El duque bastardo 36. Corazones en el exilio #2
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36. Corazones en el exilio #2

Durante el camino me había repetido que huía de la crueldad y del peligro, no del amor, y en cierto modo era verdad. Marcharme había sido práctico. Había sido necesario. Sin embargo, el amor no desaparecía solo porque resultara inconveniente ni se desvanecía porque doliera.

La boca de la señora Wilson se tensó con comprensión.

—Y, aun así, te marchaste.

—Sí —respondí, y la palabra sonó más firme de lo que me sentía—. Porque el amor no basta para proteger a un hijo. Y porque no podía quedarme a esperar que su duda volviera a golpear.

No pronuncié el nombre de Alexander. No era necesario.

Su rostro surgía con demasiada facilidad en mi mente: la rigidez de sus hombros, la tensión de su mandíbula y la mirada de sus ojos cuando el miedo se disfrazaba de ira.

Todavía oía su voz, afilada por la sospecha, y sentía el dolor de que me tratara como si fuera capaz de cualquier vileza solo porque a otras personas les convenía creerlo.

La señora Wilson se levantó.

—Descansa —dijo—. Hablaremos más tarde. Te quedarás en la habitación de arriba.

No me preguntó si prefería la cama o una silla junto al fuego ni me ofreció opciones como si me sobraran fuerzas para elegir.

Comprendía que necesitaba la pequeña dignidad de la intimidad y me la concedió sin obligarme a pedirla.

La habitación a la que me condujo era sencilla y limpia, con una cama estrecha y un edredón cuidadosamente doblado a los pies, una palangana ya preparada con agua tibia y una silla junto a la ventana, cuyo cojín había sido remendado y vuelto a coser con esmero.

No era elegante ni formaba parte de una mansión ducal, pero parecía segura, y aquello importaba más de lo que jamás podrían importar la madera tallada o la seda.

Me senté en el borde de la cama y me quité despacio los guantes, con los dedos rígidos por el frío y la tensión.

Después bajé la mirada hacia las manos que descansaban en mi regazo e intenté comprender que todo había cambiado.

Había tomado una decisión que no podría deshacerse sin más, y el hecho de que hubiese sido necesaria no la hacía menos dolorosa.

Las primeras horas transcurrieron en una neblina opaca.

La señora Wilson me trajo caldo y pan, y logré comer unos cuantos bocados, más por obediencia que por apetito.

Insistió en que bebiera agua aunque no quisiera y me habló como si mi cuerpo fuera un adversario obstinado al que ya hubiera vencido.

Por la tarde, me obligó a acostarme. Dormí un rato, no de manera apacible, pero sí profundamente, con ese sueño que concede al cuerpo lo que exige sin atender a las protestas de la mente.

Cuando desperté, tenía en la boca el regusto rancio del miedo.

La luz del exterior había cambiado; la habitación estaba más oscura y el viento golpeaba la ventana en ráfagas irregulares.

Se me revolvió el estómago y me incorporé con cuidado, presionando una mano contra el abdomen como si aquel gesto pudiera sostenerme.

En ciertos sentidos, el hijo que llevaba dentro todavía era solo una idea, una certeza que aún no se había convertido en una prueba visible.

Sin embargo, las náuseas, la fatiga y aquella extraña sensibilidad a los olores y los sonidos insistían en recordarme que mi cuerpo ya no me pertenecía solo a mí.

Bajé despacio. La cabaña crujía con cada uno de mis movimientos, y aquellos sonidos me reconfortaron porque pertenecían a una vida corriente. La señora Wilson estaba sentada a la mesa, remendando una prenda con movimientos rápidos y hábiles. Cuando levantó la vista, me evaluó de una sola mirada.

—¿Te encuentras mejor? —preguntó.

—Un poco —respondí, porque era cierto en el sentido más elemental.

Había dormido y comido algo. Seguía sintiendo el corazón magullado, pero las extremidades ya no me temblaban de agotamiento.

Señaló la silla con la cabeza.

—Siéntate. Si vas a quedarte aquí, comerás a la mesa como una persona viva.

Me senté, y la franqueza de sus cuidados volvió a serenarme. Dejó a un lado la costura e hizo la pregunta que yo había estado evitando incluso en mis pensamientos.

—¿Crees que vendrá a buscarte?

Se me encogió el estómago, no por las náuseas esta vez, sino por la incertidumbre.

—No lo sé —admití—. Le dije en mi carta que lo liberaba de toda obligación. Le dije que estaba protegiendo al niño.

—¿Y qué le dijiste acerca de ti? —preguntó, como si aquella diferencia importara, como si pudiera decidirlo todo.

Contemplé la mesa durante unos instantes. La madera presentaba pequeñas marcas de cuchillos y tazas, señales de muchos años de uso. Era honesta de una manera en que mi vida no lo había sido durante meses.

—Le dije que lo amaba —respondí en voz baja—. No con grandes palabras. Se lo dije de forma sencilla y clara.

La expresión de la señora Wilson se suavizó apenas una fracción.

—Entonces lo sentirá —dijo—, lo merezca o no.

Quería creer que el amor podía conmover a un hombre como Alexander; que leería mis palabras y por fin comprendería el coste de su desconfianza, el peligro que representaba su madrastra y la manera en que el miedo podía convertirlo en alguien que golpeaba primero y se arrepentía después.

Sin embargo, desearlo no lo hacía cierto ni alteraba el hecho de que me hubiera marchado sin saber qué decidiría él a continuación.

Aquella noche, después de que la señora Wilson se retirara, me senté junto al fuego con una vela y una pila de papel que ella me había dado.

La pluma pesaba en mi mano, como si escribir volviera irrevocable alguna cosa.

Me dije que no le escribiría. Ya había redactado mi despedida y otra carta no haría más que reabrir la herida.

Aun así, mi mano se movió.

Escribí su nombre en la parte superior de la página y lo contemplé durante varios segundos, porque trazar aquellas letras me pareció tan íntimo que se me cerró la garganta.

Comencé con asuntos prácticos: dónde me encontraba, que estaba a salvo y que tenía refugio.

Sin embargo, pronto resultó imposible mantener aquel tono.

Escribí lo que jamás enviaría: que lo extrañaba con tanta intensidad que me dolía el pecho, que la cama me parecía demasiado vacía y que mi mente seguía buscándolo antes de recordar que había elegido estar sola.

Escribí sobre el niño y el miedo que lo acompañaba.

Escribí acerca de cómo una vez había creído que la entereza era suficiente y de que ahora comprendía que resistir no era lo mismo que estar a salvo.

Escribí sobre la voz serena de la duquesa viuda, sobre sus palabras hirientes y sobre la manera en que habían convertido el futuro en una amenaza en lugar de una promesa.

Después escribí sobre Alexander tal como había comenzado a conocerlo durante los días anteriores a que todo volviera a romperse.

Escribí sobre la insólita calidez de su mirada cuando se olvidaba de ocultarla, sobre la firmeza de sus manos cuando la tensión no las crispaba y sobre su manera de escuchar cuando decidía hacerlo, como si escuchar le costara algo y, aun así, estuviera dispuesto a pagarlo.

Escribí que había visto bondad en él; no una bondad dulce, sino algo enterrado bajo años de manipulación, de pruebas y de haberlo convencido de que solo poseía valor cuando resultaba útil.

La vela se consumió mientras escribía. La casa permaneció en silencio y el viento continuó golpeando las ventanas.

Cuando llené la página, la dejé a un lado y tomé otra.

No doblé las cartas, no las sellé ni pedí cera.

Escribí y fui guardándolas en el cajón de la pequeña mesa auxiliar situada junto a la silla, como si aquel acto pudiera arrancarme parte del anhelo y volverlo soportable.

Algunas noches dormía. Otras permanecía despierta con una mano sobre el abdomen, intentando imaginar el peso de un niño entre mis brazos y procurando no imaginar el rostro de Alexander cuando comprendiera que no estaría allí para verlo.

Por las mañanas hacía cuanto fuera necesario, porque la quietud volvía peligrosos mis pensamientos.

Ayudaba a la señora Wilson con pequeñas tareas, pelaba verduras, limpiaba la chimenea y daba paseos prudentes por el borde del jardín cuando el viento no soplaba con demasiada fuerza.

Me ceñía bien la capa y respiraba despacio cuando aparecían las náuseas.

Los días pasaron y, cada jornada, me repetía lo mismo: había hecho lo correcto por mi hijo.

La repetición no impedía que extrañara a Alexander.

Tampoco evitaba que me preguntara si vendría cabalgando en mi busca o si había aceptado la liberación que le había ofrecido.

No conseguía silenciar su voz en mi mente; no las palabras crueles, sino aquellas otras, más dulces, que me había regalado en los escasos momentos en que se permitía ser sincero.

Me había marchado para proteger a mi hijo, pero también había dejado una parte de mí en aquella mansión, en la vida que había comenzado a construir con un hombre que no sabía confiar sin dejarse dominar por el miedo.

Por las tardes, cuando el fuego disminuía y la cabaña se aquietaba, volvía a escribir.

Llenaba páginas de amor, arrepentimiento y un anhelo que no me atrevía a poner en sus manos.

Cada vez que soltaba la pluma, me decía que las cartas no enviadas eran más seguras que la esperanza, porque la esperanza ya me había hecho sentir necia una vez.

Aun así, cuando apagaba la vela y permanecía tendida en la oscuridad, mi mente regresaba a la misma pregunta que no podía responder, no con certeza y no sin dolor: si él viniera a buscarme, si de verdad viniera, sin asomo de duda en los ojos y sin la sombra de su madrastra detrás de él, ¿tendría yo fuerza suficiente para creerle?