Capítulo 21
Un mes después de la inauguración, ya no necesitaba esperar a que sonara el despertador.
A las cinco y media me levantaba por costumbre, cruzaba la casa con Miga siguiéndome medio dormida y llegaba a la pastelería antes de que el pueblo encendiera sus primeras luces.
Sara solía adelantarse unos minutos y, cuando yo abría la puerta, encontraba el obrador en marcha y la primera masa reposando.
El éxito había resultado más agotador de lo que imaginé. El Regreso se agotaba antes del mediodía, los roscos de naranja duplicaron sus ventas y empezamos a recibir encargos de hoteles y restaurantes de la costa.
Cada jornada terminaba con las vitrinas casi vacías, una noticia que Leo calificaba de excelente hasta que calculaba las horas que necesitábamos para volver a llenarlas.
—No podemos mantener este ritmo —me advirtió aquel jueves mientras revisaba las ventas desde una mesa del salón. Estáis trabajando por encima de la capacidad prevista.
—Ya hemos aumentado la producción.
—También han aumentado los pedidos. No puedes utilizar un crecimiento para corregir el otro indefinidamente.
Sara, que acababa de salir del obrador con una bandeja de tartaletas, levantó una ceja.
—Llevo diciéndoselo dos semanas.
—Tú dices que voy a terminar metiéndome dentro del horno para ahorrar tiempo.
—Es la misma conclusión expresada de forma visual.
Leo giró el ordenador para mostrarnos una tabla de horarios. Había calculado cuánto tardábamos en preparar cada producto, cuáles generaban mayor beneficio y qué tareas podíamos adelantar sin perjudicar la calidad.
Sugería reducir dos variedades durante los días laborables y contratar a una persona para las primeras horas de la mañana.
—No quiero que la carta se haga pequeña un mes después de abrir —objeté.
—No sería más pequeña. Variaría según el día.
—Los clientes preguntarán por lo que falte.
—Y podréis decirles cuándo estará disponible. La alternativa es que Sara y tú trabajéis hasta enfermar, y entonces no habrá ninguna variedad.
La cafetera comenzó a expulsar vapor y dos clientes entraron antes de que pudiera responder.
Dejé la discusión pendiente, atendí la mesa y regresé al obrador. A través del cristal veía a Leo reorganizar las reservas y responder consultas, pero el movimiento de la pastelería fue creciendo hasta impedirnos continuar.
A media mañana llegaron Vera y Gabriel casi al mismo tiempo.
Ella traía una carpeta con la propuesta de identidad visual para un pequeño hotel; él apareció con un paquete de tiras protectoras para las patas de las sillas, después de descubrir que una empezaba a marcar el suelo.
Vera se acercó a Leo y dejó la carpeta a su derecha, respetando el espacio donde colocaba el ratón y la libreta.
Él llevaba los auriculares alrededor del cuello, pero el murmullo de los clientes, la cafetera y el choque de la vajilla empezaban a superponerse. Contestó a una pregunta sin levantar la cabeza y confundió dos veces la pestaña que buscaba en el ordenador.
Ella lo advirtió antes que yo.
—¿Quieres ir al almacén? —le preguntó—. Puedo quedarme aquí y avisarte si ocurre algo que necesite una respuesta inmediata”.
—Tengo que terminar las reservas.
—Puedes terminarlas allí. Hay menos ruido.
Leo tardó unos segundos en aceptar. Se colocó los auriculares, recogió el ordenador y se dirigió al almacén sin despedirse. Una clienta que esperaba para pagar lo observó con sorpresa, aunque Vera ocupó su lugar y comenzó a preparar las cajas encargadas.
—No está enfadado —le aclaré en voz baja.
—No he pensado que lo estuviera —me respondió—. Necesita aislarse un rato. Vendrá cuando pueda.
La naturalidad con la que lo explicó me hizo agradecer de nuevo que apareciera en su vida.
Vera no convertía cada necesidad de Leo en un acontecimiento ni interpretaba sus retiradas como un rechazo. Se limitaba a reconocer las señales y ofrecerle una salida sin obligarlo a justificarlas.
Gabriel terminó de colocar las protecciones que trajo para las patas de las sillas y se acercó a la puerta del almacén, aunque no entró. Dio dos golpes suaves en el marco y esperó a que Leo levantara la vista.
—Voy a llevar a Miga al patio —le indicó—. Estará conmigo.
Mi hermano asintió y regresó a la pantalla. Gabriel tampoco intentó preguntarle si estaba bien.
Tomó la correa, sacó a la cachorra del parque y se la llevó al exterior, eliminando así otra responsabilidad de la que Leo permanecía pendiente incluso durante el trabajo.
—Cada vez lo conoces mejor —le comenté cuando volvió al salón.
—Me explicó lo que necesita. Solo tengo que recordarlo.
—A mucha gente se le olvida en cuanto no coincide con lo que ellos harían.
—Entonces el problema es de esa gente, no de Leo.
La respuesta me conmovió, aunque no tuve tiempo de decírselo porque Sara reclamó ayuda desde el obrador.
La siguiente hora transcurrió entre cafés, pedidos y una bandeja de milhojas que decidió inclinarse durante el traslado.
Cuando por fin bajó la afluencia, Leo regresó con los auriculares guardados y la lista de reservas terminada.
—Necesito trabajar desde otro lugar durante las horas de mayor ruido —nos comunicó—. Puedo venir antes de abrir y volver después del mediodía.
—Me parece bien —acepté.
—Seguiré controlando las campañas y los pedidos, pero no es eficaz hacerlo aquí si pierdo concentración.
Gabriel dejó un vaso de agua cerca de su ordenador.
—Tengo una mesa libre en el estudio. Puedes utilizarla cuando Vera necesite trabajar aquí o cuando quieras estar cerca sin quedarte dentro del local.
—¿Tendría que avisarte?
—La primera vez, para darte una llave. Después podrás entrar cuando quieras.
Leo estudió la propuesta con atención.
—¿Esperarías que atendiera el teléfono del estudio?
—No.
—¿Ni a tus clientes si llegan antes que tú?
—Puedes decirles que esperen o no abrir la puerta.
—Entonces podría funcionar.
El acuerdo quedó cerrado sin agradecimientos innecesarios.
Gabriel sabía que mi hermano valoraba más una solución clara que una muestra prolongada de preocupación, y Leo parecía confiar en él lo suficiente para aceptar ayuda sin sospechar que implicaba una deuda.
Vera abrió la carpeta del hotel cuando lo vio preparado.
El encargo era el más importante que recibían desde que decidieron trabajar juntos: identidad visual, página web, campaña de apertura y estrategia para captar reservas fuera de temporada.
Ella se ocuparía del diseño; Leo, de la planificación digital y el análisis de resultados.
—Quieren una propuesta conjunta el lunes —me explicó—. Si la aceptan, tendremos trabajo durante al menos cuatro meses.
—¿Y podréis hacerlo sin abandonar los demás encargos?
Leo consultó un documento antes de responder.
—Sí, si dejamos de aceptar proyectos pequeños durante seis semanas. Vera cree que deberíamos contratar ayuda externa para la programación de la web. Yo prefiero mantener esa parte porque condiciona la medición de datos.
—Y yo prefiero que duerma —añadió ella —. Todavía estamos negociándolo.
Gabriel se sentó frente a ambos y revisó la planificación que le mostraron. No opinó sobre marketing, pero les habló de contratos, calendarios de obra y anticipos.
Les recomendó dividir el proyecto en fases y vincular cada pago a una entrega concreta para que el hotel no añadiera encargos sin ampliar el presupuesto.
—No necesitamos que decidas por nosotros —puntualizó Leo.
—No pretendo hacerlo. Os estoy contando el error que cometí en mis primeros proyectos para que podáis elegir si queréis repetirlo.
Mi hermano leyó de nuevo la propuesta.
—Entonces sí es información útil.
Vera le pidió a Gabriel un modelo de contrato y acordaron revisarlo juntos.
Los observé trabajar alrededor de la misma mesa: ella traducía las ideas en imágenes, Leo las convertía en una estrategia y Gabriel aportaba una experiencia que ninguno de los dos tenía todavía.
No trataba a mi hermano con condescendencia ni lo protegía de las decisiones difíciles; le proporcionaba herramientas para que pudiera tomarlas.
Miga interrumpió la reunión cuando regresó del patio con una hoja seca prendida en el lomo.
Vera sacó el teléfono para fotografiarla, pero la cachorra decidió sentarse sobre una de las muestras del hotel.
La imagen mostraba su gorrito de pastelera torcido, una pata encima del logotipo y la lengua fuera.
—Esta es perfecta —declaró.
—No tiene relación con el hotel —objetó Leo.
—Es para la cuenta de la pastelería.
—Entonces sí tiene un contexto adecuado.
Vera publicó la fotografía con el texto: “Nuestra directora de control de calidad revisando proyectos ajenos a su departamento”.
En menos de una hora recibió más reacciones que cualquier otra imagen desde la inauguración.
Los clientes comenzaron a compartirla, una cuenta dedicada a negocios con mascotas la reprodujo y varios vecinos comentaron que acudirían para conocer a Miga.
—No podemos permitir que la gente venga pensando que estará siempre en el salón —advirtió Leo—. Miga permanece en el patio y solo sale en momentos puntuales.
—Lo aclararemos —le prometió Vera.
Prepararon una publicación explicando que la cachorra vivía con nosotros, no dentro de la zona de elaboración, y que su presencia respetaba las normas sanitarias.
Leo añadió el horario aproximado en que podría verla quien tuviera especial interés, aunque después decidió retirarlo porque no quería convertirla en una atracción sometida a turnos.
Aquella tarde, cuando cerramos, la fotografía superaba varios miles de reacciones. Sara opinó que Miga acabaría vendiendo más dulces que nosotras; Leo corrigió que no existía todavía una relación demostrable entre las interacciones y las ventas.
—Dale dos días —le respondió Vera—. Entonces tendrás datos.
Regresamos a casa agotados. Gabriel había encargado la cena y dejó sobre la mesa varias cajas de comida mientras yo me duchaba.
Leo permaneció en el salón con los auriculares puestos y Miga dormida contra su pierna. No escuchaba música; utilizaba la reducción de ruido para recuperarse del día sin aislarse por completo de nosotros.
Cuando se los quitó, volvió a hablar de la organización de la pastelería.
—Tienes que aceptar la reducción temporal de la carta —insistió—. No puedes depender de trabajar catorce horas.
—Voy a pensarlo.
—Eso suele significar que retrasarás la decisión.
Gabriel me entregó un plato antes de intervenir.
—Podríamos probar la propuesta durante dos semanas. Si las ventas bajan o los clientes protestan, se revisa. No tiene que ser una decisión permanente.
La posibilidad de convertirlo en una prueba redujo mi resistencia.
Acepté eliminar dos preparaciones de lunes a jueves y entrevistar a una ayudante para las mañanas. Leo actualizó el documento antes de que pudiera arrepentirme.
—No entiendo por qué le haces caso cuando utiliza mi misma conclusión —protestó.
—La ha presentado con menos tablas.
—Las tablas mejoran la comprensión.
—No siempre mejoran la disposición emocional.
Vera, que participaba por videollamada desde su estudio, se rio y prometió diseñarle una tabla destinada a convencer sentimientos.
Leo le pidió que no bromeara con herramientas de trabajo, aunque la curva de sus labios reveló que había comprendido la intención.
Antes de acostarme revisé el correo de la pastelería. Entre las reservas y las solicitudes de información encontré un mensaje de una revista gastronómica regional.
Su directora había probado El Regreso durante la inauguración y quería reunirse conmigo.
No proponía únicamente escribir un reportaje: buscaba a alguien que firmara una columna quincenal sobre recetas familiares, productos locales y las historias que permanecían detrás de los pequeños negocios.
Leí la propuesta dos veces. No tenía tiempo. Apenas conseguía mantenerme despierta al terminar cada jornada, y aceptar significaría recuperar plazos de entrega, documentación y horas frente al ordenador.
Aun así, la idea despertó una parte de mí que creí cerrada cuando abandoné el periódico.
La columna podía aportar prestigio a la pastelería, pero no era solo publicidad. Me permitiría volver a escribir sobre aquello que ahora formaba parte de mi vida: recetas, memoria y las personas que sostenían los negocios del pueblo.
Estaba a punto de responder cuando una notificación de la cuenta de la pastelería cubrió la pantalla. El mensaje procedía de una muchacha llamada Lidia. Había adjuntado tres fotografías.
En la primera aparecía una cachorra de color canela con una oreja erguida y la otra doblada.
En la segunda llevaba alrededor del cuello un cordón idéntico al que encontramos el día que salió del agujero.
La tercera mostraba una pequeña mancha blanca en su vientre que yo había visto muchas veces al acariciarla.
Debajo de las imágenes solo había una frase:
—Esa perrita es mía.