Capítulo 22 #2
El razonamiento pareció alcanzarlo mejor que cualquier consuelo. Abrió la puerta por completo y salió al pasillo. Miga se levantó de un salto y apoyó las patas en su pantalón. Leo la cogió y ella enterró el hocico bajo su barbilla.
Vera se puso en pie sin tocarlo.
—Abril debería hablar con Lidia —propuso—. Nosotros podemos hacer una lista de lo que necesitamos saber.
—Necesito saber si tiene una vivienda adecuada, cuántas horas permanecería sola y quién se ocuparía de ella si Lidia vuelve a marcharse.
—También por qué vivía con su padre si él no aceptaba tener animales.
—Y si piensa denunciarlo —añadió Leo—. Abandonar un animal tiene consecuencias graves.
Gabriel le acercó a Leo su libreta.
—Anotadlo todo. Pero recordad que no se trata de hacerle un examen para decidir si merece a su propia perra.
—Tenemos derecho a asegurarnos de que estará bien —respondió Leo.
—Sí. Y ella tiene derecho a explicar lo ocurrido sin sentirse acusada de algo que, según parece, hizo su padre.
Mi hermano apretó los labios.
—No me gusta esa distinción, aunque sea correcta.
—Las distinciones correctas suelen resultar bastante inoportunas —dijo Gabriel.
Leo se sentó con Miga en brazos. Vera ocupó el lugar de al lado, sin arrimarse más de lo necesario.
Entre ambos elaboraron una lista de preguntas que fue creciendo hasta parecer el formulario de adopción de una protectora.
Gabriel intervino únicamente para eliminar las que invadían la intimidad de Lidia o no tenían relación con el bienestar de la cachorra.
Cuando todo estuvo preparado, acepté la llamada.
La voz de Lidia sonó aún más joven de lo que esperaba y estaba entrecortada por el llanto.
—¿Está bien? —preguntó antes incluso de saludarme—. ¿Le ha pasado algo?
—Está perfectamente. La hemos llevado al veterinario, tiene las vacunas al día y ha engordado bastante desde que la encontramos.
Al otro lado escuché una respiración temblorosa.
—Creí que había muerto.
La frase desarmó parte de mi resistencia.
—¿Por qué tu padre hizo algo así?
—Nunca quiso que la recogiera. Me permitió tenerla porque yo me ocupaba de todo, pero después mi madre enfermó y tuve que marcharme. Ellos están separados. Mi padre dijo que podía cuidarla durante unos días.
—Y cuando volviste te contó que se había escapado.
—Sí. Llevo buscándola desde entonces. Me siento estúpida por haberlo creído.
Leo negó con la cabeza, aunque ella no podía verlo.
—No eres responsable de que te mintiera —dije.
Lidia guardó silencio antes de responder.
—Quiero verla.
Miré a Leo. Él sujetó a Miga con más fuerza.
—Podemos encontrarnos mañana —propuse—. En la pastelería, después de cerrar.
—Voy por la mañana.
—Tenemos trabajo y necesitamos asimilar esto.
—Es mi perrita.
—Y lleva varias semanas viviendo con nosotros. Mi hermano es quien más se ha ocupado de ella. No voy a permitir que aparezcas, la cojas y te marches sin que hablemos antes.
—Yo tampoco permitiría que un desconocido se quedara con alguien a quien quieres —dijo Leo en voz baja.
Lidia debió de escucharlo.
—¿Es él?
—Sí. Se llama Leo.
—Quiero hablar con él.
Mi hermano negó inmediatamente. Se colocó de nuevo los auriculares y dirigió la mirada hacia la ventana.
—Ahora no puede —respondí—. Mañana tendrás ocasión de conocerlo.
Acordamos vernos a la una, cuando la pastelería cerraba durante el descanso del mediodía. Lidia prometió llevar la cartilla, las facturas del veterinario y todas las fotografías que conservaba. Antes de colgar, pidió que acercara el teléfono a Miga.
—Solo quiero decirle una cosa.
Activé el altavoz.
—Nube —pronunció con suavidad—. Nube, preciosa, soy Lidia.
La cachorra levantó la cabeza.
No corrió hacia el teléfono ni comenzó a ladrar, pero sus orejas se movieron y ladeó el hocico de una manera que no le había visto antes. Leo palideció. Miga olfateó el aparato, gimió y dio una vuelta sobre sí misma.
—Me recuerda —sollozó Lidia.
Leo se levantó con ella en brazos.
—Ya es suficiente.
Se marchó al patio y cerró la puerta acristalada.
Vera fue detrás, aunque permaneció dentro de la casa para que pudiera verla sin sentirse perseguido.
Gabriel terminó la conversación con Lidia y le explicó cómo llegar al día siguiente.
Observé a mi hermano caminar de un lado a otro entre las macetas. Miga se retorció hasta que consiguió bajar al suelo y empezó a seguirlo. Él no la apartó, pero tampoco se agachó para acariciarla.
—No sé cómo ayudarlo —confesé.
—No podemos evitar que esto le duela —respondió Gabriel—. Sí podemos impedir que tome una decisión mientras está desbordado.
Vera abrió la puerta del patio unos centímetros.
—Leo, voy a salir. Si quieres que vuelva dentro, dímelo.
Él no contestó, pero tampoco se alejó. Ella se sentó en el escalón y esperó. Después de unos minutos, Leo se acomodó a su lado. Miga se tumbó entre ambos y apoyó la cabeza sobre la pierna de mi hermano.
No escuché lo que Vera le dijo. Quizás no le dijo nada. En ciertos momentos, su manera de ayudarlo consistía precisamente en no llenar todos los silencios.
Gabriel recogió el teléfono que yo había dejado sobre la mesa. En la pantalla continuaba abierto el correo de la revista gastronómica.
—También tendrás que responder a esto —me recordó.
—Ahora mismo no puedo pensar en una columna.
—No tienes que escribirla esta noche. Solo decidir si quieres escuchar la propuesta.
Miré la oferta, después a Leo y finalmente a Miga.
Aquella mañana me preocupaba no disponer de tiempo suficiente para la pastelería, la columna y mi propia vida.
Al terminar el día, el tiempo había dejado de ser el problema principal. Podíamos perder a la criatura que había convertido aquella casa en un hogar precisamente cuando empezábamos a sentir que todo encajaba.
Leo entró desde el patio casi media hora después. Ya no llevaba los auriculares puestos. Vera permaneció a su lado.
—Mañana escucharé lo que tenga que decir —anunció—. No voy a ser desagradable con ella porque no fue quien abandonó a Miga.
—Me parece una buena decisión —respondió Gabriel.
—No he terminado. Si quiere llevársela, necesito que me permita despedirme.
Se le quebró la voz en la última palabra. Vera rozó su mano, pero no intentó abrazarlo. Leo entrelazó los dedos con los de ella por iniciativa propia.
—Y si no puede cuidarla adecuadamente —continuó—, se quedará con nosotros.
—Eso tendremos que hablarlo entre todos —dije.
—No. Eso no se discute.
Miga se acercó con una pelota entre los dientes y la dejó a sus pies. Leo la recogió, pero no se la lanzó. Se arrodilló y hundió el rostro en su pelaje.
—No sé si entiende lo que está pasando —murmuró.
—No lo entiende —contestó Vera—. Para ella solo estamos todos aquí.
Leo cerró los ojos.
—Mañana quizás ya no.
Nadie encontró una respuesta capaz de contradecirlo. Afuera, el pueblo se apagaba poco a poco y la luz de la cocina se reflejaba sobre los cristales. Miga permaneció entre los brazos de mi hermano, ajena a que dos nombres, dos hogares y dos formas distintas de quererla acababan de encontrarse.
Y a que, al día siguiente, alguien tendría que decidir cuál de ellos debía dejarla marchar.