Capítulo 28
Durante los días siguientes intenté convencerme de que la mirada de Tania hacia el armario no significaba nada.
Acababa de incorporarse, sentía curiosidad por las recetas y yo misma había hablado muchas veces del cuaderno de la abuela Elvira. No resultaba extraño que quisiera verlo. Lo extraño era la incomodidad que empecé a sentir cada vez que se acercaba a él.
La situación entre Leo y Vera tampoco mejoró. Continuaban trabajando juntos porque el proyecto del hotel no permitía retrasos, pero sustituyeron la naturalidad de sus conversaciones por una cortesía excesiva.
Vera acudía al estudio de Gabriel cuando sabía que Leo estaba allí, pero no actuaba como antes, y él enviaba documentos acompañados de mensajes tan formales que parecían destinados a una administración pública.
—Podrías llamarla —le sugerí una mañana.
—Ella dijo que necesitaba espacio.
—Han pasado unos días.
—No especificó cuánto tiempo.
—Quizás esperaba que insistieras.
—Entonces debería haber dicho que quería que insistiera.
Leo no comprendía por qué debía interpretar lo contrario de lo que Vera expresó.
Tampoco aceptaba que ayudar profesionalmente a Tania constituyera una traición.
Cuando intenté explicarle que el problema podía estar en la intimidad creada alrededor de aquel proyecto, se colocó los auriculares y afirmó que hablaría cuando existiera una acusación concreta a la que responder.
Gabriel trató de mediar sin darle instrucciones sobre cómo debía relacionarse con Vera. Le explicó que los sentimientos no siempre surgían de hechos objetivamente demostrables y que, en ocasiones, escuchar el efecto de una conducta era más importante que discutir la intención.
—Entonces tendría que disculparme por algo que no quise hacer —protestó Leo.
—Podrías disculparte por haberle hecho daño sin admitir que quisieras hacérselo.
—Esa diferencia debería expresarse de manera explícita.
—Exprésala.
Mi hermano tomó nota de la frase. No supe si pretendía utilizarla durante una conversación o incluirla en otro de sus documentos.
Tania continuó comportándose como si nada hubiese ocurrido. Redujo los mensajes a Leo, dejó de tocarlo y se mostró especialmente amable conmigo.
Su trabajo seguía siendo impecable. Aprendía deprisa, proponía combinaciones nuevas y conseguía que los clientes regresaran preguntando por los dulces que ella había decorado.
La columna también continuaba creciendo. Antonella me confirmó que el especial ocuparía seis páginas de la revista e incluiría fotografías de la pastelería, el obrador y algunas recetas de la abuela.
Además, una emisora local quería entrevistarme y dos hoteles preguntaron si podíamos preparar cajas de bienvenida para sus huéspedes.
La noticia nos alegró hasta que Leo calculó el volumen de producción.
—No podéis aceptar los dos hoteles —determinó—. Con el personal actual, el máximo sostenible es uno.
—Acabamos de contratar a Tania —le recordé.
—Y la demanda del establecimiento ha aumentado un treinta y cuatro por ciento desde su incorporación. Su trabajo ya está absorbido.
Tania dejó una bandeja sobre el mostrador.
—Podemos organizarnos. Yo haré horas adicionales.
—No quiero que nadie tenga que trabajar doce horas diarias —le respondí.
—Es una oportunidad importante. A veces hay que esforzarse más durante una temporada.
Su ambición me recordó a la mía cuando empecé a trabajar como periodista.
Yo también aceptaba cualquier encargo, dormía poco y creía que rechazar una oportunidad significaba perderla para siempre. Por eso decidí escucharla y aceptamos solo uno de los hoteles durante un periodo de prueba.
Aquella tarde, Tania me pidió salir media hora antes. Una amiga suya estaba buscando un local para abrir un bar y había conseguido que Gabriel lo visitara. Según explicó, querían calcular cuánto costaría reformarlo antes de comprometerse con el alquiler.
—¿Gabriel? —le pregunté.
—Sí. Me pareció absurdo buscar a otro arquitecto cuando lo conozco a él. Espero que no te moleste.
—¿Por qué iba a molestarme?
—No lo sé. Hay parejas a las que no les gusta mezclar amistades y trabajo.
—Gabriel puede trabajar con quien quiera.
Tania agradeció mi comprensión y se marchó. No pensé más en aquella cuestión y así habría continuado de no ser porque, al día siguiente, la encontré enseñándole otra fotografía a Leo.
Vera entró en ese momento para recoger unas muestras. Tania apagó la pantalla con rapidez, un gesto que pareció confirmar todo aquello que Vera temía.
—No hace falta que escondáis nada —le dijo.
—No estábamos escondiéndolo —respondió Leo, alterado.
Tania se levantó y regresó al obrador. Vera le pidió a Leo que no la siguiera y salió antes de que él pudiera responder. Mi hermano permaneció junto a la mesa con las manos rígidas y el rostro inexpresivo.
—No entiendo qué espera que haga.
—Hablar con ella.
—No quiere escucharme.
—Quizás porque siempre intentas demostrar que se equivoca.
Leo cogió sus auriculares y se marchó al patio. Aquella vez Miga consiguió seguirlo antes de que cerrara la puerta.
Fui al obrador y encontré a Tania colocando pasteles en una bandeja. La simpatía con la que solía llenar cualquier habitación había desaparecido. Trabajaba en silencio, con los labios apretados.
—Tenemos que hablar —le indiqué.
—Supongo que Vera ha vuelto a quejarse.
—No quiero que sigas mostrándote tan cercana a mi hermano, ya te lo advertí. No le está haciendo bien.
Tania dejó las pinzas sobre la mesa.
—Leo es adulto. Si no quiere ayudarme, puede decírmelo.
—No se trata de su capacidad para decidir. Se trata de que conoces la situación y continúas alimentando el malentendido.
—No ha ocurrido nada entre nosotros.
—Entonces deja de comportarte como si quisieras que los demás pensaran lo contrario.
Su expresión cambió. Por primera vez desde que la conocía, su sonrisa no transmitió alegría, sino una especie de superioridad.
—Si te preocupa que haya pasado algo con alguien de tu entorno, te estás equivocando de hombre.
Tardé unos segundos en comprenderla.
—¿Qué significa eso?
—Nada. Olvídalo.
—Has dicho “te estás equivocando de hombre”. ¿Te referías a Gabriel?
Tania continuó colocando los pasteles, aunque ya no consiguió fingir indiferencia.
—Deberías preguntarle dónde estuvo anoche.
—Me dijiste que visitasteis un local para una amiga.
—Eso hicimos.
—¿Y qué tiene que ver con lo que acabas de insinuar?
—Solo he dicho que Leo no es el problema.
La tranquilidad con la que lo pronunció terminó de encenderme. Tania sostuvo mi mirada mientras colocaba el último pastel en la bandeja, como si acabáramos de mantener una conversación sin importancia y no hubiera sembrado una duda destinada a destrozar dos relaciones.
—Deja lo que estás haciendo.
—Todavía no he terminado.
—Me da igual. Quiero que me expliques ahora mismo qué significa esa frase.
Sara levantó la cabeza desde la otra punta del obrador. Hasta entonces había fingido concentrarse en una masa, aunque resultaba evidente que escuchaba cada palabra. Tania dejó las pinzas sobre la mesa y se limpió las manos en el delantal con una lentitud provocadora.
—Significa que no ha ocurrido nada entre Leo y yo.
—Eso ya lo has dicho. Ahora explícame por qué has mencionado a otro hombre.
—Has sido tú quien ha pronunciado el nombre de Gabriel.
—Porque ayer estuviste con él hasta sabe Dios qué hora.
—Entonces ya tienes la respuesta.
Sentí que la sangre me golpeaba en las sienes. Di un paso hacia ella, pero Sara se interpuso ligeramente sin llegar a tocarme. Su presencia me recordó que estábamos en el obrador, rodeadas de utensilios, bandejas calientes y productos que debíamos entregar aquella tarde.
—¿Qué respuesta? —pregunté—. Quiero que hables con claridad.
Tania sonrió. No fue la sonrisa luminosa con la que llegó a la entrevista ni aquella simpatía arrolladora que conseguía conquistar a los clientes. Había algo frío en la curva de sus labios, una satisfacción apenas disimulada ante el efecto que producía en mí.
—No tengo nada que explicar. Si desconfías de tu pareja, deberías hablar con él.
—No intentes darle la vuelta. Has sido tú quien ha insinuado que ocurrió algo.
—Quizás solo te he recordado que no conoces todo lo que hace Gabriel cuando no está contigo.
Sara soltó la espátula sobre la encimera.
—Ya está bien, Tania.
—No te metas.
—Trabajo aquí y Abril es mi amiga. Me meto si me da la gana.
Tania la miró con desprecio.
—Por supuesto. Aquí todos sois una familia maravillosa hasta que alguien os enseña que también tenéis secretos.
—¿Qué pasó anoche? —insistí.
—Pregúntaselo a él.
—Te lo estoy preguntando a ti.
—Y yo no quiero responderte.
Aquella negativa resultó peor que cualquier confesión. Tania sabía perfectamente qué estaba provocando. No necesitaba mentir de manera explícita; le bastaba con dejar huecos para que yo los llenara con mis propios temores.
—Sal de mi obrador.
—¿Perdona?
—Que salgas. Ahora mismo.
Su expresión vaciló por primera vez, aunque enseguida recuperó la seguridad.
—No puedes echarme porque no te guste una respuesta.
—Puedo pedirte que abandones el obrador cuando estás faltándome al respeto y alterando el ambiente de trabajo.
—¿Y qué vas a hacer con todos los pedidos? ¿Prepararlos tú sola mientras escribes tu famosa columna?
—Eso ya no es asunto tuyo.
Tania se quitó el delantal y lo arrojó sobre la mesa.
—Sabía que acabarías mostrando cómo eres en realidad.
—¿Cómo soy?
—Una mujer que necesita controlar a todos los que la rodean. A Leo, a Gabriel y hasta las recetas de una anciana muerta.
Sara avanzó antes de que pudiera reaccionar.
—Mide muy bien lo que dices.
—¿O qué? ¿También vas a despedirme tú?
—No hará falta —le respondí—. Ya estás despedida.
El silencio que siguió fue tan brusco que escuché el sonido del reloj del salón a través de la puerta. Tania me observó con los ojos entornados. Durante un instante pareció calcular si hablaba en serio.
—No puedes despedirme sin más.
—Estás en periodo de prueba. Recogerás tus cosas y te marcharás. Te pagaremos lo que corresponda hasta hoy.
—Estás cometiendo un error.
—Probablemente lo cometí cuando te contraté.
Tania abrió la boca para responder, pero en ese momento la puerta de la pastelería se abrió. Gabriel apareció en el salón y se dirigió hacia el obrador. Llevaba una carpeta de planos bajo el brazo y las llaves del coche en la mano. Sonrió al verme, aunque se detuvo al percibir el ambiente.
—¿Qué ocurre?
Nadie respondió. Gabriel miró el delantal abandonado sobre la mesa y después a Tania.
—¿Ha pasado algo?
—Eso mismo estaba intentando averiguar —le contesté.
Mi voz sonó más fría de lo que pretendía. Gabriel dejó la carpeta encima del mostrador.
—No te entiendo.
—¿Hasta qué hora estuviste anoche con Tania?
La pregunta lo sorprendió. Miró fugazmente a la muchacha y aquel simple gesto terminó de alimentar mis sospechas.
—Hasta bastante tarde —admitió—. Cerca de las doce, creo.
—Las doce y veinte —lo corrigió Tania.
Gabriel frunció el ceño.
—Puede ser. Estábamos revisando la distribución del local y perdimos la noción del tiempo…
—¿Los dos solos? —le pregunté.
—Al principio había un agente inmobiliario, pero se marchó antes.
—Así que os quedasteis solos hasta pasada la medianoche.
—Sí, pero no entiendo por qué…
No terminó la frase. Tania se apoyó contra la mesa y me dirigió una mirada llena de malicia. No dijo una sola palabra.
Elevó ligeramente una ceja y movió los labios en una sonrisa lenta, casi desafiante, como si me invitara a imaginar lo ocurrido después de que el agente se marchara.
Gabriel no vio el gesto porque estaba de espaldas a ella.
—¿Y por qué no viniste después a mi casa? —le pregunté.
—Porque se hizo tarde. Tampoco te llamé porque no creí que tuviera importancia, no era plan de despertarte si ya dormías.
—Claro que no —murmuró ella.
Gabriel se volvió.
—¿Qué significa eso?
Tania recuperó de inmediato una expresión inocente.
—Nada. Abril está enfadada conmigo y ha decidido despedirme.
—No entiendo —insistí—. ¿Por qué os quedasteis hasta tan tarde?
—El edificio tiene problemas en la instalación eléctrica y estuvimos calculando qué parte habría que sustituir. Después la acerqué a su casa porque a esa hora ya no pasaba el autobús.
La nueva información cayó entre nosotros como otra piedra.
—Y luego me llevó a casa —intervino ella.
—También la llevaste a casa —repetí.
—Abril, no ocurrió nada.
Tania soltó una risa apenas perceptible. Me giré hacia ella.
—Fuera.
—Me falta recoger mi bolso.
—Sara te lo sacará ahora mismo.
—Esto no va a quedarse así.
—Si vuelves a acercarte a mi hermano o a esta pastelería, te aseguro que tampoco se quedará así para ti.
Tania me sostuvo la mirada de nuevo. Ya no quedaba nada de la joven alegre que nos conquistó durante la entrevista. Tomó el bolso que Sara le entregó, dobló el delantal con una calma estudiada y lo dejó encima del mostrador.
Al pasar junto a mí se inclinó lo suficiente para que solo yo pudiera escucharla.
—Cuando estés preparada para saber la verdad, pregúntale qué pasó dentro del coche.
Se marchó sin despedirse. La puerta se cerró y el sonido de sus pasos se perdió en la calle.
Gabriel permaneció inmóvil, completamente desconcertado.
—¿Qué demonios acaba de decirte?
—No importa.
—Claro que importa. Abril, no sé qué te ha contado, pero te juro que…
—No hace falta.
—Sí hace falta. Visité un local porque me pidió una valoración. Eso es todo. No hubo una cena, una copa ni nada que se parezca remotamente a lo que estás pensando.
—No sabes lo que estoy pensando.
—Veo tu cara.
—Y yo acabo de ver la suya.
Gabriel miró hacia la puerta, como si Tania pudiera regresar y ofrecer una explicación sensata.
—No entiendo qué está haciendo.
—Yo tampoco. Lo único que sé es que os quedasteis solos hasta pasada la medianoche, que la llevaste a su casa y que no consideraste necesario ni comentármelo.
—Porque no tenía nada que ocultar.
—A veces las cosas que no se cuentan parecen exactamente eso.
Se acercó a mí, pero retrocedí. El gesto lo hirió más que cualquier palabra.
—Déjame explicártelo desde el principio.
—Ahora no puedo escucharte.
—Abril…
—Vete, Gabriel.
—No voy a marcharme dejándote creer una mentira.
—No sé qué creer. Ese es el problema.
Sara permanecía junto a la mesa, en silencio. Sabía que no quería discutir delante de ella, dentro del obrador de la abuela y con los pedidos acumulándose sobre las bandejas.
—Por favor —le repetí—. Necesito que te vayas.
Gabriel recogió lentamente la carpeta. Se detuvo antes de cruzar la puerta y volvió a mirarme.
—No pasó nada con Tania. Ni en el local ni en el coche ni en ninguna parte. Cuando quieras escucharme, te contaré cada minuto de la noche.
No respondí. Si abría la boca, no sabía si gritaría, lloraría o le pediría que se quedara.
Gabriel esperó unos segundos y finalmente se marchó.
En cuanto escuché cerrarse la puerta, apoyé las manos sobre la mesa para impedir que me temblaran.
¿Qué había ocurrido dentro del coche?