Capítulo 23 #2
—Miga estaría sola entre siete horas y veinte minutos y nueve horas y veinte minutos, sin contar posibles retrasos.
—Buscaría a alguien para que la sacara.
—¿A quién?
—No lo sé todavía.
—Entonces no tienes una vivienda donde pueda estar ni una persona que la cuide durante tus turnos.
—Porque mi vida también se ha complicado de repente —replicó Lidia—. Hace nada creía que estaba muerta.
Miga se acercó a ella al percibir el cambio de tono. Lidia la cogió y hundió los dedos en su pelaje.
—No voy a dejar que vuelva a desaparecer.
Leo se quedó sin palabras. Su respiración se aceleró y comenzó a tirar del cordón de la sudadera con tanta fuerza que sus nudillos perdieron el color.
Vera se puso a su lado.
—Voy a decir algo —le advirtió—. Si no estás de acuerdo, me corriges.
Leo asintió.
—Nadie está proponiendo que Miga desaparezca de la vida de Lidia —continuó—. Estamos diciendo que llevársela hoy a un lugar donde no permiten perros no parece una solución segura. Miga puede quedarse aquí mientras buscamos otra opción.
—¿Y si después os negáis a devolvérmela? —preguntó Lidia.
—Podemos dejar el acuerdo por escrito —propuso Gabriel—. Una solución provisional durante unos días, con visitas y una fecha para volver a hablar.
Leo se quitó los auriculares de golpe.
—No voy a firmar que se la llevará dentro de unos días.
—No he dicho eso —respondió Gabriel—. Firmaríamos que la situación se revisará, no cuál será la decisión.
—Una revisión necesita criterios.
—Entonces los establecemos entre todos.
Mi hermano miró a Lidia.
—Tiene que disponer de una vivienda donde admitan animales. También debe organizar quién cuidará de Miga durante sus turnos.
—Puedo hacerlo —aseguró ella.
—Todavía no lo has hecho.
—Dame una semana.
—Una semana no garantiza que encuentres una vivienda.
—No, pero me permite intentarlo.
Leo volvió a colocarse los auriculares. Esta vez activó por completo la reducción de ruido y cerró los ojos. Vera levantó una mano para que nadie continuara hablando.
Esperamos.
Miga bajó de los brazos de Lidia y se acercó a mi hermano. Empujó su pierna con el hocico, pero él no reaccionó. La cachorra insistió hasta que consiguió introducir la cabeza entre su mano y el pantalón.
Leo abrió los ojos.
Vera pronunció su nombre sin tocarlo. Él desactivó uno de los auriculares.
—No tienes que responder ahora mismo —le dijo—. Podemos esperar.
—Si no respondo, todos seguirán esperando.
—Sí.
—Eso es presión.
—Puedo pedirles que se marchen durante media hora.
Leo miró a Lidia, que volvió a sentarse y se secó las mejillas.
—No quiero que se marche con Miga.
—No lo hará hoy —aseguró Gabriel.
—Necesito que ella lo diga.
Lidia tardó unos segundos en comprender.
—No me la llevaré hoy —prometió—. Se quedará aquí durante una semana mientras intento encontrar una casa y organizarme.
Leo se agachó junto a Miga.
—Puedes venir a verla, pero tienes que avisar antes. No puede cambiar todos sus horarios de repente porque eso la altera.
—De acuerdo.
—Y no debes llamarla solo Nube.
Lidia frunció el ceño.
—Ese es su nombre.
—También responde a Miga. Si pretendes que deje de hacerlo, la confundirás.
La muchacha contempló a la cachorra.
—Podemos llamarla Miga mientras esté aquí.
—No es un nombre temporal.
Vera tomó aire, pero Leo continuó antes de que ella interviniera.
—No voy a discutirlo ahora. No puedo.
Se dirigió a la puerta del patio. Miga lo siguió, aunque a mitad de camino se volvió para mirar a Lidia.
La muchacha comenzó a llorar de nuevo.
—¿Ves? No sabe con quién ir.
—No tiene que elegir —le dije—. Somos nosotros quienes debemos encontrar una solución que no vuelva a hacerle daño.
Gabriel redactó un acuerdo sencillo. Durante los siguientes siete días, Miga permanecería en casa con nosotros.
Lidia podría visitarla previo aviso y nos proporcionaría cualquier información médica que faltara. Al finalizar la semana volveríamos a reunirnos para valorar sus circunstancias y decidir cómo proceder.
No era un documento con demasiado valor legal, pero consiguió que todos entendiéramos lo mismo.
Leo leyó cada frase y pidió que sustituyéramos la palabra “entrega” por “decisión”, porque la primera daba por supuesto un resultado que todavía no se había producido.
Lidia firmó. Después escribió su número de teléfono y me entregó una llave pequeña que llevaba en el bolsillo.
—Es de la chapa que tenía en el collar. Mi padre se lo quitó antes de abandonarla. Supongo que no quería que pudieran localizarme.
Leo observó la pieza metálica. En una cara estaba grabado el nombre de Nube; en la otra, el número de Lidia.
—El cordón seguía puesto —dijo—. Podría haberse enganchado dentro del agujero.
—Lo sé. Yo no se lo habría puesto sin una chapa bien sujeta.
Mi hermano sostuvo la mirada de Lidia por primera vez desde su llegada.
—Te creo.
Aquellas dos palabras parecieron sorprenderlos a ambos.
Lidia pasó casi una hora en el patio con Miga.
Jugó con ella, comprobó sus dientes y descubrió que ahora sabía sentarse antes de recibir comida.
Leo se mantuvo a cierta distancia, ocupado en reorganizar unas cajas que no necesitaban ningún orden nuevo.
Vera permaneció cerca de él sin impedir que vigilara cada movimiento.
Cuando se marchó, Miga la siguió hasta la puerta. Gimió al verla cruzar la calle, pero después regresó al patio y se tumbó junto a los pies de Leo.
Él no pareció aliviado.
—Tiene siete días —murmuró.
—También los tenemos nosotros —dijo Vera.
—Nosotros no necesitamos buscar una casa.
—No. Necesitamos pensar qué sería lo mejor para Miga, aunque no coincida con lo que queremos.
Leo se puso los auriculares.
—Ahora mismo no quiero pensar en eso.
—Entonces no lo hagas.
—No sé dejar de pensar de manera voluntaria.
—Podemos trabajar en el proyecto del hotel. Necesito que revises las estimaciones de la campaña.
La propuesta funcionó. Leo abrió el ordenador y comenzó a señalar errores en las previsiones de Vera. Ella protestó por algunos, defendió otros y consiguió que, durante unos minutos, su atención se trasladara a un problema que tenía solución.
Gabriel se acercó a mí mientras recogía las tazas.
—Lo ha hecho bien.
—Está destrozado.
—Una cosa no impide la otra.
Mi teléfono empezó a sonar. El número pertenecía a la directora de la revista gastronómica. Estuve a punto de rechazar la llamada, pero Gabriel miró la pantalla.
—Contesta.
—No es el mejor momento.
—Nunca habrá un momento en el que no ocurra nada.
Me aparté hacia el obrador y atendí.
La mujer se presentó como Antonella Ferrer y fue directamente al motivo de su llamada.
Quería que la primera columna coincidiera con el inicio de la temporada de otoño. La revista pretendía recuperar recetas tradicionales de la costa, pero contadas desde una perspectiva actual.
No buscaban instrucciones frías ni listas de ingredientes. Querían memoria, personas y lugares.
—He leído algunos de sus antiguos artículos —explicó—. Y he probado lo que hace ahora. Creo que ambas cosas pueden encontrarse en esa columna.
Miré el obrador de la abuela. Sobre la encimera reposaba uno de sus cuadernos, abierto por una receta manchada de harina y aceite. Por primera vez desde que recibí la propuesta, no pensé en la columna como otra obligación, sino como una forma de unir las dos vidas que había creído incompatibles.
—No dispongo de demasiado tiempo —admití.
—Serían dos textos al mes. Y podríamos acompañarlos con las recetas de la pastelería, siempre que quiera compartirlas.
Aquello supondría una publicidad extraordinaria. El nombre del negocio aparecería en cada entrega y las recetas de Elvira llegarían a lectores de toda la región. Sentí entusiasmo y miedo a partes iguales.
—Quiero hacerlo —le respondí—, pero necesito organizarme.
Antonella propuso que nos reuniéramos dos días después para concretar la extensión, los plazos y la remuneración. Acepté antes de que el cansancio pudiera responder por mí.
Cuando regresé al salón, Gabriel adivinó el resultado.
—Has dicho que sí.
—He dicho que quiero hacerlo. Aún tengo que descubrir cómo.
Leo apartó la mirada del ordenador.
—Podemos incluirlo en la reorganización de horarios. Si reduces la carta cuatro días a la semana y contratas ayuda por las mañanas, tendrás dos bloques libres para escribir.
—¿Acabas de añadir otra tabla a mi vida?
—Probablemente necesitaré dos.
Vera sonrió.
—Yo puedo diseñar la presentación de las recetas para las redes sociales. La columna llevará lectores a la pastelería y la pastelería llevará lectores a la columna.
—Eso debería figurar en la propuesta de difusión —añadió Leo.
Los observé planificar algo que yo acababa de aceptar apenas un minuto antes. Incluso Gabriel comenzó a hablar de acondicionar un rincón tranquilo en casa para que pudiera escribir sin trabajar siempre en la mesa de la cocina.
Por primera vez aquel día, sentí que una complicación podía convertirse en una oportunidad.
Entonces Miga ladró desde el patio. Leo se levantó de inmediato y acudió a verla. La cachorra había encontrado la chapa que Lidia dejó sobre una mesa baja y la empujaba con una pata. El nombre grabado reflejó la luz del ventanal.
Nube.
Leo recogió la chapa y la guardó en un cajón.
—No quiero que la muerda —explicó—. Podría atragantarse.
Nadie señaló que el cajón elegido era el único que podía cerrarse con llave. Tampoco mencionamos que faltaban siete días. Pero todos empezamos a contarlos.