El dulce sabor de regresar Capítulo 25 #3
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Capítulo 25 #3

Gabriel apoyó una mano sobre su hombro.

—Dadle una semana antes de redactar los estatutos.

—No son estatutos. Son acuerdos necesarios para evitar malentendidos.

—¿Le enseñaste la lista? —quise saber.

Leo apartó la mirada.

—No al principio.

—¿Qué significa eso?

—Que le expliqué lo que siento sin utilizarla. Después Vera quiso verla.

Nos sentamos en el salón mientras él relataba lo sucedido. Caminaron por la orilla hasta llegar a una zona apartada.

Leo le explicó que quería modificar la forma en que definían su relación, aunque Vera no entendió qué significaba exactamente. Entonces tuvo que decirlo de manera directa.

—Le pregunté si quería ser mi novia —contó—. Ella se quedó callada durante diecisiete segundos.

—¿Los contaste? —pregunté.

—No intencionadamente. Fue mucho tiempo.

Durante aquellos diecisiete segundos, Leo creyó que había cometido un error.

Vera terminó preguntándole qué significaba para él ser novios. Mi hermano respondió que implicaba elegirse de una manera explícita, compartir tiempo que no estuviera relacionado con el trabajo y consultar al otro antes de tomar decisiones que afectaran a ambos.

También le dijo que no quería renunciar a los momentos de silencio ni sentirse obligado a hablar cuando necesitara usar los auriculares. Le preocupaba que Vera interpretara su necesidad de aislarse como una falta de cariño.

—Ella ha dicho que ya sabe que no dejo de quererla cuando me pongo los auriculares —explicó—. También ha dicho que a veces necesitará preguntarme qué siento porque no siempre lo sabrá por mi cara.

—Parece razonable —comentó Gabriel.

—Lo es. Hemos acordado que puede preguntarlo, pero no exigirme una respuesta inmediata si todavía no sé identificarlo.

Vera también quiso que Leo comprendiera que ella necesitaría pasar tiempo sola, quedar con sus amigos y trabajar en proyectos propios.

Mi hermano consideró innecesaria la aclaración porque nunca pensó que ser novios significara hacerlo todo juntos, pero aceptó que era preferible dejarlo establecido.

—Después le conté que, si alguna vez viviéramos juntos, Miga tendría que venir conmigo.

—¿Ya habéis hablado de vivir juntos? —pregunté.

—No. He dicho “si alguna vez”. Es una situación hipotética.

—¿Y qué respondió Vera?

—Que no esperaba que abandonara a Miga y que, en ese caso, necesitaríamos una casa con patio. Después añadió que ella también tendría que ir.

—¿Quién?

—Vera.

Gabriel disimuló una carcajada.

—Creo que pretendía bromear.

—Lo sé. Al principio no estaba seguro, pero después sonrió.

—¿Y qué le dijiste? —pregunté.

—Que su presencia también estaría prevista.

La respuesta era tan propia de él y, al mismo tiempo, tan tierna que tuve que contener las lágrimas.

—¿Cuándo sacaste la lista? —quise saber.

—Cuando ella preguntó qué riesgos había identificado. Se la enseñé y leyó todos los apartados.

—¿No se asustó?

—Añadió uno.

—¿Cuál?

Leo abrió la libreta. En la última línea de la columna de riesgos, Vera había escrito con una tinta diferente: “Que Leo intente convertir cada desacuerdo en un informe de cuarenta páginas”.

Debajo, mi hermano añadió: “Establecer un límite máximo de diez páginas”.

—Me parece un acuerdo sensato —opinó Gabriel.

Leo cerró la libreta. Miga se acercó y colocó una pelota sobre sus rodillas.

—Después me besó.

—Esa parte no necesitas describirla —me apresuré a decir.

—No pensaba hacerlo. Es información privada.

Lanzó la pelota hacia el pasillo y Miga salió corriendo. Por primera vez desde que comenzó a hablar, sonrió abiertamente.

—Le he dicho que la quiero.

La sencillez de la confesión me conmovió más que todo lo anterior.

—¿Y ella?

—Ha dicho que también me quiere. Después ha preguntado si había calculado cuánto tardaría en responder.

—¿Lo habías hecho?

—No. Esta vez no.

Gabriel y yo intercambiamos una mirada. Leo recogió la pelota cuando Miga volvió y se la lanzó de nuevo.

Parecía el mismo de siempre: preciso, metódico y decidido a encontrar normas para los sentimientos. Sin embargo, aquella noche aceptó algo que ninguna tabla podía garantizar. Formuló una pregunta sin conocer la respuesta y permitió que otra persona participara en sus planes.

Antes de acostarme subí de nuevo a la habitación. Encendí la lámpara del escritorio y abrí el documento de la columna.

La fotografía de Elvira permanecía junto al cuaderno de recetas. Desde la planta baja llegaban las voces de Leo y Gabriel, mezcladas con las carreras de Miga.

Me senté frente a la madera recuperada del antiguo obrador y apoyé las manos sobre sus marcas. Gabriel apareció en la puerta sin interrumpirme.

—¿Vas a escribir?

—Voy a intentarlo.

—Eso basta por esta noche.

Se acercó, dejó una taza de té junto al ordenador y me besó en la frente. Después salió y cerró la puerta con suavidad.

Observé la primera frase durante unos segundos. Ya no sentí que tuviera que elegir entre la periodista que fui y la pastelera en la que estaba convirtiéndome. Ambas podían ocupar la misma mesa.

Y, por primera vez desde que Antonella me propuso aquella columna, supe exactamente cómo quería continuarla.