El eco de la niebla Capítulo 2
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Capítulo 2

El regreso desde Rúa es mucho más llevadero gracias a que lo hacemos en otra embarcación de los guardacostas, austera y estable.

Por si acaso, me ubico en un asiento donde mi visión es más despejada.

Navegamos a una velocidad constante, eso me permite disfrutar del marco que nos envuelve.

Por un instante mis pensamientos se silencian, las palabras me desamparan, pues no soy capaz de encontrar adjetivos que describan con exactitud la belleza que percibo del entorno.

Es un paisaje ine­fable, me siento afortunada de vivir en ese entorno idílico.

El océano sigue en calma y, tras nuestro paso, el mar se desdibuja junto a una estela blanca donde el agua parece que se está batiendo a punto de nieve.

Desde tierra no se llega a apreciar la vertiginosa inmensidad de nuestra ría, me siento insignificante en medio de este ponto.

Al fin, la claridad es la protagonista, y esta deja ver la verdadera esencia de nuestro pequeño paraíso.

—El color del mar es hipnótico, se ve totalmente turquesa —comento hacia los presentes en la embarcación—. Cuando el reflejo del sol hace esos bailes con centelleos cristalinos en el agua, nada tiene que envidiar a las playas de Menorca.

—Totalmente —afirma Tristán con una sonrisa ladeada y clavando su mirada en mí.

Paso entonces de contemplar el paisaje a fijarme en la sonrisa que Tristán me proyecta.

Es casi perfecta, sus labios son gruesos y carnosos, y a la arquitectura de su dentadura solo le faltan dos cariátides reposando entre sus colmillos para que parezca esculpida por orfebres.

Me fijo en su profunda mirada: sus ojos son casi del mismo color que el mar, un verde azulado que atrapa, y destacan aún más enmarcados en sus cejas gruesas oscuras y con su piel canela.

Y reparo también en su cabellera, me pregunto cómo puede mantenerse tan bien su peinado con el viento que hace en este bólido.

Su nuca está despejada, el cabello tiene la largura justa para parecer bien atusado, pero suficiente para llevar un corte moderno y actual, y la parte superior está bañado por ondulaciones castaño oscuro con destellos cobrizos.

Continúo analizándolo sin que él se percate.

Parece bastante alto, medirá cerca de un metro ochenta y cinco, se percibe esbelto, de complexión delgada pero atlética, y sus hombros presumen de ser anchos y fuertes.

Siento curiosidad por adivinar cuántos años tiene, pues debe de ser más joven que yo, aunque no excesivamente, porque apenas se le advierten canas o arrugas en la piel.

Se intuye que no tiene hijos que le consuman sus horas de sueño.

De pronto, me doy cuenta de que Tristán me acaba de sorprender mirándolo.

Aparto la vista de inmediato y oigo su voz diciéndome:

—Hemos llegado. ¿Ve? No ha sido para tanto, ya está lista para otro crucero por la ría. —Vuelve a mostrarme su sonrisa, pero esta vez tímidamente.

—Sí, justo en eso mismo estaba pensando yo. Cuando termine el día, igual vendo el coche y me compro una dorna —comento con sorna.

Tristán se ríe sutilmente, y encuentro adorable el quejido de su carcajada.

Me ofrece su ayuda para bajar en el muelle del puerto de Ribeira.

Me encanta esta ciudad. Cuando me ofrecieron colaborar con su comisaría, no me lo pensé dos veces.

Es un trayecto más que asumible de cuarenta minutos desde donde vivo.

Además, me fascina venir aquí siempre que puedo, me trae muy buenos recuerdos de mi infancia en verano.

Parece que el mundo es más amable desde este otro lado de la ría.

—Podemos comer en El Náutico, está aquí al lado y me han dicho que se come muy bien. O, si se le ocurre algún sitio, tengo el coche aparcado a escasos metros —propone Tristán.

—Que no le parezca mal; me gusta mucho El Náutico, pero prefiero llevarlo a un sitio que está un poco más apartado y donde se puede disfrutar mejor de las vistas.

—Perfecto, por mí sin problema. Ya es la una y media, no sé si necesitaremos reserva…

—No se preocupe, permítame que haga una llamada rápida.

—Lo dejo en sus manos —replica.

Tomo mi teléfono y llamo a un viejo amigo:

— Xurxo, como o levas, meu? Sí, todo bien. ¿Me haces el favor de poner una mesiña para dentro de una hora en el sitio de siempre? Sí, claro, al lado de la ventana, que a ti ya te tengo muy visto y prefiero ver las vistas… Veña, un bico, deica!

Cuelgo el teléfono y entro dentro del automóvil del subinspector.

—Listo, le paso la ubicación para que la introduzca en el navegador del coche.

—Caramba, qué velocidad, pues sí que conoce bien la zona. A ver, páseme la localización, por favor.

—Se la acabo de enviar, puede mandarla al navegador del coche y así vamos directos y llegamos en poco tiempo.

—Eh… Vamos a ver… ¿Corrubedo? Me suena bastante. ¿Es un sitio grande? —pregunta Tristán mientras se pelea con la pantalla de su automóvil.

—Seguramente le suene por las dunas de Corrubedo, un paraje natural con un paisaje hermoso; el viento, el mar abierto y la arena crean un entorno singular, es una maravilla —respondo.

—Ah, sí. Creo que de pequeño estuve ahí jugando en las dunas.

—Tristán pone su coche en marcha—. Lo cierto es que hacía más de veinte años que no volvía a Galicia, y lo de la morriña es real.

Terminé mis estudios de bachiller en Madrid, y desde entonces parece que me he alejado cada vez más de esta tierra.

Conseguir el traslado en esta unidad me ha costado muchos años, pero solo por poder ver cada día este paisaje tan verde, rodeado por la ría, ha merecido la pena la espera.

Aunque con lo que me gustaba la capital de joven, nadie pudiera augurar que acabaría a mis cuarenta y dos años solicitando el cambio de destino hasta aquí —me explica mientras conduce.

En cada pausa me mira con esos dos luceros hipnóticos e imposibles de apagar.

—Galicia es única. Te atrapa —le comento—. Hablando de lugares únicos, menuda ubicación ha elegido la persona que ha asesinado a nuestra víctima.

—Totalmente. Desde que he visto el cuerpo no he parado de preguntarme una y otra vez cómo ha hecho para poder dejarla allí.

—Es un sitio muy complejo, es como si quisiera mandar un mensaje —apunto—. Me ha encogido el hecho de ver lo joven que era la muchacha, le quedaba mucho todavía por vivir… Es desalentador.

—Lo es, hay mucho malnacido por ahí suelto. —Tristán asiente—. ¿Cuándo cree que podemos tener el informe forense?

—He hablado antes de salir de Rúa con el jefe y me ha dicho que el Instituto de Medicina Legal de Galicia podría tener el informe detallado mañana.

—Tristán se atusa el pelo suavemente y consigue en dos pasos mantenerlo perfecto—.

Pero el jefe ha insistido en que nos acerquemos hoy a intentar tener unas primeras impresiones de la mano de la forense Bazán y su equipo.

Así que, si le parece bien, nos trasladaremos a Santiago de Compostela en un rato, a ver si nos sacan de dudas, y de esta manera usted consigue información para poder realizar mejor el informe del perfil de la persona que ha cometido el asesinato.

El resto del trayecto lo continuamos en silencio, solo interrumpido por las indicaciones del navegador.

El subinspector va atento a la carretera y a cada giro que debemos hacer hasta llegar a nuestro destino.

Mientras, yo intento comprender qué clase de bestia pudo acabar con la vida de una joven y dejarla a merced de la ría, esperando que alguien diese con ella.

Necesito encontrar a quien está detrás de todo esto.

Una vez que llegamos, aparcamos cerca del puerto de Corrubedo y le indico a Tristán que debemos avanzar unos cuantos pasos más andando, y terminamos el trayecto entrando en uno de los restaurantes con las mejores vistas de la zona.

En la barra está Xurxo, que nos recibe con una sonrisa.

Ya solo con atravesar ese umbral de la puerta, parece que huele más a hogar.

—¡A ver, muller ! ¿Cuándo te ibas a dignar a aparecer por estos lares?

¿Qué pasa, que últimamente el trabajo es lo único que te trae por aquí?

—Se acerca con cariño y me da un abrazo enorme; luego me inspecciona de arriba abajo, me mira fijamente a los ojos y me dice—: ¡Caray, te estás quedando en nadiña !

Te voy a traer una buena caldeirada de raya y unas almejas, que parece que no te dieran de comer bien en meses.

Por cierto, ¿cómo va el bonitiño de Gael?

—Todo bien por casa, Xurxo. Si vieras lo grande que está y lo gracioso que se pone improvisando sus bailes, alucinarías, pero entonces tendría que traerte una fregona bien grande, porque se te iba a caer la babiña .

—Te creo bien, es igualito a ti. Cuando eras pequeña, no había quien te parara. Menos mal que tu madre me manda fotos de él más a menudo que tú, que si no…

—¿Dónde está Carmela? —pregunto extrañada.

—Marchó a la compra, ya le dije que venías y dijo que hasta que no tuviera todos los ingredientes para hacerle una buena comida a su afillada no volvía.

—Qué tremenda, no se puede con ella… Mira, te presento a Tristán, el subinspector de la Policía Nacional de Vilagarcía de Arousa. Acaba de llegar a Galicia después de muchos años, así que tu misión hoy será refrescarle el paladar y recordarle cuál es el sabor de nuestra ría.

—Encantado —se presenta Xurxo a la vez que estrecha su mano con la de Tristán—, aquí Xurxo para servirle, tras cuarenta años en el negocio hostelero.

—Un placer venir a su casa, Xurxo —sonríe Tristán.

Inhalo con fuerza y capturo ese aroma familiar, y entonces me siento en calma en el refugio que me acogió tantos veranos. Tan amigos se hicieron mis padres de Xurxo y Carmela que estos acabaron siendo mis padrinos, y ha sido la mejor elección que han podido tomar.

—Bueno, chicos, os tengo una mesa al lado del mirador. Os traigo unas tapiñas mientras llega Carmela, y ya os vamos sirviendo los entrantes. —Xurxo nos acomoda en el lugar con cariño.