Capítulo 17
La inspección final estaba prevista para cinco días antes de la inauguración.
Llegué a la pastelería convencida de que el mayor riesgo sería descubrir una etiqueta mal colocada o tener que completar algún documento.
Los hornos funcionaban, las vitrinas ya estaban instaladas y el rótulo ocupaba su lugar sobre la fachada. Incluso Miga permanecía en casa con Leo para evitar que recibiera al inspector mordiendo los cordones de sus zapatos.
Gabriel llegó unos minutos antes de la cita. Llevaba la carpeta del proyecto, los certificados de las instalaciones y una caja con la tercera prueba de El Regreso.
Desde la noche en el obrador nos comportábamos con una naturalidad que me sorprendía, aunque cada vez que se acercaba a la mesa central regresaban a mi memoria detalles que dificultaban contemplarla únicamente como una superficie de trabajo.
—He desinfectado cuatro veces —le aseguré cuando lo descubrí mirando hacia allí.
—Estaba comprobando la altura.
—Claro.
—La altura continúa siendo correcta.
Su sonrisa me confirmó que pensaba exactamente en lo mismo. Me besó antes de abrir la carpeta y recuperó la concentración con una rapidez que envidié.
Yo todavía trataba de apartar de mi cabeza la imagen de su camisa cubierta de harina cuando el inspector entró acompañado por una técnica municipal.
La revisión comenzó sin problemas. Comprobaron la ventilación, el cuadro eléctrico, la distribución del obrador y la accesibilidad del aseo.
Gabriel respondió a las preguntas y localizó cada certificado sin necesidad de buscarlo. La técnica tomó medidas en la entrada principal y revisó la separación entre la zona de venta y la elaboración.
—La reforma está bien ejecutada —nos indicó—. Solo falta ver la salida posterior.
El almacén comunicaba con un pasillo estrecho que desembocaba en el patio de servicio. La puerta original se sustituyó durante la obra y Gabriel amplió el hueco, pero el tramo exterior conservaba un pequeño escalón perteneciente a la construcción antigua.
Hasta aquel momento nadie lo consideró relevante porque no formaba parte del acceso destinado a los clientes.
La técnica midió el ancho del paso, abrió la puerta y examinó el desnivel.
—Esto no puede quedar así.
Gabriel se colocó a su lado.
—La salida principal es accesible y esta solo se utilizará para mercancías.
—También figura como vía secundaria de evacuación. El giro de la puerta invade parte del recorrido y el escalón supera el desnivel permitido. Necesitáis corregir ambas cosas.
El inspector consultó los planos y confirmó la observación. Habría que cambiar el sentido de apertura, nivelar el suelo y modificar el último tramo del pasillo para conservar la anchura exigida.
Hasta que presentáramos la corrección y se comprobara la obra, no emitirían el informe favorable.
—La inauguración es el martes —les recordé.
—Si lo resolvéis antes, intentaremos revisar la subsanación con rapidez —me respondió el inspector—. No puedo garantizar una fecha.
Los acompañamos hasta la puerta y regresamos al almacén. El escalón, que durante semanas me pareció una imperfección insignificante, adquirió de pronto el tamaño de una muralla.
Ya había encargado ingredientes, envases y flores para la entrada. Leo llevaba dos semanas anunciando la fecha y varias publicaciones locales confirmaron que asistirían.
—¿Cuánto se tarda en arreglarlo? —pregunté.
Gabriel volvió a medir el pasillo.
—Dos días si conseguimos a la gente adecuada y no aparece nada más al levantar el suelo.
—¿Y el coste?
—Primero tengo que calcularlo.
Su respuesta llegó demasiado deprisa. Conocía aquella manera de evitar una cifra cuando temía mi reacción.
—¿Cuánto, Gabriel?
—Abril, déjame hablar con el constructor. Parte de esto debería entrar en la obra.
—No te he preguntado quién va a pagarlo. Te he preguntado cuánto cuesta.
Guardó el metro y revisó los planos. Señaló una cota que figuraba correctamente, aunque el suelo real variaba varios centímetros respecto al levantamiento inicial. El antiguo revestimiento ocultó el desnivel hasta que se retiró, pero en la documentación final la salida constaba como adaptada.
—La responsabilidad es mía —admitió—. Tenía que haber pedido una comprobación adicional. No vas a pagar la corrección.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Porque no tienes que preocuparte por esa parte.
La irritación desplazó al miedo. Cerré la puerta del almacén para que los operarios del salón no escucharan la conversación y le pedí la cifra una vez más.
—Entre materiales, carpintería y mano de obra urgente, puede acercarse a cuatro mil euros.
Tardé unos segundos en asimilarla. Todavía disponíamos de parte de la herencia, pero los gastos aumentaron con cada imprevisto. Cuatro mil euros y un posible retraso no podían tratarse como un detalle que él resolvería a mis espaldas.
—¿Pensabas decírmelo?
—Te lo estoy diciendo.
—Después de insistir tres veces. Tu primera intención ha sido buscar una solución y presentármela cuando ya estuviera decidida.
—Mi primera intención ha sido hacerme cargo de un error profesional.
—Y la mía es saber qué ocurre en mi negocio.
Gabriel cerró la carpeta con más fuerza de la necesaria. Explicó que el proyecto debía contemplar aquella corrección y que su seguro o su estudio asumirían el coste si correspondía.
Yo no discutía su responsabilidad técnica, sino la facilidad con la que decidió excluirme del problema para evitar que me preocupara.
—No necesito que me protejas ocultándome cifras —le advertí—. Ya hubo demasiada gente en esta historia que tomó decisiones por otros convencida de que sabía qué podían soportar.
El recuerdo de nuestros abuelos endureció la comparación en cuanto la pronuncié.
Gabriel retrocedió medio paso y bajó la carpeta. Su gesto me hizo comprender que fui demasiado lejos, aunque no retiré el fondo de lo que acababa de expresar.
—No soy tu bisabuelo —me respondió—. No estoy ocultándote una verdad que va a cambiar tu vida.
—No he dicho que lo seas.
—Lo has colocado en medio de esta discusión.
—Porque deberíamos haber aprendido algo de lo que les ocurrió.
—Lo he aprendido. Por eso no voy a permitir que pagues una corrección derivada de mi trabajo.
—Puedes asumir el coste y aun así hablar conmigo antes de decidir cómo resolverlo. Son cuestiones distintas.
La puerta se abrió antes de que pudiera continuar. Leo entró con Miga en brazos y Vera detrás, cargada con una bolsa de comida. Mi hermano observó nuestras posiciones, la carpeta cerrada y el trozo de suelo marcado con tiza.
—La inspección no ha salido bien —concluyó.
Le expliqué el problema. Leo dejó a Miga dentro del parque y abrió su calendario en el teléfono.
Lo primero que calculó fue el impacto de retrasar la inauguración.
Las publicaciones programadas podían modificarse, aunque los anuncios impresos y parte de los encargos ya no.
Después preguntó por el tiempo necesario para la obra.
—Dos días en condiciones favorables —le respondió Gabriel.
—Entonces todavía no existe un retraso. Existe riesgo de retraso.
—Y un gasto que él pretendía solucionar sin contármelo —añadí.
Gabriel respiró hondo.
—No pretendía ocultárselo.
—Habéis repetido la misma información con formulaciones distintas —intervino Leo—. Abril quiere participar en la decisión. Gabriel quiere asumir la responsabilidad económica. Las dos cosas son compatibles.
—Gracias —contestamos ambos.
—No era necesario responder a la vez. Además, estáis discutiendo sobre quién tiene derecho a solucionar el problema en lugar de solucionarlo.
Vera se agachó para examinar la puerta. Preguntó si podía fabricarse una hoja nueva o si bastaba con modificar la existente.
Gabriel explicó que el cambio de apertura requería adaptar el marco y que necesitábamos a un carpintero disponible de inmediato.
—Conozco a uno —comentó ella—. Hizo los muebles de mi estudio y trabaja con su hijo. No sé si tendrá hueco, pero me debe un favor porque le salvé las invitaciones de boda dos días antes de casarse.
Llamó desde el almacén. El carpintero aceptó acercarse en media hora y revisar la puerta.
Mientras tanto, Gabriel telefoneó al constructor y consiguió que enviara a dos operarios aquella misma tarde para levantar el tramo de suelo. Leo trasladó la campaña cuarenta y ocho horas en modo provisional, sin publicar el cambio, y preparó dos planes distintos según la fecha del informe.
Yo me ocupé de revisar los encargos y averiguar hasta cuándo podía aplazarlos sin perder anticipos. La actividad redujo mi enfado, aunque todavía quedaba entre Gabriel y yo una conversación que no pensaba abandonar.
El carpintero confirmó que podía adaptar la puerta durante la noche y montarla al día siguiente.
El suelo exigiría una rampa corta, resuelta dentro del pasillo, y Gabriel redibujó el detalle delante de mí. Me mostró las medidas, el coste estimado y las alternativas antes de llamar a nadie más.
—Esta es la opción más rápida —me explicó—. También es la más cara, pero la asumirá mi estudio. Si prefieres esperar y solicitar varios presupuestos, retrasaremos la apertura una semana.
—Quiero la opción rápida.
—De acuerdo.
—Y quiero que no vuelvas a decidir qué información puede preocuparme.
Los demás regresaron al salón, dejándonos solos en el almacén. Gabriel guardó el lápiz y se tomó unos segundos antes de contestar.
—Tienes razón. Mi impulso ha sido resolverlo antes de darte la cifra porque sabía cuánto has invertido y no quería añadirte otra carga. No pretendía apartarte, pero lo hice.
—Yo también me he equivocado al compararte con el padre de la abuela. No creo que seas como él.
—Me alegra saberlo. Me estaba resultando difícil encontrar una respuesta romántica.
La broma no borró lo ocurrido, aunque aflojó la distancia que se abrió entre nosotros.
—No necesito una respuesta romántica —le aseguré—. Necesito que seas mi pareja sin convertirte en mi salvador.
—Puedo hacerlo. Aunque, si una puerta incumple la normativa, seguiré sintiéndome obligado a arreglarla.
—Arréglala. Después de enseñarme el presupuesto.
—Trato hecho.
Me tendió la mano con una solemnidad burlona. En lugar de estrechársela, tiré de ella hasta acercarlo y lo besé. No fue un beso destinado a olvidar la discusión, sino a confirmar que podíamos atravesarla sin poner en duda todo lo demás.
La reforma comenzó aquella misma tarde. Levantaron el suelo, desmontaron la puerta y protegieron el obrador del polvo.
Miga protestó desde el parque cada vez que alguien cruzaba el almacén, mientras Leo actualizaba horarios y Vera convertía unas cajas vacías en un muro para impedir que la cachorra interfiriera.
—Si la inspección se retrasa, publicaremos que la apertura cambia por una mejora de última hora —me explicó mi hermano—. Es cierto y no transmite desorganización.
—¿Y si llegamos al martes?
—Publicaremos una cuenta atrás mañana. Los dos planes están preparados.
Al anochecer, el escalón había desaparecido y la base de la nueva rampa comenzaba a fraguar. El carpintero se llevó la puerta y prometió devolverla a primera hora.
El local volvió a parecer una obra justo cuando creíamos haber terminado, pero esta vez el caos no me asustó de la misma manera.
Gabriel extendió los planos sobre una mesa y reunió a todos para repasar el trabajo del día siguiente.
Me incluyó en cada decisión, incluso en las más pequeñas, sin exagerar el gesto ni pedirme que reconociera su esfuerzo. Leo corrigió dos horarios; Vera se comprometió a recoger la nueva señalización y yo confirmé los pedidos que podían esperar hasta el viernes.
Antes de marcharnos, contemplé el pasillo abierto y cubierto de polvo. Cinco horas atrás representaba una amenaza para todo cuanto llevábamos meses construyendo. Ahora era solo un problema en proceso de resolverse.
—Seguimos teniendo inauguración —afirmó Leo mientras guardaba el ordenador.
—Todavía no lo sabemos —le recordé.
—No lo sabemos con certeza. Pero la probabilidad ha mejorado mucho desde esta mañana.
Gabriel se colocó a mi lado y enlazó los dedos con los míos. La presión de su mano fue breve, suficiente para preguntarme si estábamos bien.
Se la devolví con la misma fuerza.
No habíamos terminado la obra ni aprendido a evitar todos los desacuerdos. Habíamos descubierto algo más útil: cuando aparecía una grieta, ninguno necesitaba esconderla para impedir que el otro se preocupara.
Podíamos mirarla juntos, calcular su coste y decidir cómo repararla.