El dulce sabor de regresar Capítulo 25 #2
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Capítulo 25 #2

—La de Abril también, aunque ha intentado impedir que enseñe la lista.

—En eso estoy de acuerdo con ella.

—Dos opiniones no convierten una conclusión en correcta.

—No —respondió Gabriel—, pero quizás deberían hacerte reconsiderarla.

Leo pasó buena parte de la mañana organizando la conversación. Rechazó comprar flores porque Vera le explicó una vez que prefería verlas creciendo.

También descartó llevarla a cenar porque temía que el ruido le impidiera hablar con claridad. Finalmente decidió invitarla a caminar por la playa al terminar la jornada.

Vera aceptó sin preguntar el motivo. Llegó a la pastelería poco antes del cierre, ayudó a colocar las últimas sillas y esperó mientras Leo comprobaba que Miga llevaba bien sujeto el arnés.

—¿La llevamos? —preguntó ella.

—Sí. Es relevante para la conversación.

Vera me miró, pero yo fingí estar demasiado ocupada limpiando una vitrina. Los vi alejarse por la calle, con Miga avanzando entre ambos y la correa en manos de Leo.

No regresaron hasta casi dos horas después.

Durante ese tiempo, Gabriel me pidió que fuéramos a casa. Insistió en que necesitaba enseñarme algo antes de que anocheciera. Lo seguí hasta una pequeña habitación de la planta superior que permanecía casi vacía desde la reforma.

La estancia tenía una ventana desde la que se veía una franja de mar entre los tejados. Junto a ella, Gabriel instaló un escritorio estrecho de madera clara. Reconocí enseguida algunas marcas en la superficie.

—Esto pertenecía a la pastelería —le dije.

—Era una de las baldas que retiramos del obrador. Estaba demasiado deteriorada para volver a colocarla, pero la parte central podía aprovecharse.

Me acerqué y pasé la mano sobre la madera. Conservaba pequeñas hendiduras, manchas que no desaparecieron con el lijado y una quemadura redonda causada, probablemente, por alguna bandeja demasiado caliente.

Gabriel no intentó ocultarlas. Las protegió bajo una capa de barniz que permitía distinguirlas.

Sobre el escritorio había colocado el cuaderno de recetas de Elvira, mi ordenador y una lámpara sencilla. También añadió un soporte de madera donde podía mantener abiertas las páginas sin mancharlas mientras escribía.

—¿Cuándo has hecho esto?

—A ratos. Leo me ayudó a calcular la altura y Vera eligió la lámpara.

—Todos lo sabían menos yo.

—Era difícil sorprenderte si te lo contábamos.

Abrí uno de los pequeños cajones. Dentro encontré un lápiz, varias tarjetas y una fotografía de la abuela en la antigua pastelería. Estaba detrás del mostrador, con el delantal cubierto de harina y una bandeja entre las manos.

—Pensé que necesitarías un lugar para escribir la columna —explicó Gabriel—. Y que sería bueno que parte del obrador antiguo permaneciera aquí.

La emoción me impidió responder durante unos segundos. Aquel escritorio unía exactamente las dos cosas que más miedo me daba no poder sostener al mismo tiempo. La madera pertenecía al oficio de la abuela, pero ahora serviría para recuperar el mío.

—Es precioso.

—No es muy grande.

—Es perfecto.

Gabriel apoyó una mano en mi cintura.

—No quiero que la columna se convierta en otra obligación que cumples de madrugada. Si vas a escribir, necesitas un sitio que te recuerde por qué aceptaste.

—¿Y si no soy capaz de hacerlo bien?

—Entonces escribirás otra versión.

—¿Y si tampoco es buena?

—Escribirás una tercera.

—Tu solución consiste en hacerme trabajar más.

—Mi solución consiste en que no abandones algo que te ilusiona por miedo a no hacerlo perfecto al primer intento.

Lo abracé. Gabriel hundió el rostro en mi pelo y permanecimos frente a la ventana mientras el cielo empezaba a oscurecer.

No había llenado la habitación de objetos ni convertido el gesto en una exhibición.

Me ofreció una mesa, una fotografía y un espacio propio.

Justo lo que necesitaba y no había sabido pedir.

—Te quiero —murmuré.

Sentí que sonreía.

—Eso esperaba después de cargar la madera por las escaleras.

—Iba a decirlo, aunque hubieras contratado a alguien.

—Lo contraté para subir las patas. La madera la cargué yo.

—Entonces te quiero un poco más.

Escuchamos la puerta de entrada poco después. Leo llamó desde el pasillo y bajamos al salón. Miga apareció primero, arrastrando la correa. Vera entró detrás de ella y mi hermano cerró con cuidado.

Los dos parecían tranquilos. Vera tenía arena en los zapatos y una sonrisa que intentaba disimular. Leo sostenía la libreta, aunque no supe si finalmente se la enseñó.

—¿Ha ido bien el paseo? —le pregunté.

—Sí —me respondió él.

Vera se acercó para despedirse. Besó a Leo en la mejilla y después me abrazó.

—Mañana te cuento —susurró.

—Eso significa que hay algo que contar.

—Que lo haga él.

Se marchó antes de que pudiera sonsacarle nada. Leo esperó junto a la puerta hasta que la vio doblar la esquina y luego soltó a Miga. La cachorra corrió hacia su cuenco de agua.

—¿Y bien? —pregunté.

—Vera ha aceptado ser mi novia.

Sonreí y fui a abrazarlo, pero me detuve antes de tocarlo. Él advirtió el gesto y abrió los brazos por iniciativa propia. Lo estreché apenas unos segundos.

—Me alegro muchísimo.

—Yo también, aunque todavía no hemos definido todas las condiciones.