El duque bastardo 20. Un destello de amabilidad #2
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20. Un destello de amabilidad #2

—No debería haberle dicho eso —repetí, porque era la única verdad sencilla que podía ofrecerle.

Clarissa no respondió de inmediato. Bajó la mirada hacia el regazo y durante unos instantes pensé que volvería a refugiarse en el silencio. Sin embargo, cuando habló, lo hizo con mucha suavidad.

—No lloré delante de ella.

La frase debería haber parecido una simple observación, pero sonó como un informe de supervivencia.

Algo cambió en mí de manera inmediata e incómoda.

No era compasión ni admiración, sino reconocimiento.

Clarissa había soportado la misma clase de control que yo, pero sin ninguna de las defensas de las que podía valerse un hombre.

No tenía uniforme, un rango militar ganado en combate ni una reputación construida durante la guerra.

Solo poseía su compostura y la protegía porque era la única defensa que tenía a su alcance.

Metí la mano en el bolsillo y saqué el pañuelo. Era una sencilla pieza de lino cuidadosamente doblada. Se lo ofrecí sin ceremonia y Clarissa lo contempló como si no comprendiera para qué servía.

—Puede tomarlo —dije.

Vaciló antes de aceptarlo con cuidado, como si temiera que incluso aquella pequeña concesión pudiera utilizarse después en su contra. Se lo apoyó contra la mejilla, sin frotarse con brusquedad, y lo mantuvo allí hasta que su respiración recuperó la estabilidad.

—Se lo devolveré —dijo en voz baja.

—No es necesario —respondí—. Es un pañuelo. Existe para que lo utilicen.

Clarissa dejó escapar un sonido débil que habría podido ser una risa si hubiera contenido algo de alegría. No era así. Se trataba, sencillamente, de lo más cerca que podía encontrarse su cuerpo del alivio.

Permanecí sentado en silencio durante unos instantes, escuchando el crepitar del fuego.

La biblioteca olía a encuadernaciones de cuero y humo.

Fuera de aquella estancia, la mansión conservaba su orden, con todos sus corredores, habitaciones y silenciosos observadores.

Dentro, donde solo estábamos Clarissa y yo, aquel orden parecía menos absoluto.

—No pensé —dijo Clarissa después de un momento, con la voz algo más firme— que fuera a mostrarse tan directa.

También comprendía aquello. La gente siempre esperaba que la crueldad se manifestara mediante la ira. No esperaba encontrarla envuelta en cortesía.

—Es directa cuando cree que no tiene motivos para temer las consecuencias —dije.

Los dedos de Clarissa se tensaron ligeramente alrededor del pañuelo.

—¿Y usted teme las consecuencias? —preguntó en voz baja.

La pregunta me afectó más que cualquier acusación. No la había formulado con dureza, sino con la cautelosa sinceridad de alguien que había aprendido a calcular el peligro.

No respondí de inmediato porque la verdad era complicada.

Había temido las consecuencias durante la mayor parte de mi vida.

Temía que, si me enfrentaba a mi madrastra, ella recordara al mundo lo que yo era: un bastardo al que habían permitido heredar el título por necesidad, no por derecho.

Temía que retirara el apoyo que me proporcionaba un lugar en la sociedad, cuando semejante posición no le correspondía de manera natural a un hombre de mi nacimiento.

Pero Clarissa había sido arrastrada hasta aquella situación y mi madrastra ya había comenzado a presionarla. Si yo continuaba manteniéndome al margen, no sería mejor que las personas que la habían obligado a colocarse un velo y participar en una mentira.

—Temo muchas cosas —dije finalmente—. Pero no la temo tanto como para permitir que le haga daño sin responder.

Clarissa alzó los ojos hacia mí. Su mirada no expresaba gratitud en el sentido más sencillo, sino algo más cauteloso y frágil. Quien ha sido utilizado no confía con facilidad. Escucha, pone a prueba las palabras y espera pruebas.

—Usted no me debe protección —dijo Clarissa con suavidad.

Aquella respuesta era muy propia de ella: se negaba a reclamar algo que podía necesitar. Sentí una punzada de irritación, no hacia Clarissa, sino hacia la manera en que el mundo le había enseñado que no merecía nada.

—Soy su esposo —dije—. Cualesquiera que fueran las circunstancias que nos trajeron hasta aquí, ese hecho no cambia. Y esta es mi casa.

Clarissa volvió a bajar la mirada. Cuando habló, su voz se quebró ligeramente y no intentó ocultarlo.

—No parece su casa —admitió—. Parece pertenecerle a ella.

Aquella sinceridad me hirió, pero también me proporcionó cierto alivio, porque Clarissa había expresado en voz alta algo que yo jamás me había permitido decir.

Durante unos instantes no pude responder. Sentí que la garganta se me tensaba de esa manera que conocía bien, la que precedía a una confesión que después no podía retirarse.

—Hace mucho tiempo que parece pertenecerle a ella —dije en voz baja—. Lo he permitido porque resultaba más sencillo que luchar. Porque ella me crió. Porque, cada vez que me resistía, me recordaba que mi lugar aquí no estaba garantizado.

Clarissa volvió a mirarme con atención, como si comprendiera la importancia de aquellas palabras. Una confesión semejante no estaba destinada a nadie. Debería haber permanecido guardada.

—Le recuerda que es ilegítimo —dijo.

No pronunció las palabras con crueldad, sino como una simple constatación.

—Sí —respondí.

Clarissa asintió ligeramente, no porque estuviera de acuerdo, sino porque comprendía. Apretó el pañuelo en una mano y después volvió a doblarlo con cuidado, como si intentara devolver el orden a algo pequeño porque no podía reparar nada más grande.

—Lo siento —dijo.

La disculpa me desconcertó, no porque no fuera bien recibida, sino porque estaba fuera de lugar.

—Usted no me hizo ilegítimo —respondí.

—No —dijo Clarissa—. Pero creo… creo que ella disfruta recordándoselo. Y hará lo mismo conmigo de una manera distinta. Se asegurará de que jamás olvide que yo no era la novia prevista.

Volví a sentir una presión en el pecho.

—Lo sé —dije.

La respiración de Clarissa se había estabilizado. Las lágrimas se habían detenido, aunque todavía quedaban rastros de ellas sobre su rostro. Parecía exhausta, no físicamente, sino con el agotamiento profundo de alguien que había tenido que mantenerse firme durante demasiado tiempo.

—No quería que me viera así —dijo en voz baja.

—He visto a hombres derrumbarse en el campo de batalla —respondí—. He presenciado cosas más graves que unas lágrimas.

Era un consuelo torpe y lo advertí en cuanto terminé de hablar. Comprendí que podía sonar como si despreciara su dolor, aunque no había querido expresar nada semejante. Había intentado decirle que aquellas lágrimas no la disminuían a mis ojos.

Clarissa pareció comprenderlo de todos modos. Mantuvo el pañuelo sobre el regazo y contempló el fuego.

—No ofrece su amabilidad a la ligera —dijo.

Era una observación sencilla, casi objetiva. Debería haberme ofendido, pero no lo hizo. Sonó como una verdad con la que llevaba años conviviendo.

—No —admití—. No lo hago.

La boca de Clarissa se suavizó ligeramente y mostró algo parecido a la primera sonrisa sincera que había visto en su rostro en varios días.

—Gracias —dijo de nuevo.

Esta vez sus palabras no fueron formales, sino suaves, sinceras y discretas.

No sabía qué hacer con aquel agradecimiento. La gratitud siempre me hacía sentir expuesto, como si alguien hubiera atravesado mis defensas sin permiso.

—Puede quedarse con el pañuelo —dije, porque aquello resultaba más seguro que responder directamente a su gratitud.

Clarissa lo miró y después asintió.

—Lo haré —respondió—. Y recordaré quién me lo dio.

No era una frase dramática ni una declaración de amor, sino un hecho sencillo que, sin embargo, tenía importancia.

Me levanté poco después, no porque quisiera dejarla sola, sino porque prolongar mi presencia habría convertido aquel momento en algo que ninguno de los dos estaba preparado para nombrar.

—Hablaré con ella —dije.

Clarissa volvió a alzar los ojos.

—¿Lo hará? —preguntó.

Había temor en su voz, no hacia mí, sino hacia las consecuencias que podía tener aquella conversación.

—Sí —respondí—. No esta noche. Hacerlo ahora solo daría pie a una escena, pero hablaré con ella muy pronto.

Clarissa asintió despacio.

Cuando llegué a la puerta, me detuve y miré hacia atrás.

Clarissa permanecía sentada con los hombros más erguidos.

El pañuelo descansaba cuidadosamente doblado sobre su regazo.

Se había recompuesto, aunque algo había cambiado.

Me había permitido ver su dolor y, al menos en aquella ocasión, no había sido castigada por mostrarlo.

No era mucho ni suficiente, pero constituía un comienzo, y los comienzos tenían más importancia que las promesas.

Abandoné la biblioteca en silencio, cerré la puerta detrás de mí y recorrí el corredor pensando en sus palabras. Por primera vez en muchos años, la idea de enfrentarme a mi madrastra ya no parecía un acto de desobediencia, sino una necesidad.