El duque bastardo 4. La orden de una duquesa #2
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4. La orden de una duquesa #2

El espacio era cómodo. Los muebles eran buenos.

La cama era grande. Desde la ventana se contemplaban los jardines y la amplia extensión del césped.

Me habían concedido aquellas habitaciones porque la duquesa viuda deseaba que el servicio comprobara que no me mantenían oculto.

Quería que comprendieran que yo pertenecía a la familia, al menos en apariencia.

La apariencia nunca había sido el problema.

Me acerqué al pequeño escritorio y abrí el cajón superior, donde guardaba los pocos documentos que realmente me pertenecían: mi nombramiento militar, cartas de mi regimiento, un gastado libro de oraciones que rara vez abría y una hoja doblada escrita de puño y letra por mi madre.

No la saqué. Me limité a rozar el borde del papel con el pulgar antes de cerrar nuevamente el cajón.

Había sido soldado durante años. Me había enfrentado a la batalla con una serenidad que sorprendía a los hombres que consideraban mi nacimiento una debilidad.

No era valor en el sentido grandioso de la palabra.

Era práctica. En el campo de batalla, un hombre hacía aquello para lo que había sido entrenado.

Cumplía las órdenes. Se mantenía en la silla.

No permitía que el miedo tomara el control de sus manos.

El matrimonio no era una batalla. No ofrecía el alivio de unos enemigos y objetivos claros. Ofrecía una vida construida a través de pequeños días, una larga sucesión de obligaciones, las expectativas de una mujer y las miradas de toda una casa.

La duquesa viuda esperaba que tomara esposa y asegurara mi posición. El conde esperaba que su hija ascendiera a un título y quedara protegida por mi apellido. La sociedad esperaba una apariencia respetable y una historia conveniente.

¿Qué esperaba yo?

Intenté responder con sinceridad y no encontré gran cosa aparte de cansancio.

Nunca había esperado afecto. Nunca había esperado amor.

Aquellas cosas exigían confianza, y la confianza siempre había sido peligrosa para mí.

Las personas que afirmaban preocuparse por un bastardo solían preocuparse mucho más por lo que podían obtener de él.

Había aprendido a medir la lealtad mediante actos constantes, no mediante palabras.

Incluso entonces, la lealtad podía desviarse si se ejercía suficiente presión.

La lealtad de la duquesa viuda hacia mí era auténtica a su manera.

Me había criado. Había defendido mi presencia en aquella casa cuando otros habrían preferido enviarme lejos.

Se había asegurado de que recibiera educación, un nombramiento militar y un asiento en la mesa.

También me había recordado, de innumerables y pequeñas maneras, que todo aquello dependía de que siguiera contando con su aprobación.

Me llamaba hijo suyo. También me utilizaba como instrumento.

Me senté ante el escritorio y me obligué a considerar lo que exigía aquel matrimonio.

Una esposa. Un heredero. Estabilidad. Una duquesa capaz de permanecer a mi lado y representar dignamente a la familia.

La duquesa viuda no toleraría un escándalo.

Tampoco toleraría a una esposa que se resistiera a su influencia.

Había escogido a una novia que creía poder controlar.

Lady Caroline Alden. Familia antigua. Nombre sin mancha. Buenas relaciones.

La duquesa viuda había hablado de ella como si fuera una solución adecuada. No había hablado de ella como de una persona.

Ya había conocido antes a mujeres del tipo de Lady Caroline.

No eran monstruos. Tampoco eran amables.

Habían sido criadas con determinadas expectativas y educadas para considerar el matrimonio como una posición que debía conservarse, no como una relación que debía construirse.

Esperaban un marido que cumpliera con su deber y les proporcionara la clase de vida apropiada.

Si él fracasaba, aprendían a quejarse cortésmente y a buscar poder por otros medios.

Si me casaba con Lady Caroline, me vigilarían. Examinarían cada gesto en busca de señales de que la habían perjudicado al casarla con un hijo bastardo en lugar de con un duque legítimo. Interpretarían cada conversación. Cada silencio se convertiría en un rumor.

La duquesa viuda había organizado aquel enlace para acallar las habladurías. También proporcionaría a la gente nuevo material, porque nada en mi vida podía llegar a parecer verdaderamente corriente.

Me levanté y fui hasta el armario donde colgaban mis casacas formales.

Mis uniformes militares se guardaban en otro lugar.

En aquella casa, la duquesa viuda prefería que vistiera como un hombre de rango y no como un soldado, salvo cuando deseaba exhibir mi servicio ante las visitas.

La ropa era una de sus herramientas. La utilizaba para controlar la manera en que las personas interpretaban al hombre que la llevaba.

Pasé los dedos por una casaca oscura de cuello alto y me detuve. La tela era pesada y estaba bien cortada. Los puños estaban limpios. Los botones, pulidos. Tenía el aspecto correcto. También parecería una armadura en una habitación llena de personas entrenadas para atacar sin dejar marcas.

Dejé que continuara colgada y me aparté. El armario olía ligeramente a cedro y a viejas costumbres, y la visión de toda aquella cuidadosa respetabilidad hizo que se me tensara la mandíbula. No necesitaba otra capa entre el mundo y yo. Necesitaba aire. Necesitaba distancia.