Epílogo
Dos años después, la pastelería olía cada mañana a mantequilla, naranja y café recién molido.
La columna continuaba publicándose dos veces al mes y yo había reunido algunas de sus mejores entregas en un libro de recetas y recuerdos de la abuela que ocupaba un lugar privilegiado junto al mostrador.
Yo seguía escribiendo en el escritorio construido con la madera del antiguo obrador, aunque ya no tenía que hacerlo de madrugada. Habíamos aprendido a crecer sin permitir que el trabajo nos devorara.
Sara dirigía el obrador conmigo y contábamos con dos empleados más, Bruno y Martina, que se repartían la atención del salón y la producción.
La pastelería funcionaba mejor de lo que me atreví a imaginar cuando levantamos por primera vez aquella persiana oxidada.
Algunos clientes seguían recordando los dulces de antaño; otros conocían únicamente nuestras nuevas recetas. Todos formaban parte del mismo lugar.
Leo y Vera regentaban su propia empresa de marketing y diseño.
Ocupaban un pequeño local situado a dos calles de la pastelería, aunque mi hermano continuaba supervisando nuestras campañas, según él porque nadie conocía mejor los datos y, según Vera, porque era incapaz de permitir que publicáramos una fotografía sin comprobar primero su resolución.
Miga los acompañaba algunas mañanas y regresaba a casa con la misma capacidad para conseguir comida de cuatro personas distintas.
Aquella noche, Sara insistió en encargarse del cierre del obrador. Antes de marcharse dejó una bandeja cubierta con una campana de cristal dentro de la cámara.
—Es un encargo especial —explicó—. Gabriel vendrá a recogerlo.
—¿Y no puedes dejarlo preparado en una caja?
—Ha pedido comprobarlo antes.
No sospeché nada. Gabriel encargaba dulces para reuniones, clientes y celebraciones con tanta frecuencia que apenas presté atención. Bruno y Martina se marcharon poco después. Leo apareció para llevarse a Miga y Vera lo esperaba fuera, dentro del coche.
—No olvides cerrar la puerta del patio —me recordó.
—Llevo años cerrándola.
—Eso no garantiza que vayas a hacerlo hoy.
Cuando todos se marcharon, bajé parte de las luces y comencé a ordenar las últimas tazas. Gabriel llegó pocos minutos antes de las nueve. Cerró la puerta tras él, giró el cartel y dejó las llaves sobre una mesa.
—Sara ha dejado tu encargo en la cámara.
—Lo sé.
—¿No tienes que llevarlo a alguna parte?
—No.
Su respuesta me hizo levantar la mirada. Gabriel sonreía, pero parecía nervioso. Entró en el obrador, sacó la bandeja y la llevó hasta la mesa situada junto al ventanal. Después retiró la campana.
Sara había preparado una pequeña tarta cubierta de crema blanca, flores de azúcar y diminutas hojas verdes. En el centro había escrito una frase con chocolate:
“Para todos los regresos que aún nos quedan”.
—Es preciosa —murmuré—. ¿Para quién es?
Gabriel soltó una risa.
—Abril, a veces te pareces mucho más a tu hermano de lo que crees.
Entonces vi la cajita colocada junto a la base de la tarta. Me quedé inmóvil.
Gabriel la tomó, rodeó la mesa y se arrodilló frente a mí.
Durante un instante, el tiempo pareció detenerse dentro de aquella pastelería que había cambiado nuestras vidas.
Detrás de él estaban las vitrinas vacías, las paredes que reconstruimos juntos y la puerta del obrador donde comenzaron tantas conversaciones.
—Llegaste aquí pensando que solo volvías para recuperar una casa y una pastelería —dijo—.
Yo creía que únicamente venía a reparar un techo.
Ninguno sabía que también estábamos construyendo una vida.
Quiero seguir haciéndolo contigo, incluso cuando te empeñes en aceptar más encargos de los posibles y yo tenga que recordarte que las paredes no se sostienen solo con entusiasmo.
Las lágrimas me nublaron la vista.
—Eso último ha estropeado un poco el discurso.
—Necesitaba asegurarme de que supieras que era yo.
Abrió la caja. El anillo brilló bajo la luz cálida del salón.
—¿Quieres casarte conmigo?
Me arrodillé también, incapaz de permanecer en pie, y le sujeté el rostro con ambas manos.
—Sí. Claro que sí.
Gabriel me colocó el anillo y me besó entre risas. Afuera, el mar se escuchaba al final de la calle y el pueblo empezaba a apagarse. Dentro, la pastelería conservaba el aroma de los últimos dulces del día.
Miré la tarta, las fotografías de la abuela Elvira y recordé su historia. Regresar nunca significó volver atrás.
Significó llegar, por fin, a casa.