho la atención, porque dificulta el trabajo de quien lo hizo, ya que los vasos sanguíneos de las piernas suelen estar más obstruidos.

Este acertijo se lo dejo para la profesora Ramuín, que sabrá adivinar por qué ha elegido esa opción y no la otra.

—Es curioso, sí —digo extrañada.

—También he de decirles que esta técnica no es nada sencilla si el resultado es tan minucioso como el observado en el cadáver de la joven.

El tono de coloración de su piel es casi normal y no azulado, ya que parece que está dormida sin haber sufrido.

Es decir, ha sabido inyectar muy bien los conservantes para conseguir ese «buen aspecto».

Del mismo modo, sacamos como conclusión que quien lo ha hecho es un entendido del tema, pues, cuando se inyecta, se debe tener muy regulada la presión y el caudal para que no revienten las arterias.

Además, este proceso puede llevar de cuarenta y cinco minutos a dos horas dependiendo de cómo sean sus vasos sanguíneos.

Así que estamos hablando de un profesional del tema o de alguien muy conocedor de anatomía.

—O sea, que podría ser una persona que se dedicase a la rama sanitaria o a la tanatopraxia —apunta Tristán.

—Exactamente, en eso no tengo dudas: un chapuzas no ha podido hacerlo —confirma Xela.

—Pues tan pronto como tengamos el informe final debemos buscar a alguien con esos parámetros. Y usted, Laia, ha de comenzar a entrelazar estas pistas para crear el perfil —comenta Tristán.

—Me pongo a ello cuanto antes —remarco.

De regreso a nuestro viaje hasta Vilagarcía disfrutamos del silencio, ya que el cansancio apremia.

Mis pensamientos viajan veloces intentando buscar respuestas y un culpable, pero tan solo obtengo divagaciones.

Castro me deja en la entrada de mi casa, y, tras despedirme de él, intento apurar mis pasos para poder ver a mi hijo antes de que se duerma, pero las persianas bajadas en el primer piso me indican que es demasiado tarde.