Capítulo 25
Durante los días posteriores a la decisión de Lidia, Leo recuperó poco a poco sus rutinas.
Miga comenzó a llevar la chapa nueva en el collar, con su nombre grabado en una cara y nuestros teléfonos en la otra.
Mi hermano revisó varias veces que el cierre fuera seguro, contrató un seguro veterinario y creó una carpeta digital con sus vacunas, los informes de la clínica y una tabla destinada a registrar cualquier cambio en su alimentación.
El temor a perderla no desapareció de inmediato.
Cada vez que Miga tardaba demasiado en regresar del patio, Leo levantaba la cabeza.
Si alguien dejaba abierta la puerta que comunicaba la casa con la calle, se apresuraba a cerrarla.
Sin embargo, dejó de contar los días y volvió a concentrarse en el proyecto del hotel.
Vera y él trabajaron durante toda la semana en el estudio de Gabriel. Presentaron la propuesta definitiva el viernes y consiguieron el encargo.
Era el primer proyecto importante que firmaban juntos y la confirmación llegó acompañada de un anticipo suficiente para contratar a un programador y mantener sus otros compromisos sin renunciar a dormir.
Leo imprimió el contrato, subrayó cada condición y guardó dos copias en carpetas distintas. Después quiso celebrarlo.
En su caso, celebrar significaba elaborar una lista de establecimientos, comparar precios, niveles de ruido y distancia entre las mesas, y descartar cualquier local que no publicara su carta en internet.
Vera aceptó el procedimiento hasta que descubrió que llevaba cuarenta minutos leyendo opiniones sobre restaurantes.
—Podemos comprar comida y cenar en el patio —propuso—. Miga estará con nosotros y no tendrás que calcular el ruido.
Leo cerró el ordenador.
—Esa opción no aparecía en la lista.
—Por eso la he propuesto.
—Es objetivamente mejor que casi todas las demás.
—Entonces añadámosla.
Cenaron aquella noche en casa. Gabriel y yo nos unimos a ellos después de cerrar la pastelería, aunque Vera insistió en que la celebración pertenecía sobre todo a Leo.
Compró una botella de sidra porque él no bebía alcohol y encargó un exquisito helado en un establecimiento de la ciudad para impedir que yo tuviera que preparar mi propio postre después de pasar el día en el obrador.
Sara también acudió durante un rato. Brindamos por el proyecto, por la pastelería y por el hecho de que Miga hubiera dejado de tener dos hogares inciertos para poseer uno lleno de personas empeñadas en consentirla. La cachorra recibió un trozo de manzana y trató de robar otro de la mano de Gabriel.
—Deberías corregir ese comportamiento —señaló Leo.
—Solo estaba acercándoselo.
—Lo sostenías encima de su cabeza.
—Quería que se sentara.
—Miga ya estaba sentada. Lo que querías era hacerla saltar.
Gabriel observó la manzana.
—Tu análisis resulta difícil de rebatir.
—Porque es exacto.
La noche transcurrió con una ligereza que no sentíamos desde que apareció Lidia.
Leo habló de la campaña del hotel y explicó que pretendían atraer visitantes fuera de la temporada estival mediante experiencias relacionadas con el pueblo.
Vera se encargaría de la identidad visual y él diseñaría una estrategia que conectara alojamientos, comercios y actividades locales.
Cuando mencionó la posibilidad de incluir la pastelería, le advertí que todavía no sabía si podríamos asumir más encargos. La ayudante que habíamos contratado empezaría la semana siguiente, pero Sara y yo continuábamos trabajando más horas de las previstas.
—No se trata de vender más —aclaró—. Se trata de conseguir que las personas adecuadas conozcan el negocio y reserven con antelación. Si controlamos el volumen, no aumentará la producción sin límite.
—Has dicho “controlamos”.
—Sí.
—Entonces cuento contigo para que me impidas aceptar más pedidos de los que podamos preparar.
—Llevo intentándolo desde la inauguración.
—Ahora te he dado permiso oficialmente.
—No necesitaba permiso para indicar un problema.
Vera se rio. Leo la miró y, durante un instante, perdió el hilo de lo que explicaba.
Fue un cambio tan pequeño que quizás nadie más lo advirtió.
Él nunca se quedaba sin palabras cuando hablaba de datos, pero aquella noche empezó dos veces la misma frase y consultó la pantalla del ordenador sin necesitarlo.
Cuando Vera se marchó, la acompañó hasta la puerta. Permanecieron fuera más tiempo del necesario y regresó solo, con una expresión seria. Recogió los platos, guardó los restos de la cena y preguntó si podíamos hablar a la mañana siguiente.
—Podemos hablar ahora —respondí.
—Ahora está Gabriel.
—Puedo marcharme —se ofreció él.
—No es necesario. También quiero preguntarte algo, pero prefiero hacerlo mañana porque aún no he ordenado las preguntas.
Gabriel aceptó sin mostrar curiosidad. Yo esperé a que Leo se encerrara en su habitación antes de pedirle su opinión.
—¿Crees que ha ocurrido algo con Vera?
—Creo que está enamorado.
—Eso ya lo sabíamos.
—Nosotros sí. No estoy seguro de que él haya decidido qué hacer con la información.
A la mañana siguiente encontré a Leo sentado en el patio con Miga a sus pies. Había colocado una libreta sobre la mesa y dividió una página en dos columnas. En una escribió “ventajas” y en la otra, “riesgos”. La segunda era considerablemente más larga.
Me serví un café y ocupé la silla situada frente a él.
—¿Estás analizando el proyecto?
—No.
Giró la libreta antes de que pudiera acercarme. Alcancé a leer algunas palabras: concentración, horarios, expectativas, convivencia y separación.
—¿Tiene que ver con Vera?
—Sí.
Esperé a que continuara. Leo acarició a Miga con la punta del pie y ordenó el bolígrafo junto al borde de la mesa.
—Quiero preguntarle si quiere ser mi novia.
No parecía nervioso, pero llevaba la etiqueta de la botella de agua casi completamente despegada.
—Me parece una idea preciosa.
—No te he preguntado si es preciosa.
—Perdona. ¿Cuál es la pregunta?
—No sé si existe una razón lógica para modificar la relación. Ahora trabajamos juntos, pasamos tiempo juntos y nos besamos algunas veces.
—¿Algunas veces?
—No es relevante indicar la frecuencia.
Tuve que esconder la sonrisa dentro de la taza.
—De acuerdo. Continúa.
—Si ella acepta ser mi novia, tendremos que definir qué significa. Las personas utilizan esa palabra para relaciones muy distintas y después se enfadan porque esperaban cosas que nunca explicaron.
—En eso tienes bastante razón.
—También existe el riesgo de que el proyecto profesional se estropee si la relación termina.
—Es posible.
—Entonces podría ser más práctico continuar como hasta ahora.
—¿Y eso es lo que quieres?
Leo tardó en responder. Miró a Miga, que había apoyado el hocico sobre su zapatilla.
—No. Quiero saber que me elige de una manera concreta. También quiero poder decir que es mi novia sin preguntarme si estoy utilizando una palabra que ella no ha aceptado.
Aquella explicación contenía más romanticismo que cualquier discurso preparado. Mi hermano no necesitaba flores ni frases extraordinarias. Necesitaba que las palabras significaran lo mismo para los dos.
—Entonces deberías preguntárselo.
—Existe otra dificultad.
—¿Cuál?
—No sé cómo hacerlo sin que parezca una reunión de trabajo.
Miré la página dividida en columnas.
—Quizás podrías empezar por no enseñarle eso.
Leo cerró la libreta.
—Las listas me ayudan a ordenar la información.
—Puedes usarlas para prepararte. Pero Vera no necesita conocer todas las razones por las que una relación podría fracasar en el momento en que le pidas que empiece una contigo.
—Omitir información importante puede provocar decisiones defectuosas.
—No tienes que ocultársela. Solo elegir otro momento para analizar los posibles problemas.
Leo no pareció convencido. Gabriel salió de la casa con una caja de herramientas. Había quedado con un carpintero para recoger unas tablas que sobraron de la reforma y pretendía llevarlas a su estudio.
—Necesito preguntarte algo —le anunció mi hermano.
Gabriel dejó la caja junto a la puerta y se sentó.
—Dispara.
—¿Cómo le pediste a Abril que fuera tu novia?
Lo miré con curiosidad. Nosotros nunca utilizamos una pregunta concreta. Nuestra relación avanzó entre las obras, las cartas y las noches compartidas hasta que estar juntos dejó de requerir una definición.
—No se lo pedí —reconoció Gabriel.
—Entonces, ¿cómo sabes que lo es?
—Porque hablamos de lo que queríamos y decidimos continuar juntos.
—Eso resulta demasiado impreciso.
—Es probable. Pero nos ha funcionado.
Leo explicó su intención y le enseñó la lista. Gabriel la leyó con atención, sin bromear con los apartados ni minimizar las preocupaciones. Cuando terminó, señaló una de las frases.
—Aquí has escrito que con Vera te resulta más fácil estar acompañado.
—Sí.
—¿Qué significa?
—Que no tengo que hablar constantemente ni interpretar si se enfada cuando necesito aislarme. Puede trabajar a mi lado durante horas sin interrumpirme. Si me pongo los auriculares, no supone que quiera marcharme.
—Eso se lo diría.
Leo añadió una marca junto a la frase.
—También has escrito que confías en su criterio, aunque no siempre estés de acuerdo —continuó Gabriel—. Y que quieres incluirla en tus planes futuros.
—Eso necesita una explicación. No me refiero a que deba participar en todas mis decisiones.
—Explícaselo como me lo estás explicando a mí.
—¿Debo preparar un discurso?
—No. Dile la verdad y deja que responda. No intentes anticipar todas sus preguntas porque acabarás contestando algunas que quizás nunca formule.
Leo observó la página.
—¿Y si dice que no?
—Te dolerá.
Mi hermano levantó la cabeza, sorprendido quizás porque Gabriel no intentó suavizarlo.
—¿Eso es todo?
—Te dolerá, necesitarás tiempo y después tendréis que hablar de cómo seguir trabajando juntos. Pero que una respuesta pueda hacerte daño no significa que no debas formular la pregunta.
Leo guardó silencio.
—No puedes controlar lo que sentirá Vera —añadió Gabriel—. Solo puedes procurar que entienda lo que sientes tú.
Mi hermano cerró la libreta.
—Esa respuesta es útil.
—Me alegro.