El eco de la niebla Capítulo 1
2%

Capítulo 1

Por fin ha salido el sol, parece que los días en Galicia ya no se tiñen de gris, pues tienen la mala costumbre de olvidarse de que existen más colores en la paleta.

Y esta suele ser la tónica de septiembre a mayo.

No sé si es que soy climatológicamente sensible o es que me aborrece sacar el paraguas cada día.

Odio que las nubes, además de agua, atraigan una oscuridad permanente.

A veces me pregunto cómo la gente que vive en los países nórdicos, con tanto frío y con tan pocas horas de luz, es capaz de esbozar una sonrisa.

Yo me deprimiría, desde luego, pues solo con el cambio de hora de otoño se me quitan las ganas de saludar a un nuevo día.

Amaoto es una palabra que en japonés representa el sonido relajante de la lluvia.

Sin embargo, cuando llevas semanas acompañada de esa banda sonora y sin ver al astro rey, ese sonido se convierte en un fragor enojoso.

Echo de menos sentir cómo se broncea mis piel, menos mal que la semana pasada pude disfrutar de unos días cálidos en Mallorca junto con mi familia.

Lo bueno del mes de mayo es que los días crecen; espero que este cambio se asiente y por fin nos deje revolotear bajo días soleados.

De pronto, caigo en la cuenta de que había estado ensimismada y regreso de mi debate meteorológico. Me percato de que tengo que acercarme al trabajo, pero hasta que no termine el informe no puedo.

De nuevo, un informe con otro perfil venido de las cavernas.

Es lo de siempre, nos ven como el eslabón más débil, y, si supieran cómo se rompe nuestro mundo y de qué manera lo volvemos a recomponer, nos admirarían.

Pero muchos de esos hombres no son capaces de valorar nuestro esfuerzo.

Que se lo digan a mi cicatriz de cesárea.

Menos mal que fuimos las elegidas para soportar esa tortura y suplicio; a veces creo que ellos no soportarían ni cinco unidades de ese dolor.

Pero ahí me encuentro, otra vez, evaluando a otro hijo de puta al que se le ocurrió bajar la bragueta cuando no debía.

Y aún tiene el valor de decir que ella, con esos gestos y esa ropa, lo provocaba.

Tener que volver al Pleistoceno cada vez que me encuentro con estos argumentos me resulta repugnante.

Por suerte, recuerdo cuánto me apasiona mi trabajo y que, en el fondo, siempre ayudo a alguien que se merece ese amparo.

Mi talón de Aquiles es la empatía, pues existe algo que hace que me sienta atraída por los casos más complejos, donde los más débiles son atacados sin piedad, y siempre acabo buscando que se haga justicia.

Lo mismo me sucede con el mar: me siento fascinada por ese abismo azul, me cautiva, me libera; podría perderme en él sin percatarme de que las agujas siguen marcando el paso del tiempo y sería capaz de fundirme en la brisa marinera hasta ser parte de ese manto salado.

La gente que me conoce no comprende que, habiendo nacido en Santiago de Compostela y siendo de interior, sienta semejante admiración y calma cuando me abraza ese jardín de olas.

Pero muchos no saben que la ría de Arousa fue testigo directo de mi crecimiento, pues los largos y ansiados veranos en la playa me regalaron mis primeros pasos y también mis primeras brazadas.

Quizá esa ha sido una de las razones por las que he acabado viviendo en la costa, esa y que mi profesión se acabó adornando de logros que jamás creí completar.

Al terminar la carrera de Psicología y ver que eso de tener un gabinete y pasar consulta no iba conmigo, me especialicé en Criminología, y poco a poco he ido ampliando mis estudios de psicología forense y criminal, pues es una rama que siempre me ha aportado más interrogantes que respuestas, pero que alienta mi hambre por querer conocer más acerca de cómo funciona la mente de un asesino.

Diría que mi fuerte es la realización de perfiles criminales, así como generar análisis de comportamientos delictivos.

Me gusta radiografiar los gestos y sus motivaciones plasmadas en su rictus; hay a quien le gusta crear recetas, a mí me gusta entender el proceso de creación de un criminal, observar cómo se forjan sus malas intenciones y comienza su despertar como asesino.

La mayoría son mentes enfermas con muchos traumas a sus espaldas, han sobrevivido a situaciones que un cerebro común no sería capaz de soportar.

Su estímulo más ancestral vive en el subsuelo, y hasta que no convierten su pulsión en algo tangible no calman su sed.

Siempre me ha fascinado que los psicópatas son como autómatas: viven entre las emociones superficiales y allí no desarrollan sus principios morales, pues atienden a pensamientos narcisistas.

Lo más triste es que jamás sienten arrepentimiento o culpa, como nos pasa al resto de los mortales.

Por eso quise ampliar mis estudios acerca del tema, pues mi sentimiento más interno aboga por atrapar a estos monstruos antes de que saquen a relucir su verdadera faz detrás de su careta.

Me percato de que no he terminado mi bebida, así que le doy un sorbo a mi cortado, tomo mis llaves y observo, con desilusión, que fuera parece que comienza a chispear, aunque a lo lejos se percibe la llegada de un claro.

De modo que considero que es mejor llevar conmigo mi nuevo apéndice particular: el chubasquero.

Me he hartado de usar paraguas, de que el viento doble varios y de que los otros los vaya olvidando por las tiendas que visito.

Valorada la situación, me pongo el impermeable; así también me obligo a que, cuando las gotas frías de la lluvia resbalen por mi cuerpo, me hagan conectar más con la naturaleza, con la realidad.

Una vez en el garaje, coloco mi bolso y el informe sobre el asiento del copiloto. Enciendo el automóvil y pongo rumbo a la comisaría de policía. De camino, conecto la música y me dejo llevar por la melodía de Angie Stone, «Wish I Didn’t Miss You» , siempre es un buen tema para comenzar el día.

Llego pronto a la comisaría de Ribeira y encuentro el aparcamiento más lleno que de costumbre.

Salgo del vehículo en dirección a la entrada del edificio y voy dando saltitos bajo la lluvia, evitando mojar mis botines en los charcos.

Una vez dentro, termino de sacudirme cual animal después de haber sido empapado y comento:

—¡Joder, Gregorio! A ver si arreglan de una vez los socavones del parking. Siempre es lo mismo… ¡Malditos recortes!

—Buenos días a ti también, profesora Ramuín. No te preocupes, que cuando vea al jefe ya le digo que no estás con ganas de practicar el triple salto —comenta Gregorio con sarcasmo.

—Buenos días, Gregorio. Perdona, ya sabes que este tiempo no ayuda a levantarse con buen pie —respondo a la vez que le dedico una sonrisa.

Gregorio siempre ha sido para mí una persona afable y bonachona, que nunca tiene una mala contestación para nadie.

Su cuerpo, grandote y fuerte, resguarda una de las personalidades más bondadosas que he conocido.

Él es lo que ves: no tiene dos caras, es todo corazón.

Ronda los sesenta años y está cerca de la jubilación.

Durante los últimos diez, se ha encargado de ser la cara más visible del área de documentación y expedientes personales.

Lleva casi cuarenta años de feliz matrimonio junto a Berta —Bertiña, como él la llama—, esa maravillosa mujer que los viernes nos prepara empanadas y tortilla para toda la unidad.

Esa pareja es devoción pura, el uno por el otro.

Gregorio me había contado que, tras muchas búsquedas y pérdidas, nunca pudieron llegar a ser padres biológicos, pero la vida les cruzó en el camino a Assane, un niño senegalés que ahora ya no es tan niño y tiene dieciséis años.

Assane significa «cascada» en senegalés.

Y Gregorio siempre comenta orgulloso que, tal y como su nombre indica, desciende como un manantial en sus vidas y las completa.

De pronto aparece el inspector Limán, nuestro jefe, que nunca sale de su despacho —o de su «guarida», como nosotros lo llamamos—, a menos que tengamos casos relevantes.

Entonces advierto que hoy ha sabido elegir un traje que combina bien la corbata con el resto del atuendo.

Este «perro viejo», como él se denomina, nos tiene acostumbrados a un desfile de coloridas corbatas que parecen seleccionadas por su peor enemigo.

Su rictus siempre serio, junto con sus destacables ojeras y su gran nariz aguileña, consigue que sus palabras adopten un acento más enfurecido.

—Buenos días, Ramuín. —El inspector se asoma desde la puerta de su habitáculo y fija su mirada en mí—. La necesito aquí de inmediato, tenemos un hallazgo.

—Buenos días —respondo—. Sí, cómo no.

Al llegar a su despacho, observo que en su interior hay varios compañeros y me imagino que el caso debe de ser importante.

Entonces reparo en que Lois está sentado justo enfrente de la mesa y, como siempre, permanece atento a mis pasos y con la sonrisa clavada en mí.

Con un gesto me invita a sentarme en la silla que está a su lado.

—Buenos días —me saluda Lois.

—Buenos días —les respondo a él y al resto de los compañeros allí presentes.

Avanzo hasta el fondo de la dependencia y tomo asiento junto a mi compañero.

—Bien, ahora que la profesora Ramuín ha llegado, vamos a informarle acerca de lo que nos hemos topado.

—Limán ajusta su corbata—. Nos acaban de avisar los compañeros de la Guardia Civil de que ha aparecido un cuerpo en la ría.

Sé que desde hace años no se acerca a este tipo de casos y que solo la necesitábamos uno o dos días a la semana, pero ahora mismo es vital su presencia.

En casos anteriores, su trabajo ha sido esencial para la captura de los asesinos, y es preciso que ahora esté de nuevo a tiempo completo.

No se preocupe, llegaremos a un acuerdo y podrá conciliar con su vida familiar.