Capítulo 16
—Alastair —dijo Sebastian mientras cruzaba la sala con una copa en la mano. Parecía sorprendido de verlo—. No esperaba encontrarte aquí hoy.
Alastair se quedó mirándolo.
—Iba a decir lo mismo —le estrechó la mano—. No pensaba encontrarte aquí.
—Vengo casi todos los días —su primo se llevó la copa a los labios—. Tú también venías antes, ¿no? Hemos jugado en la misma mesa muchas veces.
—Bueno, después de lo que pasó...
Alastair no necesitaba decir nada más. Desde la última vez que el padre de Arabella había jugado, la noche en que murió, no había sido capaz de volver a entrar. No sin recordar lo cerca que había estado del hombre que acabó quitándose la vida.
Pero ante la insistencia de Arabella en que algo más sospechoso estaba ocurriendo, necesitaba hacer esto.
Alguien tenía que haber visto algo esa noche.
Habían pasado meses, pero los lacayos no habrían cambiado, que él supiera.
Siempre lo veían todo y guardaban silencio.
Quién sabía qué habrían escuchado cuando se suponía que debían pasar desapercibidos.
Iba descubriendo pequeñas cosas, pero no mucho.
El lacayo que había servido bebidas en la mesa de Alastair esa noche recordaba que alguien se marchó poco después de que Fairleigh abandonara el club, pero no sabía quién era porque el mayordomo lo había llamado y se había distraído.
¿Era alguien que simplemente se iba como de costumbre? ¿O estaba siguiendo a Fairleigh?
Alastair dudaba que fuera a descubrirlo a menos que hubiera un testigo presencial. Pero a esas horas de la noche, eso sería bastante difícil.
—Lo entiendo —Sebastian parecía comprensivo—. Va a ser difícil después de algo así. Pero no fue culpa tuya.
—Le gané hasta el último penique, ¿no? Debería haberle impedido seguir jugando.
—¿Y eso habría cambiado algo?
Alastair suspiró y levantó las manos.
—Reconozco que lo dudo. Pero al menos aliviaría la culpa.
—Es comprensible —Sebastian le dio una palmada en el hombro antes de inclinarse y bajar la voz—. Por cierto, mi contacto pronto tendrá noticias. Debería poder contarte algo en los próximos días.
Alastair frunció el ceño.
—¿No puede averiguarlo antes?
—Tiene que hacer que parezca que no está buscando nada. Eso despertaría muchas sospechas. Las cosas llevan su tiempo, Alastair. Tenemos que ser pacientes. Cuando tenga lo que necesitas, acudirá a ti.
A Alastair no le gustaba nada oír eso. No creía tener la capacidad de ser paciente. No cuando tenía que encontrar algo, lo que fuera, que pudiera arrojar luz sobre la causa de la muerte de Fairleigh.
No quería presentarse ante Arabella con las manos vacías. Ni verla y tener que admitir que no había avanzado nada.
Si es que llegaba a verla, cosa que no era fácil últimamente.
—¿Por qué no vas a tomar algo? —sugirió Sebastian con una sonrisa—. Eso debería tranquilizarte un rato. Y podrías echar una partida de cartas, para ir cogiendo práctica de nuevo.
—Quieres decir para poder desplumarme.
Su primo se rio, pero el tono de la risa indicaba que Alastair tenía razón. Sebastian parecía jugar con regularidad y no habría perdido la mano. No le costaría nada ganarle dinero a Alastair, y este no estaba interesado en perder nada ahora mismo.
—Creo que me vuelvo a casa. Aquí no tengo nada que hacer.
—¿Quieres decir que solo querías asomar la cabeza y respirar el olor a cartas antes de marcharte? —bromeó Sebastian.
Alastair se limitó a sonreír y salió del club.
Al pisar la calle, con el viento cálido golpeándole la cara, se preguntó cómo Sebastian lograba conseguir tantos contactos, y si todos eran gracias a los clubes de cartas.
Su primo era bueno y sabía cómo marear a los demás en la mesa.
Quizá así era como conseguía algún que otro favor que cobrar.
Alastair no iba a averiguarlo; Sebastian era un enigma y ahora no era momento para eso.
Se dirigió a casa, eligiendo caminar por el parque y dar un rodeo hasta su residencia. Mientras caminaba, sus pensamientos volvieron a Arabella. Llevaba bastante tiempo pensando en ella, y Alastair no podía quitarse de encima la sensación de que algo iba mal.
No se habían visto en varios días, a pesar de los intentos de Alastair. Le había enviado su tarjeta de visita e invitaciones a cenar en su casa. Pero no había obtenido respuesta. Era como si ella lo hubiera borrado por completo de su vida.
¿Cómo se suponía que debían comportarse como pareja si ella se negaba a verlo?
No tenía ningún sentido. Alastair estaba tentado de ir a buscarla y exigirle que le explicara qué estaba pasando.
Pero eso sería una falta de educación, y no quería levantar sospechas.
Arabella tendría que acudir a él por iniciativa propia.
Solo tenía que ser paciente. Otra vez. Alastair estaba empezando a odiar tener que ser paciente. Sencillamente, no podía.
Al llegar a los escalones de su residencia, vio a un muchacho de unos quince años merodeando junto a la puerta. El joven lo vio e hizo una reverencia.
—Su Excelencia.
—¿Deseas algo? —preguntó Alastair.
—Trabajo para el vizconde Fairleigh, Su Excelencia.
Eso captó la atención de Alastair. ¿Era de la casa Fairleigh? Notó que el pulso se le aceleraba.
—¿Qué te trae por aquí, entonces?
—Traigo algo de lady Arabella Fairleigh para usted, Su Excelencia —el muchacho se lo tendió, con la cara muy colorada—. Es la quinta invitación que entrego aquí.
—Espera, ¿cómo? —Alastair se detuvo—. ¿La quinta? Pero si no he recibido ninguna invitación suya.
—Perdóneme, Su Excelencia. Llevé la cuenta de cuántas veces vine —inclinó la cabeza—. Me estoy excediendo. Perdóneme, no debería...
—En realidad, creo que me has dicho algo útil —murmuró Alastair, sin reparar apenas en que el muchacho lo miraba confundido.
Extendió la mano—. Dame la invitación. Me encargaré personalmente.
Y dile a lady Arabella que me la entregaste en mano, y discúlpate de mi parte por no haber recibido las otras.
—Sí, excelencia.
Visiblemente aliviado de poder marcharse, el muchacho depositó la invitación en la mano de Alastair y salió corriendo.
Alastair le dio la vuelta a la rígida tarjeta, pensando en las otras invitaciones.
Cinco en total, y no había visto las otras cuatro.
¿Dónde habrían ido a parar? Si algo hubiera sido para él, se lo habrían entregado de inmediato.
Pero alguien clasificaba los mensajes y las cartas antes de entregárselos. Alguien con acceso a todo cuando hacía falta y con motivos para impedir que viera a Arabella.
Alastair notaba cómo la rabia iba en aumento. De todo lo que podía pasar, ¿por qué tenía que estar involucrada precisamente esta persona?
Finalmente encontró a la duquesa viuda en el invernadero, sentada en su silla habitual con las puertas de cristal abiertas, por las que entraba una brisa fresca mientras el sol brillaba en lo alto.
Tenía los pies apoyados en un escabel y estaba leyendo.
Levantó la vista cuando Alastair llegó hecho una furia.
—¡Alastair!
Cerró el libro y se incorporó con una sonrisa que se desvaneció en cuanto lo miró.
—¿Qué ocurre? No pareces contento.
—¿Qué crees que estás haciendo, madre?
—¿De qué hablas?
—¡Estoy hablando de interceptar las invitaciones de lady Arabella Fairleigh!
—espetó Alastair—. Acabo de encontrarme con un mensajero fuera de la casa que me ha dicho que lleva un tiempo entregando invitaciones de su parte, pero que ella no ha recibido respuesta.
Eso me hizo pensar en quién no querría que las recibiera. Y solo había una respuesta obvia.
Lady Hartwood palideció. Alastair esperaba que protestara y negara que había sido ella, pero no dijo nada. Se limitó a mirarlo fijamente, con el rostro tan pálido que temió que fuera a desmayarse.
—¿Qué te pasa, madre? —Alastair cruzó los brazos—. ¿De verdad quieres arruinármelo todo?
—Alguien tenía que hacerlo.
—¿Perdona?
Su madre recuperó la compostura y lo miró con los ojos entornados.
—No deberías estar con alguien como lady Arabella —siseó—. Te mereces a alguien mucho mejor.
—¿Qué tal si me dejas decidir eso a mí? Ya no soy un niño. Puedo tomar mis propias decisiones.
Lady Hartwood resopló con desdén.
—No creo que puedas. Vas a llevar a esta familia a la ruina social.
—¡Tonterías!
—Tienes que poner fin al cortejo, Alastair. ¡No pienso permitirlo! —Se puso de pie, con los ojos centelleantes—. Tienes que hacer lo correcto.
—¿Y hacer lo correcto es escucharte a ti?
—Eso es lo que deberías hacer. ¿Quieres arruinar el futuro de tu hermana por cortejar a una mujer de una familia cuestionable? Porque eso es exactamente lo que estás haciendo.
Alastair veía claro que su madre no iba a ceder.
Estaba decidida a salirse con la suya. Y se plantó ante él, dejando claro que estaba preparada para contraatacar.
Parte de él quería contarle la verdad, pero no estaba dispuesto a revelársela a alguien que cotillearía encantada sobre cualquier cosa a la menor oportunidad.
—No tienes ninguna autoridad aquí, madre —señaló—. Soy yo quien se encarga de la dote y el futuro de Helena. Soy yo quien decide...
—¿Crees que eres tú quien manda? —Lady Hartwood soltó una carcajada—. No me subestimes. Alguien con la cabeza bien puesta tiene que cuidar de Helena. Ella no puede hacerlo sola.—¡Por supuesto que puedo! —declaró una voz con vehemencia detrás de ellos.
Ambos dieron un respingo. Alastair no había oído entrar a Helena, que ahora se acercaba hacia ellos hecha una furia, con expresión airada mientras se enfrentaba a su madre.
—¿Por qué insistes en tratarme así? —exclamó—. Dices que me quieres y que quieres asegurarte de que tenga una buena vida, pero estás haciendo justo lo contrario. Y ahora intentas chantajear a mi hermano con la amenaza de retener mi dote.
—Helena... —Lady Hartwood vaciló un momento antes de hacerle un gesto desdeñoso—. Esto no te incumbe.
Helena resopló con descaro y se plantó frente a Alastair.