3 Espíritus enfurecidos #2
Ese silencio inusual le resultaba extrañamente ominoso, y tenía los nervios tensos a más no poder.
Muy por encima de él, tras finos velos de nubes, se alzaba una luna llena plateada, que bañaba la plantación con una luz pálida.
Corrió junto a las chozas de paja de los esclavos; ni un destello de luz ni un sonido se escapaban del interior al exterior.
Nadie cocinaba, nadie reía, nadie cantaba, hablaba ni maldecía.
Incluso el balido de las cabras y el gruñido de los cerdos, siempre presentes, se habían acallado.
De repente, algo se movió, y Jacques buscó su daga.
Pero solo era un gato grande y negro que arqueó el lomo y le siseó antes de fundirse con las sombras oscuras de las chozas.
Dudó un instante y se secó el sudor de la frente.
Luego se obligó a seguir avanzando, con dificultad, paso a paso, hasta que por fin llegó a la choza de Joseph.
Para su sorpresa, la puerta de la cabaña estaba abierta de par en par y, aliviado, vio que había velas encendidas que lo invitaban a entrar.
Al menos había alguien allí. Las velas formaban un círculo en el suelo.
El interior del círculo estaba vacío. Jacques se detuvo, pues las velas eran escasas y caras.
“¿Me habré topado con una de esas misteriosas ceremonias vudú?”, pensó, inquieto.
—Saludos a ti, que ofrecerás al Iwa Negro el mayor sacrificio que un humano puede dar —dijo una voz desde la oscuridad.
La cerveza había nublado su juicio y miró a su alrededor desconcertado. Unas manos fuertes lo agarraron y, antes de que pudiera defenderse, se encontró atado y tendido en el suelo, en medio del círculo.
El letargo paralizante lo abandonó; en un instante, su mente se despertó por completo, el corazón le latía a toda velocidad y el pánico se apoderó de él. Era incluso peor que aquella vez, cuando había caído en manos de los piratas.
De repente, apareció Henri, cojeando hacia el círculo formado por las velas:
—Estoy listo —dijo con voz firme.
—¿Lo has pensado bien? —preguntó Joseph.
—Sí, consagro mi alma a Iwa Negro, el espíritu del mal —le espetó Henri—. Deja ya de divagar, terminemos de una vez con esto.
Joseph frunció el ceño:
—No en ese tono… ¡No insultes a los sacerdotes de Iwa!
¿Estás listo? Entonces repite alto y claro: “Yo, Henri de Beauvoir, aquí consagro con la mayor humildad mi alma por toda la eternidad al Iwa Negro, para que él pueda resucitarme en un nuevo cuerpo. Juro lealtad y fidelidad eternas al Iwa Negro”.
Henri tragó saliva y se le notaba que le costaba mucho repetir las palabras “con la mayor humildad”. Por fin, pronunció el conjuro en voz alta, y Joseph pareció satisfecho. Le indicó que se recostara junto a Jacques, que seguía atado.
Este sentía los fuertes latidos de su corazón en la garganta; sudaba de miedo y todo su ser gritaba: “¡Huye!”, pero las ataduras se le clavaban en la carne y cualquier idea de escapar era inútil.
Joseph comenzó un canto incomprensible y sacó un gallo negro azabache de una cesta.
El ave se debatía con violencia, pero con un único movimiento experto se acabó su resistencia, y la cabeza del orgulloso gallo rodó hasta el círculo.
La sangre brotó como una fuente y se derramó sobre los dos hombres tendidos en el suelo antes de que Joseph recogiera cuidadosamente el resto en un cuenco, que luego colocó solemnemente sobre un altar.
El cuenco tenía pintados símbolos de serpientes que cobraban vida a la luz de las velas titilantes.
Otras dos velas ardían ante unas imágenes ennegrecidas por el hollín.
Una y otra vez, las llamas de las velas siseaban con malicia en el aire lleno de corrientes, como si estuvieran enzarzadas en un duelo secreto.
Resonaron claros repiques de campana y apareció un segundo sacerdote.
Llevaba una máscara aterradora con forma de calavera.
Los huesos de un esqueleto brillaban con un blanco deslumbrante sobre su túnica negra.
Jacques quería gritar, pero no le salía ni un solo sonido de la boca.
Un miedo que nunca antes había sentido se apoderó de él, y observó cómo el sacerdote enmascarado se inclinaba sobre Henri.
En su mano derecha sostenía un cuchillo afilado con una hoja de obsidiana oscura y reluciente.
El hombre enmascarado agarró a Henri por el brazo, y este se dejó hacer sin protestar. A continuación, tomó a Jacques por el brazo y los ató a ambos con fuerza. Jacques se encogió, pero no tenía oportunidad.
Las campanas volvieron a repicar con fuerza; Joseph tocaba su tambor, cada vez más rápido, hasta que el ritmo adormeció la mente de Jacques y lo sumió en un trance. Perdió toda noción del tiempo y del presente y se sumergió en un túnel oscuro, en un mundo frío sin tiempo, sin principio ni fin.
El sacerdote no dudó mucho; el cuchillo se clavó profundamente en los brazos de los dos hombres, justo donde estaban atados juntos. Solo fue un cortecito, pero lo suficientemente profundo como para que la sangre fluyera a borbotones. Los chorros se unieron y se mezclaron.
A continuación, el sacerdote mezcló la sangre del gallo sacrificado con un líquido que dejó caer desde un frasquito de cristal en el cuenco con los símbolos de la serpiente. Mientras tanto, murmuraba oraciones sin cesar en una lengua extranjera.
Por fin, le hizo una señal a Joseph; había llegado el momento: el clímax de la ceremonia secreta se acercaba. Joseph dejó de tocar el tambor de repente; se extendió el silencio, y solo se oían el siseo malévolo de las llamas del altar y los gemidos de Jacques.
El sacerdote enmascarado se inclinó sobre Henri y le vertió en la boca la mezcla de sangre animal del cuenco de la serpiente. Este frunció los labios con asco, pero se tragó el repulsivo caldo sin protestar.