Capítulo 23
Leo llevaba desde la apertura pendiente del reloj, aunque fingía revisar el registro de pedidos.
Cada vez que se abría la puerta, levantaba la cabeza. Después consultaba la pantalla del ordenador y regresaba a una tabla que apenas había modificado en toda la mañana.
Vera apareció con la excusa de avanzar en el proyecto del hotel. Instaló su ordenador en una mesa situada cerca de él y comenzó a trabajar sin comentar nada sobre la visita.
Gabriel también encontró una razón para quedarse. Según dijo, necesitaba comprobar el funcionamiento de una de las ventanas del obrador, aunque se pasó media hora examinando un cierre que llevaba semanas funcionando perfectamente.
Ninguno reconoció que estaba allí por Leo. Quizás fue la mejor forma de ayudarlo.
Miga permaneció en el patio durante el horario de apertura. Leo salió a verla cuatro veces en menos de dos horas.
—No deberías comprobar cada cinco minutos si continúa allí —le advertí cuando regresó por última vez.
—Han sido siete.
—Eso no mejora demasiado la situación.
—La hace más exacta.
Se sentó frente al ordenador y se colocó los auriculares sin activar la reducción de ruido. Desde que nos levantamos alternaba entre llevarlos puestos y dejarlos alrededor del cuello. Parecía necesitarlos cerca, como otras personas necesitaban sostener una taza caliente entre las manos.
—¿Has desayunado? —le preguntó Vera.
—Sí.
—¿Qué has desayunado?
Leo la miró.
—Eso no formaba parte de la primera pregunta.
—Estoy ampliando la investigación.
—Medio bollo de leche.
—Eso no es un desayuno.
—Es exactamente un desayuno. Otra cuestión es que lo consideres insuficiente.
Vera le pidió a Sara una tartaleta de manzana y la dejó junto a su ordenador.
—No tienes que comértela, pero se pondrá blanda si la dejas demasiado tiempo.
Leo observó la caja y después a ella.
—Estás intentando que coma sin ordenarme que lo haga.
—Sí.
—Es una estrategia evidente.
—Y, sin embargo, suele funcionar.
Cinco minutos después comenzó a mordisquearla.
Intenté concentrarme en el obrador. Sara preparaba una crema de limón mientras yo terminaba unas tartas encargadas para un aniversario.
La propuesta de la revista continuaba sin respuesta. Había redactado tres correos distintos durante la madrugada y no envié ninguno.
En el primero aceptaba con entusiasmo. En el segundo pedía una semana para pensarlo. En el tercero explicaba que no tenía tiempo para aceptar, aunque había dedicado casi cuarenta minutos a escribirlo, lo que parecía una demostración bastante pobre de mi capacidad para administrar las horas.
—Vas a estropear esa decoración —me avisó Sara.
Descubrí que llevaba demasiado tiempo presionando la manga pastelera sobre el mismo punto. Retiré la mano y contemplé la montaña de crema que había creado.
—Puedo convertirla en una flor.
—Puedes convertirla en una flor enorme y fingir que era intencionada.
—Esa es la esencia de la repostería creativa.
—Y de los errores bien presentados.
Un rato después empezamos a recoger. Los últimos clientes salieron poco antes de la una y giré el cartel de la puerta. Leo se levantó inmediatamente.
—Faltan cinco minutos.
—La gente puede adelantarse.
—También puede retrasarse.
—Gracias. No había contemplado todas las posibilidades del tiempo.
Vera cerró su ordenador.
—¿Quieres que me quede dentro o prefieres que espere en el patio?
—Dentro.
—De acuerdo.
—Pero no hables por mí.
—No pensaba hacerlo.
—A veces las personas hablan por otras cuando creen que están ayudándolas.
—Si lo hago, me lo dices.
—Lo haré.
Gabriel se acercó a mi hermano y apoyó sobre la mesa la libreta con las preguntas que habían preparado la noche anterior.
—No tienes que formularlas todas de una vez.
—Necesito las respuestas.
—Sí, pero esto no es un interrogatorio. Lidia también estará nerviosa.
Leo pasó las hojas hasta llegar a la lista.
—Ella sabe que Miga está viva. Yo no sé si seguirá viviendo conmigo esta tarde. Mi nerviosismo tiene una causa más inmediata.
—Es cierto —admitió Gabriel—. Por eso conviene que no tengas que resolverlo todo en los primeros cinco minutos.
Leo permaneció callado.
—Si necesitas salir, sal —continuó Gabriel—. No perderás la posibilidad de participar en la decisión por ausentarte un rato.
—Quiero escucharlo todo.
—Puedes escucharlo después. Abril o Vera podrán repetírtelo.
—No sería exactamente igual.
—No. Pero será mejor que quedarte hasta no poder procesar nada.
Mi hermano cerró la libreta.
—No prometo hacerlo.
—Solo quería que supieras que puedes.
A las doce y cuarenta y ocho, una muchacha se detuvo frente al escaparate. Reconocí el pelo oscuro y el rostro de las fotografías. Llevaba una carpeta azul apretada contra el pecho y miraba el interior como si temiera entrar.
Leo también la vio.
Se colocó los auriculares.
—Todavía no son la una —dijo.
—No podemos pedirle que espere —le recordé.
—No. Ya está aquí.
Lidia abrió la puerta cuando retiré el pestillo. Era menuda y con aspecto aniñado. Tenía los ojos hinchados, quizá por no dormir, y sostenía la carpeta con tanta fuerza que había doblado una de las esquinas.
—Soy Lidia.
—Abril.
No me dio dos besos. Miró detrás de mí, buscando a Miga.
—¿Dónde está?
—En el patio.
Leo se levantó. Lidia lo reconoció sin necesidad de que se lo presentara.
—Tú eres Leo.
—Sí.
—Gracias por cuidarla.
Mi hermano tensó la mandíbula.
—No la he cuidado para ti.
El silencio posterior me hizo contener el aliento. Lidia bajó la mirada, pero asintió.
—Ya lo sé.
Vera no intervino. Permaneció junto a la mesa, suficientemente cerca de Leo para que notara su presencia y suficientemente lejos para no invadirlo. Gabriel se situó a mi lado.
—Antes de verla, deberíamos hablar —dije.
—Necesito comprobar que está bien.
—Está bien —aseguró Leo—. Come un pienso adecuado para su edad, tiene todas las vacunas que corresponden hasta este momento y ha ganado un kilo y trescientos gramos. El veterinario considera que su desarrollo es normal.
—Quiero verla con mis propios ojos.
—Eso es razonable —reconoció él.
Abrí la puerta del patio. Miga dormía a la sombra, dentro de una cesta que habíamos colocado junto a las macetas. Al escuchar el ruido levantó la cabeza y comenzó a mover la cola.
Lidia se llevó una mano a la boca.
—Nube.
La cachorra se quedó quieta durante un instante. Después salió de la cesta y avanzó unos pasos. Olfateó el aire y ladeó la cabeza.
—Nube, ven aquí, pequeña.
Miga se acercó con cautela. Cuando estuvo a menos de un metro, Lidia se arrodilló y empezó a llorar. La cachorra olfateó sus manos, dio una vuelta a su alrededor y, de pronto, apoyó las patas delanteras en su pecho.
Lidia la abrazó.
—Estás viva. Dios mío, estás viva.
Miga le lamió la cara mientras su cola golpeaba las baldosas. La reconocía. No supe si recordaba su olor, su voz o la forma en que la sostenía, pero no había dudas.
Miré a Leo.
Permanecía inmóvil en la puerta. Los auriculares cubrían sus oídos, aunque supe que no había activado la reducción de ruido porque reaccionaba a cada palabra de Lidia. Sus manos se cerraron junto a los costados.
Miga escapó del abrazo y corrió hacia él. Leo se agachó y ella se apoyó en sus rodillas. Después volvió con Lidia, desconcertada y feliz ante la presencia de dos personas conocidas.
—Se acuerda de mí —dijo la muchacha.
—También sabe quién soy yo —respondió Leo.
—No he dicho que no lo sepa.
—Pero has venido a llevártela.
Lidia dejó de acariciar a Miga.
—Es mi perrita.
Leo retrocedió y chocó contra el marco. Se quitó los auriculares, los dobló y volvió a colocárselos. Vera se acercó un poco más.
—Voy al almacén —anunció él.
—Te acompaño hasta la puerta —dijo ella.
—No necesito que me acompañes.
—Entonces me quedaré aquí.
Mi hermano se dirigió al almacén. Vera no lo siguió, tal como le había pedido, aunque observó cómo se alejaba.
Lidia se levantó.
—No quería hacerle daño.
—Sería imposible que esto no le hiciera daño —le respondí—. Miga duerme con él. La encontró, la alimentó cuando apenas quería comer y se quedó noches enteras pendiente de que respirara.
—Yo también la cuidé. Le daba el biberón cada tres horas cuando murió su madre.
—Lo imagino.
—Entonces comprenderás que quiera recuperarla.
Gabriel señaló una de las mesas.
—Sentémonos y hablemos de cómo sería su vida contigo a partir de ahora.
Lidia pareció molestarse.
—No tengo que demostrar que puedo ocuparme de ella.
—No se trata de examinarte —le aclaró—. Pero Miga ha pasado por un abandono. Cambiarla de hogar otra vez debería hacerse con cuidado, incluso si legalmente te corresponde recuperarla.
La mención del abandono la hizo palidecer.
—Yo nunca habría permitido que le hicieran eso.
Sacó los documentos de la carpeta. Había fotografías impresas, facturas de la clínica veterinaria y la cartilla que nos mostró la noche anterior.
No parecía una persona que se hubiera desentendido de su animal.
—¿Dónde vives ahora? —le pregunté.
Lidia tardó en responder.
—En una habitación alquilada cerca del paseo marítimo.
—¿Admiten animales?
—No.
Comprendí entonces por qué había evitado explicar su situación en los mensajes.
—¿Dónde pensabas llevar a Miga?
—Estoy buscando otro sitio.
—¿Desde anoche?
—Desde antes. Quería marcharme de casa de mi padre desde hace tiempo. Hace semanas lo hice. Me alegro de haberlo hecho porque después de saber lo que ahora sé no puedo mirarlo a la cara. Cuando me fui dormí varios días en casa de una amiga y ahora estoy en una habitación que alquilan por semanas.
—Entonces no puedes llevarte a la perra allí —señaló Gabriel.
—Puedo hablar con la propietaria.
—¿Ya lo has hecho?
Lidia apretó los labios.
—Me ha dicho que no.
La puerta del almacén se abrió. Leo se había quedado lo bastante cerca para escuchar la conversación. Regresó con los auriculares activados y el cable de su sudadera enrollado varias veces alrededor de los dedos.
—¿Cuántas horas trabajas? —preguntó.
—Depende del turno.
—Eso no es una cifra.
—Algunos días trabajo seis horas y otros, ocho.
—¿En qué?
—En un supermercado de la ciudad.
—¿Cuánto tardas en desplazarte?
—Cuarenta minutos en autobús.
Leo comenzó a calcularlo.