Capítulo 1
—Aquí tiene su té, milady.
Arabella Fairleigh apenas levantó la vista cuando su doncella dejó una bandeja en la mesa cercana. Garabateaba con furia en su escritorio, intentando expresarse sin parecer una histérica ni ofender a nadie. Más fácil decirlo que hacerlo.
Se dio por vencida y arrugó su último intento de carta al forense.
Estaba harta. No había nada que señalara a nadie como responsable de la muerte de su padre, pero el forense se negaba a escucharla.
Como casi todo el mundo. Todos estaban dispuestos a creer que Edmund Fairleigh se había quitado la vida arrojándose al río tras perderlo todo en una partida de cartas.
Arabella sabía que las cosas no habían sido así, pero nadie la escuchaba.
—¿Milady?
Levantó la vista. Constance seguía junto a la mesa, mirándola nerviosa. Arabella suspiró y la despidió con un gesto.
—Gracias, Constance. Tomaré lo que pueda.
—La señora Parrish dice que debe comer algo. Apenas come últimamente y está preocupada por usted —la doncella hizo una pausa—. Todos lo estamos.
—Y lo agradezco, pero estoy perfectamente bien. No hace falta que nadie se preocupe por mí.
Constance no parecía convencida, pero no dijo nada.
Se limitó a hacer una reverencia y salió de la habitación, cerrando la puerta con suavidad.
Arabella se levantó y se acercó a la bandeja del té: una tetera con su taza y platillo, el azucarero y un plato de galletas y pastel que la señora Parrish había preparado en la cocina.
Arabella no sabía cómo agradecer a la cocinera que cuidara de ella, pero no encontraba las palabras.
El servicio había hecho todo lo posible por ayudarla a ella y a su hermano tras la terrible noticia, y les estaría eternamente agradecida.
No tenían por qué hacerlo, sobre todo sabiendo que sus puestos peligraban porque apenas había dinero para pagarles el sueldo, pero reconfortaba saber que estaban de su parte.
Se sentó junto a la mesita y se sirvió una taza de té, añadiéndole azúcar.
Al dar un sorbo, seguía sin saber bien, así que añadió más.
Las galletas, normalmente tiernas y deliciosas, le sabían a papel, y el pastel estaba seco.
Pero Arabella se obligó a comérselo todo, consciente de que necesitaba alimentarse. No podía vivir solo de los nervios.
¿Cómo podía alguien pensar que papá se había quitado la vida?
Lo habían encontrado una mañana en el río, boca abajo y con un corte en la cabeza.
El forense había dictaminado que se había tirado al Támesis y se había golpeado la cabeza en la caída.
Concluyeron que se había ahogado a propósito.
Arabella protestó en su momento, pero la ignoraron.
Alguien llegó a sugerir que estaba histérica y que quizá habría que internarla.
Aquello la enfureció, pero se mordió la lengua para no acabar encerrada en un lugar del que probablemente nunca saldría.
Había oído cosas terribles sobre los manicomios y no tenía ninguna intención de pisar uno.
Pero ¿cómo iba a descubrir la verdad? Sabía que algo no encajaba. Ella y papá siempre habían estado muy unidos, y quitarse la vida no era propio de él. Puede que lo hubiera perdido todo —y eso la enfurecía—, pero jamás se habría matado. Nada de aquello tenía sentido.
Sin embargo, nadie estaba de acuerdo con ella. Ni siquiera su hermano. Philip parecía haber aceptado que papá se había suicidado y se negaba a escuchar cualquier otra versión. Últimamente la evitaba, sin querer hablar del tema.
Tenía la sensación de que había una conspiración en marcha y de que las paredes se le venían encima.
—¿Lady Arabella?
El ama de llaves, la señora Simeon, había entrado en la habitación. Miró la bandeja del té y luego a Arabella. Esta suspiró y asintió.
—He comido, señora Simeon. Ya he terminado.
—Sí, milady.
La señora Simeon pareció aliviada al recoger la bandeja y salir de la habitación.
Arabella quiso pedirle que se quedara, aunque solo fuera para tener a alguien con quien hablar, pero al mismo tiempo no quería hablar con nadie.
Todas las conversaciones acababan girando en torno a papá, y hasta el servicio empezaba a cansarse del tema.
Se sentía tan sola. Era horrible creer algo que nadie más creía.
Incapaz de quedarse quieta, con la cabeza dándole vueltas, Arabella se levantó y recorrió la habitación hasta acabar de nuevo frente a su escritorio.
A un lado había un papel con notas garabateadas, casi lleno de fragmentos de frases que en su momento había entendido, pero que ahora le costaba descifrar.
Sin embargo, un nombre destacaba, y se aferró a él.
Alastair Vaughn, duque de Hartwood.
Por lo que Arabella había podido averiguar con su propia investigación —que no había llegado muy lejos—, papá había estado en las salas de juego de Whitehall, y su último contrincante había sido el duque de Hartwood, un joven con gran habilidad para las cartas.
Le había quitado a papá hasta el último penique y le había instado a volver a casa.
Lo que significaba que, si papá se había suicidado, el duque era responsable. Él había empujado a papá a hacer lo que hizo, aunque no lo hubiera empujado físicamente al río. Arabella sabía que tenía respuestas, pero no podía obtenerlas.
Hartwood se había marchado a su finca en el campo poco después de que terminara la investigación judicial, hacía ya dos meses.
Arabella quería seguirlo y enfrentarse a él, pero no podía permitírselo.
Tenía que quedarse e intentar averiguar cómo iban a sobrevivir ella y Philip los próximos meses con tan poco dinero.
Algo llegaba de los arrendatarios y de sus diversas participaciones comerciales, pero era una miseria.
Estaban lidiando con las consecuencias de la muerte de papá, lo que afianzaba aún más la convicción de Arabella de que no se había suicidado: jamás habría dejado a sus hijos en semejante situación.
Sus pasos la llevaron hasta la ventana, y Arabella se quedó mirando la concurrida calle.
Hacía un día agradable, cálido y con una brisa suave.
Para ser octubre, era todo un lujo que aún hiciera calor, pero a Arabella le gustaba.
Normalmente le encantaba el otoño, ver cómo las hojas se teñían de mil colores antes de caer y crujir bajo sus pies.
Pasear por el parque en esa época era uno de sus placeres favoritos.
Había algo reconfortante en caminar sobre hojas caídas.
Quizá porque ella y papá solían hacerlo cuando era niña. Se reían y se lanzaban hojas el uno al otro. La tristeza volvió a aflorar, y Arabella la contuvo con todas sus fuerzas. No iba a llorar. No podía, no otra vez.
Dolía demasiado. Pero quedarse en casa tampoco ayudaba. Sentía que las paredes se le venían encima.
Arabella se dirigió al vestíbulo y encontró su abrigo, se ajustó el sombrero y se miró en el espejo. Bien podría salir a dar un paseo, algo que la distrajera. Quizás pudiera encontrar a Clara y ver si estaba libre para estar juntas un rato. Su amiga siempre estaba disponible.
Abrió la puerta principal y salió a la calle.
Algo en su interior le decía que se quedara y avisara al servicio —necesitaba una acompañante, una escolta—, pero no le importaba.
A Arabella le traía sin cuidado lo que la gente pensara de verla pasear sola.
Su familia ya estaba envuelta en suficiente escándalo, así que ¿para qué preocuparse por el decoro si ya la consideraban escandalosa por culpa de las acciones de papá?
Bajó los escalones de piedra y se encaminó hacia el parque, ignorando a quienes caminaban en dirección contraria.
Ya no le importaba lo que nadie pensara.
Solo quería hacer algo por sí misma. Era la única forma de sentir que tenía algún control sobre su vida, sobre todo cuando esta se le escapaba entre los dedos.
El parque estaba al final de la calle; bastaba con cruzar la bulliciosa calzada y atravesar las grandes puertas de hierro.
Pero cuando llegó al final de la calle y se dispuso a cruzar, Arabella divisó un carruaje detenido frente al parque.
No vio quién se apeaba, pero reconoció el blasón de la puerta.
Era el carruaje del duque de Hartwood.
El corazón le dio un vuelco. ¿Habría regresado a Londres? ¿Estaría allí en ese mismo instante? O quizás fuera algún familiar suyo. Eso también podría serle útil: podría convencerlos de que intercedieran ante el duque, de que intentaran que asumiera su responsabilidad.
Entonces el carruaje se alejó y, en efecto, allí estaba el duque de Hartwood, que se ajustaba las mangas mientras golpeaba el pavimento con el bastón. No era alguien que pudiera pasar desapercibido entre la multitud. Era alto y esbelto, pero de complexión atlética.
Sin embargo, lo más llamativo era su cabello.
Rubio rojizo, una mezcla de rojo, ámbar y dorado que relucía bajo el sol.
Tenía pecas en la cara y la nariz, algo que en una mujer se habría considerado feo, pero que a él le sentaba de maravilla.
Hacía que el duque resultara aún más atractivo.
Arabella se descubrió mirándolo sin disimulo, absorta en la contemplación de aquel hombre.
Apuesto, desde luego que lo era, pero inocente no.
Entonces se dio cuenta de que él la estaba mirando y retrocedió un paso, sorprendida. ¿Cómo no lo había notado? Tras comprobar que la calzada estaba despejada, Hartwood cruzó la calle y se acercó a ella con expresión curiosa.
—¿Puedo ayudarla, milady? —preguntó—. ¿Ocurre algo?
—Sí. —De algún modo, Arabella logró articular palabra, y la ira empezó a hervirle por dentro—. Me pregunto cuándo piensa asumir su responsabilidad en la muerte de mi padre.
Él parpadeó, claramente sorprendido. Lo había pillado desprevenido y parecía haberse quedado sin palabras. Abrió y cerró la boca varias veces antes de balbucear una respuesta.
—¿Qué... de qué está hablando?