Capítulo 1 #3
Lois y yo ponemos rumbo al puerto. Como el jefe nos ha mandado venir hasta Vilagarcía de Arousa, desde aquí lo más cercano es la Illa de Arousa.
Otra isla, pero mucho más grande y habitada.
Para acercarnos hasta allí, debemos pasar un puente que nace en Vilanova de Arousa y muere en la propia isla.
Al atravesarlo, se divisa una gran cantidad de mariscadores que faenan en busca de almejas y berberechos debajo de este.
Cruzar esta pasarela me trae muchos recuerdos y me transmite paz, como si mis pensamientos se serenaran al llegar a este paraíso flotante.
El olor de la marea baja se enreda en nuestro olfato.
Siempre me había preguntado cómo habían podido vivir los isleños tantos años alejados del mundo, pues no fue hasta mediados de los años ochenta que se inauguró la unión, y hasta entonces los desplazamientos se realizaban en embarcaciones propias o empleando barcazas de vapor.
Tras adentrarnos, nos dirigimos al puerto de O Xufre.
De camino a nuestro destino, Salcedo continúa conversando.
Lois Salcedo es un compañero excepcional, sus ojos negro azabache esconden a un joven condescendiente y agradable.
Desde que trabajo en esta comisaría siempre ha tenido buenas palabras para mí, y eso, en un mundo donde cada vez la sociedad se vuelve más egocéntrica, es de agradecer.
—¿Qué tal lo llevas con Gael? —pregunta Lois.
—Pues, la verdad, agobiada porque termina el curso y todavía no ha salido la lista provisional de admitidos para el próximo.
Gael comienza primaria en septiembre y, por lo que veo, me seguirá tocando a mí ir a llevarlo al colegio todos los días.
Su padre sigue sin tener tiempo, y eso dificulta mi conciliación.
Espero que lo admitan en el colegio de nuestra zona; de no ser así, tendría bastantes dificultades para atravesar toda Vilagarcía y llegar a tiempo al trabajo.
—Roi sigue sin rebajar el nivel en el trabajo, ¿no?
—Exacto, es un adicto a su vida laboral y se ha olvidado en los últimos años de quién es su familia. Este verano maduraré la situación en la que nos encontramos, pero no creo que podamos aguantar mucho tiempo más así.
—Lo sé… Bueno, parece que hemos llegado. A ver si alguno de nosotros ha acertado sobre lo que nos encontraremos allí y sobre cómo es el nuevo inspector.
Al llegar al punto de salida acordado en el puerto de O Xufre, me percato de dos asuntos que llaman mi atención: el primero atiende a la gran envergadura de la imponente embarcación de la Guardia Civil marítima, y el otro, al aspecto físico del apuesto y joven subinspector.
Cuando lo vemos, Lois me da un codazo y eleva las cejas.
—Buenos días, soy Tristán Castro, el subinspector destinado en la unidad.
Disculpen que no haya podido presentarme en la comisaría formalmente.
Usted debe de ser Laia Ramuín. —Se dirige hacia mí con una sonrisa y me ofrece su mano, la cual estrecho con firmeza—.
He oído hablar mucho de usted y la he reconocido por sus intervenciones en prensa hablando sobre sus libros.
—Así es, un placer conocerlo —comento.
—Y usted debe de ser el agente Salcedo, un gusto conocerlos —deduce de forma acertada Tristán, al mismo tiempo que extiende su mano hacia Lois.
—Lo mismo digo —responde mi compañero.
—Esta es la embarcación que nos va a llevar hasta la Illa da Rúa, y tenemos que agradecer a los compañeros del SEMAR que nos hagan este servicio —comenta señalando una patrullera imponente que pareciera que fuera a surcar los mares junto a Neptuno.
—Buenos días —saludo a los guardias que están en la embarcación, y me subo con facilidad en ella gracias a la ayuda del amable subinspector, al que le hago un gesto de agradecimiento.
—Buenos días, tienen aquí los chalecos —me informa un joven agente.
—¿Con esto vamos a navegar o a volar? —comento impresionada y con sarcasmo—. ¡Menuda máquina!
—No se preocupe, no iremos muy rápido; por favor, tome asiento —me indica otro guardia civil a la vez que me ayuda a ponerme el chaleco.
—Espero que no los haya intimidado esta patrullera, pero esta belleza es única en el país.
Solo la emplearemos en esta ocasión porque es la que está más próxima a la localización.
Aunque su destino final es Algeciras, podemos disfrutar de ella porque están haciendo pruebas en nuestra ría.
Esta fueraborda cuenta con cuatro motores de trescientos caballos cada uno.
Es decir, en condiciones de mala mar, puede llegar a alcanzar sesenta nudos —apunta el subinspector.
— Mi madriña! A ver si salimos vivos de aquí —se sorprende Lois.
—¡Qué barbaridad! Solo espero que no les apetezca probarlos todos conmigo. Me encanta el mar, pero la velocidad en el agua no es lo que mejor llevo —comento.
Soy una devota del agua salada, pero hay una debilidad arraigada en mí que nunca he logrado superar.
Se trata de la urgencia con la que se muestra un trayecto golpeando el mar, así como la sensación de ingravidez obtenida por el flujo de olas que haya en ese momento.
Cuando ambas se entremezclan y la velocidad es dominante, el vértigo se apodera de mí y mi sistema vestibular suele perder el equilibrio.
Sentiría mucho apuro si me mareara el primer día del nuevo subinspector.
Pronto nos ponemos en marcha con la embarcación, salimos del espigón principal del muelle y atravesamos el polígono de bateas que da entrada al puerto.
Siempre me ha gustado el olor de las plataformas, ese aroma a humedad y a madera de eucalipto.
Las bateas abrazan nuestras rías creando viveros flotantes de mejillones.
Qué bella se ve la ría de Arousa desde el mar; agradezco que nos acoja un claro y que al fin podamos disfrutar del paisaje.
Dejamos el polígono de bateas a sotavento y partimos al oeste, rumbo a la Illa da Rúa. Cada vez percibo de modo más acusado el viento y la velocidad quebrando mi homeostasis. Noto que el subinspector se fija en mí.
—¿Quiere un chicle? —me pregunta Castro.
—¿Un qué? —le replico, pues no logro entender bien lo que me intenta decir con el ruido.
—Le pregunto que si quiere un chicle —insiste Tristán, a la vez que saca del bolsillo lo que parece ser una cajita de gomas de mascar.
—La verdad es que ahora mismo no me apetece mucho, pero gracias —apunto.
—Se lo digo porque tiene mala cara. Y se ve que no está acostumbrada a estas velocidades en el mar. —Su voz se eleva por el zumbido del viento y el motor.
El ambiente se desdobla, me cuesta mantener firme la mirada, ya que se ralentiza en esta embarcación que vuela sobre el mar.
—Estoy bien, estoy perfectamen… —No termino la frase, pues acabo soltando hasta la última gota del café de esta mañana por la borda. Miro a la tripulación y a mis compañeros, y me siento avergonzada.
—Ahora entiendo por qué has traído ese chubasquero, te ha servido para algo… —apunta Lois mientras suelta una risotada que condeno con una mirada fría al instante.
—No se preocupe, ya estamos llegando. —Tristán se apiada de mí y me ofrece un pañuelo para limpiarme.
La embarcación nos acerca al espigón de levante de Rúa; su atraque es complejo debido a la orografía de la isla y a su difícil acceso.
Los compañeros de la científica, que ya se encuentran en la isla, me ayudan a bajar.
El hecho de pisar suelo firme parece que me empieza a estabilizar.
Tomo aire con fuerza e intento que el oxígeno puro del ambiente se propague dentro de mí.
—¿Se encuentra bien? —El subinspector se mantiene pendiente.
—Sí, mucho mejor, gracias.
Respiro con calma hasta que mis pulsaciones son homogéneas y se reducen.
Entonces comienzo a observar el entorno y distingo a la perfección el faro emergiendo entre gigantescas rocas, o cons , como aquí las llam amos.
Parece mentira que, en medio de la ría de Arousa, exista una isla tan peculiar e inhóspita, una tierra donde las rocas han reinado en este paraje y que han sido sacudidas por el mar durante tantos años.
Me pregunto de cuántas hazañas habrán sido testigo estos peñascos; ahora solo acogen la linterna que guía a los marineros en sus travesías.
—Pues sí que tiene penedos esta isla. ¿Dónde está el farero? —pregunta Lois.
—Sí, está llena de piedras. Pues tengo entendido que en los años noventa, tras las reformas del faro, este se automatizó y se suprimió el personal —comento.
—Caray, sí que sabes información acerca de la isla —apunta Lois.
—No te creas, lo he buscado en internet antes de venir.
Y algo recuerdo, pues de pequeña veraneé mucho por esta zona.
Además, mis tíos tenían un barco y solíamos navegar por la ría para conocer las islas e islotes que la forman.
Evidentemente, el velero no alcanzaba las velocidades de esta patrullera y la travesía era mucho más amable —comento señalando la embarcación, que comienza a rugir mientras regresa al canal—.
De aquella, era más fácil acceder a las islas de la ría, pues muchas de ellas eran privadas y se podía sobornar fácilmente a los guardas que las custodiaban.
—Claro —asiente Lois.
—Vengan —nos interrumpe una policía científica.
La oficial nos guía y nos traslada por un laberinto de rocas que forman el camino.
Se ven grandes peñascos que, gracias a la erosión del viento, han creado formas sinuosas.
Otros pedruscos parecen suspendidos en el aire.
Atravesamos pasadizos de granito, que se crean con los lomos de las rocas, y continuamos por un pequeño camino, hasta el extremo opuesto de la isla.
Allí se encarama una roca gigante; justo en lo alto de esta, se halla el cuerpo.
Nos aproximamos a la escen a y uno de los compañeros de la científica nos comenta:
—Aquí está. Si quieren acercarse, tenemos guantes y calzas.