Capítulo 26
La columna comenzó a transformar la pastelería apenas dos semanas después de su publicación.
Al principio llegaron algunos lectores de localidades cercanas que enseñaban la página de la revista antes de pedir los roscos de naranja.
Después aparecieron parejas que habían conducido más de una hora, pequeños grupos que fotografiaban el escaparate y clientes que preguntaban por cada receta mencionada como si las palabras impresas les hubieran concedido un derecho preferente sobre las vitrinas.
La segunda entrega, dedicada a las tartas que la abuela Elvira preparaba con las primeras almendras del otoño, duplicó las visitas a la edición digital.
Antonella me llamó entusiasmada para comunicarme que nunca habían recibido tantos comentarios en una sección gastronómica. Al día siguiente, cuando llegamos a la pastelería, encontramos a nueve personas esperando antes de abrir.
—Esto confirma mi previsión —declaró Leo mientras contemplaba la cola desde el interior—. La columna aumenta el tráfico, pero la producción no se ha adaptado a la demanda.
—Buenos días para ti también.
—Son las siete y cincuenta y ocho. Técnicamente, ya te he dado los buenos días en casa.
Sara salió del obrador con una bandeja de tartaletas y se quedó inmóvil al ver el exterior.
—¿Hay una excursión?
—Son lectores —expliqué.
—Pues tus lectores tienen hambre.
Abrimos dos minutos antes para impedir que continuara creciendo la cola. A media mañana se agotaron los roscos, las tartaletas y tres variedades de bizcocho.
Varias personas encargaron cajas para recoger durante el fin de semana y una mujer quiso reservar dos bandejas de unos dulces que todavía no habíamos anunciado porque los vio enfriándose al otro lado del cristal.
El éxito debería haberme hecho sentir eufórica. En parte lo conseguía.
Cada cliente que mencionaba la columna me devolvía algo de la periodista que creí dejar atrás en la ciudad.
Ya no escribía sobre asuntos que olvidaba en cuanto entregaba el texto, sino sobre recetas que tocaba con las manos, recuerdos que reconocía y personas que formaban parte de mi vida.
Sin embargo, también estaba agotada. Me levantaba antes del amanecer, pasaba la jornada en el obrador y escribía de noche en el escritorio que Gabriel construyó con la madera recuperada de la antigua pastelería.
Sara trabajaba tantas horas como yo y empezaba a amenazarme con esconder las mangas pasteleras si volvía a aceptar un encargo sin consultárselo.
Resultó que la persona que iba a empezar a trabajar con nosotras nos falló en el último momento y, con tanto lío, como que no me ocupé de tratar de buscarle sustituta.
Craso error, tenía que haber comenzado por ahí.
Pero la casualidad quiso que, ese mismo día, me ocupara de ello, entendiendo que ambas estábamos exhaustas.
—Necesitamos ayuda, estoy que pido socorro —insistió Sara mientras recogíamos después del cierre—. Y no para dentro de un mes. La necesitamos antes de que alguna se quede dormida dentro de la cámara.
—He publicado la oferta esta mañana.
Leo levantó la cabeza desde una mesa del salón.
—La publiqué yo. Tu versión no incluía horario, salario ni requisitos concretos.
—Incluía que buscábamos a alguien con experiencia y ganas de trabajar. No como la última persona.
—Eso no es una oferta. Es un deseo.
—También decía que valorábamos la creatividad.
—Todo el mundo afirma ser creativo si cree que eso aumenta sus posibilidades de conseguir un empleo.
Sara dejó una bandeja sobre el mostrador.
—Por una vez estoy de acuerdo con él.
—Estás de acuerdo conmigo con frecuencia —puntualizó Leo—. Lo que ocurre es que normalmente no lo reconoces.
Recibimos más de treinta solicitudes durante los dos días siguientes.
Leo descartó las que no cumplían los requisitos mínimos y elaboró una tabla con la experiencia, formación, disponibilidad y pretensiones económicas de cada candidata.
Sara y yo realizamos seis entrevistas entre una hornada y otra.
Tania apareció la última.
Llegó cinco minutos antes de la hora acordada con una carpeta amarilla bajo el brazo y una sonrisa capaz de llenar por sí sola el salón.
Tendría unos veinticuatro años, llevaba el cabello en tono ocre recogido en una coleta alta y unos pendientes pequeños con forma de fresa. Era guapa de una manera luminosa, con grandes ojos verdes y un lunar cerca de la comisura de los labios que parecía desplazarse cada vez que sonreía.
—Por favor, decidme que todavía queda una porción de tarta de almendras —pidió después de presentarse—. He venido sin desayunar para probarla y sería una tragedia empezar una entrevista con una decepción.
Su desparpajo me hizo reír. Sara, bastante menos impresionable que yo, señaló una mesa.
—Primero veremos si sabes prepararla. Después decidiremos si te mereces comerla.
—Me parece justo. Aunque advierto que trabajo mejor cuando no tengo el estómago vacío.
No se limitó a resultar simpática. Había estudiado pastelería, trabajado casi dos años en un obrador de una ciudad cercana y realizado cursos de masas fermentadas, decoración y control de alérgenos.
Conocía los procedimientos básicos, hablaba con entusiasmo de su oficio y no intentaba aparentar que dominaba aquello que ignoraba.
Cuando Sara le preguntó por el templado del chocolate, Tania respondió correctamente.
Al pedirle que preparara una crema, se recogió mejor el pelo, se lavó las manos y se movió por el obrador con seguridad.
No necesitó que le indicáramos dos veces dónde estaba cada utensilio y dejó limpia la encimera sin que nadie se lo pidiera.
—Eso último acaba de darte muchos puntos —reconoció Sara.
—Mi anterior jefa decía que una buena pastelera debía dejar pocas pruebas del desastre.
—Tu anterior jefa era una mujer inteligente.
—Y aterradora. Aprendí muchísimo de ella porque me daba más miedo decepcionarla que quemarme.
Tania tenía una simpatía arrolladora. Convertía cada respuesta en una pequeña historia, se interesaba por cuanto veía y parecía capaz de lograr que cualquier persona se sintiera especial.
Me felicitó por la columna sin exagerar y aseguró que la había llevado hasta nosotros.
—Leí la primera entrega por casualidad —contó—. Después busqué la pastelería y vi todo lo que estabais haciendo. Me pareció precioso recuperar un negocio familiar sin convertirlo en un decorado antiguo. Hay memoria, pero también vida.
Aquella observación me conquistó más que sus elogios. Era exactamente lo que yo pretendía conseguir.
—¿Conocías las recetas antes de leer la columna? —preguntó Sara.
—Algunas versiones, pero no estas. Mi abuela también hacía roscos de naranja, aunque los suyos podían utilizarse como material de construcción.
—Espero que eso no lo hayas heredado.
—Por suerte heredé su cariño y no su técnica.
Sara contuvo una sonrisa. Supe en ese momento que Tania tenía muchas posibilidades de conseguir el puesto.
Leo llegó a mitad de la entrevista acompañado por Vera. Ambos venían del estudio de Gabriel y pretendían revisar conmigo la campaña del hotel, aunque se detuvieron al descubrirnos dentro del obrador. Presenté a Tania y expliqué que era una de las candidatas.
—Tú debes de ser Leo —dijo ella inmediatamente—. He visto el trabajo que haces con las redes. La campaña de la inauguración fue buenísima.
Mi hermano la observó con cierta cautela.
—No sabes qué parte hice yo.
—Las publicaciones tienen dos estilos. Algunas son más visuales y otras incluyen datos, horarios y respuestas a preguntas que nadie había formulado todavía. He supuesto que las segundas eran tuyas.
Leo pareció considerar el razonamiento.
—Es una deducción correcta. Vera se ocupa principalmente del diseño.
Tania se volvió hacia ella con el mismo entusiasmo.
—Entonces las fotografías y el logotipo son tuyos. Me encanta cómo habéis mantenido el aire de una pastelería tradicional sin utilizar encajes, letras cursis ni dibujos de cupcakes .
—Los dibujos de cupcakes quedaron prohibidos el primer día —le respondió Vera.
—Gracias. Habéis prestado un servicio a la sociedad.
La conversación fluyó con tanta facilidad que, durante unos minutos, olvidé que seguíamos realizando una entrevista.
Tania consiguió que Leo le explicara la estrategia de contenidos, elogió la identidad visual de Vera y preguntó a Sara por la organización del obrador. Cuando se marchó, después de recibir la porción de tarta que reclamó al llegar, el salón pareció quedarse demasiado silencioso.
—Es ella —le dije.
Sara cruzó los brazos.
—Es competente.
—Y alegre.
—Para trabajar aquí solo necesitamos lo primero.
—Apuestas por contratarla tú también —predije.
—He dicho que es competente.
Leo abrió la tabla de candidatas.
—Tiene la segunda mejor puntuación objetiva.
—¿Quién tiene la primera? —pregunté.
—Una mujer con nueve años de experiencia.
—No puede incorporarse hasta dentro de un mes y necesitamos a alguien ahora.
—Eso modifica la valoración.
Vera permaneció junto a la puerta, mirando el lugar por el que Tania acababa de desaparecer.
—Cae bien —comentó.
—Muchísimo —le respondí—. Los clientes van a adorarla.
—Sí, seguramente.
Su tono no fue desagradable, pero tampoco compartía mi entusiasmo. Pensé que estaría cansada y no le concedí importancia.
Llamé a Tania aquella misma tarde. Respondió al primer tono y lanzó un grito cuando le comuniqué que el puesto era suyo. Empezaría el lunes con un periodo de prueba. Antes de colgar, prometió que no nos arrepentiríamos.
Durante su primera semana cumplió la promesa. Llegaba puntual, aprendía deprisa y parecía conservar el buen humor incluso en las horas de mayor presión.
Se ganó a los clientes recordando sus nombres, recomendando dulces según sus gustos y colocando pequeñas notas dibujadas en las cajas de los encargos.
Sara intentó mantener cierta distancia, pero acabó cediendo cuando Tania reorganizó los ingredientes sin alterar su sistema y descubrió por qué una de las cremas perdía consistencia durante las tardes más calurosas.
—No eres completamente inútil —le concedió entre risas, pues era muy bromista.
—Voy a bordar esa frase en mi delantal.
—Como lo hagas, estás despedida.
—No puedes. Abril firma los contratos.
—Pero yo controlo el chocolate.
Tania se llevó una mano al pecho.
—Retiro lo del delantal.
Su presencia alivió nuestra carga casi de inmediato. Por primera vez desde que empezó la columna, pude dedicar una mañana completa a preparar el siguiente artículo.
Escribí en mi rincón de la planta superior mientras desde abajo llegaban las voces de Leo y Miga ladraba en el patio. Al mediodía regresé a la pastelería y encontré las vitrinas llenas, el obrador limpio y a Sara menos agotada.
También descubrí a Tania sentada frente al ordenador de Leo.
—Me está explicando cómo interpretar las estadísticas —anunció ella—. Yo solo veía números destinados a hacerme sentir ignorante.
—Son sencillas si conoces las métricas —respondió mi hermano.
—Para ti todo es sencillo cuando conoces las métricas.
Tania apoyó un codo en la mesa y se inclinó hacia la pantalla. Leo le mostró qué publicaciones atraían más visitas y cuáles generaban encargos. Ella escuchaba con verdadero interés, hacía preguntas inteligentes y tomaba notas en una libreta.
—Me encantaría crear algún día una cuenta profesional —comentó—. No para abrir nada, al menos de momento. Solo para mostrar mi trabajo y construir una identidad propia.
—Deberías definir antes el objetivo —explicó Leo—. Publicar sin estrategia produce resultados difíciles de medir.
—¿Me ayudarías?
—Puedo indicarte cómo empezar.
—Te pagaría, por supuesto.
—Aún no sabes cuánto trabajo necesitas.
—Entonces tendrás que ayudarme a averiguarlo.
No encontré nada extraño en la conversación. Tania era ambiciosa y Leo acababa de poner en marcha un proyecto profesional con Vera. Me pareció lógico que quisiera aprovechar sus conocimientos.
Vera llegó media hora después. Traía unas muestras impresas para el hotel y entró en el salón mientras yo atendía a una clienta.
Tania continuaba junto a Leo, tan inclinada sobre él que su coleta rozaba el respaldo de la silla.
Había apoyado una mano sobre su hombro y se reía por algo que aparecía en la pantalla.
—No puedes utilizar esa fotografía —decía Leo.
—Es divertida.
—Está desenfocada.
—Pero salgo guapa.
—Ambas circunstancias son compatibles.
Tania rio con más fuerza y le dio un pequeño apretón en el hombro.
—Sabía que acabarías admitiéndolo.
—No he dicho que seas guapa. He dicho que una persona puede parecerlo en una fotografía desenfocada.
—Eso ha sido casi un cumplido.
—No lo era.
Vera se quedó inmóvil a pocos pasos de ellos. La sonrisa con la que entró desapareció lentamente. Leo tardó unos segundos en advertir su presencia y, cuando lo hizo, se limitó a señalar la pantalla.
—Tania quiere abrir una cuenta profesional. Estoy revisando sus fotografías.
—Ya veo —respondió Vera.
Tania retiró la mano del hombro de mi hermano, aunque no pareció avergonzada.
—Necesito toda la ayuda posible. Tus diseños son increíbles. Quizás también puedas aconsejarme algún día.
—Quizás.
Vera dejó las muestras sobre la mesa. Leo empezó a explicarle los resultados de la campaña del hotel sin percibir el cambio de su expresión. Tania regresó al obrador tarareando y yo continué preparando el pedido de la clienta, pero una incomodidad inesperada se instaló en el salón.
Al levantar la mirada, encontré a Vera observando la puerta por la que Tania acababa de desaparecer. No parecía enfadada. Parecía preocupada.