El dulce sabor de regresar Capítulo 24 #2
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Capítulo 24 #2

Leo abrió la carpeta de Gabriel y le recordó que podían ampliar el plazo.

Lidia negó con la cabeza. No quería más tiempo.

Durante aquellos días había comprendido que encontrar una habitación donde admitieran animales no bastaba.

Tendría que dejar a Miga sola durante sus turnos y algunas noches no regresaría hasta casi las once.

Tampoco podía pagar a una persona que la cuidara a diario ni conseguir que el supermercado le garantizara un horario fijo.

—Entonces, ¿qué propones? —le preguntó mi hermano.

Lidia miró a la cachorra, que se había tumbado debajo de la mesa con el hocico apoyado sobre el zapato de Leo.

—Que se quede aquí.

El silencio fue tan absoluto que escuché el zumbido del frigorífico desde el obrador. Leo permaneció inmóvil y tardó varios segundos en preguntarle si hablaba de una solución provisional.

—No. Quiero que se quede con vosotros.

—Ayer dijiste que continuarías buscando.

—Ayer quería creer que encontrar una casa resolvería todos los problemas. Pero no puedo pedir que esperéis durante meses mientras intento reconstruir mi vida.

—Podemos esperar.

—Tú puedes hacerlo. Miga no debería.

Leo se inclinó hacia delante, incapaz de comprender por qué Lidia renunciaba justo cuando él se había preparado para luchar contra ella.

La muchacha le explicó que deseaba recuperar a Miga más que ninguna otra cosa, pero también quería que estuviera bien.

Allí tenía una casa, un patio y varias personas capaces de organizarse para cuidarla.

Con ella pasaría demasiadas horas sola y dependería de favores que aún no sabía si podría conseguir.

—Si tu situación cambia, ¿vendrás a llevártela? —preguntó Leo.

—No.

—No puedes saberlo con certeza.

—Puedo decidirlo ahora. Quiero que Miga sea legalmente vuestra. Firmaré el cambio de titularidad y podéis registrar el microchip a nombre de Abril o al tuyo. No intentaré recuperarla más adelante.

Mi hermano se levantó y comenzó a caminar por el salón. Se colocó los auriculares, aunque dejó uno de los oídos descubierto.

Necesitaba que Lidia fuera exacta y ella repitió su decisión sin introducir condiciones.

Gabriel había hablado con ella aquella mañana y le explicó las distintas opciones, pero nadie más conocía lo que iba a anunciar.

Leo se molestó al descubrir que Gabriel disponía de información que él no tenía. Mi chico aclaró que Lidia solo le había pedido orientación y que correspondía a ella comunicar la decisión. Aun así, mi hermano activó la reducción de ruido y salió al patio.

Vera esperó unos segundos antes de seguirlo. Se sentó en el escalón, sin aproximarse, hasta que Leo se quitó uno de los auriculares.

—No estoy triste —le dijo—, pero tampoco estoy contento.

—Puedes sentir las dos cosas.

—Eso es contradictorio.

—No siempre. Puedes alegrarte de que Miga se quede y sentir pena por Lidia.

—Si me alegro, significa que me beneficia que ella esté sufriendo.

—No te alegra su sufrimiento. Te alegra no perder a Miga.

Leo permaneció de espaldas a la casa. Vera no trató de abrazarlo ni de convencerlo para que regresara. Le indicó que debía preguntar directamente a Lidia si pensaba que él le había quitado la perrita. Mi hermano reflexionó unos instantes y volvió al salón.

Se detuvo frente a la muchacha.

—No te la he quitado.

—No —respondió ella—. La encontraste cuando mi padre la abandonó y la cuidaste cuando yo ni siquiera sabía dónde buscar.

—Me alegra que se quede y siento que eso te haga daño.

A Lidia se le quebró la voz.

—Lo sé.

Miga salió de debajo de la mesa y se sentó entre ambos. Leo comenzó a acariciarla y, después de una breve vacilación, Lidia colocó la mano junto a la suya.

Le pidió poder visitarla algunas veces, recibir fotografías y saber cómo estaba. No necesitaba acudir todas las semanas ni alterar sus rutinas, pero no quería desaparecer por completo de su vida.

Mi hermano miró a Vera, aunque ella no respondió por él.

—Puedes verla siempre que avises antes —decidió—. Pero no puedes aparecer dentro de varios meses diciendo que has cambiado de opinión.

—No lo haré.

—Necesito que figure por escrito.

Gabriel extendió los documentos sobre la mesa. Explicó cada apartado y propuso que al día siguiente acudiéramos juntos al veterinario.

Allí colocarían el microchip y yo figuraría como responsable legal, porque la vivienda y la pastelería estaban a mi nombre. Leo constaría como cuidador habitual y persona de contacto preferente.

Mi hermano protestó porque consideraba que debía aparecer como responsable. Le recordé que todavía no tenía unos ingresos completamente estables y que, si era necesario contratar un seguro o afrontar un tratamiento, resultaba más sencillo que figurara yo.

Aceptó después de comprobar que aquella decisión no modificaba sus funciones ni la relación que tenía con Miga.

Lidia firmó al final de la tarde. Antes de marcharse sacó de la bolsa de papel la manta amarilla que aparecía en la primera fotografía.

—Dormía sobre ella cuando era pequeña. Pensé que quizás querríais conservarla.

Miga olfateó la tela, comenzó a mover la cola y dio dos vueltas encima antes de tumbarse. Leo se arrodilló junto a ella y afirmó que la recordaba. Después permitió que la manta se quedara junto a su cesta.

Cuando llegó el momento de despedirse, Lidia abrazó a Miga durante varios minutos. La cachorra intentó seguirla hacia la calle, pero ella se agachó y le acarició las orejas.

—Quédate, Nube.

Leo se tensó al escuchar el nombre, aunque no la corrigió.

—Ahora también eres Miga —añadió Lidia—. Y esta es tu casa.

La muchacha salió sin mirar atrás. Esperó a doblar la esquina para comenzar a llorar, pero yo alcancé a verla desde la ventana.

Estuve a punto de ir detrás de ella. Vera fue quien tomó el bolso y anunció que la acompañaría sin obligarla a hablar.

Antes de que saliera, Leo le sujetó brevemente la mano.

—Dile que le enviaré fotografías.

—Se lo diré.

Gabriel guardó los documentos y me ayudó a recoger la mesa. Miga permaneció tumbada sobre su antigua manta, aunque mantenía la mirada fija en la puerta.

Le pregunté si creía que habíamos hecho lo correcto. Él respondió que Lidia había tomado la decisión más difícil y generosa que podía tomar, aunque reconoció que eso no la convertía en una decisión indolora.

Leo se sentó en el suelo. Miga se levantó, apoyó las patas sobre su pecho y le lamió la barbilla.

—Se queda —murmuró.

—Se queda —confirmé.

La alegría apareció por fin en su rostro, mezclada con el cansancio y la culpa. Abrazó a Miga durante unos segundos y después la fotografió sobre la manta amarilla. Abrió la conversación con Lidia y escribió un mensaje:

“Miga está tranquila. La manta le gusta. Puedes llamarla Nube cuando vengas. Entenderá los dos nombres”.

Tardó casi un minuto en enviarlo. La respuesta llegó mientras todavía sostenía el teléfono.

“Gracias por quererla tanto”.

Leo leyó la frase varias veces. Después dejó el móvil a un lado y escondió el rostro en el cuello de Miga.

Vera regresó media hora más tarde. Había encontrado a Lidia sentada en un banco cerca del paseo y permaneció con ella hasta que llegó el autobús.

La muchacha quería ahorrar para mudarse a una casa adecuada, no para recuperar a Miga, sino para poder cuidar bien de otro animal en el futuro.

Mi hermano escuchó la explicación sin interrumpirla y pareció aceptar que la decisión era definitiva.

Aquella noche abrí de nuevo el documento de la columna. Los dos párrafos que escribí me parecieron débiles y estuve a punto de borrarlos.

Gabriel, sentado a mi lado, me pidió que se los leyera. Cuando terminé, señaló que hablaban de una receta, pero todavía no explicaban por qué esa receta era importante para mí.

Miré a Leo, que jugaba con Miga sobre la alfombra. La manta amarilla ocupaba un rincón junto al sofá. Pertenecía a otra etapa de su vida, pero había encontrado un lugar en la nuestra.

Regresé al principio del texto y escribí una frase nueva:

“Hay sabores que no nos pertenecen por haberlos creado, sino por haber sabido conservarlos”.

Quizás sucedía lo mismo con algunas formas de amor. Lidia no había dejado de querer a Miga al permitir que se quedara con nosotros. La quería lo suficiente para no reclamarla cuando hacerlo solo habría servido para reparar su propio dolor.

Leo levantó la cabeza y me preguntó qué estaba escribiendo. Cuando le expliqué que trabajaba en la columna sobre los roscos de naranja, se acercó para recordarme que la cantidad de ralladura modificaba la humedad de la masa.

—Es una columna sobre recuerdos, no un informe técnico.

—Una cosa no excluye la otra.

—Ya empezamos —murmuró Gabriel.

Leo señaló uno de mis párrafos y comenzó a explicarme cómo podía presentar los datos sin interrumpir la narración. Miga lo siguió, se sentó a sus pies y apoyó la cabeza sobre su zapatilla.

Aquella noche nadie volvió a contar los días. Ya no quedaba ninguno.