El duque y los espíritus del pasado (El Huérfano Francés 7) 23 La revelación del Iwa #3
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23 La revelación del Iwa #3

—¡Monsieur d’Olonne! Qué placer encontrarlo aquí sano y salvo. ¿Ha tenido un buen viaje de vuelta a París?

“Estás jugando conmigo”, pensó Jacques enfadado, pero como todas las miradas se fijaban en él con curiosidad ansiosa, hasta celosa, les devolvió la sonrisa con los dientes apretados.

—Debo admitir que estuve indispuesto durante unos días, pero nada que pudiera alejarme de usted por mucho tiempo, mi amor.

—Mi Madame, olvídese de d’Olonne, elíjame a mí —intervino un joven con acné que algún día heredaría un gran condado—, pondré el mundo a sus pies.

Constance soltó una risa que sonó como una campana y le rozó ligeramente la manga.

—Tenga cuidado, monsieur… Puede que le tome la palabra.

Jacques apretó los dientes.

Constance lo ignoró y le sonrió a todo el grupito con sumo encanto para luego continuar en tono coloquial.

—¿Serían tan amables los caballeros de ayudarme? Me gustaría ganar una apuesta, pero solo podré hacerlo con la colaboración de todos ustedes.

Se oyó un coro de asentimientos entusiastas.

—He apostado con Hélène a que conseguiré un mechón de pelo de cada uno de los caballeros aquí presentes. Si Hélène pierde, tendrá que bailar con todos ustedes esta noche. Si yo pierdo, no podré acudir a la corte durante una semana. ¿No sería eso cruel?

Inmediatamente, una oleada de entusiasmo se apoderó del grupo, sacaron las dagas y Hélène recogió los mechones, riéndose entre dientes. Jacques le tendió su mechón a Constance y le susurró:

—Solo se lo daré a usted, mi amada, si baila conmigo esta noche.

—Eso es chantaje, Monsieur —le susurró ella sonriéndole.

—Muy bien, se lo prometo. No es ningún sacrificio, pues he visto que es una excelente bailarina, así que para mí será un placer.

Sus ojos, que hacía un momento la miraban con tanta dureza y arrogancia, ahora ardían de amor y deseo insatisfechos. “Qué hombre tan extraño, un momento ardiente y al siguiente frío como el hielo”, pensó Constance

Después, no le resultó fácil separarse de los hombres, y Hélène disfrutó al máximo cada segundo.

—Me ha invitado a bailar —exclamó más tarde con entusiasmo.

—Entonces, ¿quizá no necesitemos la poción de amor después de todo? —preguntó Constance.

—Oh, sí, debe de estar ardiendo de pasión. Vicomtesa de Villeneuve, ¿no te parece maravilloso? Estoy convencida de que ya está surtiendo efecto… Oh, se lo contaré a todas mis amigas… en la más estricta confidencialidad, por supuesto.

Constance le sonrió y dijo:

—Absolutamente maravilloso, querida. Llevaré unos cuantos frascos del elixir al baile de esta noche.

Constance regresó al Palais Condé muy animada; las cosas pintaban muy bien. Hélène conocía a todo el mundo en la corte y ayudaría a vender los elixires en un santiamén, funcionaran o no, pues todos sabían que estaba hasta el cuello de deudas.

Pero su buen humor se esfumó de inmediato cuando Jeanette le pidió, con voz seria, que hablaran en privado.

—¿Qué pasa? ¿Hay algún problema?

—Sí, madame. Todo esto puede parecer muy extraño, pero, por favor, escúcheme con atención.

A continuación, le contó con todo detalle el encuentro de Marthe con el padre Gabriel.

Constance tragó saliva; lo que había parecido una broma y una buena idea para ganar algo de dinero se había convertido de repente en una pesadilla.

Hubo unos minutos de silencio mientras Constance asimilaba la información.

—¿Estás absolutamente segura de que Marthe no se lo ha inventado?

—No, madame, la pobre estaba absolutamente aterrorizada. Partió de inmediato.

Constance respiró hondo:

—Entonces, ¿qué hacemos? Tenemos que ayudar a Jacques… Me refiero, claro está, al Jacques simpático. No puedo simplemente olvidar su sufrimiento, con advertencia o sin ella.

Jeanette puso los ojos en blanco y respondió con sequedad:

—Ya lo sabía, madame. Nos embarcaremos en otro rescate, como tantas otras veces….

—¿Soy tan terrible? —preguntó Constance en voz baja—, ¿preferirías tener otra señora?

—Es usted terrible, madame, pero parece que me encantan los retos. He estado pensando que la biblioteca del príncipe podría contener otras obras sobre magia; si tenemos suerte, encontraremos allí una respuesta.

—¡Eres un genio, Jeanette! Claro, hay docenas. Vamos a buscarlas más tarde.

De repente, se oyó un golpe frenético en la puerta.

—¿Qué pasa? —gritó Jeanette enfadada—. ¡Di órdenes de que no me molestaran!

—Madame —gritó una voz entre lágrimas—, Minou está herida. Por favor, salga al patio.

Constance y Jeanette bajaron de inmediato las escaleras hacia el patio, entre el eco del taconeo de sus zapatos. Allí yacía su gata blanca, cubierta de sangre y maullando de forma desgarradora.

—¿Qué demonios ha pasado?

—De repente apareció un enorme gato negro, como salido de la nada, y la atacó.

Constance, conmocionada, acarició la cabeza de la gata. Su mirada se cruzó con la de Jeanette, en la que se leía una pregunta tácita. Constance se recompuso:

—Lo buscaremos —dijo con firme determinación—. Mientras tanto, el confesor debería rociar agua bendita alrededor de la casa del príncipe.

—Agua contra el diablo —murmuró Jeanette con escepticismo, mientras se santiguaba—. ¿Servirá de algo?