El eco de la niebla Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

—Entiendo, no hay problema; solo necesito organizarme —comento.

—La ayudaremos en todo lo que esté en nuestra mano.

Lo cierto es que, dado su bagaje profesional, necesitamos su punto de vista en la inspección ocular.

Su fuerte, además de los perfiles, son las escenas, así que la quiero en primera línea.

Aún se habla en la oficina de su intervención en la resolución del «asesino de las orquídeas».

Su trabajo magistral a la hora de reordenar las pistas y unirlas con el perfil criminal que aportó a los compañeros de policía fue clave.

Ese ha sido el caso más complejo de la última década en Galicia.

Solo usted tiene esa visión de la que los demás carecemos, sabe mirar más allá de lo que se percibe a simple vista.

Su olfato no suele fallar, así que estoy seguro de que su mente privilegiada nos abrirá camino en la investigación.

Cuando Limán comenta el caso del «asesino de las orquídeas», un recuerdo nítido que sigue generá ndome escalofríos me lleva de regreso hasta la ciudad de Lugo.

Allí, en medio de la muralla romana, apareció el cadáver de aquella chica desnuda, llena de marcas por todo el cuerpo, y con su boca abierta y rebosante de flores de orquídeas.

Esa escena es una de las imágenes que más me ha acompañado en mis pesadillas desde entonces.

—Muchas gracias, jefe. Descuide, repasaré hasta el color del aire si hace falta.

—Muy bien. Ya sabe que estos días tengo que reunirme con los de arriba, pues la feria gastronómica se va a celebrar próximamente y las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado debemos coordinarnos.

Así que yo iré en esta primera tanda; necesito dejar todo listo.

Cuente con que usted acudirá más tarde, se desplazará junto con el agente Lois Salcedo, irán primero hasta Vilagarcía a hacer unas gestiones, así le dará tiempo a dejar todo solucionado en su casa.

—Mientras Limán se explica, en la comisura de sus labios se forma un pequeño cúmulo de saliva poco favorecedor—.

Haga las llamadas pertinentes para avisar de que se demorará en regresar hoy.

A la escena del crimen acudirá también el subinspector, este los esperará en el puerto junto a la Guardia Civil marítima e irán en una de sus embarcaciones.

—¿Dónde ha sido? No sabía que ya hubiera llegado el nuevo subinspector, ¿no se acercaba el próximo mes? —pregunto sorprendida.

—Y así se le esperaba, pero finalmente se incorpora esta semana. Es el subinspector Castro, va a vivir en Vilagarcía de Arousa, así que lo tendrá de vecino, Ramuín. Algún día puede aprovechar el trayecto para venir con él.

—Anda, mire qué casualidad —comento por compromiso.

Dada mi experiencia, en ese momento me imagino al nuevo subinspector como el típico señor serio que da poca conversación, ya entrado en edad, que elige esta zona de Galicia para rematar sus últimos días en el plano laboral.

Me encantaría que viniese una compañera, pero últimamente las mujeres escogen ciudades más grandes.

Los puestos con los cargos más altos suelen ser ocupados por hombres mayores, y, si no es así y se trata de una persona joven, a menudo es alguien muy preparado y merecedor del puesto, aunque me temo que no va a ser esa mi suerte.

—Los esperará en el puerto de O Xufre, en la Illa de Arousa.

Usted y Salcedo deberán ir hasta esa localización a mediodía para poder dirigirse hasta la Illa da Rúa.

Allí han encontrado el cuerpo de una joven; por los indicios, parece que ha sido asesinada.

Como voy a ir yo antes, dejaré todo listo para que cuando llegue usted le permitan examinar la escena del crimen, y que nos dé tiempo antes de que hagan el levantamiento del cadáver.

Por cierto, no debo recordarles la discreción que debe reinar en este caso.

—Perfecto. Aviso a mis padres para que recojan a mi hijo y nos ponemos en marcha.

—Cualquier cosa, manténganos informados —responde indicándonos la salida del despacho.

Hago una llamada a mis padres para explicarles el imprevisto, y aceptan de muy buen agrado la situación ocasionada por el acontecimiento reciente.

Me resulta extraño no poder avisar a mi hijo de que hoy no podré estar con él.

Me gusta comentarle todo, aunque es pequeño, hacerle partícipe ayuda a su autonomía.

Mi hijo Gael acaba de cumplir seis años, es vivaz, cariñoso y lo más bonito que me ha sucedido en la vida.

Dejarlo con sus abuelos es un acierto seguro, pues ambas partes se adoran mutuamente.

La conciliación se ha convertido en mis últimos años en un pilar que respetar, más aún a medida que mi trabajo ha cobrado mayor compromiso.

Por ello, en un inicio, la figura de mi marido fue muy importante.

Roi y yo llevamos quince años juntos, más de una década de felicidad y menos de un lustro de desacuerdos.

Echo de menos cuando éramos simplemente él y yo y el tiempo nos permitía dilatarlo y jugar con él sin ser conscientes de que existía una vida ajena a nosotros.

Añoro encontrarme con su mirada por las mañanas admirándome mientras me desperezo, anhelo oler a él y que mi ropa se haya teñido de su perfume porque sus abrazos se convierten en mi refugio.

Roi aceptó un ascenso que empezó a descender nuestro matrimonio; tantas horas trabajando fuera de casa nos pasa factura.

Hubo un momento en que ver cómo nuestra relación se desdibujaba me impedía avanzar.

Plasmar en palabras los casos que iba resolviendo me sirvió de vía de escape para canalizar esa soledad que hoy en día aún siento.

De ese modo descubrí que estampar mis conocimientos a través de la pluma me fascina, así que decidí lanzarme al mundo de la escritura y, sorprendentemente, las ventas de mis libros alcanzaron cifras más que destacables.

Como buena mente inquieta y ambiciosa, cuando me ofrecieron trabajar como profesora de la Universidad de Santiago de Compostela (USC) en el grado de Criminología, lo acepté con los ojos cerrados y ahí descubrí otra pasión.

Mis alumnos suelen esperarme en la puerta al finalizar las clases, saben que siempre estoy ahí para resolverles cualquier duda.

No quiero ser una simple docente, pues a mí me hubiera gustado que me explicaran aquello que se escapa de la teoría.

Con la llegada de la pandemia nació mi hijo Gael, mi gran anhelo.

Apareció en un momento en el que el planeta parecía haberse quedado parado; sin embargo, mi mundo giraba con más energía que nunca y me hacía sentir que todo cobraba sentido.

Compatibilizar los primeros años de maternidad con las clases y la escritura de mis libros no ha sido tarea sencilla, pero hace cuatro años me ofrecieron colaborar como asesora de la Policía Nacional de Galicia y todo ha cambiado desde entonces.

He comprendido que, a nivel laboral, resolver casos complejos es mi sino.

Vilagarcía de Arousa ahora es mi ciudad, mi hogar junto a mi familia, el lugar donde puedo respirar el salitre cada día.

El año pasado me llamaron de la comisaría de Ribeira para ayudarlos a resolver algunos casos más complejos, y desde entonces se ha convertido en mi centro base.

Este oficio está lleno de altibajos, pues es una montaña rusa que separa los días de oficina rutinarios de los meses volcados en una investigación donde la adrenalina se dispara.

Se supone que elegí este trabajo para salir de la rutina de la psicología clínica, y así es cuando tenemos algún asunto por resolver entre manos, pero, al fin y al cabo, a quién voy a engañar.

El nombre de mi oficio es muy atractivo, y, sin embargo, el día a día consiste poco más que en lo que hacía antes, aunque ahora generando largos informes y burocráticamente más tediosos.

Menos mal que mis compañeros me han hecho sentir como en casa, y, como el trabajo fuera de sucesos criminales no es muy demandante, me permite poder disfrutar de mi hijo.

El hecho de que Limán me haya llamado a su despacho para comunicarme el nuevo hallazgo ha vuelto a despertar en mí esa naturaleza tan resolutiva.

Me ha recordado los casos en los que he colaborado en el pasado, esos que ahora se han convertido en best sellers que he ido publicando estos años.

Pero, justo esta semana, el único gran éxito que he logrado ha sido conseguir no pelearme con la vieja máquina de café de la comisaría.

El trayecto desde la comisaría de Ribeira hasta Vilagarcía de Arousa, con Lois al volante, se nos hace bastante ameno.

Nuestra conversación se centra en intentar dilucidar información sobre lo que nos vamos a encontrar al llegar a Rúa.

Aprovecho que Lois hace su recado en el centro y que me deja en mi casa para prepararle la mochila con las actividades de la tarde a mi hijo.

Le pongo todo en la entrada, tal y como se lo había comentado a mis padres, y le coloco una nota en la merienda diciéndole que lo quiero.

Mientras espero a Salcedo, busco información sobre la isla, pues mis recuerdos de la infancia están un poco emborronados.

En mi memoria, la Illa da Rúa es una de las más peculiares que se pueden encontrar dentro la ría de Arousa y parece que el destino la quisiera situar en soledad, justo en el centro de la ría.

Compruebo la información y veo que el islote está formado únicamente por enormes bloques de piedra granítica, que se elevan desde veinte metros de profundidad.

Tiene una superficie superior a cuatro hectáreas y está constituida al completo por rocas.

Encima de esa manta rocosa, uno de los faros más importantes de la ría la corona.

A pesar de su desapacible localización, se sitúa a tan solo cuatro kilómetros al sudeste del puerto de Ribeira.