El duque que juró nunca amar (Amor y secretos de la alta sociedad) Capítulo 23
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Capítulo 23

Alastair sentía que todo se derrumbaba a su alrededor.

Aún no terminaba de asimilar que Arabella lo hubiera obligado a escribir una nota de suicidio para cotejar la caligrafía, y que ahora ella estuviera en su casa después de haberlo echado de la suya.

Y ahora tenía pruebas de que Sebastian había escrito la nota.

—No puedo creerlo —susurró Helena.

Estaba pálida.

—Sebastian... ¿por qué iba a hacer algo así? No lo entiendo.

—Él también estuvo allí aquella noche —murmuró Alastair.

—¿Qué? —Arabella se acercó a él—. ¿Qué quieres decir con que estuvo allí?

—Estaba en la mesa con tu padre y conmigo. Juega con regularidad, y aquella noche estaba en nuestra mesa. Tu padre perdió contra mí, aunque Sebastian optó por ser muy cauteloso con sus jugadas y se plantó más de lo habitual.

—¿Por qué iba a hacer eso? —preguntó Helena—. Nunca lo he visto echarse atrás en ningún tipo de apuesta. Se le da increíblemente bien.

—Probablemente sea precisamente porque es tan bueno que sabe cuándo retirarse —dijo Clara con gravedad—. Lo he visto antes. Los que saben cuándo quedarse al margen y observar son los más peligrosos, porque apenas pierden, si es que pierden algo. Y eso es muy poco común.

Alastair estaba de acuerdo con esa afirmación.

Sebastian era muy astuto en los juegos de cartas.

Y siempre parecía el más amigable, aparentando estar del lado de todos mientras identificaba a las presas fáciles para después.

Probablemente había estado haciendo exactamente eso la noche en que murió Fairleigh.

Arabella parecía tan desconcertada como se sentía Alastair.

—¿Por qué iba Sebastian a escribir una nota de suicidio para papá?

Clara emitió un sonido extraño con la garganta, lo que hizo que Arabella diera un respingo. Helena parecía igual de incómoda y evitaba mirarla. Alastair le dirigió una mirada solemne.

—Es muy probable que tuviera algo que ver con su muerte —dijo en voz baja.

Las palabras estaban ahí, pero no terminaban de calar. Arabella negó con la cabeza.

—No. Eso no puede ser. ¿Por qué iba a hacerle daño a papá? No se conocían bien, que yo sepa. Y...

—Y ahora es amigo de tu hermano —completó Alastair.

Ella apretó los labios y asintió.

—¿Eso ocurrió antes o después de la muerte de tu padre?

—Yo... no estoy segura —frunció el ceño—. Creo que se hicieron amigos después de que mataran a papá. Philip no dijo nada al respecto.

Entonces torció el gesto y le arrebató la carta de la mano a Alastair.

—Ojalá me hubiera contado esto hace meses. Así no estaríamos pasando por esto. Lo habrían descubierto mucho antes.

—Espera un momento —Helena levantó una mano—. ¿Has dicho que Philip no te contó esto hasta hace poco?

—No. Dijo que no quería disgustarme más.

Alastair vio que Arabella empezaba a temblar.

—¿Significa eso que fue cómplice? ¿Que mi hermano... podría haber...?

Alastair no quería ni pensarlo, aunque tendría sentido. Pero negó con la cabeza.

—No creo que tu hermano tuviera nada que ver. Por lo que he visto de él, parece negarse por completo a aceptar que tu padre haya muerto, y vive encerrado en su propio mundo. No creo que estuviera implicado.

—¡Pero es amigo de tu primo!

—¿Eso significa que Sebastian Vaughn está tramando algo? —preguntó Clara—. ¿Algo relacionado con Arabella y Philip? ¿Y quería quitarse de en medio al vizconde Fairleigh?

Alastair se presionó las sienes con los dedos. Le estaba entrando dolor de cabeza con todo lo que le caía encima. Aún intentaba asimilar que Sebastian pudiera haber tenido algo que ver con la muerte de Fairleigh. ¿Había sido él quien lo mató? La idea lo dejó helado.

—¿Crees que fue Sebastian quien sacó dinero de nuestros fondos fiduciarios? —Arabella se irguió—. Es rubio, y estoy segura de que si le damos una descripción más detallada al empleado del banco, podría confirmarlo.

—Hay muchos caballeros rubios en Londres, Arabella —señaló Alastair.

—Pero dada su conexión con papá, parece probable. Habría conseguido información sobre el fondo fiduciario de algún modo, y robó el dinero.

—¿Por qué iba a hacer eso? —Helena miró de Alastair a Arabella—. ¿Por qué?

—Es probable que Fairleigh le debiera dinero y no tuviera nada en su cuenta corriente —dijo Alastair con gravedad—. Debió de enterarse de algún modo.

—Pero se suponía que no podía acceder a ese dinero —protestó Clara.

—Pues evidentemente sí podía, y lo hizo.

Alastair se sentía mareado al saber que su primo tenía algo que ver con la situación de Arabella.

Había continuado como si nada, sin decir una palabra.

Teniendo en cuenta lo mucho que podría incriminarse, era comprensible, pero ¿por qué hacerlo?

¿Por qué matar a Fairleigh cuando el hombre le debía dinero?

Algo no encajaba, y no lograba identificar qué.

—Tenemos que averiguar cuánto le debía el vizconde Fairleigh a Sebastian —dijo Helena con determinación—. Y encontrar el dinero que falta para devolvérselo a Arabella.

—¿Y cómo vais a hacer eso? —preguntó Clara—. No veo cómo podemos averiguarlo a menos que le preguntemos al propio lord Vaughn.

—Tengo una idea. Pero antes tengo que comprobar algo —Helena se dirigió hacia la puerta—. Vuelvo enseguida.

—¿Helena? —Alastair fue tras ella—. ¿Adónde vas?

Pero su hermana pequeña se limitó a guiñarle un ojo y salió de la habitación. Alastair tuvo la sensación de que Helena iba a hacer algo que él habría intentado impedirle, y deseó poder ir tras ella para disuadirla.

Sin embargo, Arabella estaba allí, y él necesitaba concentrarse en ella.

En ese momento, parecía a punto de echarse a llorar.

Se abrazó el cuerpo, encorvada y con la mirada clavada en el suelo.

Clara carraspeó y se acercó a la ventana, la abrió y se quedó mirando hacia el jardín.

Evitó mirarlos a propósito. Alastair entendió lo que intentaba hacer.

La rodeó con los brazos y la estrechó contra sí.

—Todo va a salir bien —susurró, apoyando la barbilla en su coronilla—. Encontraremos una solución.

—No puedo creer que esto esté pasando —apoyó la cabeza en su pecho, y él sintió la mejilla de ella rozándole la camisa—. Sebastian era... es tu primo, y amigo de Philip. Creía que era amigo de mi hermano, pero está claro que le importamos un bledo.

—No puedo responder por él, pero estoy seguro de que hay algo detrás de todo esto que debemos averiguar.

—Tiene que haberlo. No me cabe en la cabeza que tu primo matara a papá sin motivo.

En el fondo, Alastair tampoco podía. Sebastian siempre actuaba por alguna razón, y no habría matado a Fairleigh solo porque le apeteciera.

Eso habría sido demasiado a sangre fría, y Alastair no quería pensar eso de Sebastian.

Si realmente era capaz de algo así, entonces había subestimado gravemente a su primo.

Se preguntó qué diría su madre. Lady Hartwood le tenía cariño a Sebastian, así que enterarse de que había hecho algo tan abominable le rompería el corazón.

—Se me pone la piel de gallina —Arabella se estremeció—. Pensar que me dijo que debería acabar con nuestro falso cortejo y estar con él...

—Espera, ¿qué has dicho? —Alastair la miró—. ¿Acabas de decir que quería que estuvieras con él?

Ella asintió.

—Dijo que era mejor partido que tú, que no eras nada adecuado. Y que él no me utilizaría para librarse de un cortejo que de verdad merecías.

—¿Y qué le contestaste?

—Nada. Simplemente me alejé. Era tan indignante que me quedé sin palabras.

Alastair dejó que aquello calara. Le sorprendía que Sebastian pudiera siquiera sugerir algo así, y más aún que su primo supiera que el cortejo con Arabella era falso. Él no le había dicho nada, así que ¿cómo lo había averiguado?

Tenía la sensación de que ya no conocía a su primo en absoluto.

—¿Crees que pudo ser él quien convenció al magistrado para que te detuviera? —preguntó Arabella en voz baja.

—¿Por qué lo dices?

—Si me quiere para sí y a ti fuera del camino, esa sería la mejor forma de conseguirlo.

Alastair lo sopesó. No quería creerlo, pero con la revelación de que Sebastian había escrito la nota de suicidio, tenía que contemplarlo como una posibilidad. Aunque hacer que lo arrestaran para quitarlo de en medio resultaba ridículo, incluso tratándose de ellos.

Tenía que haber algo más detrás de todo aquello.

—Tenemos que mantener la mente abierta —dijo.

Arabella resopló y dejó caer los hombros.

—Ojalá pudiera. Ahora mismo siento que todas las pistas me llevan a él.

—Podría inventarse todo tipo de excusas. Lo conozco: eludir la responsabilidad cuando puede salirse con la suya es muy propio de él.

—No parezco una loca, ¿verdad? No quiero que pienses que estoy señalando con el dedo sin más...

—No, claro que no —le frotó la espalda—. Jamás pensaría eso de ti. Te están tirando de todos lados y lo estás pasando mal. Pero sé que tienes clara tu opinión sobre la muerte de tu padre y que estás siguiendo tus instintos.

Ella esbozó una sonrisa irónica.

—Parece que te estás contradiciendo.

—Nada de eso. Solo sé que estás metida en un lío, pero haces lo que puedes. Y haces caso a tu intuición.

—Te dije desde el principio que algo no cuadraba —apartó la mirada—. Solo que estaba fijándome en la persona equivocada. Creía que eras tú.

—Y si yo estuviera en tu lugar, pensaría lo mismo —le deslizó los dedos por la mandíbula y le rozó los labios con el pulgar—. No te culpo de nada, Arabella. Te lo digo en serio.

Las palabras que quería decir le bailaban en la punta de la lengua, pero se contuvo.

Ahora no era el momento de confesar sus sentimientos, de decirle que la amaba.

Probablemente era el peor momento posible.

Arabella todavía estaba asimilando que alguien conocido podría haber matado a su padre, y el propio Alastair intentaba hacerse a la idea.

Sebastian tenía que responder muchas preguntas antes de que él y Arabella pudieran hablar de lo suyo.

Si es que ella correspondía a sus sentimientos. Sería humillante si no lo hacía, y Alastair no quería quedar como un idiota. Más de lo que ya se sentía.

Se preguntó en qué momento había empezado a pensar como un tonto enamorado. Arabella le había cambiado la forma de ver muchas cosas sin que él se diera cuenta.

—Arabella... —hizo una pausa, preguntándose si debería decir algo, aunque fuera poco—. Yo...

Ella alzó la mirada hacia él, y Alastair se perdió en aquel hermoso color profundo. Eran unos ojos grandes e inocentes que lo dejaron clavado en el sitio.

Sería tan fácil inclinarse y besarla en ese mismo instante. A Alastair le daba igual que Clara estuviera presente; solo quería hacerlo, aunque fuera lo más inapropiado del mundo en ese preciso momento.

La puerta del estudio se abrió de golpe, y Arabella se apartó de él sobresaltada. Helena entró a toda prisa, con la cojera más acentuada por el agotamiento. Alastair corrió hacia ella.

—Tienes que ir más despacio —la regañó con suavidad mientras la acompañaba a una silla—. Vas a acabar haciéndote más daño.

—Basta ya. No soy ninguna inválida. Solo me tambaleo un poco, eso es todo —el rostro de Helena estaba sonrojado mientras se erguía—. Tenía que hablar con la criada de cocina, Beatrice. Por lo visto, está saliendo con el ayuda de cámara de Sebastian.

Alastair parpadeó. —¿Qué? No me había dado cuenta.

—Es que no es asunto nuestro. Me enteré porque oí a mi doncella Gladys comentarlo. Pensé que podría servirnos para conseguir información.

Alastair gimió.

—No vas a hacer ninguna estupidez, ¿verdad?

—¡Estoy bien! Ojalá confiaras un poco más en mí.

Helena le lanzó a Arabella una sonrisa pícara.

—¿Se ha arrastrado ante ti? ¿Te ha pedido perdón de rodillas?

Arabella se rio, y la tensión de la habitación se disipó. —No tanto como me habría gustado.

Clara soltó una carcajada tan sonora que todos dieron un respingo. Helena se tapó la boca con la mano, pero las risitas se le escapaban igual. Alastair levantó las manos al cielo.

—Sinceramente, ¿en qué me he metido? ¿Cómo he acabado encerrado con tres mujeres que se burlan de mí?

Helena le dio un empujón en el brazo. —Te encanta y lo sabes de sobra.

—Yo no estaría tan seguro.

Alastair miró a Arabella, que seguía riendo, y se descubrió admirándola. Parecía mucho más relajada desde que había entrado en la casa; la preocupación se había desvanecido de su rostro y estaba más guapa que nunca. Quería atraerla hacia sí y besar aquella sonrisa; le parecía adorable.

Sin embargo, se contuvo, consciente de que le hormigueaban las manos por las ganas de tocarla.

—Tenemos algo de tiempo hasta que nos llegue información, a no ser que averigüemos algo por nuestra cuenta —dijo Helena, lanzándole a Alastair una mirada esperanzada. Pero Alastair frunció el ceño y negó con la cabeza.

—Ni se te ocurra.

—¿Por qué no? Si ha hecho algo malo...

—No sabemos si lo ha hecho. Y si lo acusamos ahora, por mucho que sospechemos, podrá cubrirse las espaldas y hacer que parezca inocente.

Alastair ya había vivido eso cuando él y Sebastian eran niños.

Si su primo hacía algo malo, se las ingeniaba para librarse del castigo.

La mayoría de las veces lo pillaban y lo castigaban de todos modos, pero se volvía cada vez más astuto conforme crecía.

Alastair no quería ni imaginar cómo sería ahora.

—Creo que necesitamos un momento para calmarnos —declaró Clara, alejándose de la ventana—. ¿Voy a pedir que nos traigan té?

—Ya le he dicho al ama de llaves que lo traiga aquí —dijo Helena, dedicándole una sonrisa a Clara—. Podemos tomarlo aquí, por si vuelve madre. No creo que le hiciera mucha gracia veros a vosotras dos aquí, así que este es el lugar más seguro.

—Madre no volverá en varias horas —señaló Alastair.

—Con ella, nunca se sabe.

Tenía razón, y Alastair deseaba no tener que esconder a Arabella más de lo que ya lo había hecho. Ahora que estaba asumiendo lo que sentía, desde luego no quería ocultarla. No había nada de lo que avergonzarse.

La mujer a la que amaba estaba en su vida, y eso era motivo de orgullo.