El dulce sabor de regresar Capítulo 24
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Capítulo 24

Los siete días avanzaron con una lentitud extraña.

Para mí transcurrieron entre pedidos, masas, entrevistas para contratar a otra ayudante y la preparación de mi primera columna.

Para Leo, en cambio, se convirtieron en una cuenta atrás que actualizaba cada mañana, aunque después del tercer día dejó de comunicarla en voz alta. No necesitaba hacerlo para que yo supiera que continuaba calculando las horas.

Lidia acudió cuatro tardes a visitar a Miga. La cachorra la recibía con alegría, reconocía su voz e incluso respondía algunas veces cuando la llamaba Nube, pero siempre regresaba junto a Leo cuando la visita terminaba.

Dormía al lado de su cama, lo seguía por la casa y esperaba delante de su dormitorio cuando él necesitaba aislarse con los auriculares.

Miga no parecía dividida entre dos personas. Simplemente quería a las dos. Aquello facilitaba algunas cosas y complicaba todas las demás.

Leo llevaba un registro de las visitas, los avances de Lidia en la búsqueda de vivienda y cualquier cambio que pudiera afectar a la decisión.

No pretendía demostrar que ella era incapaz de cuidar a Miga. Al contrario, anotaba cada progreso con una precisión que revelaba cuánto deseaba que fracasara y cuánto se avergonzaba de desearlo.

Vera estuvo especialmente pendiente de él durante aquella semana.

No le preguntaba continuamente cómo se encontraba porque sabía que detestaba tener que buscar una respuesta distinta para la misma pregunta.

Llegaba con una tarea concreta, se sentaba a trabajar a su lado y esperaba a que fuera él quien mencionara el asunto.

El jueves lo encontró revisando por tercera vez las estadísticas de la campaña de la pastelería. Vera observó la pantalla durante unos segundos y le recordó que había actualizado los datos veinte minutos antes.

Leo le explicó que podían cambiar, aunque ella señaló que ninguna variación justificaría consultarlos tantas veces en una hora.

—No consigo concentrarme en el proyecto del hotel —reconoció finalmente.

—Entonces esta tarde no trabajaremos en el proyecto.

—Tenemos una fecha de entrega.

—Para la que aún falta. Podemos permitirnos perder una tarde.

—Las tardes no se pierden. Se utilizan mal.

Vera sacó una baraja de su bolso y la dejó encima de la mesa.

—En ese caso, vamos a utilizarla mal de una manera organizada.

Leo examinó la caja y le recordó que no le gustaban los juegos en los que intervenía el azar.

Ella ya lo sabía y, por eso, había buscado uno de estrategia. Se instalaron en el patio mientras Miga dormía entre sus sillas y jugaron tres partidas.

Leo ganó todas y acusó a Vera de no haber estudiado suficientemente las reglas antes de desafiarlo.

—No pretendía ganar —confesó ella—. Pretendía que dejaras de consultar el calendario durante un rato.

Mi hermano miró el teléfono y descubrió que llevaba más de una hora sin hacerlo. Protestó porque aquello no convertía la partida en una competición legítima, aunque volvió a barajar las cartas para comenzar la cuarta.

Gabriel también buscó formas de apoyarlo sin convertir a Miga en el centro de cada conversación.

Le entregó la llave de su estudio, despejó la mesa que le había prometido y colocó una lámpara orientable.

No añadió adornos ni intentó hacer que el espacio resultara acogedor según su propio criterio. Sabía que Leo prefería encontrar una superficie vacía y decidir qué necesitaba.

—Puedes venir aunque yo no esté —le explicó—. La puerta del fondo comunica con el patio y nadie pasa por esa zona.

Leo quiso saber con toda exactitud qué ocurriría si entraba un cliente, sonaba el teléfono o se producía una emergencia.

Gabriel respondió a cada posibilidad con seriedad, incluso cuando la solución resultaba evidente.

Mi hermano aceptó la llave y pasó allí dos horas la siguiente mañana. Regresó con la propuesta del hotel casi terminada y admitió que había conseguido concentrarse mejor.

Gabriel no le preguntó si la experiencia le había gustado. Se limitó a proponer que dejara un cargador en el estudio para no tener que transportarlo cada día.

A veces su manera de tratar a Leo era tan sencilla que me hacía preguntarme por qué a otras personas les costaba tanto.

La aparente normalidad no consiguió que olvidáramos el día en que todo podría saltar por los aires. Lidia nos informó de cada paso que daba.

Visitó tres habitaciones y dos apartamentos. En uno admitían animales, pero el alquiler superaba la mitad de su sueldo.

El segundo se encontraba en otra localidad y el desplazamiento hasta el supermercado donde trabajaba requería dos autobuses.

También habló con una compañera dispuesta a pasear a Miga durante algunos turnos, aunque no podía comprometerse a hacerlo todos los días.

La tarde antes del día fijado llegó a la pastelería con el rostro agotado. Leo estaba en el patio, cepillando a Miga para evitar que el pelo acabara repartido por los muebles de la casa. Lidia se sentó frente a él y anunció que había encontrado una habitación donde admitían perros.

La mano de mi hermano se detuvo. Le preguntó cuánto costaba, dónde estaba situada y si había parques cerca.

Cada respuesta pareció cerrar una puerta delante de él. La vivienda se encontraba en la ciudad, a poca distancia del supermercado, y Lidia podía pagarla si reducía otros gastos.

—¿Cuándo te mudas? —le preguntó.

Lidia guardó silencio antes de admitir que no iba a aceptar la habitación. Compartiría la casa con tres hombres a los que no conocía; uno fumaba dentro y otro tenía un perro grande que no dejaba de ladrar.

Tampoco cerraba bien la puerta del patio y nadie había sabido decirle si el otro animal se comportaba de forma segura con cachorros.

—Entonces no es una vivienda adecuada —concluyó Leo.

—No. Seguiré buscando mañana.

—Queda menos de un día.

—Lo sé.

Continuaron cepillando a Miga entre los dos. Cuando Lidia se marchó, mi hermano la acompañó hasta la puerta y le preguntó a qué hora volvería.

Ella respondió que a la una. Leo comentó que, al menos, aquello le permitiría calcular los minutos con exactitud.

Al día siguiente cerramos la pastelería. Llevábamos semanas trabajando sin descanso y Sara nos había obligado a reconocer que necesitábamos una jornada libre.

Yo pretendía dedicarla a preparar la primera columna, aunque apenas conseguí escribir dos párrafos. Antonella y yo acordamos que comenzaría con los roscos de naranja de Elvira.

No publicaría la receta completa porque algunos secretos pertenecían a la pastelería, pero contaría cómo Leo y yo nos sentábamos de pequeños junto a la mesa mientras la abuela daba forma a la masa.

La idea me apasionaba. También me aterraba no ser capaz de convertir aquellos recuerdos en un texto que estuviera a su altura.

Cada vez que comenzaba una frase, pensaba en Lidia, en Miga y en la reunión de aquella tarde.

Encontré a Leo en el patio a media mañana. Había lavado la manta de Miga, limpiado los cuencos y ordenado todos sus juguetes dentro de una cesta.

Le pregunté si estaba preparando su equipaje. Él negó con demasiada rapidez y explicó que las cosas estaban desordenadas, aunque nunca le había molestado que las pelotas aparecieran debajo de los muebles.

—No sabemos qué ocurrirá esta tarde —le recordé.

—Sí lo sabemos. Lidia ha encontrado una vivienda.

—No va a alquilarla.

—Puede encontrar otra o pedir más tiempo.

Me senté frente a él y le pregunté qué quería. Leo respondió sin vacilar que deseaba que Miga se quedara con nosotros. Cuando quise saber si se lo había dicho a Lidia, consideró que no era necesario porque ella ya sabía que no quería perderla.

—Saber que no quieres perderla no es lo mismo que escuchar por qué debería quedarse —le expliqué.

Leo enumeró entonces las razones. Aquella era su casa, tenía espacio para jugar, nunca permanecía sola más de unas horas y él podía mantener sus rutinas.

El veterinario se encontraba cerca, sus gastos estaban cubiertos y todos conocíamos sus necesidades. Mi hermano sabía cuándo estaba nerviosa, cuándo algo le dolía y cuándo necesitaba salir aunque no se acercara a la puerta.

—Eso es lo que deberías explicarle a Lidia.

—Son datos evidentes.

—Para ti. Ella necesita oírlos.

Leo se colocó los auriculares alrededor del cuello. Si decía todo aquello, temía que pareciera que intentaba hacer daño a Lidia.

Le expliqué que podía querer quedarse con Miga sin desear que otra persona sufriera, aunque él señaló que ambas cosas conducían al mismo resultado para ella.

Poco antes de la una llegaron Vera y Gabriel.

Ella traía comida porque no pensaba permitir que tomáramos una decisión importante con el estómago vacío.

Gabriel llevaba varios documentos solicitados a una protectora local.

Aclaró de inmediato que no eran contratos, sino información sobre cambios de titularidad, adopciones y acuerdos de acogida.

Leo comenzó a leerlos. Se detuvo en el apartado dedicado a las adopciones con seguimiento, que permitían que la persona que entregaba al animal conservara cierto contacto si todas las partes estaban de acuerdo.

—Esto no garantiza que pueda seguir viéndola siempre —observó.

—Ningún documento puede garantizar cómo serán las relaciones dentro de diez años —respondió Gabriel—. Pero permite dejar constancia de lo que acordéis ahora.

—Entonces está incompleto.

—También lo están casi todos los planes de vida.

Mi hermano no pareció apreciar la reflexión, aunque continuó examinando los papeles hasta que sonó el timbre.

Lidia llegó a la una en punto. Esta vez no llevaba la carpeta azul, sino una bolsa de papel y la chapa con el nombre de Nube que Leo le había devuelto durante una de las visitas.

Miga corrió hacia ella y la muchacha se agachó para abrazarla. Permaneció varios segundos con el rostro escondido en su pelaje antes de entrar en el salón.

Vera repartió la comida, pero Lidia solo aceptó un vaso de agua. Le temblaban tanto las manos que tuvo que sujetarlo con las dos.

—No he encontrado casa —comenzó—. Podría seguir buscando, aunque no sé cuánto tardaría. Quizás semanas.