Capítulo 22
Durante varios segundos fui incapaz de apartar la mirada de aquellas fotografías.
Las amplié una por una, buscando una diferencia que me permitiera descartarlas.
Quizás la mancha blanca del vientre no tuviera exactamente la misma forma. Quizás la oreja doblada fuese la contraria. Quizás hubiera decenas de cachorras de color canela que hubieran llevado un cordón similar alrededor del cuello.
Pero era Miga. La primera fotografía estaba fechada casi dos semanas antes de que la encontráramos.
La cachorra parecía más pequeña y dormía dentro de una caja forrada con una manta amarilla.
En la segunda aparecía entre los brazos de Lidia, una muchacha muy joven, de pelo oscuro y expresión alegre.
La tercera mostraba la misma mancha blanca que Miga tenía en el vientre y una pequeña zona más clara sobre la pata trasera.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Qué ocurre? —preguntó Gabriel.
Había recogido los envases de la cena y los llevaba hacia la cocina. Leo continuaba sentado en el sofá, concentrado en el documento que Vera compartía con él a través de la pantalla.
Miga dormía apoyada contra su muslo, con las patas encogidas y el hocico oculto bajo la cola.
Apagué el teléfono por puro instinto.
—Nada.
Leo levantó la vista.
—Has dicho “nada” demasiado deprisa.
—No sabía que existía una velocidad adecuada para decirlo.
—No existe, pero tu respuesta ha sido evasiva.
Gabriel dejó los envases sobre la mesa y me observó. No insistió, aunque su silencio consiguió exactamente lo mismo que una pregunta. Volví a encender la pantalla.
—Ha llegado un mensaje a la cuenta de la pastelería.
—¿Otra reserva? —preguntó Leo.
—No. Es sobre Miga.
Mi hermano miró a la cachorra antes de levantarse. El movimiento la despertó y ella estiró las patas delanteras, bostezó y trató de atrapar el cordón de su sudadera.
—¿Qué dice?
No supe cómo suavizarlo. Leo rechazaba los rodeos cuando necesitaba información, pero decirle que una desconocida afirmaba ser la dueña de Miga, cuando en su momento nadie la reclamó, me pareció una crueldad. Aun así, le entregué el teléfono.
Leyó la frase. Después abrió las imágenes y las examinó en silencio. Amplió la mancha del vientre, volvió a la primera fotografía y consultó la fecha. Su rostro no cambió, pero dejó de acariciar a Miga.
—Es ella —determinó.
—Se parece mucho.
—No se parece. Es ella. La mancha tiene tres extremos y el central es más largo. Además, la zona clara de la pata coincide.
Gabriel se sentó en uno de los sillones.
—Las fotografías demuestran que estuvo con esa muchacha, pero todavía no sabemos qué ocurrió.
—Ha dicho que es suya —respondió Leo.
—Eso tampoco explica qué hacía dentro de un hueco en una pastelería cerrada.
Mi hermano dejó el teléfono sobre la mesa con excesivo cuidado.
—Tienes que contestarle.
—Es muy tarde. Quizás sea mejor esperar hasta mañana.
—No. Si alguien afirma que Miga le pertenece, necesitamos la información ahora.
La cachorra apoyó las patas delanteras sobre sus rodillas, reclamando la atención que había perdido. Leo la bajó al suelo con delicadeza y se puso en pie. Caminó hasta la ventana, regresó al sofá y volvió a mirar la pantalla.
—Pregúntale por qué la abandonó.
—No sabemos si lo hizo ella.
—Alguien lo hizo.
Contesté al mensaje procurando que el tono no sonara agresivo. Le expliqué dónde habíamos encontrado a la cachorra, el tiempo que llevaba con nosotros y que necesitábamos saber cómo había acabado allí. La respuesta llegó antes de que pudiera dejar el teléfono.
“Yo no la abandoné. Se llama Nube. Llevo semanas buscándola”.
Leo leyó por encima de mi hombro.
—No se llama Nube.
—Quizás se llamara así antes.
—Ahora se llama Miga.
—Las dos cosas pueden ser ciertas —intervino Gabriel—. Podía llamarse Nube cuando vivía con ella y Miga desde que llegó aquí.
Leo se llevó las manos a los oídos, aunque el salón permanecía en silencio. Comprendí que no trataba de protegerse del ruido, sino de las palabras.
—No puede tener dos nombres.
—Puede —respondí—. Otra cosa es cuál reconozca ella.
—Reconoce Miga.
Como si quisiera respaldarlo, la cachorra se acercó cuando escuchó su nombre. Leo se agachó y permitió que le lamiera la barbilla.
De nuevo llegó otro mensaje. Lidia había enviado una fotografía de una cartilla veterinaria. Figuraba el nombre de Nube, una fecha de nacimiento y la descripción de una hembra mestiza de color canela.
Todavía no tenía microchip. Según explicó, la veterinaria había recomendado colocárselo al completar la siguiente vacuna, pero la cachorra desapareció antes de la cita.
—Podría ser una cartilla de cualquier perro —dije, aunque ya no lo creía.
—No —me corrigió Leo—. La fecha es coherente con la edad que calculó nuestro veterinario.
Lidia continuó escribiendo. Los mensajes aparecieron en fragmentos, como si necesitara enviarlos antes de arrepentirse.
Había recogido a Nube de una camada nacida en una finca cercana. Su madre falleció poco después y ella cuidó a la cachorra desde que tenía menos de un mes.
Durante el verano vivía con su padre en una casa situada a las afueras del pueblo.
Unas semanas antes de que nosotros encontráramos a Miga, Lidia tuvo que marcharse para acompañar a su madre, que se había sometido a una operación en otra ciudad. Dejó a la perra al cuidado de su padre durante diez días.
Cuando regresó, Nube ya no estaba.
Su padre aseguró que se había escapado por una puerta abierta. Lidia recorrió los alrededores y preguntó en las clínicas veterinarias. Pero su madre volvió a reclamar su atención y tuvo que centrarse en ella, pese a la pena que le suponía haber perdido a su mascota.
Aquella tarde, una amiga le envió la fotografía de Miga y la reconoció de inmediato.
El último mensaje tardó un poco más en llegar.
“Acabo de obligar a mi padre a decirme la verdad. La llevó en el coche y la dejó cerca de esa calle porque no quería seguir ocupándose de ella. Me dijo que se había escapado para que yo no lo denunciara”.
—Cabrón —murmuré.
Leo comenzó a respirar por la boca. Miga intentó trepar de nuevo a sus piernas, pero esta vez él retrocedió.
—Entonces no se perdió.
—No.
—La dejaron allí deliberadamente.
—Eso parece.
—Podría haberla atropellado un coche. Podría haber muerto de hambre. Se metió en el agujero porque tenía miedo.
Cada frase salió más rápida que la anterior. Se colocó los auriculares, pero no los encendió. Caminó hacia la puerta y se detuvo porque Miga lo siguió.
—Leo —lo llamé.
—No quiero hablar.
—De acuerdo.
—Tampoco quiero que me expliquéis que debemos devolvérsela. Ya sé que eso es lo que significa.
—Todavía no hemos decidido nada.
—No hay nada que decidir si es suya.
Entró en su dormitorio y cerró la puerta. Miga arañó la madera, sorprendida por haberse quedado fuera. El primer impulso fue seguirlo, pero Gabriel me sujetó suavemente por la muñeca.
—Dale unos minutos.
—No quiero que esté solo.
—Estar solo un rato no significa que lo hayamos abandonado.
Me senté en el sofá y cogí a Miga. Ella siguió mirando hacia el pasillo, pendiente de la puerta tras la que había desaparecido Leo. Noté el latido acelerado de su corazón contra mi mano.
—No puedo quitársela —dije—. No después de todo lo que ha significado para él.
—Tampoco sabemos si Lidia pretende hacerlo de inmediato ni cuáles son sus circunstancias.
—Ha dicho que es suya. Parece bastante claro.
—Ha escrito cinco palabras después de descubrir que la perra que llevaba semanas buscando está viva. Es posible que tampoco haya pensado mucho más allá.
Un nuevo mensaje nos alertó. Lidia preguntaba si podía hablar conmigo. Antes de contestar, llamé a Vera.
No tuve que explicarle toda la situación. En cuanto le conté lo esencial, recogió sus cosas y dijo que llegaría en diez minutos. No preguntó si debía acudir ni esperó a que la invitáramos. Quizás empezaba a conocerme también a mí.
Leo no salió cuando sonó el timbre. Vera entró, saludó a Gabriel y se arrodilló junto a Miga. Miró las fotografías, leyó los mensajes y permaneció un momento callada.
—¿Dónde está Leo?
—En su habitación.
—¿Ha dicho que quiere estar solo?
—Ha dicho que no quiere hablar.
—No es exactamente lo mismo.
Se acercó a la puerta y llamó dos veces.
—Soy Vera. No tienes que abrirme. Voy a sentarme aquí cinco minutos. Si después quieres que me marche, me marcho.
Se acomodó en el suelo del pasillo con la espalda apoyada en la pared. Gabriel la observó desde el salón y asintió, como si aprobara una decisión que él mismo habría tomado. Al cabo de un minuto, Miga escapó de mis brazos y se tumbó delante de la puerta.
Nadie dijo nada.
Pasaron casi cinco minutos exactos antes de que escucháramos girar el picaporte. Leo abrió lo suficiente para mirar a Vera. Llevaba los auriculares puestos y la reducción de ruido activada.
—No han transcurrido cinco minutos —le indicó.
—Lo sé. Quedaban treinta y siete segundos.
—Entonces no deberías haberte levantado todavía.
—He supuesto que preferirías corregirme desde fuera.
Leo abrió un poco más. Vera no intentó entrar.
—Lidia quiere llevársela —dijo él.
—Probablemente.
—Y todos pensaréis que es lo justo.
—No sé qué es lo justo porque todavía no he hablado con ella.
—Era su perra.
—Y ahora tú la cuidas. Las dos cosas importan.
Leo bajó la vista hacia Miga.
—La segunda importa menos legalmente.
—Quizás. Emocionalmente no.
Él se quitó uno de los auriculares.
—No quiero una respuesta emocional.
—Eso es mentira.
Mi hermano la miró con evidente desconcierto.
—No suelo mentir. Se me da fatal. Además, las mentiras no sirven para nada.
—Por eso sé que ahora lo haces. Si solo quisieras una respuesta legal, estarías buscando la normativa en lugar de encerrado en tu habitación.
Leo meditó la observación.
—No estaba encerrado. La puerta podía abrirse desde dentro.
—Retiro la palabra.
—Y no he buscado la normativa porque no conozco todos los datos.
—Entonces consigamos los datos antes de decidir que vas a perderla.