El dulce sabor de regresar Capítulo 29
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Capítulo 29

Después de que Gabriel se marchara, permanecí varios minutos con las manos apoyadas sobre la mesa del obrador.

Sara no intentó consolarme con frases vacías. Recogió el delantal de Tania, lo guardó dentro de una bolsa y regresó a las bandejas que todavía debíamos terminar.

Su manera de ayudar consistía en recordarme que el mundo no se había detenido, aunque durante unos minutos yo sintiera que acababa de inclinarse bajo mis pies.

—Esa chica quería que pensaras exactamente esto —dijo finalmente—. No le concedas más credibilidad de la que merece.

—Gabriel reconoció que estuvieron solos hasta las doce y veinte y que después la llevó a casa.

—Y ella consiguió que la despidieras y te provocó delante de él. No parece la conducta de alguien que quiera proteger una relación secreta.

La observación era razonable, pero no consiguió borrar la sonrisa que Tania me dirigió ni la frase que susurró antes de marcharse.

Me repetía que nunca afirmó haber besado a Gabriel. No aseguró que él la tocara ni que ocurriera algo íntimo. Se limitó a dejar frases incompletas y esperar que yo construyera el resto.

Leo regresó del patio con Miga y los auriculares puestos. Debió de advertir mi expresión porque se los quitó antes de preguntar qué sucedía. Le conté la discusión y repetí las palabras exactas de Tania. No hizo ningún comentario hasta que terminé.

—No ha respondido a ninguna pregunta —concluyó.

—Ha dado a entender muchas cosas.

—Dar a entender no proporciona información verificable. Hizo lo mismo con Vera. Publicó una frase ambigua para que otras personas decidieran que existía una relación entre nosotros, pero nunca afirmó que la hubiera. Ahora me doy cuenta.

—Gabriel me ocultó que estuvo con ella hasta tan tarde.

—Eso es un hecho distinto. Puedes enfadarte porque no te lo contó sin asumir que mantuvo una relación sexual con Tania.

Sara se volvió hacia él.

—A veces eres irritantemente preciso, pero hoy está resultando útil.

Leo aceptó el comentario como un reconocimiento.

Sacó el teléfono y abrió la conversación con Tania. Había varios mensajes nuevos. En ellos lo informaba de que yo la había despedido por celos, aseguraba que estaba cometiendo un error y le proponía continuar con el proyecto de su marca personal al margen de la pastelería.

—No voy a responder hasta que Vera esté presente —decidió—. No quiero volver a proporcionarle información incompleta.

La llamó. Vera dudó antes de aceptar acudir, pero apareció veinte minutos después con el rostro serio.

Leo le entregó el teléfono sin ofrecer explicaciones previas. Ella leyó la conversación completa y se detuvo en uno de los últimos mensajes.

—Dice que podéis seguir trabajando juntos en otro lugar.

—No he aceptado.

—Lo estoy viendo.

—Debería haberte contado que estaba preparando una propuesta para ella —admitió—. Pensé que solo era relevante si llegaba a convertirse en clienta. Ahora comprendo que los mensajes fuera del horario y la forma en que se comportaba podían afectar a nuestra relación.

Vera dejó el teléfono sobre la mesa.

—Yo también debería haberte dicho claramente que estaba celosa en lugar de esperar que lo comprendieras.

—No lo habría comprendido sin una explicación.

—Ya me he dado cuenta.

—No sentía ninguna atracción por ella.

—Te creo.

Aquellas dos palabras relajaron algo en el rostro de mi hermano.

Vera le explicó que su temor no procedía únicamente de Tania, sino de no saber qué lugar ocupaba en una situación que Leo consideraba exclusivamente profesional.

Él reconoció que se aisló porque se sintió acusado y ella admitió que interpretó los auriculares como una manera de castigarla.

No solucionaron cada diferencia en aquel momento, pero dejaron de hablar como adversarios.

Vera se sentó junto a él y, entre los dos, redactaron una única respuesta para Tania: el proyecto quedaba cancelado y no autorizaban el uso de ninguna propuesta, estrategia o material preparado por Leo.

Tania reaccionó con una nota de voz en la que lo acusaba de permitir que Vera controlara sus decisiones. Mi hermano la escuchó una sola vez.

—No voy a contestar. Intenta provocar otra discusión.

—Estoy de acuerdo —asintió Vera.

—Es la primera vez que interpretamos de igual manera una intención no declarada.

—Estamos progresando.

Leo estuvo a punto de corregirla, pero advirtió su sonrisa y guardó el teléfono.

A la mañana siguiente abrimos con menos productos de los habituales. Sin Tania, Sara y yo no podíamos asumir toda la producción, de modo que Leo redujo temporalmente la carta y canceló los encargos que todavía no estaban confirmados.

La noticia no gustó a algunos clientes, aunque la mayoría aceptó esperar.

Poco después de las diez llegó Clara, una mujer de unos cincuenta años que acudía casi todos los días a tomar café antes de abrir su pequeña tienda de ropa.

Conocía de siempre a la familia de Gabriel y a él le tenía mucho aprecio desde que le encargó el proyecto de obra de su casa.

Clara me observó mientras le servía el café.

—Tienes mala cara.

—He dormido poco.

—Normal. Con el espectáculo de la otra noche, yo tampoco habría dormido.

La taza quedó suspendida entre mis manos.

—¿Qué espectáculo?

—El de esa muchacha que trabaja aquí. O trabajaba, porque hoy no la he visto.

Sara levantó la cabeza desde el obrador. Leo y Vera, sentados junto al escaparate, dejaron de mirar sus ordenadores.

—¿Viste a Tania con Gabriel? —le pregunté.

—Los vi llegar al portal del apartamento que ella alquiló. Vivimos cerca. Yo volvía de cenar con mi hermana y pasé por la acera de enfrente. Tu novio tuvo una paciencia admirable. La chica apenas podía caminar.

—¿Qué quieres decir?

—Iba borracha como una cuba. Gabriel la sujetaba del brazo para que no acabara en el suelo. Pensé que se había pasado con las copas en alguna celebración.

Me senté frente a ella sin pedir permiso.

—Clara, necesito que recuerdes exactamente lo que viste. ¿Gabriel la besó o la abrazó?

—No. Ella intentó colgarse de su cuello cuando llegaron al portal. Gabriel le apartó los brazos y la mantuvo a distancia. Después buscó las llaves en el bolso de la chica porque ella no acertaba ni a abrirlo.

—¿Estás segura?

—Abril, estaba a pocos metros. Él parecía más preocupado por que no se rompiera la cabeza contra la puerta que interesado en abrazarla.

—¿Entró con ella?

—No. La dejó dentro del portal y esperó hasta que empezó a subir las escaleras. Después regresó al coche. Incluso lo vi limpiarse la manga con un pañuelo.

Clara comprendió por fin la importancia de sus palabras.

—¿Te ha dicho esa muchacha que ocurrió algo?

—No exactamente.

—Pues dile de mi parte que una cosa es emborracharse y otra intentar meterse en una relación. Tu novio se portó como un caballero. Otro la habría dejado sentada en la acera.

Sentí alivio, vergüenza y una necesidad urgente de encontrar a Gabriel.

Leo, que lo escuchó todo, abrió inmediatamente el currículum que Tania presentó durante la entrevista.

—También debemos verificar su experiencia laboral.

—¿Por qué ahora? —le pregunté.

—Afirmó que trabajó casi dos años en el obrador anterior. Si ha mentido y manipulado lo ocurrido con Gabriel, aumenta la probabilidad de que haya falseado otros datos.

El establecimiento se encontraba en una ciudad cercana y su propietaria se llamaba Celia. Leo la telefoneó y explicó que necesitábamos comprobar una referencia laboral. Celia fue amable desde el principio, aunque guardó silencio al escuchar el nombre de Tania.

—¿Sigue trabajando con vosotros? —preguntó.

—Fue despedida ayer —le respondí, pues mi hermano puso el manos libres.

La mujer soltó el aire con alivio.

—Entonces puedo hablar con más tranquilidad. Tania no estuvo aquí dos años. Trabajó menos de dos meses.

Miré a Leo. Él ya anotaba las fechas.

—¿Por qué la despidió?

—Porque mentía, enfrentaba a las compañeras y copiaba todo lo que veía. Al principio parecía maravillosa. Era alegre, trabajadora y conseguía que cualquiera confiara en ella. Después empezó a comportarse como un demonio buscahombres .

La expresión me sorprendió.

—¿Qué ocurrió?

—Intentó convencer a mi marido de que yo mantenía una relación con uno de los proveedores.

Después se presentó como la única persona que lo comprendía y empezó a escribirle de noche.

Casi destroza nuestro matrimonio. También fotografió mis fichas de producción y preparó una cuenta donde publicaba los dulces como si fueran suyos.

—¿Llegó a abrir algún negocio?

—No tenía dinero. Su plan era encontrar a alguien que financiara el local y aportara el trabajo que ella no sabía organizar.

Tania tiene talento, pero quiere llegar en semanas adonde otras tardamos años.

Cuando la descubrí, la despedí. Después empezó a decir que yo era una jefa insoportable y que había trabajado conmigo durante dos años, con unas referencias intachables.

Recordé cómo, durante la entrevista, describió a su anterior jefa como una mujer aterradora. Celia, al otro lado del teléfono, sonaba paciente y generosa. Antes de colgar, se ofreció a enviarnos las fechas del contrato y capturas de las publicaciones que obligó a retirar.

—Proteged vuestras recetas —advirtió—. Si ha tenido acceso a ellas, seguramente ya las ha copiado.

Corrí al armario del obrador. La cerradura no estaba forzada y el cuaderno seguía dentro.

Sin embargo, al revisar las cámaras, descubrimos que una tarde Tania utilizó la llave que yo había dejado en el bolsillo del delantal.

Permaneció varios minutos frente al recetario y fotografió numerosas páginas.

Leo desapareció un momento y volvió con un pen drive en la mano.

—Esto es de Tania —nos comentó—. Lo llevaba en el llavero y antes se le cayó, ni siquiera me ha dado tiempo a devolvérselo.

Lo insertó en su portátil y entre las imágenes destinadas a su marca personal encontró un borrador de logotipo, varias fotografías tomadas en nuestro obrador y un documento titulado “Proyecto de apertura”.

La dirección coincidía con el local que Gabriel visitó.

No habría ningún bar ni existía la supuesta amiga.

El documento describía una pastelería moderna inspirada en recetas tradicionales, con una zona de degustación y venta por encargo.

Algunos nombres de los productos eran demasiado parecidos a los nuestros.

Incluso había incluido una fecha provisional de apertura.

—Nos ha utilizado a todos —murmuró Vera.

—Y necesitaba mis recetas —añadí.

Leo cerró la carpeta.

—Provocó los conflictos para reducir la comunicación entre nosotros. Si Vera y yo no hablábamos, ella podía continuar trabajando conmigo. Si tú desconfiabas de Gabriel, no compararíais la información sobre el local.

Ya no me quedaba ninguna duda sobre las intenciones de Tania. Sin embargo, aquello no eliminaba el daño que causé al negarme a escuchar a Gabriel.

Lo encontré en su estudio poco antes del mediodía. Estaba inclinado sobre una mesa, revisando los planos del supuesto bar. Al verme, dejó el lápiz, aunque no se acercó.

—He venido a escucharte —le dije.

Gabriel permaneció callado durante unos segundos.

—Tania llevó una petaca al local. No me di cuenta hasta que el agente inmobiliario se marchó. Cada pocos minutos daba un trago. Le dije varias veces que parase, pero no me hizo caso. Parecía endiablada esa chica. Cuando terminamos apenas podía sostenerse.

—¿Por qué no la dejaste allí?

—Porque estaba sola, borracha y era tarde. La llevé en el coche. A mitad del trayecto se mareó y tuve que parar.

—Clara os vio llegar.

—Entonces Clara también habrá visto el estado en que iba.

Asentí.

Gabriel se pasó una mano por el rostro.

—Vomitó dentro del coche, Abril. Ha falseado la situación como si nos hubiésemos liado, cuando lo cierto es que yo no podía sentir ninguna atracción por ella.

Sentí náuseas. Le sujeté la cabeza para que no se golpeara contra la puerta y después la ayudé a salir.

Cuando llegamos al portal intentó abrazarme.

La aparté y la dejé dentro cuando comprobé que podía subir.

—¿Por qué no me lo contaste?

—Pensaba hacerlo por la mañana porque llegué a mi casa con ganas de ducharme y olvidarme de lo sucedido. A primera hora tenía una reunión. Luego fui a verte. El resto ya lo sabes. No me diste tiempo.

Recordé que lo expulsé antes de permitirle terminar una sola explicación.

—Creí que ocultabas algo.

—Ocultaba que una chica a la que apenas conocía había vomitado sobre mi zapato. No me pareció un secreto capaz de destruir nuestra relación.

—Lo siento.

Gabriel miró hacia la ventana.

—Puedo comprender que te enfadaras porque no fuera para tu casa. Lo que no puedo comprender es que confiaras más en una sonrisa de Tania que en mí.

—No confié en ella. Tuve miedo.

—Y decidiste que tu miedo era una prueba.

La frase me dolió porque era cierta. Me acerqué despacio, sin saber si me permitiría tocarlo.

—Todo esto me importa demasiado. La pastelería, la casa, Leo, tú… Hace unos meses no tenía nada de esto y, a veces, siento que puede desaparecer con la misma rapidez con la que llegó.

—No puedes protegerlo destruyéndolo antes de que alguien te lo quite.

Bajé la mirada. Gabriel dejó el lápiz sobre la mesa y se acercó por fin.

—No ocurrió nada con Tania. Nunca me interesó y no interpreté que ella estuviera interesada en mí hasta que intentó abrazarme en el portal.

Le enseñé las fotografías del proyecto de apertura. Gabriel leyó el documento y comprendió que la supuesta amiga nunca existió.

—Menuda trama la suya.

—Lo siento muchísimo.

—No vuelvas a echarme sin escucharme.

—No lo haré.

—Y si alguna mujer vuelve a vomitar en mi coche, te llamaré en el momento.

La risa se mezcló con las lágrimas que llevaba toda la mañana conteniendo.

—Eso será lo más prudente.

Gabriel me abrazó. No fue una reconciliación inmediata ni borró lo ocurrido, pero cuando apoyé la cara contra su pecho comprendí que seguía allí.

Me besó después, con suavidad, como si ambos necesitáramos comprobar que todavía sabíamos regresar el uno al otro.

Volvimos juntos a la pastelería. Leo y Vera continuaban revisando las pruebas, sentados tan cerca que sus brazos se rozaban. Mi hermano levantó la mirada.

—¿Está aclarado?

—Sí —respondió Gabriel—. Tania vomitó en mi coche.

Leo frunció el ceño.

—No era la explicación que había previsto.

—Tampoco era la noche que yo había previsto.

Vera tomó la mano de Leo. Él la miró y entrelazó sus dedos con los de ella.

—Nosotros también hemos hablado —anunció—. A partir de ahora comunicaré cualquier proyecto profesional que implique mensajes frecuentes fuera del horario laboral.

—Y yo diré que estoy celosa antes de comportarme como si él debiera adivinarlo —añadió Vera.

Sara apareció desde el obrador con una bandeja.

—Perfecto. Ya que las dos parejas han dejado de comportarse como personajes de una tragedia, ¿podemos ocuparnos de la mujer que nos ha robado medio recetario?

Observé el cuaderno de la abuela Elvira, las fotografías copiadas y el proyecto de Tania. Aún teníamos que impedir que utilizara las recetas y proteger la pastelería, pero ya no podía enfrentarnos entre nosotros.

Aquella había sido su ventaja. Y acababa de perderla.