Capítulo 27
La inquietud de Vera no desapareció cuando Tania se alejó del ordenador.
Durante la reunión sobre el hotel estuvo menos participativa de lo habitual y corrigió dos veces un mismo diseño sin que Leo comprendiera por qué.
Él continuó explicando estadísticas y previsiones, ajeno a las miradas que ella dirigía hacia el obrador.
Tania no volvió a acercarse a la mesa, pero su interés por el trabajo de mi hermano creció durante los días siguientes.
Empezó a consultarle dudas sobre redes sociales y le envió algunas fotografías para que valorara si servían para una cuenta profesional. Leo respondía con la misma precisión que habría utilizado con cualquier cliente.
Vera descubrió los mensajes el viernes, cuando él le enseñó una conversación relacionada con el hotel y apareció una notificación de Tania.
—Te escribe bastante —comentó.
—Quiere desarrollar su marca personal.
—Creía que solo le habías dado algunos consejos.
—Ahora estoy preparando una propuesta.
Vera lo miró sorprendida.
—¿Vas a trabajar con ella?
—Si acepta el presupuesto.
—No me habías dicho nada.
—Todavía no existe un acuerdo. No pensé que fuera relevante.
—Vamos a crear una empresa juntos, Leo. Si vas a aceptar otro proyecto, quizás sí sea relevante.
—No afectará al hotel. Puedo dedicarle dos horas semanales.
—No estaba hablando únicamente del tiempo.
Mi hermano frunció el ceño. Vera esperó que entendiera el resto sin necesidad de expresarlo, pero él regresó al documento que tenía abierto.
—Entonces no sé de qué hablas.
—De nada. Déjalo.
—Si no fuera nada, no habrías iniciado la conversación.
Vera recogió sus muestras y anunció que prefería continuar trabajando desde casa. Cuando se marchó, Leo me preguntó qué había ocurrido.
Le expliqué que quizás le molestaba no saber que pensaba trabajar con Tania, aunque él insistió en que todavía no había aceptado ningún encargo.
—Creo que también le incomoda la forma en que Tania se comporta contigo.
—Se comporta igual con todos.
—No la he visto tocarle el hombro a Sara.
—Sara probablemente le rompería un dedo.
Desde el obrador escuchamos la voz de nuestra pastelera.
—Dependería del dedo.
Leo dio por terminada la discusión. Para él, Tania no había declarado ninguna intención romántica y, por tanto, atribuírsela carecía de fundamento.
Yo preferí no insistir, convencida de que Vera acabaría hablándole con claridad.
Mientras tanto, la columna seguía atrayendo clientes. Antonella me comunicó que la revista quería ampliar mi colaboración con un especial dedicado a las recetas familiares de la costa.
La propuesta suponía más trabajo, pero también una remuneración mayor y una presencia destacada en la edición impresa.
Tania celebró la noticia con más entusiasmo que nadie.
—Esto va a convertir la pastelería en un lugar de referencia —afirmó mientras decoraba una bandeja de pastelitos—. Podrías incluir una receta completa para que los lectores la prepararan en casa.
—Compartiré parte del proceso, pero no las cantidades exactas.
—¿Por qué? Aunque publiques una receta, nadie conseguirá que le salga como a ti.
Sara levantó la mirada.
—Ese no es el problema.
—Solo digo que a la gente le encantan los secretos revelados.
—Precisamente por eso siguen siendo secretos —le respondí.
Aceptó mi decisión con una sonrisa. Aseguró que ella tampoco entregaría una receta importante, aunque añadió que ningún plato pertenecía por completo a una sola persona. Las recetas, según ella, se transformaban cada vez que cambiaban de manos.
La reflexión no me pareció peligrosa entonces. Incluso estuve parcialmente de acuerdo.
Dos días después, Vera acudió a la pastelería para terminar unos diseños con Leo.
Tania aprovechó uno de los pocos momentos tranquilos de la mañana para enseñarle a mi hermano una selección de fotografías. Había preparado varios dulces en casa y quería utilizarlos como primeras publicaciones de su cuenta.
Yo trabajaba en el obrador con Sara cuando escuché sus risas. Al salir, encontré a Tania con una pequeña mancha de crema cerca de la mejilla.
—Tienes algo en la cara —le indicó Leo.
—¿Dónde?
Él señaló su propia mejilla, pero Tania se tocó el lado contrario.
—A la izquierda —aclaró.
Ella volvió a equivocarse y, riendo, le sujetó la mano.
—Quítamela tú. Será más rápido.
Leo retiró la crema con la punta del pulgar justo cuando Vera abrió la puerta. El gesto duró apenas un segundo, pero la escena parecía mucho más íntima de lo que era.
Tania todavía sostenía la muñeca de mi hermano y ambos se encontraban demasiado cerca.
Vera dejó el bolso sobre una silla.
—Perdón. No sabía que interrumpía.
Leo se apartó.
—No interrumpes. Tania tenía crema en la cara.
—Y al parecer era necesaria una intervención especializada.
—No encontraba la mancha —le explicó él.
—Claro.
Tania intentó suavizar la situación mostrando las fotografías, aunque Vera apenas las miró. Se sentó frente al ordenador y pidió a Leo que comenzaran a trabajar. Él obedeció sin comprender por qué estaba molesta.
Aquella tarde, Tania publicó una imagen tomada mientras los dos revisaban la cuenta. Aparecían inclinados sobre el ordenador, con sus rostros próximos y una expresión divertida. El texto decía: “Las mejores ideas nacen cuando encuentras a la persona adecuada”.
Vera me envió la publicación acompañada de una pregunta: “¿También te parece estrictamente profesional?”.
No tuve tiempo de responder. Leo llegó a casa una hora después con los auriculares alrededor del cuello y el gesto tenso. Vera había ido a buscarlo al estudio de Gabriel y discutieron delante de la puerta.
—Dice que he permitido que Tania cree una impresión equivocada —me contó—. Yo no controlo lo que otras personas interpretan.
—Podías haberle pedido que cambiara el texto.
—No lo vi hasta que Vera me lo enseñó.
—¿Y después?
—Le pedí a Tania que aclarara que hablaba de trabajo. Lo ha hecho.
Comprobé la publicación. Tania añadió un comentario: “Mi nuevo asesor intentando enseñarme que las estadísticas también pueden ser bonitas”. La aclaración llegaba después de decenas de mensajes que insinuaban que formaban una buena pareja.
—Quizás deberías rechazar el proyecto —le sugerí.
—No he hecho nada incorrecto.
—No se trata solo de eso. Vera se siente incómoda.
—Su incomodidad parte de una interpretación que no coincide con los hechos.
—Pero existe.
Leo se colocó los auriculares.
—No puedo hablar si todos esperáis que admita una intención que no tengo.
Activó la reducción de ruido y salió al patio. Miga lo siguió, aunque él cerró la puerta antes de que pudiera alcanzarlo. La cachorra se quedó mirando el cristal y comenzó a gemir.
Vera no volvió aquella noche. Al día siguiente trabajó desde casa y respondió a los mensajes de Leo con frases breves. Él interpretó que necesitaba espacio y dejó de escribirle, lo que consiguió que ella pensara que no le importaba solucionar el conflicto.
Tania fingió no advertir las consecuencias. Continuó trabajando con alegría, atendió a los clientes y consiguió que Sara admitiera que sus nuevas tartaletas merecían incorporarse a la carta. Sin embargo, la sorprendí observando a Leo cuando creía que nadie la veía.
Al terminar la jornada, le pedí que tuviera cuidado.
—Vera y Leo acaban de empezar su relación. No quiero malentendidos.
—No siento nada por él —aseguró—. Me cae bien y admiro su trabajo. Eso es todo.
Su respuesta sonó sincera. Me disculpé si había interpretado mal su simpatía y regresé al obrador para guardar el cuaderno de la abuela. Tania se ofreció a ayudarme, pero le expliqué que prefería ordenarlo yo misma.
Dejé el recetario dentro del armario situado junto a la despensa y cerré la puerta con una llave que guardaba en el bolsillo del delantal. Cuando me volví, Tania continuaba al otro lado de la mesa.
Sonreía como siempre. Sin embargo, sus ojos no estaban puestos en mí. Miraban el armario.